La Divina Comedia · Dante Alighieri

Part 21

Capítulo 21 de 34 · 15 min de lectura

Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las tristes iras de Licurgo, así me lancé yo, pero sin atreverme a tanto, cuando escuché nombrarse a sí mismo a mi padre, y al mejor de todos los míos que jamás hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin oír hablar, anduve pensativo largo trecho, contemplándolo, aunque sin poder acercarme más a causa del fuego. Cuando me harté de mirarle, me ofrecí de todo corazón a su servicio con aquellos juramentos que hacen creer en las promesas. Me contestó:

—Dejas en mí, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que el Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han jurado la verdad, dime, ¿cuál es la causa del cariño que me demuestras en tus frases y en tus miradas?

Le contesté:

—Vuestras dulces rimas, que harán preciosos los manuscritos que las contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.

—¡Oh hermano!—replicó—; éste que te señalo con el dedo (e indicó un espíritu que iba delante de él), fué mejor obrero en su lengua materna. Sobrepujó a todos en sus versos amorosos y en la prosa de sus novelas; y deja hablar a los necios, que creen que el Lemosín es mejor que él; prestan más atención al ruido que a la verdad, y así forman su juicio antes de dar oídos al arte o la razón. Lo mismo hicieron muchos de los antiguos con respecto a Guittone, colocándole, merced a sus gritos, en el primer lugar, hasta que lo ha vencido la verdad con los méritos adquiridos por otras personas. Ahora, si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro donde Cristo es abad del colegio, díle por mí del "Padre nuestro" todo lo que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no tenemos el poder de pecar.

Arnaldo Daniel, célebre poeta provenzal del siglo XII, celebrado por Petrarca como gran maestro de amor y como el primer poeta en lengua vulgar. Escribió novelas caballerescas en prosa.

Gerardo Borneil, poeta de Limoges.

Luego, tal vez para hacer sitio a otro que venía en pos de él, desapareció entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del agua. Yo me adelanté un poco hacia el que me había designado, y le dije que mi deseo preparaba a su nombre una grata acogida: él empezó a decir donosamente:

—Me complace tanto vuestra cortés pregunta, que ni puedo ni quiero ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste, mis pasadas locuras, y veo, contento, el día que en adelante me espera. Ahora os ruego, por esa virtud que os conduce a lo más alto de la escala, que os acordéis de endulzar mi dolor.

Después se ocultó en el fuego que les purifica.

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CANTO VIGESIMOSEPTIMO

El Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus primeros rayos sobre la ciudad en que se derramó la sangre de su Hacedor: el Ebro caía bajo el alto signo de Libra, y las ondas del Ganges eran caldeadas al empezar la hora de nona; de modo que donde estábamos terminaba el día, cuando nos divisó placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz bastante más viva que la nuestra. Después dijo:

—No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes: entrad en él, y no os hagáis sordas al cántico que llegará hasta vosotras.

Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oirle como aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas mirando al fuego, y se representaron vivamente en mi imaginación los cuerpos humanos que había visto arder. Mis buenos Guías se volvieron hacia mí, y Virgilio me dijo:

—Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento; pero no la muerte. Acuérdate, acuérdate... y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué no haré ahora que estoy más cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque estuvieras mil años en medio de esa llama, no perderías un solo cabello; y si acaso crees que te engaño, ponte cerca de ella, y como prueba, aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón, pues, depón todo temor; vuélvete hacia aquí, y pasa adelante con seguridad.

Yo, sin embargo, permanecí inmóvil aun en contra de mi conciencia. Cuando vió que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:

—Hijo mío, repara en que entre Beatriz y tú sólo existe ese obstáculo.

Así como al oír el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abrió los ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos rojos, así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía, al oír el nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la cabeza, dijo:

—¡Cómo! ¿Queremos permanecer aquí?

Y se sonrió, como se sonríe al niño a quien se conquista con una fruta. Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás de mí. Cuando estuve dentro, habríame arrojado, para refrescarme, en medio del vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que allí se sentía. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y diciendo: "Ya me parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba al otro lado; y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego por el sitio donde está la subida.

—"Venite, benedicti patris mei"—se oyó en medio de una luz que allí había, tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar.—El Sol se va—añadió—, y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso antes que el horizonte se obscurezca.

