Lisístrata · Aristophanes

Part 5

Capítulo 5 de 19 · 14 min de lectura

BDELICLEÓN.

Este solo.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese desgraciado?

BDELICLEÓN.

El hijo segundo de Carcino.

FILOCLEÓN.

Pronto lo anonadaré; voy a molerle a puñetazos acompasados; pues no entiende una palabra de ritmos.

BDELICLEÓN.

Pero, ¡infeliz!, ahí viene su hermano, otro trágico carcinita.

FILOCLEÓN.

Voy haciendo provisiones para el almuerzo.

BDELICLEÓN.

Sí, pero solo de cangrejos; por que ahí llega un tercer hijo de Carcino.

FILOCLEÓN.

¿Qué es eso que se arrastra? ¿Es una araña o una vinagrera?

BDELICLEÓN.

Es un cangrejillo; el más pequeño de la familia. También poeta trágico.

FILOCLEÓN.

¡Oh Carcino, padre feliz de tan hermosa familia! ¡Qué banda de reyezuelos desciende sobre mí! Fuerza es, ¡ay triste!, que me bata con ellos. Preparad la salmuera, por si salgo vencedor.

CORO.

Ea, apartémonos un poco, para que puedan hacer sus pruebas delante de nosotros.

Ea, ilustres hijos de un habitante del mar, hermanos de los langostinos, danzad sobre la arena en la orilla del estéril piélago. Moved en círculo vuestros pies; levantad las piernas como Frínico, y al verlas en el aire, lanzarán gritos de asombro los espectadores.

Gira sobre ti mismo, da vueltas; levanta la pierna hasta el cielo; trasfórmate en un torbellino. Ahí se adelanta el mismo rey del mar, el padre de tus rivales, orgulloso de sus hijos. Mas si tenéis gusto en danzar, hacednos salir cuanto antes, pues nunca hasta ahora se ha visto terminar la comedia con un baile del coro.

FIN DE LAS AVISPAS.

LA PAZ.

NOTICIA PRELIMINAR.

Cleón y Brásidas, generales de Atenas y Lacedemonia, murieron en un mismo combate; aquel al retirarse fugitivo, y este en brazos de la victoria. «Después de la derrota de los atenienses ante Anfípolis, dice Tucídides, y de la muerte de Brásidas y Cleón, los más ardientes partidarios de la guerra, el primero porque le debía sus triunfos y su gloria, y el segundo porque no dejaba de prever que en tiempos normales serían más patentes sus prevaricaciones y menos atendidas sus calumnias, los hombres que en ambas ciudades aspiraban a desempeñar el principal papel, Plistoánax, hijo de Pausanias, rey de Esparta, y Nicias, hijo de Nicerato, el general afortunado como ninguno, se declararon en favor de la paz. Pactose está por cincuenta años tras largas negociaciones, aunque la reconciliación de las dos repúblicas enemigas siempre tuvo más de aparente que de real.» Alcibíades, cuya desmedida ambición era un continuo peligro, pues aspiraba no menos que a recoger la herencia de Pericles, y atropellando por todo, trataba de comprometer a su patria en una nueva guerra, atizó con sus intrigas los enconados odios que en el corazón de ambas ciudades se revolvían; y tal maña se dio que en el año 420 antes de nuestra era, decimotercio de la guerra del Peloponeso, era ya inminente una nueva ruptura de hostilidades. Para contener, si era posible, tan espantoso mal, escribió La Paz Aristófanes, comedia cuyo objeto, idéntico al de Los Acarnienses, es inspirar al pueblo profunda aversión a una guerra desastrosa y funesta, y confirmarle en el amor a las dulzuras del estado pacífico, que apenas había empezado a saborear. Para lograr tan levantado fin, acude el poeta tanto a su inagotable imaginación como a la audaz energía de que tan elocuente muestra son sus Caballeros, pues a un tiempo que pinta con poético colorido las ventajas de la paz y da existencia y vida a las más inanimadas abstracciones, levanta con atrevida mano el hipócrita velo con que se encubrían los enemigos del reposo público, mostrando al desnudo sus miras interesadas, sus bajas intenciones y su sospechosa ambición. Los dos partidos que entonces dividían a Atenas aparecen en La Paz tras una alegoría transparente: el populacho, los demagogos, las gentes que no teniendo nada que perder se agrupaban alderredor de Alcibíades, en aquella jarcia de comerciantes de lanzas, cascos y escudos; y las personas sensatas y sinceramente amantes de su país, en el noble coro de labradores que ayuda al audaz Trigeo en la peligrosa tarea de libertar a la patria. Veamos cómo desarrolla Aristófanes la acción.

