Hamlet · William Shakespeare

ESCENA XVI

Capítulo 63 de 80 · 2 min de lectura

LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo

LAERTES.—¿En dónde está el rey? (Volviéndose hacia la puerta por donde ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se retiren). Vosotros quedaos todos afuera.

VOCES.—No, entremos.

LAERTES.—Yo os pido que me dejéis.

VOCES.—Bien, bien está.

LAERTES.—Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno príncipe, dame á mi padre.

GERTRUDIS.—Menos, menos ardor, querido Laertes.

LAERTES.—Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la nota infame de prostituta.

CLAUDIO.—Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?... Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale, Gertrudis... Habla tú.

LAERTES.—¿En dónde está mi padre?

CLAUDIO.—Murió.

GERTRUDIS.—Pero no le ha muerto el rey.

CLAUDIO.—Déjale preguntar cuanto quiera.

LAERTES.—¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á dar completa venganza á mi difunto padre.

CLAUDIO.—¿Y quién te lo puede estorbar?

LAERTES.—Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.

CLAUDIO.—Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?

LAERTES.—No, sólo á mis enemigos.

CLAUDIO.—¿Querrás, sin duda, conocerlos?

LAERTES.—¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con mi sangre misma.

CLAUDIO.—Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos la luz del día.

VOCES.—Dejadla entrar.

(Ruido y voces dentro).

LAERTES.—¿Qué novedad... qué ruido es éste?