Hamlet · William Shakespeare
ESCENA XXIII
Capítulo 68 de 80 · 4 min de lectura
CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO. (Lee una carta.)—«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la causa de mi extraña y repentina vuelta.—HAMLET.»
¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay alguna equivocación, ó acaso todo es falso?
LAERTES.—¿Conocéis la letra?
CLAUDIO (examinando con atención la carta).—Sí, es de Hamlet... Desnudo... y en una enmienda que hay aquí, dice: solo... ¿Qué puede ser esto?
LAERTES.—Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.
CLAUDIO.—Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?
LAERTES.—Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.
CLAUDIO.—A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el hecho juzgándole casual.
LAERTES.—Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que le ejecute.
CLAUDIO.—Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi opinión ocupa el último lugar.
LAERTES.—¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO.—No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron á lo que él hizo.
LAERTES.—¿Decís que era normando?
CLAUDIO.—Sí, normando.
LAERTES.—Ese es Lamond, sin duda.
CLAUDIO.—El mismo.
LAERTES.—Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.
CLAUDIO.—Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso para batallar contigo. Fuera de esto...
LAERTES.—¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.—Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta un corazón?
LAERTES.—¿Por qué lo preguntáis?
CLAUDIO.—No porque piense que no amabas á tu padre, sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha ó pábilo que la destruye al fin; nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces aquel estéril deseo es semejante á un suspiro que exhalando pródigo el aliento, causa daño en vez de dar alivio... Pero toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve... ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar más con las obras que con las palabras que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES.—¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
CLAUDIO.—Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz lo que te diré: Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet, sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre á los elogios que hizo de ti el francés. Por último, llegaréis á veros; se harán apuestas en favor de uno y otro... él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
LAERTES.—Así lo haré, y á ese fin quiero envenenar la espada con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que mojando un cuchillo en él, adondequiera que haga sangre introduce la muerte, sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada con este veneno, para que apenas le toque muera.
CLAUDIO.—Reflexionemos más sobre esto... Examinemos qué ocasión, qué medios serán más oportunos á nuestro engaño; porque si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... calla... ¿Qué ruido se escucha?
(Suena ruido dentro).