Trigeo o viñador, condolido de los males que afligen a su patria, se propone subir al Olimpo en demanda de la Paz; el único medio que para ello se le ocurre, es alimentar un enorme escarabajo, recordando la fábula de Esopo en que aquel animalejo consigue llegar hasta el regazo del padre de los dioses. Caballero en el nuevo Pegaso, lánzase atrevidamente a los aires, desoyendo las advertencias de su atribulada familia. Llega por fin al cielo, donde Mercurio, después de un recibimiento descortés, se aviene a indicarle el modo de desenterrar a la Paz. Aparécese en esto la Guerra acompañada del Tumulto, y pone a la vista sus violencias majando en un inmenso mortero ciudades y regiones, mientras la Paz permanece relegada al fondo de una caverna, obstruida por enormes peñascos. Trigeo trata de darla libertad y convoca al efecto a ciudadanos de todos los países, principalmente labradores, que aparecen armados de cables y palancas. No todos ponen, sin embargo, igual ahínco en la consecución de la obra, pues mientras los atenienses y lacedemonios tiran con todas sus fuerzas, los de Mégara blandean por el hambre, y los de Argos y Beocia tratan, fingiendo ayuda, de anular sus esfuerzos con ánimo de obtener durante la guerra pingües subsidios de todos los beligerantes. Por fin la cautiva aparece, y con ella Opora y Teoría, personificaciones de la abundancia y de las fiestas anejas a la Paz. En medio del mayor júbilo se ofrece a la deidad rescatada un sacrificio, turbado solo por las pretensiones de Hierocles, sacerdote famélico, y las quejas de los vendedores de armas, a los que el nuevo orden de cosas va a arruinar.

La comedia concluye con las bodas de Trigeo y la Abundancia, celebradas por un alegre y estrepitoso canto de Himeneo.

Adolece esta pieza de un defecto capital, y es que la ficción admirablemente sostenida hasta que la Paz sale de la caverna, decae desde este momento y se arrastra lánguidamente hasta el final. Ni los más picantes chistes, ni multitud de encantadores detalles, parecidos, como dice Pierron, a islotes de pura poesía sobrenadando en un mar de obscenidades y bajezas, ni el diálogo siempre intencionado y vivo bastan para disimular la pobreza de la acción, que desde el verso 520, es decir, mucho antes de la mitad de la comedia, queda reducida a los preparativos necesarios para el ofrecimiento de un holocausto y la celebración de unas bodas. A esto se agrega, observa Brumoy, el hallarse llena La Paz, más que otras comedias, de enigmas, alusiones, metáforas y figuras de toda especie, cuyo gusto, aunque no lo podamos apreciar con la debida precisión, sin embargo, no era de los más selectos, pues fue ya objeto de acerbas críticas por parte de los contemporáneos de Aristófanes, hasta tal punto que este, según la opinión más probable, los corrigió en una segunda edición, en la cual la Paz, personaje mudo en la conservada, debía de intervenir en el diálogo y la acción con su compañera la Agricultura.

La Paz se representó el año 13 de la guerra del Peloponeso, 420 antes de nuestra era, cuya fecha fija suficientemente Aristófanes en el verso 998 de la misma, y obtuvo en el certamen el segundo lugar. «Quizá, observa un discreto intérprete, al negarle los jueces la primera corona, quisieron castigar al poeta por haber tenido razón contra la ceguera popular.»

PERSONAJES.

DOS ESCLAVOS DE TRIGEO. TRIGEO. MUCHACHAS, HIJAS DE TRIGEO. MERCURIO. LA GUERRA. EL TUMULTO. CORO DE LABRADORES. HIEROCLES, adivino. UN FABRICANTE DE HOCES. UN FABRICANTE DE PENACHOS. UN VENDEDOR DE CORAZAS. UN FABRICANTE DE TROMPETAS. UN FABRICANTE DE CASCOS. UN FABRICANTE DE LANZAS. UN HIJO DE LÁMACO. UN HIJO DE CLEÓNIMO. LA PAZ. } OPORA O LA ABUNDANCIA. } Personajes mudos. TEORÍA. }

La acción pasa al principio delante de la casa de Trigeo.

