La Divina Comedia · Dante Alighieri
Part 19
Capítulo 19 de 34 · 14 min de lectura
Carlos de Valois. El destierro de Dante provino principalmente de la ida de este príncipe a Florencia, enviado por el papa Bonifacio VIII en calidad de mediador entre los dos partidos en que estaba dividida la ciudad.
Nos habíamos separado ya de aquel espíritu, y procurábamos avanzar por el camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como si se hundiera; por lo cual me sobrecogió un frío, sólo comparable al que siente aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan fuertemente Delos, antes que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo. Después resonó por todos los ámbitos de la montaña tal grito, que el Maestro se acercó a mí diciendo:
—No vaciles, mientras yo te guíe.
Cuéntase que la isla de Delos, en el Archipiélago, temblaba y se movía, hasta que Latona, refugiándose en ella, dió a luz a Apolo y Diana, representados por la Mitología en el Sol y la Luna, que Dante llama aquí los dos ojos del Cielo.
"Gloria in excelsis Deo," decían todos, según comprendí por las voces que salían de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas. Nos quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera vez oyeron aquel canto, hasta que cesó el temblor, y acabó el himno. Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado llanto. Si la memoria no me es infiel, jamás la ignorancia de una cosa incitó con tanto empeño mi deseo de saber, como entonces, pensando en lo ocurrido: y como, por la premura de nuestra marcha, no me atreví a preguntar, ni por mí mismo podía comprender nada, caminaba tímido y pensativo.
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CANTO VIGESIMOPRIMERO
Me atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella agua que pidió como gracia la joven samaritana; excitábame la prisa de seguir a mi jefe por el obstruído sendero, y me afligía el espectáculo del justo castigo. En esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo a dos hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro, así se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella, cuando nos dirigió la palabra diciéndonos:
—Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.
Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que convenía a aquel saludo. Después le dijo:
—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad que me relega a un destierro perpetuo!
—¡Cómo!—exclamó el espíritu—; ¿pues por qué vais tan de prisa, si sois sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quien os ha guiado hasta aquí por su escala?
Mi Doctor contestó:
—Si miras las señales que lleva éste y trazas al Angel, podrás ver que tiene el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila de noche y de día no había terminado aún la husada que le corresponde, y que Cloto prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede ver como nosotros. Por esta razón fuí yo sacado de la vasta garganta del Infierno para enseñarle el camino, y se lo enseñaré hasta donde mi ciencia pueda guiarle. Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué dió antes el monte tales sacudidas, y por qué hasta en sus húmedos fundamentos parecían gritar a la vez todas las almas?
Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó como en una aguja con el ojo de mi deseo, de tal suerte, que bastó la esperanza para mitigar mi sed de saber. Aquél empezó de esta manera:
—Nada sucede en la religiosa montaña, que esté fuera del orden o del uso establecido. Este sitio está libre de toda conmoción; y la que habéis sentido sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de sí mismo, y no de otra causa. Porque no llueve, ni graniza, ni nieva, ni cae escarcha ni rocío más acá de la puerta de las tres pequeñas gradas. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni se ven relámpagos, ni a la hija de Taumante, que allá abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas el vicario de Pedro. Quizá temblará el monte poco o mucho más abajo de allí; pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en qué consiste que aquí no ha temblado nunca. Unicamente se estremece cuando algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para subir, acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándole en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la justicia divina, pues ésta le impone por el castigo el mismo afán que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansión de dolor más de quinientos años, no he tenido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor: por eso has sentido el terremoto, y a los piadosos espíritus alabando por la montaña a aquel Señor, que los admitirá pronto en su seno.
Así habló; y como el hombre goza tanto más en beber, cuanta mayor sed tiene, no sabré decir el contento que me dió. Mi sabio Guía le dijo:
—Ahora veo la red en que estáis prendidos, y de qué manera os libráis de ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis. Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste, y por qué has estado tendido durante tantos siglos: permíteme que lo deduzca de tus palabras.
—En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey, vengó las heridas por donde salió la sangre que había vendido Judas—respondió aquel espíritu—, estaba yo allá abajo llevando el nombre que más dura y honra más, bastante famoso, pero todavía sin fe. Fué tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo a sí Roma, donde merecí que coronaran de mirto mis sienes. Aun me llama Estacio la gente que allí vive: canté a Tebas, y después al gran Aquiles; pero caí en el camino llevando mi segunda carga. Encendieron mi ardor las chispas de la divina llama que han inflamado a más de mil. Hablo de la "Eneida," la cual fué mi madre y mi nodriza en poesía: nada escribí sin ella que tuviera el menor peso; y pasaría gustoso un año más en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo cuando vivió Virgilio.
Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí, con un ademán, que tácitamente decía: "Cállate;" pero la voluntad no lo puede todo; porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de que proceden, que en los hombres más sinceros se manifiestan sin querer: así es que yo me sonreí, como quien muestra estar en inteligencia con otro; por lo cual la sombra se calló, y me miró a los ojos, que es donde más se refleja el pensamiento.
—¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu grande obra!—dijo—; más ¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?
Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro me pedía que hablase; por lo cual suspiré, y fuí comprendido.
—Puedes hablar sin temor—me dijo mi Maestro—; habla y dile lo que pregunta con tanto empeño.
Contesté, pues:
—Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa; pero quiero causarte mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, deséchala como errónea, que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a él.
Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero éste le dijo:
—Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.
Y él, levantándose, contestó:
—Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo sólido.
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CANTO VIGESIMOSEGUNDO
Ya el ángel se había quedado detrás de nosotros; el ángel que nos dirigió hacia el sexto círculo, después de haber borrado una de las manchas de mi frente; y nos había dicho que son bienaventurados los que cifran sus deseos en la justicia, pero su voz expresó esta sentencia con la palabra "sitiunt" sin pronunciar la otra. Yo andaba por allí más ligero que por las otras aberturas, de modo que sin ningún trabajo seguía hacia arriba a los veloces espíritus. Entonces Virgilio empezó a decir:
—El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con tal que su llama se dé a conocer. Desde la hora en que Juvenal bajó entre nosotros al Limbo del Infierno, y me manifestó tu afecto hacia mí, mi benevolencia para contigo fué la mayor que sentirse puede por una persona a quien no se ha visto nunca: así es que ahora me parecen cortas estas escaleras. Pero dime, y, como amigo, perdona si la demasiada confianza afloja el freno de mi lengua, en el concepto de que también deseo que como amigo me hables: ¿cómo pudo encontrar la avaricia un lugar en tu corazón, a pesar del recto sentido que con tu diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto grado?
Estas palabras hicieron sonreír desde luego a Estacio; después respondió:
—Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces, en efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas presunciones, porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees, según me prueba tu pregunta, que yo fuí avaro en la otra vida, quizá por haberme visto en el círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos de mí, y que mis excesos en contrario han sido castigados por millares de lunas. Y si no hubiera sido porque me apliqué el oportuno remedio, cuando medité los versos en que exclamas, casi irritado contra la humana naturaleza: "¡Oh execrable hambre del oro!, ¿adónde no conduces al insaciable apetito de los mortales?," me vería dando vueltas por el círculo donde se lanzan pesos. Entonces calculé que, por abrir demasiado las alas, podían llegar a gastarse mis manos, y me arrepentí tanto de aquél como de los otros males. ¡Cuántos resucitarán con los cabellos rapados, por la ignorancia en que están de que la prodigalidad sea un pecado, y que les impide arrepentirse, ya durante su vida, ya en el término de ella! Y sabe que la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente con el mismo pecado: así es que si he permanecido purificándome entre los que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.
El Cantor de las "Bucólicas" dijo entonces:
—Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de Yocasta, no creo, a juzgar por los acentos en que Clío te hizo prorrumpir, que te contase entre los suyos la Fe, sin la cual no basta obrar bien. Si así es, ¿qué sol o qué luz ha disipado tus tinieblas de tal modo, que te permitiera elevar tus velas hacia el Pescador?
Y el otro contestó:
—Tú me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego me iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el que camina de noche llevando tras de sí una luz, que a él no le sirve, pero alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se renueva, vuelve la justicia con los primeros tiempos del género humano, y una nueva progenie desciende del cielo." Por ti fuí poeta, por ti cristiano; mas para que veas mejor lo que te pinto, extenderé las manos a fin de darle más colorido. Ya estaba el mundo lleno de la verdadera creencia, sembrada por los mensajeros del eterno reino, y tus palabras, antes citadas, concordaban con la doctrina de los nuevos apóstoles; por lo cual yo me acostumbré a visitarlos: después me parecieron rodeados de tal santidad, que cuando Domiciano los persiguió, corrieron mis lágrimas mezcladas con las suyas. Mientras viví, les socorrí; sus rectas costumbres me hicieron despreciar todas las otras sectas, y antes que, en mi poema, condujese a los griegos ante los ríos de Tebas, había recibido el bautismo; pero por miedo fuí cristiano en secreto, y durante largo tiempo me mostré pagano. Esta timidez me ha hecho recorrer el cuarto círculo durante más de cuatro siglos. Y ahora, pues tenemos más tiempo del que necesitamos para subir por nuestro camino, dime tú, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano bien, dónde están nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrón, si es que lo sabes. Dime si están condenados y en qué círculo.
—Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos—respondió mi Guía—, estamos en el primer círculo de la ciega prisión con aquel Griego a quien lactaron las Musas más que a otro alguno: muchas veces hablamos del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Allí están con nosotros Eurípides, Anacreonte, Simónides, Agatón, y otros muchos griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú cantaste, se ve allí a Antígona, a Deifila, Argía e Ismene, tan triste como antes. Está también la que enseñó la Langía, la hija de Tiresias, y Tetis, y Deidamia con sus hermanas.
Homero.
Los dos poetas habían guardado silencio, mirando de nuevo con atención en torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las cuatro esclavas del día habían quedado atrás, y la quinta estaba en el timón del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi Guía dijo:
—Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla del círculo, para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos hacer.
Esta costumbre fué nuestra guía, y emprendimos el camino sin titubear, una vez que a ello asintió la otra alma virtuosa. Ellos iban delante y yo detrás, solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la inteligencia de la poesía. Pero pronto interrumpió tan dulce coloquio la vista de un árbol, que encontramos en medio del camino, cargado de manzanas olorosas; y así como el abeto, elevándose hacia el cielo, va disminuyendo de rama en rama, aquél iba disminuyendo por su parte inferior, con objeto, según creo, de que nadie suba a él. Por el lado en que estaba cerrado nuestro camino, caía de la alta roca un agua cristalina, que se esparcía por las hojas superiores.
Los dos Poetas se acercaron al árbol, cuando exclamó una voz entre el follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Después dijo: "María pensaba más en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que en su boca que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas se contentaron con el agua por toda bebida, y Daniel despreció los manjares y adquirió la ciencia. El primer siglo fué tan bello como el oro; el hambre hacía más sabrosas las bellotas, y la sed convertía en néctar cualquier arroyuelo. En miel y langostas consistió el alimento del Bautista en el Desierto: esto le da más gloria, y le hace tan grande como lo patentiza el Evangelio."
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CANTO VIGESIMOTERCERO
Mientras tenía mi vista fija en el verde follaje, como suele hacer quien pierde el tiempo detrás de un pájaro, el que era para mí más que un padre, decía:
—Hijo mío, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede debe emplearse más útilmente.
Volví el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios, los cuales hablaban tan bien, que escuchándolos no sentía en el andar cansancio alguno; cuando se oyó cantar llorando: "Labia mea, Dómine," de un modo que hizo nacer en mí placer y dolor.
—¡Oh dulce Padre!, ¿qué es lo que oigo?—empecé a decir.
Y él dijo:
—Son las sombras, que van quizá deshaciendo el nudo de sus deudas.
Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de nosotros, pero con paso más rápido, una turba de espíritus, callados y piadosos, que pasaban adelante mirándonos. Todos ellos tenían los ojos hundidos y apagados, la faz pálida, y tan demacrada, que a través de la piel se notaba la forma de los huesos. No creo que Erisictón se viese reducido a una piel tan seca cuando más tuvo que temer el hambre. Yo decía, pensando entre mí: "He aquí cómo debía estar la nación que perdió a Jerusalén, cuando María llegó a devorar a su propio hijo." Sus ojos parecían anillos sin piedras; los que en el rostro del hombre leen Homo, hubieran conocido allí con facilidad la M. ¿Quién creería, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel salto de agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo estaba asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conocía la causa de su demacración y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra, y me miró fijamente; después de lo cual exclamó en alta voz:
—¿Qué gracia es ésta que se me concede?
Algunos teólogos y predicadores místicos de la Edad Media pretendían que Dios había escrito de propio puño las palabras Homo Dei en el rostro humano. Como a causa de su flacura, quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan hundidos en la cabeza, claramente podía verse la M, formada por la nariz, las cejas y las mejillas.
Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió en mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el de Forese.
—¡Ah!—me dijo—; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no pararé hasta que me lo digas.
—Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos deseos de llanto—le respondí viéndole tan desfigurado—; pero dime, por Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está poseído de otro deseo.
Me contestó:
—Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y la planta que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aquí por medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo de comer y beber, y más de una vez se repite nuestra pena mientras damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo; porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que condujo a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la sangre de sus venas.
—Forese—repliqué—, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar concluyó en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor que nos reconcilia con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara.
Respondióme:
—Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros círculos. Mi viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y agradable a Dios, cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia de Cerdeña tiene mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la he dejado. ¡Oh caro hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibirá desde el púlpito a las descaradas florentinas ir enseñando los pechos, ¿Qué mujeres bárbaras ni sarracenas ha habido jamás, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impúdicas estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendría ya la boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña, serán entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que, no sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la luz del Sol.



