La Divina Comedia · Dante Alighieri

Part 31

Capítulo 31 de 34 · 15 min de lectura

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CANTO VIGESIMOQUINTO

Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de muchos años, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello redil, donde dormí corderillo enemigo de los lobos que le hacen la guerra; entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos, y tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque allí entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me rodeó Pedro de aquel modo la frente. Después se adelantó hacia nosotros un resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los vicarios que Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me dijo:

—Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a Galicia.

El apóstol Santiago.

Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas y arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes acogerse mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi rostro. Beatriz dijo entonces riendo:

—¡Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres en todo su esplendor.

—Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que llega aquí arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.

Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo resplandor: entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los habían inclinado con su excesivo peso.

—Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres, antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo, dime en qué consiste ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te proviene.

Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de esta suerte:

—La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto de esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a Jerusalén, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que él refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no le serán de difícil resolución, ni le servirán de jactancia: responda, pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.

Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en aquello en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:

—La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida por la gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas que me comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón fué el supremo cantor del Supremo Señor, "Que esperen en ti los que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo conoce teniendo mi fe? Tú me has inundado después con su oleada en tu Epístola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra lluvia.

David.

Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:

—El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con ella te deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la Esperanza te promete.

Yo le contesté:

—Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término lo veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano nos manifiesta más claramente esta revelación, allí donde trata de las blancas vestiduras.

San Juan en el Apocalipsis.

Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan viva, que si Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un mes de un solo día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la danza, sólo por festejar a la recién venida, y no por vanidad u otra flaqueza, así vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguían dando vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las mismas palabras con la misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas como esposa inmóvil y silenciosa.

—Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el que fué elegido desde la cruz para el gran cargo.

Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que me fué dicho:

—¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi cuerpo es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos hasta tanto que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las dos luces que se elevaron antes son las únicas que existen en este bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir en tu mundo.

Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente con el dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así como, para descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos que venían azotando el agua.

¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el dichoso mundo!

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CANTO VIGESIMOSEXTO

Mientras yo permanecía indeciso a causa de mi deslumbrada vista, salió la fúlgida llama que la deslumbró una voz, que llamó mi atención diciendo:

—En tanto que recobras la vista que has perdido mirándome, bueno es que hablando conmigo compenses su pérdida. Empieza, pues, y dime adónde se dirige tu alma, y persuádete de que tu vista sólo está ofuscada, pero no destruída; pues la Dama que te conduce por esta región luminosa tiene en su mirada la virtud que tuvo la mano de Ananías.

Yo dije:

—Venga tarde o temprano, según su voluntad, el remedio a mis ojos, que fueron las puertas por donde ella entró con el fuego en que me abraso. El bien que esparce la alegría en esta corte es el "alfa" y el "omega" de cuanto el amor escribe en mí, ya sea leve o fuertemente.

Aquella misma voz que había desvanecido el miedo causado por mi súbito deslumbramiento, excitó nuevamente en mí el deseo de hablar, diciendo:

—Es preciso que te limpies en una criba más fina: es preciso que digas quién dirigió tu arco hacia tal blanco.

—Los argumentos filosóficos—contesté—, y la autoridad que desciende de aquí, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por sí mismo, apenas es conocido, enciende tanto más el amor, cuanta mayor bondad encierra. Así pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se funda esta prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna otra cosa aquella esencia, en la cual hay tanta ventaja, que los demás bienes existentes fuera de ella no son más que un rayo de su luz. Esa verdad la ha declarado a mi inteligencia aquel que me demuestra el primer amor de todas las substancias eternas. Me la declaran también las palabras del veraz Hacedor, que dijo a Moisés hablando de sí mismo: "Yo te mostraré reunidas en mí todas las perfecciones." Tú también me la declaras en el principio de tu sublime anuncio, que publica en la Tierra el arcano de arriba más altamente que ningún otro.

Dios.

Y yo oí:

—Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la autoridad divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime todavía si te sientes atraído hacia él por otras cuerdas, y dime con cuantos dientes te muerde este amor.

No se me ocultó la santa intención del águila de Cristo; pues comprendí hasta dónde quería llevar mi confesión: por eso empecé a decir:

—Todos los estímulos que pueden obligar al corazón a volverse hacia Dios concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi existencia, la muerte que El sufrió para que yo viva, y lo que espera todo fiel como yo, juntamente con el conocimiento antedicho, me han sacado del piélago de los amores tortuosos, y me han puesto en la playa del recto amor. Amo las hojas que adornan todo el huerto del Hortelano eterno en la misma proporción del bien que aquél les comunica.