El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente, y yo interrumpía delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo. Habíamos subido pocos escalones, cuando mis sabios Guías y yo, por mi sombra que se desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba el Sol; y antes de que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte el mismo aspecto, y de que la noche se esparciera por todas partes, cada uno de nosotros hizo de un escalón su lecho; porque la naturaleza del monte, más bien que nuestro deseo, nos impedía subir. Como las cabras que antes de haber satisfecho su apetito van veloces y atrevidas por los picos de los montes, y una vez saciado éste, se quedan rumiando tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para preservarlo de que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces nosotros tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas que había fuera de allí; pero por aquel reducido espacio veía yo las estrellas más claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta suerte y contemplándolas me sorprendió el sueño; el sueño que muchas veces predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, según creo, en que Citerea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaña, me parecía ver entre sueños una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una pradera, y decía cantando: "Sepa todo aquel que preguntó mi nombre, que yo soy Lía, y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme una guirnalda. Para agradarme delante del espejo, me adorno aquí; pero mi hermana Raquel no se separa jamás del suyo, y permanece todo el día sentada ante él. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a mí adornarme con mis propias manos: ella se satisface con mirar, yo con obrar." Ya, ante los esplendores que preceden al día, tanto más gratos a los peregrinos, cuanto más cerca de su patria se albergan al volver a ella, huían por todas partes las tinieblas, y con ellas mi sueño; por lo cual me levanté, y vi a mis grandes Maestros levantados también.

La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los mortales, hoy calmará tu hambre.

Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que me causaron un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno. Acrecentóse tanto en mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba sentía crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida toda la escalera, estuvimos en la última grada, Virgilio fijó en mí sus ojos y dijo:

—Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mío, y has llegado a un sitio donde no puedo ver nada más por mí mismo. Con ingenio y con arte te he conducido hasta aquí: en adelante sírvate de guía tu voluntad; fuera estás de los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de alegría los hermosos ojos que, entre lágrimas, me hicieron acudir en tu socorro, puedes sentarte, y puedes pasear entre esas flores. No esperes ya mis palabras, ni mis consejos: tu albedrío es ya libre, recto y sano, y sería una falta no obrar según lo que él te dicte. Así, pues, ensalzándote sobre ti mismo, te corono y te mitro.

Tu albedrío es ya libre; recto y sano, por el esclarecimiento de tu razón y el dominio de tus pasiones: por lo tanto te hago señor de ti mismo, en lo tocante a la dirección civil (corona), y a la espiritual (mitra).

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CANTO VIGESIMOCTAVO

Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del nuevo día, dejé sin esperar más el borde del monte y marché lentamente a través del campo, cuyo suelo por todas partes despedía gratos aromas. Un aura blanda e invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trémulas hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues antes bien, llenas de alegría, saludaban a las primeras auras, cantando entre las hojas, que acompañaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el Sirocco.

Ya me habían transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua selva, que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando vi interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más puras, parecerían turbias comparadas con aquellas, que no ocultan nada, aunque corran obscurecidas bajo una perpetua sombra, que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos, y atravesé con la vista aquel riachuelo, para admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareció, como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pensamiento, una mujer sola, que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que estaba esmaltado todo su camino.

—¡Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de dar crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón; dígnate adelantarte—le dije—hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde estaba Proserpina, y cómo era cuando la perdió su madre, y ella perdió sus lozanas flores.

Así como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados al suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se volvió aquélla hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas, semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis súplicas aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía de su canto, y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo en el sitio donde las hierbas son bañadas por las ondas del lindo riachuelo, me concedió el favor de levantar sus ojos. No creo que saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus, cuando su hijo la hirió inconsideradamente. Ella se sonreía desde la orilla derecha, cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra produce sin necesidad de simiente. El río nos separaba a la distancia de tres pasos; pero el Helesponto por donde pasó Jerjes, cuyo ejemplo sirve aún de freno a todo orgullo humano, no fué tan odioso a Leandro, por el impetuoso movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era aquél para mí por no abrirme paso.

—Sois recién llegados—dijo ella—; y quizá porque me sonrío en este sitio escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y hasta alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que puede disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y tú, que vas delante y me has rogado que hable, dime si quieres oír otra cosa, que yo responderé con presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.

—El agua—le dije—y el rumor de la floresta impugnan en mi interior una nueva creencia sobre una cosa que he oído y que es contraria a esta.

