Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE IV. The same

Capítulo 773 de 818 · 7 min de lectura

Entra Lance con su perro Cangrejo.

LANCE. Cuando el criado de un hombre se porta como un perro con él, fíjese usted, la cosa va mal: uno al que crié desde cachorro; uno al que salvé de ahogarse cuando tres o cuatro de sus hermanos y hermanas ciegos perecieron. Le he enseñado, como quien dice, exactamente: “Así enseñaría yo a un perro”. Me enviaron a entregarlo como presente a la señora Silvia de parte de mi amo; y apenas entré en el comedor, él va directo al plato de ella y le roba la pata de capón. ¡Oh, es algo vergonzoso cuando un perro no puede comportarse en sociedad! Yo querría, por así decirlo, que quien se toma en serio ser perro, lo sea en todo momento. Si yo no hubiera tenido más juicio que él, para asumir una falta que él cometió, de seguro habría sido ahorcado por ello; tan cierto como que vivo, habría pagado por ello. Juzguen ustedes. Él mismo se mete entre tres o cuatro perros distinguidos bajo la mesa del Duque; no llevaba allí —¡Dios me libre!— ni el tiempo de orinar, cuando toda la sala olía a él. “¡Fuera con el perro!”, dice uno; “¿Qué chucho es ese?”, dice otro; “Échenlo a latigazos”, dice un tercero; “Cuélguenlo”, dice el Duque. Yo, que ya conocía ese olor, supe que era Cangrejo, y me acerqué al hombre que azota a los perros. “Amigo”, le dije, “¿piensa azotar al perro?” “Sí, por cierto”, me responde. “Le hace usted más daño”, le dije. “Fui yo quien hizo lo que usted sabe.” Sin más, me azota a mí fuera de la sala. ¿Cuántos amos harían esto por su criado? No, puedo jurar que he estado en el cepo por morcillas que él ha robado, si no, ya lo habrían ejecutado. He estado en la picota por gansos que él ha matado, si no, ya habría pagado por ello. [A Cangrejo.] Tú no piensas en esto ahora. No, recuerdo bien la jugarreta que me hiciste cuando me despedí de la señora Silvia. ¿No te dije que me observaras y que hicieras lo que yo hiciera? ¿Cuándo me viste levantar la pierna y orinar contra el guardainfante de una dama? ¿Me has visto hacer tal cosa alguna vez?

Entran Proteo y Julia disfrazada de Sebastián.

PROTEO. ¿Sebastián es tu nombre? Me agradas, y te emplearé en un servicio de inmediato.

JULIA. En lo que guste; haré lo que pueda.

PROTEO. Eso espero. [A Lance.] ¿Y tú, bribón, dónde has estado estos dos días holgazaneando?

LANCE. Pues, señor, llevé a la señora Silvia el perro que me ordenó.

PROTEO. ¿Y qué dice ella de mi pequeña joya?

LANCE. Pues, dice que su perro es un chucho, y que un agradecimiento de perro es suficiente para tal presente.

PROTEO. ¿Pero recibió mi perro?

LANCE. No, en verdad, no lo hizo. Aquí lo he traído de vuelta.

PROTEO. ¿Qué, le ofreciste esto de mi parte?

LANCE. Sí, señor, la otra ardilla me la robaron los muchachos del verdugo en la plaza del mercado, y entonces le ofrecí el mío, que es un perro tan grande como diez de los suyos, y por eso el regalo es mayor.

PROTEO. Ve, márchate y encuentra a mi perro de nuevo, o no vuelvas a aparecer ante mí. Vete, te digo. ¿Te quedas para molestarme aquí? Un esclavo que siempre termina por avergonzarme.

[Sale Lance con Cangrejo.]

Sebastián, te he admitido en parte porque necesito a un joven que pueda, con algo de discreción, encargarse de mis asuntos—pues no se puede confiar en ese tonto—pero sobre todo por tu rostro y tu comportamiento, que, si mi augurio no me engaña, muestran buena crianza, fortuna y verdad. Por eso, sepas que te admito por esto. Ve ahora mismo, y lleva este anillo contigo, entrégaselo a la señora Silvia. Ella me amó bien y me lo entregó.

JULIA. Parece que usted no la amaba, al dejar su prenda. ¿Está muerta, quizá?

PROTEO. No es así; creo que vive.

JULIA. ¡Ay!

PROTEO. ¿Por qué dices “Ay”?

JULIA. No puedo evitarlo, sino compadecerla.

PROTEO. ¿Por qué habrías de compadecerla?

JULIA. Porque me parece que ella lo amaba tanto como usted ama a su dama Silvia. Ella sueña con quien ha olvidado su amor; usted suspira por quien no se preocupa por su amor. Es una lástima que el amor sea tan contrario; y al pensarlo me hace decir “Ay”.

PROTEO. Bien, dale ese anillo, y con él esta carta. Esa es su alcoba. Dile a mi dama que reclamo la promesa por su celestial retrato. Cuando hayas cumplido tu mensaje, ve a mi aposento, donde me hallarás triste y solitario.

[Sale.]