Apenas guardé silencio, resonó por el Cielo un dulcísimo canto; y mi Dama decía con los demás: "¡Santo, Santo, Santo!" Y así como la aparición de una luz penetrante desvanece el sueño, excitando el sentido de la vista, el cual acude a la claridad que atraviesa las membranas; y el despertado la rehuye, aturdido en su repentino desvelo, mientras no le ayuda la facultad estimativa, de igual suerte ahuyentó Beatriz todo entorpecimiento de mis ojos con el rayo de los suyos, que brillaba a más de mil millas: entonces vi mejor que antes, y casi estupefacto pregunté quién era un cuarto resplandor que distinguí con nosotros. Mi Dama me dijo:

—Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma creada por la Virtud primera.

Adán.

Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y después se levanta por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado mientras ella hablaba, e irguiéndome después a impulsos del deseo de preguntar que me abrasaba; por lo que empecé de esta suerte:

—¡Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! ¡Oh padre antiguo, de quien toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te suplico que me hables; tú ves mis deseos, los cuales no te manifiesto por oír más pronto tus palabras.

A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegría que le causaba complacerme. Después dijo:

—Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que tú aquello de que estés más cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio son las demás cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres oír cuánto tiempo ha que Dios me colocó en el excelso jardín en donde ésa te preparó a subir tan larga escala; por cuánto tiempo deleitó mis ojos; la verdadera causa de la gran ira, y el idioma inventado por mí de que hice uso. Sabe, pues, hijo mío, que el haber probado la fruta del árbol no fué la causa de tan largo destierro, sino solamente el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu Dama hizo partir a Virgilio, estuve deseando esta compañía por espacio de cuatro mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanecí en la Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas treinta veces. La lengua que hablé se extinguió completamente antes que las gentes de Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque ningún efecto racional fué jamás duradero, a causa de la voluntad humana, que se renueva según la posición y la influencia de los astros. Es cosa muy natural que el hombre hable; pero la naturaleza deja a vuestra discreción que lo hagáis de este o del otro modo. Antes que yo descendiese a las angustias infernales, se daba en la Tierra el nombre de I al Sumo Bien de quien procede la alegría que me circunda; ELI se le llamó después y así debía ser; porque el uso de los mortales es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su puesto a otra nueva. En el monte que se eleva más sobre las ondas estuve yo, con vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es segunda después de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro cuadrante.

Otros escriben un (único), El, por Eli, o J, principio del nombre de Jehová, y sobre cada una de estas opiniones se ha discutido mucho.

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CANTO VIGESIMOSEPTIMO

"Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo," entonó todo el Paraíso con tan dulce canto, que me embriagaba. Lo que veía me parecía una sonrisa del Universo, pues mi embriaguez penetraba por el oído y por la vista. ¡Oh gozo!, ¡oh inefable alegría!, ¡oh vida entera de amor y de paz!, ¡oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que había venido primero empezó a lanzar más vivos destellos, transformándose su aspecto cual aparecería el de Júpiter, si éste y Marte fueran aves y trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aquí a su placer los oficios de cada uno, había impuesto silencio a todo el coro de los bienaventurados, cuando oí estas palabras:

—No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues verás demudarse el de todos éstos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi puesto, mi puesto, mi puesto, que está vacante a los ojos del Hijo de Dios, ha hecho de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre, que al perverso caído desde aquí sirve allá abajo de complacencia.

Lucifer.

Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol por mañana y tarde a las nubes opuestas a él; y cual mujer honesta que, segura de sí misma, se ruboriza tan sólo al escuchar las faltas ajenas, así vi yo a Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que hubo en el cielo cuando la pasión del Poder Supremo. Después, con voz tan alterada, que no fué mayor la alteración de su semblante, continuó en estos términos:

—Mi sangre, así como la de Lino y la de Cleto, no alimentó a la Esposa de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que adquiriese aquella vida virtuosa por la que Sixto y Pío, Calixto y Urbano derramaron su sangre después de muchas lágrimas. No fué nuestra intención que una parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la derecha y otra a la izquierda de nuestro sucesor, ni que las llaves que me fueron concedidas se convirtieran en una enseña de guerra para combatir contra los bautizados, ni que estuviese representada mi imagen en un sello para servir a privilegios vendidos y falsos, de que con frecuencia me avergüenzo e irrito. En todos los prados se ven allá abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. ¡Oh justicia de Dios!, ¿por qué duermes? Los de Cahors y los de Gascuña se preparan a beber nuestra sangre. ¡Oh buen principio, en que fin tan vil has de venir a parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipión defendió en Roma la gloria del mundo, lo socorrerá en breve según imagino. Y tú, hijo, que todavía has de volver abajo, llevado por el peso de tu cuerpo mortal, abre allí la boca y no ocultes lo que yo no oculto.

