El paraíso perdido · John Milton

Part 21

Capítulo 21 de 44 · 14 min de lectura

«Destello de mi gloria. Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece visible lo invisible que como Dios yo tengo: tu mano, partícipe de mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han transcurrido, dos días según en el cielo los computamos, desde que Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebeldes. Tremendo ha sido el combate, como no podía menos de serlo armándose uno contra otro semejantes enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios, y ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no hay entre ellos más desigualdad que la del pecado, bien que esta no se haya hecho sensible, porque no he fulminado aún mi condenación; de suerte que se perpetuaría esa lucha encarnizada, sin que llegara a decidirse su resultado. La guerra fatigosa ha dado ya de sí cuanto puede dar: se ha soltado el freno a la más desesperada contienda; se han empleado los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y perjudicial a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido: el tercero te pertenece a ti, porque a ti lo he destinado. Todo lo he consentido para que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú puede terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los cielos y el infierno se prosternarán ante tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa perversa rebelión de modo, que todos confiesen ser tú el más digno de entrar en la herencia universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu poderoso Padre; asciende a mi carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis armas todas, mi arco, mi irresistible trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que persiguiendo a esos hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del cielo a los más hondos abismos; y allí podrán menospreciar según les plazca a su Dios, y al Mesías, su ungido Rey.»

»Al pronunciar estas palabras, inundó completamente en rayos de luz a su Hijo, cuya inefable faz recibió toda la efusión del Padre; y lleno de su filial divinidad, le respondió:

«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más alto, el más santo y el mejor por excelencia: tu designio constante es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti, según es justo. Toda mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad, y yo cifraré en cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y tu poder, de que haré dejación mucho más complacido cuando vengan los tiempos en que todo tú estés en todo y yo en ti para siempre, y en mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias, y puedo armarme de tu terror como me armo de tus misericordias, dado que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en breve a los cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión donde los aguardan cadenas, tinieblas y perpetuos remordimientos; porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida, cuando el obedecerte a ti es la felicidad suprema, separados entonces tus inmaculados santos de los ángeles impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más alta alabanza.»

»Dijo; e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria que ocupaba a la diestra del Señor, a tiempo que la tercera aurora sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De repente, y con un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el carro de Dios Padre, fulminando espesas llamas. Tenía sus ruedas unas dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el instinto de propio espíritu, yendo escoltado por cuatro custodios con aspecto de querubines. Cada uno de estos mostraba cuatro rostros maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se alzaba un firmamento de cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y de los colores del arco iris.

»Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la Victoria, que extiende sus alas de águila, y al costado el arco y el carcaj divino lleno de rayos de triples puntas. Envuélvenle en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las llamas de ardientes exhalaciones. Diez mil millares de ángeles le acompañan y le rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que anuncian desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y sostenido en alas de los querubines, veíasele en su trono de zafiro; mas los suyos le descubrieron los primeros, y se sintieron henchidos de inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por ángeles el estandarte del Mesías, que era la enseña del cielo. Bajo él congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en breve rodearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.

»Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su mandato, retiráronse las montañas a su primitivo asiento; oyeron su voz, y le obedecieron: el cielo recobró su serena faz: los valles y las colinas se cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos prodigios sus desventurados enemigos, y persistieron en su obstinación, reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de la desesperación sacaban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a humillar a los soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos? Lo que más debiera convencerlos aumenta su pertinacia: enfurécense doblemente al ver la gloria del Unigénito, y su magnificencia despierta en ellos mayor envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a colocarse en orden de batalla, confiados en triunfar por la fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios y su Mesías; y cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a su altivez huir ni retirarse ignominiosamente, sino provocar el postrer combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a uno y otro lado, habló así a sus cohortes:

«Permaneced ¡oh santos! en vuestra gloriosa actitud, y vosotros, ángeles, continuad armados: hoy descansaréis de vuestras fatigas. Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrádoos aceptos a Dios, defendiendo su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa maldecida grey queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor o a aquel a quien la confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis atentos, contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra esos impíos; que no os han ofendido a vosotros, sino a mí, haciéndome objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque el sumo Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha elevado a esta grandeza por efecto de su voluntad; y a mí, por lo tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra todos ellos; y pues la fuerza es su único recurso, y no ambicionan otro timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»

»Al acabar de decir esto, revistiose su faz de un aire tan sombrío, que infundía terror, y dando rienda suelta a su cólera, se precipitó sobre sus enemigos. Cubriéronle al mismo tiempo con sus alas incrustadas de estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su carro. Ya giran las ruedas de este con un estruendo parecido al de un torrente o un ejército numeroso, y arrebatado de su ardiente ímpetu, y formidable como la noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su paso el tranquilo Empíreo de uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono de Dios. Presto se vio entre ellos, y empuñando en su mano diez mil rayos, que arrojó delante de sí, quedaron acribillados de heridas los rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron todo aliento, toda esperanza de resistencia; cayéronseles las armas de las manos. Alfombra de sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas frentes de todos aquellos tronos, potestades y serafines, que derribados ahora de su soberbia, hubieran deseado ver otra vez sobre sí el peso de las montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.

[Ilustración: Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos y volvió a cerrarla.]

»De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables que cubrían también las animadas ruedas, salían por todas partes rayos abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos era un horno encendido que fulminaba fuego contra los malvados, los cuales, faltos ya de fuerzas y del vigor que antes los animaba, caían vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el Hijo de Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el trueno de su venganza, dado que no se había propuesto destruirlos, sino expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su postración, y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas por el miedo. El terror y las furias los aguijaban; y al llegar a la muralla de cristal que formaba los límites del cielo, abriose este de par en par, y puso ante su vista la inmensa sima del infinito abismo que los aguardaba.

»¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder, pero mayor era aún el que los impelía hacia adelante. Ellos mismos iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la maldición eterna los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase el cielo del cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no hubiera ahondado bien sus negros cimientos, ligándolos con cadenas indestructibles.

»Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos, y sintió diez veces doblada su confusión con el estridente tumulto de aquel estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el infierno su boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno, propia morada suya, lugar de dolores y penas, sembrado de inextinguible fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus muros, reduciéndolos a sus límites.

»Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos, retiró el Mesías su carro triunfal; y enajenados de júbilo salieron a su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado silenciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándole con ramos de palmas, y cada una de aquellas brillantes jerarquías entonaban cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso, al Hijo, al heredero del Padre, al Señor cuyo dominio acataban, al más digno de poseerlo. Al compás de estas aclamaciones, atravesó por en medio del cielo hasta el palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su trono, que le recibió en el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su diestra, en inmortal bienaventuranza.

»He aquí cómo, asemejando las cosas del cielo a las de la tierra, para satisfacer tus deseos, y a fin de que puedas aprovecharte de las lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás hubiera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que se suscitó en los cielos entre las angélicas potestades, y la eterna ruina de los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron con Satán en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy este apartarte asimismo de la obediencia a tu Criador, para que desheredado como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en su perpetua miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de su error y de su pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu compañera; ten presente el terrible ejemplo que has oído, el castigo en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser siempre venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado entre los rebeldes.»

LIBRO SÉPTIMO

ARGUMENTO

Accediendo a los ruegos de Adán, cuéntale Rafael cómo y por qué fue creado este mundo: que habiendo Dios expulsado del cielo a Satán y a sus ángeles, declaró que le placía crear otro mundo y otras criaturas que habitasen en él; y así envía a su Hijo circundado de gloria y acompañado de angélicos coros, para que en el espacio de seis días realice la obra de la creación. Al compás de sus himnos celebran los ángeles esta nueva maravilla, y la reascensión del Hijo a los cielos.

Desciende del cielo, Urania, si es bien que te invoque con este nombre. Siguiendo tu voz divina, me remonto más allá del Olimpo, sobreponiéndome al vuelo de las alas del Pegaso. No me contento empero con invocar tu nombre: invoco tu inspiración, porque ni tú te cuentas entre las nueve Musas, ni moras en la cumbre del antiguo Olimpo. Nacida en el cielo, antes que apareciesen los montes, antes que brotaran las fuentes de sus manantiales, tú conversabas con tu hermana, la divina Sabiduría, y con ella te recreabas, en presencia del Omnipotente Padre, que se complacía en oír tus celestiales cánticos. Transportado por ti, aunque habitador terrestre, al cielo de los cielos, he respirado el aire empíreo que para mí templabas. Sostenme también ahora, y vuélveme a mi nativo elemento, no sea que al ímpetu de este desenfrenado bridón en que cabalgo, caiga, como Belerofonte un día, bien que él no penetrase en región tan alta, y dé conmigo en los campos aleyos, para vagar allí desamparado y en completo olvido.

Estoy aún a la mitad de mi canto, pero reducido ya a límites más estrechos, cuales son los de una divina y visible esfera. He descendido a la tierra, abandonando las regiones allende el polo, y cantaré más seguro y con voz humana, sin temor de que enronquezca ni quede muda, a pesar de habérseme deparado tan aciagos días. ¡Oh! y ¡qué aciagos, viéndome rodeado de dañinas lenguas, de tinieblas, de peligros y de soledad! Pero no, no estoy solo, que tú me asistes, cuando por la noche cierra mis párpados el sueño, y cuando la mañana ilumina el sonrosado oriente. Dirige pues mi canto, sublime Urania; dame un auditorio propicio, aunque escaso en número, y aleja al propio tiempo de mí la bárbara disonancia de Baco y su turbulento séquito, raza de aquella salvaje horda que en el Ródope despedazó al bardo de Tracia, cuando sin respeto al que era encanto de los bosques y de las rocas, ahogó con su feroz griterío los ecos de su voz y de su cítara. No pudo Calíope salvar a su hijo, pero tú, Urania, no abandonarás al que implora tus favores, porque ella inspiraba vanos sueños, y tú, celestial aliento.

Di ¡oh Diosa! lo que sucedió luego que Rafael, el afable arcángel, previno a Adán que aleccionado por el ejemplo de los apóstatas del cielo, no incurriese en su infidelidad, pues él y su descendencia, a quienes se había mandado que no tocasen al árbol prohibido, se verían sometidos a igual castigo en el Paraíso, si menospreciaban e infringían aquel único precepto, tan fácil de cumplir, en medio de la infinita multitud de objetos que se brindaban allí a sus gustos, por extraños que fuesen y caprichosos.

Con profunda atención escucharon Adán y su consorte Eva aquel relato, y quedaron admirados y profundamente pensativos al oír cosas tan grandes y tan extrañas, cosas de que no tenían la menor idea, que en el cielo se conociesen odios, y que con semejante confusión anduviesen allí mezcladas la guerra y la paz divina; pero el mal había venido a recaer por fin como desatado torrente sobre sus autores, privándolos para siempre de la bienaventuranza. Disipáronse en Adán las dudas que abrigaba su corazón, y nació en él, sin otra intención, el deseo de averiguar lo que más inmediatamente le interesaba: cómo se produjeron el cielo y la tierra, todo este mundo visible; cuándo y de qué fueron creados, y por qué causa; y qué era el Edén y cuanto fuera de él existía antes de la época a que alcanzaba su memoria; semejante a aquel que ha saciado su sed del todo, y que sigue con la vista al arroyuelo que se desliza murmurando, y despierta en él nueva sed con el susurro de su corriente. Dirigiose pues a su celeste huésped en estos términos:

«Admirables cosas que no pueden menos de maravillar por lo diferentes que son de las de este mundo, nos has revelado, divino intérprete. Dios nos ha favorecido enviándote desde el Empíreo para advertirnos a tiempo de lo que hubiera podido causar nuestra perdición; riesgo que no conocíamos, porque no está al alcance de la inteligencia humana. Por ello debemos gratitud eterna a la infinita bondad, recibiendo sus avisos con el solemne propósito de cumplir siempre su voluntad soberana, único fin con que aquí existimos. Pero ya que para nuestro aprovechamiento has tenido la dignación de descubrirnos cosas tan superiores a la comprensión terrestre, pero que nos conviene conocer, como lo ha dispuesto la suprema sabiduría, ten la bondad asimismo de descender más hasta nosotros y de instruirnos en lo que ha de sernos no menos útil, diciéndonos cómo se formó ese cielo que vemos a tan lejana altura, ornado de los innumerables astros que lo recorren, y eso que llena el espacio todo, ese difuso ambiente que abarca la órbita de la florida tierra; qué causa movió al Creador, en medio del santo reposo de que gozaba por toda una eternidad, a sacar tan tarde su obra del Caos, y cómo una vez empezada, se terminó en tan breve tiempo. A consentírtelo el Señor, manifiéstanos lo que tanto anhelamos averiguar, no para inquirir los secretos de su eterno imperio, sino para más glorificar sus obras. Réstale aún a la gran lumbrera del día largo espacio de su curso, aunque va declinando ya; pero suspendiéndolo al oírte, al oír tu poderosa voz, te prestará atención, y retrasará su marcha para escuchar cómo refieres su nacimiento, y cómo el de la Naturaleza, al salir por primera vez del oculto abismo; y mientras la estrella y el astro de la noche se apresuran para oír tu narración, la Noche traerá consigo el silencio; el sueño se pondrá en vela con igual intento, o nosotros le ahuyentaremos hasta que termine tu canto, y podamos despedirte antes que nos sorprenda el brillo de la mañana.»

Esta súplica hizo Adán a su ilustre huésped; y el Ángel divino le contestó con estas dulces palabras: «A tan comedido ruego, justo será acceder; pero ¿qué encarecimiento, qué lengua seráfica bastará a referir las obras del Omnipotente, ni qué espíritu humano a comprenderlas? Lo que sí puedes conseguir, lo que no será negado a tus oídos, es aquello que mejor conduzca a glorificar al Hacedor y más contribuya a labrar tu felicidad. Yo he recibido del cielo el encargo de satisfacer tus deseos, como no pasen de ciertos límites; fuera de ellos, no indagues más; no desvaríes con la esperanza de profundizar misterios ocultos, que el invisible Rey, único que lo sabe todo, ha rodeado de tinieblas tan impenetrables a los que viven en la tierra como en el cielo; y harto te queda en todo lo demás que estudiar y que conocer. Porque el saber es como el alimento; se requiere no menos templanza en la satisfacción del apetito, que en la medida a que debe el espíritu ajustarse, pues la excesiva ciencia embaraza con su demasía y convierte la sabiduría en locura, como el exceso de alimento se trueca en vapor inútil.

»Ahora bien, ten por cierto que apenas cayó Lucifer (a quien se daba este nombre porque resplandecía entre los ángeles más que la estrella así llamada entre las estrellas), apenas cayó con sus malditas legiones en medio del abismo que les estaba preparado, y volvió vencedor el augusto Hijo con el séquito de sus Santos, contempló el Eterno Omnipotente Padre toda aquella muchedumbre desde su trono, y habló así a su Hijo:

«Engañose por fin nuestro envidioso Enemigo, creyendo que todos habían de seguirle en su rebeldía, y que con su auxilio nos arrancaría la posesión de esta altísima e inaccesible fortaleza, asiento de la suprema Divinidad. Perdiole su confianza, y arrastró en su catástrofe a muchos que han desaparecido de nuestra presencia; pero veo, sin embargo, que la mayor parte han permanecido fieles en su puesto, que el cielo está todavía poblado, y que cuenta con suficiente número de habitantes para llenar sus reinos, vastísimos como son, y para desempeñar los sagrados ministerios y solemnes ritos de este sublime templo.