La Divina Comedia · Dante Alighieri
Part 28
Capítulo 28 de 34 · 14 min de lectura
Según cuenta la crónica de la Tabla redonda, la camarera de la reina Ginebra tosió al notar el primer mal paso dado por su señora, llevada del amor a Lanzarote.
—Vos sois mi padre; vos me infundís aliento para hablar; vos me enaltecéis de modo, que soy más que yo mismo. Por tantos arroyos se inunda de alegría mi mente, que se goza en sí misma al considerar que puede contener tanta sin que la abrume. Decidme, pues, ¡oh mi querido antepasado!, quiénes fueron vuestros predecesores, y cuáles los años en que comenzó vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebaño de San Juan, y cuáles las personas más dignas de elevados puestos.
Como se aviva la llama del carbón al soplo del viento, así vi yo resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareció más bella a mis ojos, más dulce y suave fué también su acento cuando me dijo, aunque no en nuestro moderno lenguaje:
—Desde el día en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre, que hoy es santa, se libró de mi peso, este Planeta fué a inflamarse quinientas cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados y yo nacimos en aquel sitio donde primero encuentra el último distrito el que corre en vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con respecto a mis mayores; lo que fueron o de dónde vinieron, es más cuerdo callarlo que decirlo. Todos los que se encontraban entonces en estado de llevar las armas, entre la estatua de Marte y el Baptisterio, formaban la quinta parte de los que ahora viven allí; pero la población, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo y de Fighine, se veía pura hasta en el último artesano. ¡Oh!, ¡cuánto mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras fronteras en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros, y soportar la fetidez del villano de Aguglión y del de Signa, que tiene ya los ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que está más degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino benigna como una madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho florentino, y cambia y trafica, se habría vuelto a Semifonti, donde andaba su abuelo pordioseando: los Conti estarían aún en Montemurlo; los Cerchi en la jurisdicción de Ancona, y quizá aun en Valdigrieve los Buondelmonti. La confusión de las personas fué siempre el principio de las desgracias de las ciudades, como la mescolanza de los alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae más pronto que un cordero ciego; y muchas veces corta más y mejor una espada que cinco. Si consideras cómo han desaparecido Luni y Urbisaglia, y cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa difícil de creer el oír cómo se deshacen las familias, puesto que las ciudades mismas tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho, porque vuestra vida es muy corta; y así como los giros del cielo de la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo hace con Florencia la Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama está envuelta en la obscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos ilustres caballeros; he visto también con los de la Sannella a los del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía de tan gran peso, que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de la Pressa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se veían ya los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados la guarnición y el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la Comadreja, e ilustres los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli, y los que se avergüenzan al recuerdo de la medida. El tronco de que nacieron los Calfucci era ya grande, y ya habían sido promovidos a las sillas curules los Sizii y los Arrigucci. ¡Oh! ¡cuán fuertes he visto a aquéllos, que han sido destruídos por su soberbia! Y sin embargo, las bolas de oro con sus altos hechos hacían florecer a Florencia; así como también los padres de aquellos que siempre que está vacante vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La presuntuosa familia que persigue como un dragón al que huye, y se humilla como un cordero ante el que le enseña los dientes o la bolsa, venía ya engrandeciéndose; pero su origen era bajo: por esto no agradó a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con ella. Los Caponsacco habían descendido ya de Fiésole, y habitaban en el Mercado, y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad, se entraba por una puerta que debía su nombre a la familia de la Pera. Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre y cuya gloria se renuevan en la fiesta de Santo Tomás, recibieron de él sus títulos de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un círculo de oro. Ya los Gualterotti y los Importuni vivían tranquilos en el Borgo, y más lo habrían estado sin nuevos vecinos. La casa de que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destruído y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos. ¡Oh Buondelmonte!, ¡cuán mal hiciste en no aliarte con ella por medio del matrimonio para consuelo de los demás! Muchos de los que hoy están tristes estarían alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la primera vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus últimos días de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a Florencia en medio de tan gran reposo, que no tenía motivo para llorar. Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás el lirio fué llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo a causa de las discordias.
Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenían bolas de oro.
Los Adimari, uno de los cuales perjudicó mucho a Dante.
[Ilustración]
[Ilustración]
CANTO DECIMOSEPTIMO
Estaba yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los padres sean un poco condescendientes con sus hijos, cuando acudió a Climene para cerciorarse de lo que acerca de él había oído; y bien lo conocían Beatriz y aquella luz que por mí había cambiado antes de sitio; por lo cual me dijo mi Dama:
—Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con la fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por tus palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de que otros te den de beber.
—¡Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto a quien todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes antes de que sean en sí, como ven las inteligencias terrestres que dos ángulos obtusos no pueden caber en un triángulo! Mientras acompañado de Virgilio subía yo por el monte donde se curan las almas, y cuando bajaba por el mundo de los muertos, se me dijeron palabras graves acerca de mi vida futura; y aunque me considere como un tetrágono ante los golpes de la desgracia, quisiera saber cuál es la suerte que me está reservada; pues el dardo previsto hiere con menos fuerza.