LA PAZ.

ESCLAVO PRIMERO.

Vamos, vamos, trae pronto su pastelito al escarabajo.

ESCLAVO SEGUNDO.

Toma, dáselo a ese maldito. ¡Ojalá no coma otro mejor!

ESCLAVO PRIMERO.

Dale otro de excremento de asno.

ESCLAVO SEGUNDO.

Ahí lo tienes también. ¿Pero dónde está el que le trajiste hace un momento? ¿Se lo ha comido ya?

ESCLAVO PRIMERO.

¡Pues ya lo creo! Me lo arrebató de las manos, le dio una vueltecilla entre las patas, y se lo tragó enterito. Hazle, hazle otros más grandes y espesos.

ESCLAVO SEGUNDO.

¡Oh limpia-letrinas, socorredme en nombre de los dioses, si no queréis que me asfixie!

ESCLAVO PRIMERO.

Otro, otro, confeccionado con excrementos de bardaje; ya sabes que le gusta la masa muy molida.

ESCLAVO SEGUNDO.

Toma; lo que me consuela es hallarme al abrigo de una sospecha: nadie dirá que me como la pasta al amasarla.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Puf! Venga otro, otro, y otro; no ceses de amasar.

ESCLAVO SEGUNDO.

¡Imposible! No puedo resistir ya el olor de esta letrina. Voy a llevarlo todo adentro.

ESCLAVO PRIMERO.

Idos al infierno ella y tú.

ESCLAVO SEGUNDO.

¿No me dirá alguno de vosotros que lo sepa, dónde podré comprar una nariz sin agujeros? Porque es el más repugnante de los oficios, esto de ser cocinero de un escarabajo. Al fin un cerdo o un perro se tragan nuestros excrementos tal y como se los encuentran, mas este animal anda siempre en repulgos, y ni aun se digna tocarlos, si no me he estado amasando un día entero la bolita, como si hubiera de ofrecerse a una joven delicada. Pero veamos si ha concluido de comer; voy a entreabrir un poquito la puerta, para que él no me distinga. ¡Traga, traga, atrácate hasta que revientes! ¡Cómo devora el maldito! Mueve las mandíbulas como un atleta sus membrudos brazos: luego agita la cabeza y las patas, como los que enrollan cables en las naves de carga. ¡Qué animal tan voraz, fétido e inmundo! No sé qué dios nos ha enviado semejante regalo, pero seguramente no han sido ni Venus ni las Gracias.

ESCLAVO PRIMERO.

¿Pues cuál?

ESCLAVO SEGUNDO.

Solo ha podido ser Júpiter fulminante. Pero sin duda algún espectador, alguno de esos jóvenes presumidos de sabios, estará diciendo ya: ¿Qué es esto? ¿Qué significa ese escarabajo? Y un jonio sentado a su lado, estoy seguro de que le responde: Todo esto, si no me engaño, se refiere a Cleón, pues es el único que no tiene reparo en alimentarse de basura. Pero voy a dar agua al escarabajo.

ESCLAVO PRIMERO.

Y yo voy a explicar el asunto a los niños, a los mozos, a los hombres, a los viejos, y a los que han traspasado el término ordinario de la vida. Mi señor tiene una rara locura, no la vuestra, sino otra completamente nueva. Todo el día se lo pasa mirando al cielo, con la boca abierta, e increpando a Júpiter de este modo: ¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas? Depón tu escoba, no barras la Grecia.

TRIGEO (Dentro).

¡Ay! ¡Ay!

ESCLAVO PRIMERO.

Callemos. Se me figura haber oído su voz.

TRIGEO.

¡Oh Júpiter! ¿Qué intentas hacer de nuestra patria? ¿No ves que se despueblan las ciudades?

ESCLAVO PRIMERO.