JULIA. ¿Cuántas mujeres harían tal encargo? Ay, pobre Proteo, has puesto un zorro a cuidar tus corderos. Ay, pobre tonta, ¿por qué lo compadezco, si de corazón me desprecia? Porque ama a otra, me desprecia; porque lo amo, debo compadecerlo. Este anillo se lo di cuando se apartó de mí, para atarlo a recordar mi buena voluntad; y ahora soy yo, infeliz mensajera, quien debe rogar por lo que no quisiera obtener, llevar lo que habría rechazado, alabar su fe, que habría censurado. Soy el verdadero amor de mi amo, pero no puedo ser fiel sirviente de mi amo a menos que traicione mi propio ser. Sin embargo, rogaré por él, pero tan fríamente como, Dios lo sabe, no quisiera que triunfara.

Entra Silvia con su séquito.

Señora, buen día. Le ruego que me ayude a llegar donde pueda hablar con la señora Silvia.

SILVIA. ¿Qué querrías de ella, si yo fuera esa?

JULIA. Si usted es, le suplico paciencia para escuchar el mensaje que me han encomendado.

SILVIA. ¿De parte de quién?

JULIA. De mi amo, el señor Proteo, señora.

SILVIA. Oh, ¿te envía por un retrato?

JULIA. Sí, señora.

SILVIA. Ursula, trae mi retrato.

[Le traen el retrato.]

Ve, da esto a tu amo. Dile de mi parte que una tal Julia, a quien sus pensamientos mudables olvidan, le vendría mejor en su aposento que esta sombra.

JULIA. Señora, ¿le place leer esta carta?

[Le entrega una carta.]

Perdóneme, señora, le he entregado sin querer un papel que no debía. Esta es la carta para su señoría.

[Recupera la carta y le da otra.]

SILVIA. Te ruego, déjame ver esa otra vez.

JULIA. No puede ser. Buena señora, discúlpeme.

SILVIA. Toma, quédate con ella. No quiero leer las líneas de tu amo. Sé que están llenas de protestas y de nuevos juramentos, que romperá tan fácilmente como yo rompo su papel.

[Rompe la segunda carta.]

JULIA. Señora, su señoría le envía este anillo.

SILVIA. Más vergüenza para él que me lo envía; pues le he oído decir mil veces que Julia se lo dio al partir. Aunque su dedo infiel haya profanado el anillo, el mío no hará tal agravio a su Julia.

JULIA. Ella le agradece.

SILVIA. ¿Qué dices?

JULIA. Le agradezco, señora, que la estime. Pobre dama, mi amo le hace gran daño.

SILVIA. ¿La conoces?

JULIA. Casi tan bien como a mí misma. Al pensar en sus penas, le juro que he llorado cien veces distintas.

SILVIA. ¿Acaso cree que Proteo la ha abandonado?

JULIA. Creo que sí, y esa es la causa de su dolor.

SILVIA. ¿No es muy hermosa?

JULIA. Ha sido más hermosa, señora, de lo que es. Cuando creía que mi amo la amaba, era, a mi juicio, tan bella como usted. Pero desde que descuidó su espejo y arrojó su máscara que ahuyentaba el sol, el aire ha marchitado las rosas de sus mejillas y palidecido el lirio de su rostro, que ahora se ha vuelto tan morena como yo.

SILVIA. ¿Qué estatura tenía?

JULIA. Aproximadamente la mía; pues en Pentecostés, cuando se representaron todas nuestras fiestas, los jóvenes me hicieron representar el papel de mujer, y me vestí con el vestido de la señora Julia, que me quedó tan bien, según el juicio de todos, como si la prenda hubiera sido hecha para mí; por eso sé que es de mi estatura. Y en ese momento la hice llorar de verdad, pues representé un papel lastimoso. Señora, era Ariadna, lamentándose por el perjurio y la injusta huida de Teseo, que tan vivamente actué con mis lágrimas que mi pobre señora, conmovida, lloró amargamente; y que muera yo si en mi interior no sentí su mismo dolor.

SILVIA. Te está agradecida, dulce joven. ¡Ay, pobre dama, desolada y abandonada! Yo misma lloro al pensar en tus palabras. Toma, joven, aquí está mi bolsa. Te la doy por tu dulce señora, porque la amas. Adiós.

JULIA. Y ella te lo agradecerá, si alguna vez llegas a conocerla.

[Salen Silvia y sus acompañantes.]

Una dama virtuosa, dulce y hermosa. Espero que la pretensión de mi señor no prospere mucho, ya que ella respeta tanto el amor de mi señora. ¡Ay, cómo puede el amor jugar consigo mismo! Aquí está su retrato; déjame ver. Creo que si yo tuviera ese tocado, este rostro mío sería tan hermoso como el suyo; y aun así, el pintor la halagó un poco, a menos que yo me halague demasiado a mí misma. Su cabello es castaño rojizo, el mío es rubio perfecto; si esa es toda la diferencia en su amor, me pondré una peluca de ese color. Sus ojos son grises como el vidrio, y los míos también. Sí, pero su frente es baja, y la mía es alta. ¿Qué puede ser lo que él aprecia en ella que no pueda yo hacer apreciable en mí misma, si este necio Amor no fuera un dios ciego? Ven, sombra, ven, y toma esta sombra, pues es tu rival. Oh, forma insensible, serás adorada, besada, amada y venerada; y si hubiera sentido en su idolatría, mi sustancia debería ser la estatua en tu lugar. Te trataré bien por el bien de tu señora, que así me trató; o si no, por Jove lo juro, te habría arrancado esos ojos ciegos para que mi señor dejara de amarte.

[Sale.]

ACTO V