Así dije a la misma luz que me había hablado antes, manifestando mi deseo como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mío, encerrado y patente a un mismo tiempo en su esplendor risueño, me contestó, no en los términos ambiguos con que eran engañados los necios gentiles antes de que fuese inmolado el Cordero de Dios que redimió los pecados, sino con palabras claras y en latín correcto:
—Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los límites de vuestra materia, están todas presentes a la vista de Dios. De aquí no se infiere, sin embargo, su necesidad, sino como es preciso que se pinte en los ojos de quien la mira, la nave que desciende por una corriente. Desde la mente divina llega a mi vista, como a los oídos la dulce armonía del órgano, el tiempo que para ti se prepara. Del mismo modo que Hipólito partió de Atenas por la crueldad y perfidia de su madrastra, tendrás que salir de Florencia. Esto es lo que se quiere, y lo que se busca y pronto será hecho por los que lo meditan allá donde diariamente se vende a Cristo. Las culpas caerán sobre los vencidos, como es costumbre; pero el castigo dará testimonio de la verdad, que lo envía al que lo merece. Tú abandonarás todas las cosas que más entrañablemente amas, y este es el primer dardo que arroja el arco del destierro. Tú probarás cuán amargo es el pan ajeno, y cuán duro camino el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo que más gravará tus espaldas será la compañía estúpida y malvada con la cual caerás en este valle; porque ingrata, loca e impía, se revolverá contra tí; si bien poco después, ella y no tú, verá destrozada su frente. Su conducta probará su bestialidad, de suerte que para ti será más laudable haberte separado completamente de ella. Tu primer refugio y tu primer albergue serán la cortesía del Gran Lombardo, que sobre la escala lleva el ave santa, el cual te mirará tan benignamente, que entre ambos el dar precederá al pedir, al contrario de lo que sucede entre los demás. Sí, verás a aquel que al nacer fué tan inspirado por esta fuerte estrella, que sus hechos serán siempre admirados. Los pueblos no han reparado en él aún a causa de su corta edad, pues sólo hace nueve años que giran en derredor suyo estas esferas. Pero antes de que el Gascón engañe al gran Enrique, aparecerán los destellos de su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias serán tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrán dejar de referirlas. Espera en él y en sus beneficios; por él muchos hombres serán transformados, y los ricos y los pobres cambiarán de condición. Lleva grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de él; pero no lo manifiestes a nadie.
Can el Grande, señor de Verona.
El papa Clemente V, de Gascuña, después de haber promovido al imperio a Enrique VII, favoreció a sus enemigos.
Y me refirió después cosas, que parecerán increíbles aun a aquellos que las presencien. Después añadió:
—Hijo mío, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho; tales las asechanzas que se te ocultarán por pocos años. No quiero, sin embargo, que odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongará más aún de lo que tarde el castigo de su perfidia.
Cuando, por su silencio, demostró el alma santa que había concluído de poner la trama en la tela que le presenté urdida, empecé a decir, como el que en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y amante:
—Bien veo, padre mío, cómo corre el tiempo hacia mí para darme uno de esos golpes, tanto más graves, cuanto más desprevenido se vive; por lo cual es bueno que me arme de previsión, a fin de que, si se me priva del lugar que más quiero, no pierda los demás por causa de mis versos. Allá abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo, de luz en luz, he oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo perder la fama entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo.
La luz en que sonreía el tesoro que yo había encontrado allí, empezó por brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y después respondió:
—Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena encontrará aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti toda mentira manifiesta por completo tu visión, y deja que se rasque el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por primera vez, dejará un alimento vivificante cuando sea digerida. Tu grito hará lo que el viento, que azota más las más elevadas cumbres, lo cual no será una pequeña prueba de honor. Por eso tan sólo se te han mostrado en estas esferas, en el monte y en el doloroso valle las almas que han gozado de cierto renombre; porque el ánimo del que escucha no fija su atención ni presta fe a ejemplos sacados de una raíz oculta y desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten claramente.
[Ilustración]
CANTO DECIMOCTAVO
Aquel espíritu bienaventurado se recreaba ya en sus reflexiones, y yo saboreaba las mías, atemperando lo amargo con lo dulce, cuando la Dama que me conducía hasta Dios me dijo:
—Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aquél que alivia todas las contrariedades.
Yo me volví hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar cuál fué el amor que vi entonces en sus santos ojos; no sólo porque desconfíe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo que es superior a ella, si otro poder no le ayuda. Sólo puedo decir con respecto a este punto que, contemplándola, mi ánimo se vió libre de todo otro deseo: pues el placer eterno, que irradiaba directamente sobre Beatriz, me hacía dichoso al verlo reflejado en su hermoso rostro. Pero ella, desviándome de esta contemplación con la luz de una sonrisa, me dijo:
—Vuélvete y escucha; que no está solamente en mis ojos el paraíso.
Así como algunas veces se ve la pasión en la fisonomía, si aquélla es tanta que el alma entera le está sometida, del mismo modo en los destellos del fulgor santo, hacia el cual me volví, conocí el deseo de continuar nuestra plática. Y en efecto, empezó diciendo:
—En esta quinta rama del árbol que recibe la vida por la copa, y fructifica siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los espíritus que allá abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran renombre, que toda musa se enriquecería con sus acciones: mira los brazos de la cruz, y los que te iré nombrando harán en ellos lo que el relámpago en la nube.
Apenas nombró a Josué, vi pasar un fulgor por la cruz, y el oír pronunciar aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fué todo uno. Al nombre del Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de su alegría. Del mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando, mi atenta mirada siguió a dos luces, como sigue la vista el vuelo del halcón. Después pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo y Rinoardo, el duque Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el alma que me había hablado se movió del mismo modo y se reunió a los anteriores, demostrándome lo artista que era entre los cantores del cielo.
Volvíme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer, bien por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos, tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a su anterior aspecto. Y así como el hombre que obra bien, por el mayor placer que siente, advierte de día en día el aumento de su virtud, así yo, viendo más resplandeciente aquel milagro de belleza, reparé que se había hecho más extenso el círculo de mi rotación juntamente con el cielo; y en breve espacio de tiempo que muda de color el rostro de una doncella cuando depone el peso de la vergüenza, presentóse a mis ojos, al volverme, una transmutación semejante, por efecto de la blancura de la sexta y templada estrella, que me había recibido en su interior. Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así como las aves que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio donde encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus movimientos. Primeramente ajustaban su baile al canto; después, representando uno de aquellos caracteres, se detenían un momento y guardaban silencio.
Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de la frase: Diligite justitiam qui judicatis terram; que se lee en la Sagrada Escritura.
¡Oh divina Pegásea, que glorificas y prolongas la vida de los ingenios, haciendo que perpetúen la memoria de las ciudades y de los reinos! Ilumíname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he visto, y de que aparezca tu poder en estos cortos versos.
La musa Calíope.
Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y yo observé aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite justitiam" fué el primer verbo y el primer nombre que representaron; "qui judicatis terram" fueron las últimas palabras. Después, en la M del quinto vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de Júpiter en aquel punto parecía de plata moteada de oro. Entonces vi descender otras luces sobre la parte superior de la M y detenerse allí cantando, según creo, el bien que hacia sí las atrae. Después, así como del choque de dos tizones ardientes salen innumerables chispas, de donde los necios deducen augurios, parecióme que se elevaban más de mil luces, remontándose unas más y otras menos, según las distribuye el Sol que las enciende; y cuando cada cual quedó fijo en su puesto, vi que aquellas luces formaban distintamente la cabeza y el cuello de un águila. Aquel que pinta esto no tiene quien le guíe, antes bien él guía todas las cosas, y de él procede esa virtud que mueve a los animales a dar una forma apropiada a sus nidos. Los demás bienaventurados, que anteriormente parecían contentarse con formar sobre la M una corona de lises, por medio de un pequeño movimiento concluyeron la figura del águila.
—¡Oh dulce estrella!, ¡cuántas y qué resplandecientes almas me demostraron allí que nuestra justicia es un efecto del cielo que tú adornas! Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de tu fuerza, que repare de dónde sale el humo que obscurece tus rayos, a fin de que se irrite otra vez contra los compradores y vendedores del templo que se fortificó con los milagros y la sangre de los mártires. ¡Oh milicia celestial a quien contemplo! Ruega por los que existen en la Tierra extraviados por el mal ejemplo. Era ya antigua costumbre hacer la guerra con la espada; hoy se hace arrebatando por doquiera el pan que a nadie niega nuestro piadoso Padre. Pero tú, que escribes solamente para borrar, piensa que aún están vivos Pedro y Pablo, los cuales murieron por la viña que de tal modo echas a perder. Con razón puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aquél que quiso vivir solo, y que a consecuencia de un baile fué arrastrado al martirio, que no conozco al Pescador ni a Pablo."
San Juan Bautista.
[Ilustración]
CANTO DECIMONONO
Ante mi aparecía, con las alas abiertas, la bella imagen que en su dulce fruición hacía dichosas a las almas reunidas. Cada una de éstas parecía un pequeño rubí, en el que brillaba tan encendido un rayo de Sol, que reflejaba a mis ojos la imagen del mismo Sol. Y lo que necesito describir ahora no lo anunció la voz jamás, ni lo escribió la tinta, ni lo concibió la imaginación. Porque vi, y aun oí hablar al pico del águila y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intención era decir: "Nos" y "Nuestro." Y empezó así:
—Por haber sido justo y piadoso estoy aquí exaltado hasta esta gloria, que no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dejé tal memoria de mí, que los hombres más perversos la recomiendan, pero no siguen su ejemplo.