He ahí la manía de que acabo de hablaros. Esas palabras pueden daros una idea de ella; yo os diré las que pronunciaba cuando principió a revolvérsele la bilis. Hablando aquí mismo a solas, exclamaba: «¿Cómo podría yo ir derecho a Júpiter?» Construyó al efecto escalas muy ligeras, por las cuales, sirviéndose de pies y manos, trataba de subir al cielo, hasta que se cayó, rompiéndose la cabeza. Ayer se fue corriendo a no sé dónde, y volvió a casa con este enorme escarabajo, ligero como un caballo del Etna, obligándome a ser su palafrenero. Mi amo le acaricia como si fuese un potro, y le dice: «Pegasillo mío, generoso volátil, llévame de un vuelo hasta el trono de Júpiter.» Pero voy a ver por esta rendija lo que hace. ¡Oh desgraciado! ¡Favor, favor, vecinos! ¡Mi dueño sube por el aire montado en el escarabajo!

TRIGEO (En la escena).

Despacio, despacio; poco a poco, escarabajo mío; refrena algo tu fogosidad; no confíes demasiado en tu fuerza; aguarda a que, después de sudar, el rápido movimiento de las alas haya dado agilidad a tus remos. Sobre todo, no despidas ningún mal olor; si estás dispuesto a hacerlo, más vale que te quedes en casa.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Oh dueño mío! ¿Estás loco?

TRIGEO.

¡Silencio! ¡Silencio!

ESCLAVO PRIMERO.

¿Pero a dónde diriges tu vuelo, temerario?

TRIGEO.

Vuelo para hacer la felicidad de todos los griegos; por ellos llevo a cabo esta nueva y atrevida empresa.

ESCLAVO PRIMERO.

Mas ¿qué intentas? ¡Oh, qué inútil locura!

TRIGEO.

Nada de palabras de mal agüero. Al contrario, pronúncialas favorables. Manda callar a todos; haz que cubran con nuevos ladrillos las letrinas y cloacas, y que se pongan un tapón en el trasero.

ESCLAVO PRIMERO.

No, no callaré, si no me dices a dónde enderezas el vuelo.

TRIGEO.

¿A dónde he de ir sino al cielo, a ver a Júpiter?

ESCLAVO PRIMERO.

¿Con qué intención?

TRIGEO.

Con la de preguntarle qué piensa hacer de todos los griegos.

ESCLAVO PRIMERO.

¿Y si no te lo dice?

TRIGEO.

Le citaré a juicio y le acusaré de hacer traición a los griegos en favor de los persas.

ESCLAVO PRIMERO.

Por Baco, no harás eso mientras yo viva.

TRIGEO.

Pues no es posible otra cosa.

ESCLAVO PRIMERO.

¡Ay, ay, ay! Chiquitas, que vuestro padre os abandona marchándose al cielo de tapadillo. ¡Ah! Suplicadle, suplicadle, pobrecitas huérfanas.

LA MUCHACHA.

¡Padre, padre! ¿Será verdad, como acaban de decirnos, que nos abandonas para ir a perderte con las aves en la región de los cuervos? Di, padre mío, ¿es verdad? Respóndeme, si me amas.

TRIGEO.

Sí, me marcho. Cuando me pedís pan, hijas mías, llamándome papá, se me parte el corazón al no hallar en toda la casa ni la sombra de un óbolo. Si salgo bien de la empresa, tendréis siempre que queráis una gran torta, sazonada con un buen bofetón.

LA MUCHACHA.

Mas ¿cómo vas a hacer ese viaje? No hay navío que pueda conducirte.

TRIGEO.

Iré sobre este corcel alado; no necesito embarcarme.

LA MUCHACHA.

Pero, padre, ¿cómo se te ha ocurrido subir al cielo montado en un escarabajo?

TRIGEO.

Las fábulas de Esopo dicen que es el único volátil que ha llegado hasta los dioses.

LA MUCHACHA.

¡Padre mío, padre mío! Eso es un cuento increíble. ¿Cómo ha podido llegar hasta los dioses un animal tan inmundo?

TRIGEO.

Subió por la enemistad que tuvo con el águila, y se vengó haciendo una tortilla con sus huevos.

LA MUCHACHA.

¿No era mejor que montases el alígero Pegaso y te presentases a los dioses con más trágico continente?

TRIGEO.

Tontuela, ¿no conoces que hubiera necesitado doble provisión? Mientras así este se alimentará con lo que yo haya digerido.

LA MUCHACHA.

Y si cae del piélago en los húmedos abismos, ¿cómo podrá salir a flote un animal alado?

TRIGEO.

Llevo un timón que emplearé si hay necesidad; todo quedará reducido a que me sirva de nave un escarabajo de Naxos.

LA MUCHACHA.

Después del naufragio, ¿qué puerto te acogerá?

TRIGEO.

¿Pues no hay en el Pireo el puerto del Escarabajo?

LA MUCHACHA.

Ten mucho cuidado de no tropezar y caer. Si te quedas cojo, darás asunto a Eurípides para una tragedia, de la cual serás protagonista.

TRIGEO.

Eso es cuenta mía. Adiós. (A los espectadores.) Vosotros, en cuyo obsequio sufro estos trabajos, absteneos durante tres días de todo desahogo, sólido ni fluido: pues, si al cernerse en las alturas percibe mi corcel algún olor, se precipitará sobre la tierra y burlará mis esperanzas. Adelante, Pegaso mío; haz resonar tu freno de oro, endereza las orejas. ¡Oh! ¿Qué haces, qué haces? ¿Por qué vuelves la cabeza hacia las letrinas? Levántate atrevidamente de la tierra, y desplegando tus veloces alas, vuela en línea recta al palacio de Júpiter. Aparta por hoy el hocico de la basura, y de todos tus alimentos cotidianos. ¡Eh, buen hombre! ¿Qué haces ahí? A ti te digo, que haces tus necesidades en el Pireo, junto al Lupanar. ¿Quieres que me mate? ¿Quieres que me mate? Ocúltalo pronto, cúbrelo con un gran montón de tierra, planta encima serpol y riégalo con perfumes, pues si llego a caer ahí y a causarme grave daño, en castigo de mi muerte tendrá que pagar cinco talentos la ciudad de Quíos por tu condenado trasero. ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué miedo! ¡Ya no tengo ganas de bromas! Mucha atención, maquinista. Un viento rebelde gira alderredor de mi ombligo: si no tienes suma precaución, voy a echarle un pienso al escarabajo. Mas no debo estar lejos de los dioses, pues ya distingo la morada de Júpiter. ¿Quién es ese que está en la puerta? Abrid.

(La escena cambia y representa el cielo.)

MERCURIO.

Se me figura que huelo a hombre (viendo a Trigeo). ¡Oh Hércules! ¿Qué monstruo es ese que veo?

TRIGEO.

Un hipocántaro.

MERCURIO.

Infame, atrevido, desvergonzado, bribón, rebribón, bribón más que todos los bribones juntos, ¿cómo has subido hasta aquí? ¿Cómo te llamas? ¡Pronto!

TRIGEO.

Bribón.

MERCURIO.

¿De dónde eres? ¡Contesta!

TRIGEO.

Bribón.

MERCURIO.

¿Quién es tu padre?

TRIGEO.

¿El mío? Bribón.

MERCURIO.

¡Por la Tierra! Vas a morir si no me dices tu nombre.

TRIGEO.

Soy Trigeo el Atmonense, viñador honrado, enemigo de pleitos y delaciones.

MERCURIO.

¿A qué has venido?

TRIGEO.

A traerte estas viandas.

MERCURIO.

¡Oh pobrecillo! ¿Qué tal, qué tal el viaje?

TRIGEO.

Glotonazo, ¿ya no te parezco bribón? Ea, vete a llamar a Júpiter.

MERCURIO.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No creas que estás cerca de los dioses. Ayer mismo emigraron.

TRIGEO.

¿A qué lugar de la Tierra?

MERCURIO.

¡Oh! ¿De la Tierra?

TRIGEO.

En fin, ¿a dónde?

MERCURIO.

Lejos, muy lejos, al sitio más escondido y apartado de los cielos.

TRIGEO.

¿Cómo te has quedado aquí solo?

MERCURIO.

Para guardar la vajilla restante, los pucherillos, las tablillas y las pequeñas ánforas.

TRIGEO.

¿Pero por qué han emigrado los dioses?

MERCURIO.