A lo que ella contestó:

—Te diré cómo procede de su causa eso que te admira, y disiparé la nube que te ciega. El Sumo Bien, que se complace sólo en sí mismo, hizo al hombre bueno y apto para el bien, y le dió este sitio como arras en señal de eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneció aquí poco tiempo: por sus culpas cambió su honesta risa y su dulce pasatiempo en llanto y en tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas más abajo por las exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen cuanto pueden tras del calor, no molestasen al hombre, se elevó este monte hacia el cielo tanto como has visto, y está libre de todas ellas desde el punto donde se cierra su puerta. Ahora bien, como el aire gira en torno de la tierra con la primera bóveda movible del cielo, si el círculo no es interrumpido por algún punto, un movimiento semejante viene a repercutir en esta altura, que está libre de toda perturbación en medio del aire puro, produciendo este ruido en la selva, porque es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud generativa al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo; y la otra tierra, según que es apta por sí misma o por su cielo, concibe y produce diversos árboles de diferentes especies. Una vez oído esto, no te parecerá ya maravilloso que haya plantas que broten sin semillas aparentes. Debes saber, además, que la santa campiña en que te encuentras está llena de toda clase de semillas, y encierra frutos que allá abajo no se cogen. El agua que ves no brota de ninguna vena que sea renovada por los vapores que el frío del cielo convierte en lluvia, como un río que adquiere o pierde caudal, sino que sale de una fuente invariable y segura, que recibe de la voluntad de Dios cuanto derrama por dos partes. Por esta desciende con una virtud que borra la memoria del pecado; por la otra renueva la de toda buena acción. Aquí se llama Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus efectos si no se bebe aquí primero que allí: su sabor supera a todos los demás. Aunque tu sed esté ya bastante mitigada sin necesidad de más explicaciones mías, por una gracia especial, aún te daré un corolario; y no creo que mis palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis promesas. Los que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz, quizá soñaron en el Parnaso este sitio. Aquí fué inocente el origen de la raza humana; aquí la primavera y los frutos son eternos: este es el verdadero néctar de que todos hablan.

Entonces me volví completamente hacia mis Poetas y vi que habían acogido con una sonrisa esta última explicación: después dirigí de nuevo mis ojos hacia la bella Dama.

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CANTO VIGESIMONONO

Después de aquellas últimas palabras, continuó cantando cual mujer enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata": y a la manera de las ninfas, que andaban solas por las umbrías selvas, complaciéndose unas en huír del Sol, y otras en verle, púsose a caminar por la orilla contra la corriente del río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos pasos con los míos. Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento, cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo que me encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la Dama enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he aquí que por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito, que dudé si había sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto brilla, y aquél duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre mí: "¿Qué será esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía, por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues que allí, donde obedecían la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningún velo; cuando si hubiera permanecido resignado bajo él, habría yo gozado más pronto, y luego eternamente aquellas inefables delicias.

Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta sunt peccata: palabras del segundo Salmo penitencial, con las cuales la Dama congratula a Dante por verle limpio de las manchas de los siete pecados. Esta Dama representa, según algunos comentadores, la Iglesia católica.

Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplación de tantas primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire, semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las verdes ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en un canto claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he soportado por vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso que Helicón derrame para mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude a poner en versos cosas apenas concebibles.

Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro, engañado por la gran distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido no perdía ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho más clara que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volví lleno de admiración al buen Virgilio, y él me respondió con una mirada no menos llena de asombro. Después fijé de nuevo mi atención en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra dirección tan lentamente que una recién desposada los habría vencido en celeridad. La Dama me gritó:

—¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas en lo que viene tras de ellas?

Según unos comentadores, los siete dones del Espíritu Santo; según otros, los siete sacramentos.

Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos personajes, vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jamás en el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba la parte izquierda de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en un espejo. Cuando desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente el río me separaba de aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las llamas caminando hacia adelante, dejando tras de sí pintado el aire con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas se veían claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol hace su arco y Delia su cinturón. Aquellas listas se extendían por el cielo más allá de lo que alcanzaba mi vista, y según me pareció, las de los extremos distaban entre sí diez pasos una de otra. Bajo el hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro ancianos coronados de azucenas. Todos cantaban: "Bendita tú eres entre las hijas de Adán, y benditas sean eternamente tus bellezas." Después que las flores y las frescas hierbecillas que había en la otra ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus elegidos, así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes hojas. Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos, como serían los de Argos si viviese. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto futuro, que no puedo ser ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel, que los pinta tales como los vió acudir de las frías regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí si se exceptúa que, en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él. El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto, que se las perdía de vista: la parte de su cuerpo que era ave tenía los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos manchados de rojo. Ni Escipión el Africano, ni aun Augusto, hicieron jamás recrearse a Roma en la contemplación de un carro tan bello, y aun comparado con él, sería pobre aquel carro del Sol, que desviándose de su camino, fué abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando Júpiter fué misteriosamente justo.