El paraíso perdido · John Milton

Part 12

Capítulo 12 de 44 · 15 min de lectura

«Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío desierto, a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos, que bien encaminados, no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el estandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; ¡yo me contento solo con vengarme!»

Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abismo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión, mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte el infierno, donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otra, ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id, pues; apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son mi alimento.»

No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.

Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido, igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.

LIBRO TERCERO

ARGUMENTO

Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Nifates.

¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo o destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e inconmensurable?

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos, que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo. Mas alentado por el amor que me inspira sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes, los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mí en desgracia (¡así los igualara en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides, ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo, deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus nocturnos trinos.

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.

Brilla, pues, dentro de mí con más esplendor ¡oh celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella; purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.

Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono, domina sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas. Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban en su vista con indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jardín delicioso, saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno, y al abismo que le separa del mundo, y vio a Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo, y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano u aire aquel espacio; y observándole Dios con la profunda mirada que penetra en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas palabras:

«¿Ves, Hijo mío, el furor de que está poseído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla, ni las barreras del infierno, ni las cadenas de que está cargado, ni aún el vacío inmenso del abismo bastan para contenerle: tanto le ciega la desesperación de una venganza que recaerá sobre su rebelde cabeza. Rotos ahora los lazos que le oprimían, se acerca al cielo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre que mora allí, o lo que es peor, pervertirle con algún artificioso engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a sus falaces lisonjas, y quebrantado fácilmente mi único mandato, la única prueba que exijo de su obediencia, caerá no solo él, sino toda su infiel progenie.

»¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni de amor, obrando solo por necesidad, no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas, cedieran a la necesidad, no a mi precepto?

»Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino, cual si este avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, mas semejante previsión no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiera sido menos segura. Así pues, sin que los impulse nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son los que pecan, ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos solo son la causa de su caída.

»Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la misericordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en la tierra: mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que resplandezca más.»

Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada ambrosía que comunicaba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así:

«¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innumerables himnos y sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono, para siempre te bendigan. Pero ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos, sea víctima de un engaño, aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario, frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia, a tus bondades? ¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y logrará saciar su venganza, arrastrando consigo al infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»

«¡Oh hijo mío, en quien tanto se goza mi alma, le replicó el Sumo Hacedor, Hijo de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría, mi más eficaz poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvarase el que lo desee, mas no por su voluntad propia, sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos, y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado de degradación, y para que a mí, exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.

»Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento, y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad, se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesario la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor abismo; y solo a estos excluiré de mi misericordia.

»Resta todavía que hacer: desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo; ha aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación? ¿Quién de vosotros, para redimir el crimen del hombre, se hará mortal? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo el cielo tan sublime amor?»

A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero castigo, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin tener quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside la plenitud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:

«Ya, Padre mío, has pronunciado tu sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea, ni implore, ni solicite, ¿ha de haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza, pero que una vez perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por sí holocausto ni expiación alguna!

»Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de perecedero.

»Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»

Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor que solo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando el Omnipotente exclamó así:

«¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por él te separaré de mi seno y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de este; y ya que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz, renacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo, satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que, aun pudiendo, no acepten la gracia con que se les brinda.