El paraíso perdido · John Milton
Part 2
Capítulo 2 de 44 · 14 min de lectura
Lo evidente es que la juventud de Milton, sin afectar pureza, rectitud ni virtudes de ningún otro género, se distinguió por su gravedad y por la castidad de sus costumbres. Pero su gravedad era la que debe tener todo hombre, sin mezcla alguna de intolerancia ni de altivez. En cuanto a su castidad, no solo fue un hecho, sino hecho nacido del convencimiento que aún el hombre más puro estimaría como demasiado ideal y místico para profesado en un mundo como el nuestro. En su opinión la falta de esta virtud era más reprobable en el hombre que en la mujer, porque arguye debilidad de naturaleza en quien debe ser más fuerte y ejercer más dominio sobre sus pasiones. En sus versos a Hobson manifiesta que a veces tenía sus ratos de buen humor, y en la epístola a su amigo Diodati, en la primavera de 1626, confiesa que mientras estuvo en Londres iba alguna vez a las funciones de los teatros. En tiempos posteriores, como le acusasen algunos de sus émulos porque escribía como hombre demasiado familiarizado con los espectáculos escénicos, creyó deber replicar en los siguientes términos: «Pero desde el momento en que se hacía preciso echar mano de los afeites, del peluquín o de la carátula que se ven en las comedias ¿no era extraño que en el colegio hubiera tantos teólogos o aspirantes a teólogos, que subiesen a las tablas y retorciesen y atormentasen sus miembros clericales con todas las livianas posturas y gesticulaciones de los polichinelas, bufones y payasos, prostituyendo la dignidad de aquel ministerio, tuviésenlo o no lo tuvieran, en presencia de los cortesanos y de las damas, de los lacayos y de las doncellas? Allí donde ellos representaban tan sin escrúpulo entre los otros estudiantes mozos, yo era espectador: se creían galanes, y yo los tenía por locos; ellos se divertían así, y yo me reía de ellos; ellos disparataban, y yo pasaba un mal rato; y cuando daban en afectar aticismo, ellos embrollaban un párrafo, y yo los silbaba sin compasión.» Todo parece que se refiere a la gran representación que se dio delante del rey y la reina en Cambridge en 1629. La descripción indica la idea que Milton pudo adquirir del drama, y nos la da asimismo de los estudiantes del colegio de Cristo cuando añade, «con otros estudiantes mozos,» y manifiesta el desagrado con que vio aquella disparatada representación, hasta que por último no pudo reprimirse y soltó una estrepitosa silba.
En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas, inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra, no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede tratar de asuntos espirituales.
La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad, y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley. La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas, consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos hechos de héroes o pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica de todo lo que es loable.»
¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba de esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su lado? Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento sean prueba evidente de su altiva condición y excesivo amor propio, con razón habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse enemigos, no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos juzgamos inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió sufrir mucho en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto debía sin duda haber algo de altivez, aunque fuese una apariencia que proviniera de otra causa; su amor propio debía ser grande, pero natural, inteligente, el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun proponiéndose no ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que hubiera sido en él una afectación fingir que no estaba penetrado de ella. Todos saben que por su excelente complexión y la belleza de sus facciones, se le dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio de Cristo.» Pero tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood afirma que «era de afable semblante, de gallardo y varonil continente, y animoso y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el estudio del hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma, son una paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo, según confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores; el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan grande imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que solo es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo de vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es sumamente interesante como indicio de la facilidad con que el joven poeta aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de aquel asunto. El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del nacimiento de Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante exposición propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más bello que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629. Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante, y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así: «Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó, lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático, ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia, sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta. Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son enteramente del corte de los de Milton.
La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura, muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte, concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,» para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.
Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben pasarse por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la imprenta, indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela, más bien que primicias de su genio poético.
No debió Milton quedar muy satisfecho de la preparación que recibió en Cambridge; pero recuérdese que Gibbon tampoco tuvo que agradecer mucho en este concepto a la Universidad de Oxford, un siglo después, y que lo mismo puede decirse en nuestros tiempos de un hombre tan eminente como el poeta Wordsworth. La verdad es que en los mejores colegios y en los tiempos más florecientes, el joven cuya educación no pasa de la ayuda que pueden prestarle los profesores, consigue muy poca cosa. Algo ciertamente debió Milton a su maestro Tovey, pero más, inmensamente más al magisterio de la sociedad y de los libros, que fueron los que ejercieron influencia en la voluntaria propensión de su naturaleza. Las inclinaciones que se desarrollan en el alma están más o menos en armonía con las disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es dar dirección a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden ser dirigidas. Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta verdad; y así sucedió exactamente con el que había de llegar a ser autor del PARAÍSO PERDIDO.
No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación. Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente. Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en la edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no había dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró fundadas esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton no manifestó en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo, pues no tenía necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para presumir que ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues contaba con motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar en los pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se esforzaban en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después prescindió ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus padres y amigos le destinaban «desde niño» a la Iglesia, y que su inclinación le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en años más maduros y conociendo la tiranía que se había introducido en la Iglesia,» vio claramente «que el que se decidiera a recibir las órdenes, debía suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos, que a no tener muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o a la ausencia de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio vituperable antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia y la falsedad.» Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre «excomulgado por los prelados» y a quien en cambio asistía el derecho de criticar lo mismo a la Iglesia que a sus pastores.
Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en su concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con el don de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y cuerdo, le ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a satisfacer esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a Cambridge.
Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció en el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al parecer de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo con su hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo lo declara en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se retiró para pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar largo tiempo en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin que algunas veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el objeto de comprar libros, ya con el de adquirir algunas nociones de matemáticas y música, que entonces eran todas mis delicias.» En aquellos cinco años escribió Milton su soneto al Ruiseñor, el Allegro y Penseroso, los Arcades, el Comus y el Lycidas. El Ruiseñor está fundado en la credulidad de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos el canto de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo, que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al Allegro y Penseroso, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros primeros idilios poéticos. Los Arcades es una composición incompleta: la parte que falta probablemente estaba en prosa. Harefield, residencia de la distinguida condesa viuda de Derby, donde pasaba la acción de aquel poema dramático, distaba solo unas cuantas millas de Horton; pero no hay razón alguna para suponer que Milton fuese conocido de aquella familia; lo probable es que la composición fue escrita a ruegos de su amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos a una excitación semejante no dudamos que se debió el origen del Comus, del que hablaremos en otra parte.
Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.
En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a su excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»
Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre de Lycidas. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los veinticinco años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton censuraba aquel propósito como para indicar claramente el disgusto con que veía el estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su porvenir en él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor se atrevió a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente advertencia a la cabeza de la composición: «En este canto el autor lamenta a su sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía de Chester al mar de Irlanda, en 1637: Y con este motivo predice la ruina de nuestro corrompido clero, que se hallaba entonces en su apogeo.» Pero había de trascurrir aún algún tiempo hasta que se cumpliera esta profecía.
Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su amigo Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus costumbres y su vida íntima. Asegura a su amigo que tiene poca destreza para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en su negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural. Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado, a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.
No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación. Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan? La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos. Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero, llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado recientemente un ejemplar del Comus impreso por Enrique Lawes, que le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también con el autor, y asegurádole que el placer que tenía en tratarle le hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos, invitándole a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número de buenos autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste, se lee esta postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi lacayo, para anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido que quedo a vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis quehaceres, que no son pocos, y no queriendo valerme del correo ordinario. En cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga noticia, me alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos sobre algunas novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas comenzada, se ha interrumpido tan inesperadamente.»