Por odio a los griegos. En los lugares que les estaban destinados han alojado a la guerra dándole amplios poderes para que os trate a su antojo. Ellos se han retirado muy lejos, por no presenciar vuestros combates ni oír vuestras súplicas.

TRIGEO.

¿Por qué razón nos tratan así? Dime.

MERCURIO.

Porque habéis preferido la guerra a la paz con que os han brindado mil veces. Los lacedemonios, si llegaban a conseguir alguna pequeña ventaja, exclamaban en seguida: «Por los Dióscuros, nos la han de pagar los atenienses.» Por el contrario, si los atenienses salíais algo mejor librados y los lacedemonios venían a tratar de la paz, la contestación ya se sabía que había de ser: «Por Minerva, no nos la pegáis; por Júpiter, no hay que darles crédito; ellos volverán mientras tengamos a Pilos.»

TRIGEO.

Cierto, ese es nuestro lenguaje.

MERCURIO.

Por lo cual no sé si volveréis a ver a la Paz.

TRIGEO.

¿Pues a dónde se ha ido?

MERCURIO.

La Guerra la hundió en una profunda caverna.

TRIGEO.

¿En cuál?

MERCURIO.

Ahí, en ese abismo; ¿no ves cuántos peñascos ha amontonado encima para que nunca podáis recobrarla?

TRIGEO.

Y dime, ¿qué calamidad nos prepara?

MERCURIO.

Lo ignoro; solo sé que ayer a la tarde trajo un mortero de prodigioso tamaño.

TRIGEO.

¿Qué hará con ese mortero?

MERCURIO.

Piensa machacar en él las ciudades. Pero me marcho; si no me engaño, va a salir; ¡cómo alborota ahí dentro!

TRIGEO.

¡Ah, pobre de mí! ¡Huyamos! Yo también oigo el estruendo del mortero bélico.

LA GUERRA (Trayendo un enorme mortero).

¡Guay mortales, mortales, desdichados mortales! ¡Temblad por vuestras mandíbulas!

TRIGEO.

¡Oh poderoso Apolo, qué inmenso mortero! ¡Qué daño hace la sola vista de la Guerra! ¡Ese, ese es el monstruo sanguinario y cruel del cual huimos! ¡Oh, cómo se apoya sobre sus piernas!

LA GUERRA.

¡Oh Prasias, Prasias, y una, y cien, y mil veces desgraciada, hoy feneces para siempre!

TRIGEO.

Hasta ahora, ciudadanos, nada va con vosotros; ese golpe cae sobre Lacedemonia.

LA GUERRA.

¡Ah Mégara, Mégara, cómo te voy a majar! Toda vas a ser reducida a menudo picadillo.

TRIGEO.

¡Oh, oh! ¡Cuántas y cuán amargas lágrimas para los Megarenses!

LA GUERRA.

¡Ah Sicilia, también tú pereces!

TRIGEO.

¡Míseras ciudades, vais a ser ralladas como queso!

LA GUERRA.

Ea, mezclemos un poco de miel del Ática.

TRIGEO.

¡Eh! no, te aconsejo que emplees otra; esa cuesta a cuatro óbolos; economiza la miel del Ática.

LA GUERRA.

¡Hola! ¡eh, Tumulto!

EL TUMULTO.

¿Qué me quieres?

LA GUERRA.

¡Mucho ojo! ¿Te estás mano sobre mano, eh? Pues toma esta puñada.

TRIGEO.

¡Soberbio golpe!

EL TUMULTO.

¡Ay! señora.

TRIGEO.

¿Qué? ¿Se había untado el puño con ajos?

LA GUERRA.

Tráeme volando una mano de mortero.

EL TUMULTO.

Pero, dueña mía, si no tenemos ninguna: como solo estamos aquí desde ayer...

LA GUERRA.

Vete a buscar una en Atenas; pero ¡vivo, vivo!

EL TUMULTO.

Ya corro. ¡Pobre de mí, si no la traigo!

TRIGEO.

Ea, ¿qué haremos, míseros mortales? Ya veis qué espantoso peligro nos amenaza. Si vuelve con la mano de mortero, esta va a entretenerse en triturar a su gusto las ciudades. ¡Oh Baco, que muera antes de traerla!