Papas y mártires, sucesores de San Pedro.

Así como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores, cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol, de igual modo vi elevarse aquel éter puro, y despedir hacia lo alto los vapores triunfantes que allí se habían detenido con nosotros. Mi vista seguía sus semblantes, y los siguió hasta que la mucha distancia me impidió ir más adelante: por lo cual mi Dama, reparando que había cesado de mirar hacia arriba, me dijo:

—Baja la vista y advierte cuánto has girado.

Cuando el Sol está en Capricornio, o sea en diciembre y enero.

Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez a la Tierra, había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la mitad hasta el fin; de modo que veía más allá de Cádiz el insensato paso de Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se convirtió en dulce carga: y aun habría descubierto mayor espacio de este globulillo, a no ser porque el Sol me precedía bajo mis pies un signo y algo más. El amoroso espíritu con que adoro siempre a mi Dama ardía más que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los espíritus, ya en cuerpos humanos, ya en pinturas, todas juntas serían nada en comparación del placer divino que me iluminó cuando me volví hacia su faz riente: la fuerza que me infundió su mirada me apartó del bello nido de Leda, y me transportó al cielo más veloz. Sus partes vivísimas y excelsas son tan uniformes, que no sabré decir cuál de ellas escogió Beatriz para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme, sonriéndose tan placentera, que parecía regocijarse Dios en su semblante:

Las playas fenicias, donde Júpiter, transformado en toro, robó a Europa.

Del signo de Géminis.

Al cielo llamado Primer móvil.

—En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo demás gira en torno suyo; y este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento más que la mente divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y la influencia que vierte sobre las demás cosas. La luz y el amor la circundan, así como él circunda a los otros cielos inferiores; y ese círculo de luz y de amor lo dirige y lo comprende tan sólo Aquél que rodea con él a este cielo. Su movimiento no está determinado por otro alguno; pero los demás están medidos por éste, lo mismo que diez por la mitad y el quinto. Ahora puedes comprender cómo el tiempo tiene sus raíces en este tiesto, y en los otros las hojas. ¡Oh concupiscencia, que de tal modo sumerges en ti a los mortales, que a ninguno le es posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece la voluntad en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia sólo se encuentran en los niños; y después cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus mejillas. Hay quien ayuna balbuceando todavía, y luego que tiene la lengua suelta, devora cualquier alimento en cualquier época; y también hay quien, balbuciente aún, ama y escucha a su madre, y cuando llega a hablar claramente, desea verla sepultada. No de otro modo la piel de la bella hija del que os trae la mañana y os deja la noche, siendo blanca al principio, se ennegrece después. Y a fin de que no te maravilles, sabe que en la Tierra no hay quien gobierne; por lo cual va tan descarriada la raza humana. Pero antes de que el mes de enero deje de pertenecer al invierno, a causa del centésimo de que allá abajo no hacen caso, estos círculos superiores rugirán de tal suerte, que la borrasca, por tanto tiempo esperada, volverá las popas donde ahora están las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el verdadero fruto venga en pos de la flor.

La Naturaleza humana.

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CANTO VIGESIMOCTAVO

Después que aquella que eleva mi alma al Paraíso me manifestó la verdad contrapuesta a la vida actual de los míseros mortales, recuerda mi memoria que, así como el que ve en un espejo la llama de una antorcha encendida detrás de él, antes de haberla visto o pensado en ella, se vuelve para cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve que los dos están acordes, como la nota musical con el compás, así hice yo al contemplar los hermosos ojos en donde tejió amor la cuerda que me sujetó: y cuando me volví, y se vieron heridos los míos por lo que aparece en aquel cielo toda vez que se observe con atención su movimiento, distinguí un punto que despedía tan penetrante luz, que es preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su aguda intensidad. La estrella que más pequeña parece desde la Tierra, colocada a su lado, como una estrella cerca de otra, parecería una luna. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz que le traza, cuando el vapor que lo forma es más denso, distaba del centro de aquel punto un círculo de fuego, girando tan rápidamente, que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel Cielo que más velozmente gira ciñendo al mundo. Este círculo estaba rodeado por otro, y éste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el quinto el cuarto, y después por el sexto el quinto; sobre éstos seguía el séptimo, de tan gran extensión, que la mensajera de Juno sería demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedía con el octavo y el noveno, y cada cual de ellos se movía con más lentitud según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara el que menos distaba de la luz purísima; porque, según creo, participa más de su verdad. Mi Dama, que me veía presa de una viva curiosidad, me dijo: