Lisístrata · Aristophanes
Part 8
Capítulo 8 de 19 · 14 min de lectura
TRIGEO.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuánta gente viene al banquete de boda! Limpia las mesas con ese penacho; ya no sirve para otra cosa. Trae en seguida los pasteles y los tordos, liebre en abundancia y panes.
UN FABRICANTE DE HOCES.
¿Dónde está Trigeo? ¿Dónde?
TRIGEO.
Estoy cociendo tordos.
EL FABRICANTE DE HOCES.
¡Oh queridísimo Trigeo, cuánto bien nos has hecho procurándonos la paz! Antes no había quien diese un óbolo por una hoz; ahora vendo las que quiero a cincuenta dracmas. Este amigo vende a tres los toneles para el campo. Vamos, Trigeo, escoge de estas hoces y de todo lo demás cuanto quieras, y llévatelo gratis. Todo esto que vendemos y que nos produce pingües ganancias te lo ofrecemos como regalo de boda.
TRIGEO.
Bueno, bueno; dejadlo ahí todo, y entrad a cenar cuanto antes. Ahí se acerca un armero con una cara más triste que un funeral.
EL FABRICANTE DE PENACHOS.
¡Ay, Trigeo, me has arruinado completamente!
TRIGEO.
¿Qué te pasa, desdichado? ¿Acaso te salen penachos en la cabeza?
EL FABRICANTE DE PENACHOS.
Nos has quitado el trabajo y la subsistencia a mí y a este otro, fabricante de dardos.
TRIGEO.
Vamos, ¿cuánto quieres por esos dos penachos?
EL FABRICANTE DE PENACHOS.
¿Cuánto ofreces?
TRIGEO.
¿Que cuánto ofrezco? Me da vergüenza el decirlo. Sin embargo, como el trenzado está hecho con gran primor, te daré tres quénices de higos secos y me servirán para limpiar esta mesa.
EL FABRICANTE DE PENACHOS.
Vengan los higos: más vale poco que nada.
TRIGEO.
Vete al infierno con tus penachos; tienen lacia la cerda, no valen un pito. No daría una higa por todos ellos.
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
¡Ay de mí! ¿Qué haré con esta coraza tasada en diez minas y trabajada con tanto esmero?
TRIGEO.
No se te irrogará perjuicio alguno; dámela en su precio; podrá ser un bacín elegantísimo.
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
No te burles de mí y de mis mercancías.
TRIGEO.
Con ella... y tres buenos guijarros, ¿no tendremos cuanto para el caso hace falta?
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
¿Pero cómo te limpiarás, imbécil?
TRIGEO.
Perfectamente. Mira, paso una mano por la abertura del brazo, y la otra...
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
¡Cómo! ¿Con las dos manos?
TRIGEO.
Pues claro, para que no me acusen de defraudar al Estado tapando los agujeros de los remos.
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
¿Y te atreverás a usar un bacín de mil dracmas?
TRIGEO.
¿Quién lo duda, miserable? Crees que ni por diez mil vendería yo mi trasero.
EL VENDEDOR DE CORAZAS.
Vamos, venga el dinero.
TRIGEO.
¡Ay! Querido, tu coraza me destroza las nalgas. Llévatela; no la compro.
EL FABRICANTE DE TROMPETAS.
¿Qué haré de esta trompeta que me costó sesenta dracmas?
TRIGEO.
Echa plomo en su cavidad; atraviesa encima una vara un poco larga, y tendrás un cótabo en equilibrio.
EL FABRICANTE DE TROMPETAS.
¡Ay! te burlas de mí.
TRIGEO.
Otra idea. Échale plomo, como te he dicho; añade un platillo colgado de unas cuerdecitas, y tendrás una balanza para pesar en el campo los higos que has de distribuir a tus esclavos.
EL FABRICANTE DE CASCOS.
¡Maldita suerte! ¡Estoy arruinado! Yo, que en otro tiempo pagué una mina por estos cascos. ¿Quién me los comprará ahora?
TRIGEO.
Vete a venderlos a los egipcios: son los únicos para medir sirmea.
EL FABRICANTE DE LANZAS.
¡Ay, mi buen fabricante de cascos, qué desgraciada es nuestra suerte!
TRIGEO (Al fabricante de lanzas).
La suya no lo es.
EL FABRICANTE DE LANZAS.
Pues qué, ¿habrá todavía quien necesite cascos?
TRIGEO.
Como sepa ponerles dos asas, los podrá vender mucho más caros.
EL FABRICANTE DE CASCOS.
Vámonos, fabricante de lanzas.
TRIGEO.
No, no; le voy a comprar esas picas.
EL FABRICANTE DE LANZAS.
¿Cuánto das por ellas?
TRIGEO.
Si las cortas por la mitad, para que puedan servir de rodrigones, te pagaré a dracma el ciento.
EL FABRICANTE DE LANZAS.
Este hombre se burla de nosotros. Vámonos, amigo.
TRIGEO.
Muy bien hecho; pues ya salen a orinar los hijos de los convidados, y si no me engaño, a preludiar sus cantos. Eh, muchacho, si piensas cantar, ensáyate antes delante de mí.
EL HIJO DE LÁMACO.
Celebremos ahora Los valientes guerreros...
TRIGEO.
Maldita criatura, deja de cantar los valientes guerreros; ahora estamos en paz. Eres un bribonzuelo mal enseñado.
EL HIJO DE LÁMACO.
Con furia aterradora Acométense fieros; Se aplastan sus combados Escudos...
TRIGEO.
¡Escudos! ¿No acabarás con tus escudos?
EL HIJO DE LÁMACO.
...alaridos De triunfo alborozados Se escuchan, y gemidos...
TRIGEO.
¡Gemidos! Me parece que quien va a gemir aquí eres tú, si continúas con tus gemidos y tus escudos combados.
EL HIJO DE LÁMACO.
¿Pues qué he de cantar? ¿Qué es lo que te gusta?
TRIGEO.
«Se comían de buey sendos tasajos» O cosas por el estilo.
Disponían alegres el banquete Y cuantos platos hay apetecibles.
EL HIJO DE LÁMACO.
Se comían de buey sendos tasajos; Los sudorosos brutos desuncían; Hartos de pelear...
TRIGEO.
Eso es: «hartos de pelear, se pusieron a comer.» Canta, canta lo que comieron después de hartarse.
EL HIJO DE LÁMACO.
Después de terminada la comida, Acorázanse el vientre...
TRIGEO.
Con buen vino, ¿verdad?
EL HIJO DE LÁMACO.
...De las torres Se precipitan. Alarido inmenso Surca entonces...
TRIGEO.
Que Júpiter te confunda con tus batallas, bribonzuelo; no sabes más que cantos de guerra. ¿De quién eres hijo?
EL HIJO DE LÁMACO.
¿Yo?
TRIGEO.
Sí, tú.
EL HIJO DE LÁMACO.
De Lámaco.
TRIGEO.
¡Oh! ¡Oh! Ya se me figuraba que debías de ser hijo de algún aficionado a combates y heridas; de algún Boulómaco o Clausímaco. Largo de aquí. Vete a entonar tus canciones a los lanceros. ¿Dónde está el hijo de Cleónimo? Ven acá; canta algo antes de entrar en casa. Ya estoy seguro de que tus cantares no serán belicosos. Tu padre es prudentísimo.
EL HIJO DE CLEÓNIMO.
Un habitante de Sais Ostenta el brillante escudo, Que abandoné mal mi grado Cabe un florecido arbusto.
TRIGEO.
Dime, pequeño, ¿cantas eso por tu padre?
EL HIJO DE CLEÓNIMO.
«Salvé mi vida...»
TRIGEO.
Pero deshonraste tu linaje. Mas entremos; demasiado sé que el hijo de tal padre no olvidará nunca lo que acaba de cantar sobre el escudo. Vosotros los que os quedáis al festín ya no tenéis que hacer otra cosa más que comer y consumir todas las viandas y menear sin descanso las mandíbulas. Lanzáos sobre todos los platos, y comed a dos carrillos. ¡Desdichados! ¿para qué sirven, sino es para comer, los buenos dientes?
CORO.
Eso queda a nuestro cargo; nos has dado un buen consejo.
TRIGEO.
Vosotros, que ayer estabais hambrientos, saciaos ahora de liebre; no todos los días se encuentran pasteles abandonados. Devoradlos, pues, que si no, tal vez sintáis mañana no haberlo hecho.
CORO.
Silencio, silencio, va a presentarse la novia; coged las antorchas: que todo el pueblo se regocije y dance. Después, cuando hayamos bailado, y bebido y expulsado a Hipérbolo, llevaremos de nuevo al campo nuestro humilde ajuar, y pediremos a los dioses que otorguen a los griegos oro en abundancia, y a nosotros riquísimas cosechas de cebada y vino, dulces higos y esposas fecundas. Así podremos recobrar los perdidos bienes y abolir para siempre el uso del acero homicida.
TRIGEO.
Querida esposa, ven al campo a embellecer mi lecho.
CORO.
¡Oh mortal tres veces feliz con tu merecida dicha! ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo! ¿Qué le haremos? ¿Qué le haremos? ¡Gocemos de su belleza! ¡Gocemos de su belleza! Nosotros los hombres colocados en la primera fila levantemos al novio y llevémosle en triunfo. ¡Himeneo! ¡Himeneo!
TRIGEO.
Tendréis una linda casa, viviréis sin molestias y cogeréis higos. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
CORO.
Aquel tiene uno grande y grueso; este, otro dulcísimo. Después de comer y beber sendos tragos, exclamarás: ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
CORO.
Adiós, adiós, amigos míos. Los que me sigan comerán pasteles.
FIN DE LA PAZ
LAS AVES.
NOTICIA PRELIMINAR.
Dos ciudadanos atenienses, Evélpides y Pistetero, como si dijéramos, Buena-esperanza y Fiel-amigo, hartos de desórdenes, de pleitos, cábalas o intrigas, y tomando al pie de la letra la expresión irse a los cuervos, análoga, como hemos visto, a la nuestra irse al diablo o a otra cosa, si no peor, más sucia, huyen de Atenas y se encaminan al país de las aves en busca de la Abubilla, en otro tiempo Tereo, rey de Tracia. Aceptada por el ex-monarca-pájaro la idea de construir una ciudad en los aires, convoca una asamblea de todas las razas aladas, que acudiendo en gran número, se preparan en el primer momento a embestir y despedazar a los temerarios mortales que han osado penetrar en sus dominios: calmados por la Abubilla, cámbiase pronto su furia en indescriptible entusiasmo, cuando Pistetero desenvuelve un plan para devolver a los volátiles el cetro del mundo que antes les había pertenecido. Los dos atenienses son naturalizados inmediatamente: la nueva ciudad, llamada Nefelococigia, es construida en un abrir y cerrar de ojos, y dos embajadores son enviados al cielo y a la tierra. Apenas se empieza a ofrecer el sacrificio de consagración, acuden a Nefelococigia toda clase de gentes: un pobre poeta, que versifica en honor de la nueva ciudad para conseguir un manto y una túnica; un adivino cargado de oráculos; Metón el geómetra; un inspector y un vendedor de decretos, que son apaleados en castigo de sus impertinencias. Iris, mensajera de los dioses, es hecha prisionera al intentar atravesar los aires; sometida a un apremiante interrogatorio, vese obligada a manifestar que Júpiter la envía a los hombres para que ofrezcan los acostumbrados sacrificios, y tiene que retirarse malparada oyendo de boca de Pistetero que no hay más dioses que las aves, y que el paso al través de la nueva ciudad queda prohibido hasta nueva orden a las divinidades olímpicas. Preséntase después un Mensajero, anunciando que los hombres han decretado una corona de oro al fundador de Nefelococigia, y que las aves se han puesto de moda y hacen tal furor en Atenas, que pronto se verá llegar una multitud ornitomaniaca pidiendo alas y plumajes. No tarda efectivamente en presentarse un joven con intentos parricidas, que recibe entre equívocos y chistes consejos prudentísimos, y al cual siguen Cinesias, poeta ditirámbico, ganoso de atrapar entre las nubes las sublimes vaciedades de sus versos y un sicofanta o delator, que así como el poeta lleva con una paliza su justo merecido. Prometeo, que llega después, revela a Pistetero el hambre canina que aflige a los inmortales, indicándole el medio de explotar la miseria del Olimpo, y retirándose con todo género de precauciones para no ser visto por Júpiter.
Una embajada, compuesta de Neptuno, Hércules y un Tríbalo, presenta por fin sus proposiciones a la gente alada, y vencidas las dificultades se estipulan la paz y el paso libre por Nefelococigia, con la condición de entregar Júpiter su cetro a las aves y a Pistetero la mano de la Soberanía.
La comedia concluye, como La Paz, con un jubiloso canto de himeneo.
Tal es el argumento de Las Aves. ¿Cuál es su objeto? He aquí una pregunta a la cual se han dado muy diferentes contestaciones. Unos han dicho que su autor se limitaba a censurar la afición a las lides judiciales, sin considerar que Aristófanes solo se ocupa de esta manía de Atenas a la ligera y muy de paso; otros que su fin es nada menos que promover cambios radicales en el carácter ateniense, en el culto, en la religión, en la constitución de la república y en el personal de sus magistrados, sin parar mientes que tales proposiciones, aun hechas de burlas, costaban la vida al temerario que las aventuraba: quiénes (por más que nada autorice a suponerlo) solo ven en su fantástico desarrollo una animada censura de las peregrinas invenciones de los trágicos y sus increíbles fábulas; y no han faltado algunos que, saltando por encima de un flamante anacronismo, la conceptúan una graciosa parodia de la República que Platón soñó muchos años más tarde.
La explicación de M. Paulmier, desenvuelta luego por el P. Brumoy, es indudablemente la más ingeniosa, careciendo sin embargo del debido fundamento. El erudito jesuita, teniendo presente que poco antes de la representación de esta comedia, Alcibíades, llamado a Atenas para defenderse del crimen de sacrilegio, había huido a Esparta y exhortaba a los lacedemonios a fortificar a Decelia, ciudad del Ática que más adelante molestó mucho a los atenienses, opina que, aunque con el pulso y delicadeza que la gravedad del asunto requería, trató Aristófanes en Las Aves de llamar la atención del pueblo sobre los preparativos de una rival ambiciosa, y decidirle a traer de Sicilia sus tropas y galeras. Pero solo un pasaje en que se habla de la galera Salamina, y algunas otras indicaciones remotísimas confirman la interpretación de Brumoy, que cae ante la consideración de que Aristófanes cuando alude lo hace clara y directamente, y si a veces encubre su propósito, hay que confesar que se vale siempre del velo de una alegoría transparente. Sin ir tan lejos, dice Artaud, ni perderse en cavilaciones sistemáticas, podemos hallar la explicación del enigma. A una lectura un poco atenta, vese en Las Aves una especie de utopía cómica, una república imaginaria como la de Platón, realizada de una manera burlesca. Todo lo que precede a la fundación de la ciudad no es más que el preámbulo de la acción. Sin el lazo de esta idea general, la pieza presentaría solamente una serie de escenas ininteligibles. Pero mirada bajo este prisma, es un cuadro ingenioso en que el espíritu del poeta se solaza a placer y pasa revista a todos los ridículos. Un hijo que desea la muerte de su padre recibe de las cigüeñas una lección de amor filial. El autor ataca sucesivamente la pedantería de los sabios y filósofos, la ignorancia y avidez de los sacerdotes y adivinos, las pretensiones de los poetas, la venalidad de los magistrados, las infamias de los delatores y las charlatanerías de toda especie.
Para explicarse ciertas singularidades de esta comedia, como la de componer el coro de personajes alados, no hay necesidad tampoco de acudir a la hipótesis de que las aves sean representantes de los lacedemonios, y los hombres y los dioses de los atenienses y de los demás pueblos griegos; pues para dar amenidad al espectáculo y ocupación a las máquinas teatrales, eran cosa corriente entre los cómicos tan peregrinas invenciones; y por otra parte, quien había puesto en escena Nubes, Avispas y Escarabajos no puede decirse que se excediera a sí mismo al presentar un coro de volátiles. Es más; en mi humilde opinión, la elección del poeta fue sobremanera acertada, pues debió dar así una animación extraordinaria a la comedia, falta de acción como todas las de Aristófanes, con tantas idas y venidas, tantos giros y revoloteos, tanta variedad de plumajes, y esa encantadora alegría, patrimonio de los pájaros, que son naturalmente, como dice Leopardi, las criaturas más regocijadas de la creación.
La elección de estos alados personajes permite además al autor dar rienda suelta a su fantasía por los amenos campos de la fábula, y presentar sin sombra de pedantería, y con aquella frescura y sencillez de colorido del poeta predilecto de las Gracias, multitud de leyendas curiosas, entretenidos detalles, mordaces chistes y picantes sales, alternando con brillantes himnos de elevación verdaderamente pindárica. «De este modo, dice Poyard, Las Aves son una obra sin ejemplo y sin rival, un género aparte aun dentro del teatro aristofánico, una fantasmagoría alegre, viva, seductora, llena de maravillosas sorpresas, chispeando poesía, desenvolviéndose aérea y alada, y burlándose con sátira ligera y divertida, sin las virulencias ordinarias.»
Esta comedia se representó el año 415 antes de Jesucristo, décimo octavo de la guerra del Peloponeso, habiendo obtenido el premio segundo: Los Bebedores de Amipsias consiguieron el primero; y el tercero fue otorgado al Monotropos (el Moroso) de Frínico.
PERSONAJES.
EVÉLPIDES. PISTETERO. EL REYEZUELO, criado de la Abubilla. LA ABUBILLA. CORO DE AVES. EL FENICÓPTERO. HERALDOS. UN SACERDOTE. UN POETA. UN ADIVINO. METÓN, geómetra. UN INSPECTOR. UN VENDEDOR DE DECRETOS. MENSAJERO. IRIS. UN PARRICIDA. CINESIAS, poeta ditirámbico. UN DELATOR. PROMETEO. NEPTUNO. TRÍBALO. HÉRCULES. UN CRIADO de Pistetero.
País agreste, lleno de piedras y zarzas. En el fondo una selva, a un lado una roca, morada de la Abubilla.
LAS AVES.
EVÉLPIDES (Al grajo que le sirve de guía).
¿Me dices que vaya en línea recta hacia aquel árbol?
PISTETERO (A la corneja que trae en mano).
¡Peste de avechucho! Ahora grazna que retrocedamos.
EVÉLPIDES.
Pero, infeliz, ¿a qué caminar arriba y abajo? Con estas idas y venidas nos derrengamos inútilmente.
PISTETERO.
¡Qué imbécil he sido en dejarme guiar por esta corneja! Me ha hecho correr más de mil estadios.
EVÉLPIDES.
¿Mayor desdicha que la de llevar de guía a este grajo, que me ha destrozado todas las uñas de los dedos?
PISTETERO.
Ni siquiera sé en qué lugar de la tierra estamos.
EVÉLPIDES.
¿No podrías hallar desde aquí tu patria?
PISTETERO.
No por cierto: ni Execéstides la suya.
EVÉLPIDES.
¡Ay!
PISTETERO.
Toma esa senda, amigo mío.
EVÉLPIDES.
¡Qué terriblemente nos ha engañado Filócrates, ese atrabiliario vendedor de pájaros! Nos aseguró que estas dos aves nos guiarían mejor que ninguna otra a la morada de Tereo, la Abubilla, que fue transformado en pájaro; y nos vendió este grajo, hijo de Tarrélides, por un óbolo, y por tres aquella corneja, que solo saben darnos picotazos. (Al grajo.) ¿Por qué me miras con el pico abierto? ¿Quieres precipitarnos desde esas rocas? Por ahí no hay camino.
PISTETERO.
Ni senda tampoco.
EVÉLPIDES.
¿No dice nada tu corneja?
PISTETERO.
Nada absolutamente; grazna ahora como antes.
EVÉLPIDES.
Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?
PISTETERO.
¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por comérseme los dedos?
EVÉLPIDES.
¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos; ponemos para conseguirlo cuanto está de nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios; porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto, un país libre de pleitos, donde pasar tranquilamente la vida. Nos dirigimos con tal objeto a Tereo, la Abubilla, para preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que deseamos.
PISTETERO.
¡Eh, tú!
EVÉLPIDES.
¿Qué hay?
PISTETERO.
La corneja hace rato que me indica que hay algo arriba.
EVÉLPIDES.
También mi grajo mira con el pico abierto en la misma dirección, como si quisiera señalarme alguna cosa: no puede menos de haber aves por aquí. Pronto lo sabremos haciendo ruido.
PISTETERO.
¿Sabes lo que has de hacer? Dar un golpe con la rodilla en esa peña.
EVÉLPIDES.
Y tú, con la cabeza, para que el ruido sea doble.
PISTETERO.
Vamos, coge esa piedra y llama.
EVÉLPIDES.
Está bien; ¡esclavo! ¡esclavo!
PISTETERO.
Pero ¿qué haces? Para llamar a una Abubilla, gritas ¡esclavo! ¡esclavo! En vez de ¡esclavo! debes gritar: ¡Epopoi! ¡Epopoi!
EVÉLPIDES.
¡Epopoi! Tendré que llamar otra vez. ¡Epopoi!
EL REYEZUELO.
¿Quién va? ¿Quién llama a mi dueño?
EVÉLPIDES.
¡Apolo nos asista! ¡Qué enorme pico!
EL REYEZUELO.
¡Horror! ¡Son cazadores!
EVÉLPIDES.
El miedo que me causa no es para dicho.
EL REYEZUELO.
¡Moriréis!
EVÉLPIDES.
Pero si no somos hombres.
EL REYEZUELO.
¿Pues qué sois?
EVÉLPIDES.
Yo soy el Tímido, ave africana.
EL REYEZUELO.
¡A otro con esas!
EVÉLPIDES.
Pregúntaselo a mis pies.
EL REYEZUELO.
Y ese otro, ¿qué pájaro es? Contesta.
PISTETERO.
El Ensuciado, ave de Fasos.
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿qué animal eres?
EL REYEZUELO.
Yo soy un pájaro esclavo.
EVÉLPIDES.
¿Te ha vencido algún gallo?
EL REYEZUELO.
No; pero cuando mi dueño fue convertido en Abubilla quiso que yo también me transformase en pájaro, para tener quien le siguiera y sirviese.
EVÉLPIDES.
Pues qué, ¿las aves necesitan criados?
EL REYEZUELO.
Este sí, tal vez porque fue antes hombre. Cuando se le antojan anchoas del Falero, yo cojo una escudilla y corro a por anchoas; cuando quiere comer puches, como se necesitan una cuchara y una olla, corro a por la cuchara.
EVÉLPIDES.
Por las señas, este pájaro es un Corredor. ¿Sabes lo que has de hacer, Reyezuelo? Llamar a tu señor.
EL REYEZUELO.
Pero si acaba de dormirse, después de haber comido bayas de mirto y algunos gusanos.
EVÉLPIDES.
No importa, despiértale.
EL REYEZUELO.
Aunque estoy seguro de que se va a enfadar, lo haré por complaceros.
(Vase.)
PISTETERO (Al Reyezuelo).
Que el cielo te confunda: no me has dado mal susto.
EVÉLPIDES.
¡Oh desgracia! ¡De miedo se me ha escapado el grajo!



