El paraíso perdido · John Milton
Part 4
Capítulo 4 de 44 · 14 min de lectura
El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.
Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton en sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran poema que tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con pomposos anuncios en su Apología del Smectymnuus. Recordando los esfuerzos que le costó exponer sus opiniones sobre la educación, naturalmente tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica; mas por desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las esperanzas. Debemos suponer que bajo la dirección del autor del Comus y del Allegro y el Penseroso, sus pupilos estarían familiarizados con los más acabados y brillantes modelos que podía ofrecer una biblioteca clásica. No sucede nada de esto. Los libros que debiéramos hallar en primer término, tales como Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el puesto a Lucrecio, Manlio y otros prosistas de los inferiores y menos inteligibles en materia de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni de Cicerón. En el curso de autores griegos, no se tropieza con un solo trágico, orador ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos de Jenofonte. La idea de Milton parecía ser que con adquirir el conocimiento de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por sí. Debemos añadir que los discípulos de este único establecimiento tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con el caldeo y el siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los domingos, Milton acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego con oportunas explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con algunas ideas respecto a la divinidad.
Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella «admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio, actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre «los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para él.
En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y en otros de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que hacemos todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté siempre solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella ocasión era compatible con el vivo interés que le inspiraban los asuntos públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser útil y servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en Forest Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell. Era numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado que vivía con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de que el padre del poeta abandonase a Bread Street, habían existido relaciones y negocios de intereses de alguna cuantía entre él y Powell, y en estos asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención directa y legal. Al trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer que ambas familias, a causa de la mayor proximidad, se tratarían con más frecuencia; mas sea de esto lo que fuere, sabemos por el sobrino del poeta, entonces en su compañía, que por la pascua de Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje por el país, cuyo objeto, o no se sabía, o era con alguno más que un mero pasatiempo. Ello fue que al cabo de un mes, el que salió soltero volvió casado con María, la hija mayor de Ricardo Powell, que entonces era juez de paz en Forest Hill, cerca de Shotover, en Oxfordshire.» Milton tenía que reclamar un dinero de su cuñado al tiempo de su casamiento, y que recibir, creemos que con el importe de su deuda, 1000 libras por vía de dote; pero ni este ni aquella llegó a cobrar jamás, por razones que indicaremos luego.
Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.
¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los hombres dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por necesidad tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su cariño. Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo desear que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con los inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de María Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su casa, generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación de la acostumbrada por la presencia de los caballeros que en aquel tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican, no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba, eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos, y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.
No puede, sin embargo, negarse, a nuestro modo de ver, que tanto Juan Milton como María Powell se equivocaron. El desvío de María Powell a su nuevo estado, parece que consistió no tanto en su amor a las diversiones, dado que su carácter era más flemático que animado, sino en su incapacidad para hacerse agradable a un hombre de talento. Podrá decirse que Milton hubiera debido considerar este defecto de antemano, y abstenerse de contraer tal compromiso, y en este punto la verdad es que no dejó de equivocarse. La familia, con todo, trató de persuadirle de que semejantes genialidades eran naturales en una joven, mayormente tan a los principios, y que poco a poco iría renunciando a ellas. Pero cualesquiera que fuesen los defectos que Milton hallase en su mujer, estaba resuelto a sufrir las consecuencias del paso que había dado. Él no se separó de su esposa: ella fue la que le abandonó, añadiendo al abandono el insulto, no solo por su parte, sino por la de sus amigos.
Debemos recordar que Milton vivió lo bastante para casarse con tres mujeres. Con la segunda fue completamente feliz; el bello soneto que dedicó a su memoria, confirma sin duda esta aserción. Con su tercera esposa pasó los diez últimos años de su vida en la más estrecha unión, y de esto no tendremos la menor duda al ver el magnánimo proceder con que se condujo respecto a María Powell y a sus inconsiderados parientes. A medida que se acercaba a su edad media, fue haciéndose hombre más activo y de más firme resolución, y en sus últimos años abrigó ideas desfavorables a la constancia y bondad de las mujeres. Pero por más arraigada que estuviera en él la opinión de la superioridad que el sexo más fuerte debe ejercer sobre el más débil, el encanto que para él tenía la naturaleza de la mujer, y el homenaje que el hombre debe estar dispuesto a rendirla, se ve cuando pinta a Eva, a la Señora del Comus, y en otros varios de sus escritos. Profesaba evidentemente la opinión de Sheridan, que las mujeres son mucho peores y mucho mejores que los hombres.
Solo ya, y peor que si hubiera estado solo, Milton empezó a idear medios para salir de tan difícil estado. La cuestión se reducía a saber si el matrimonio es un lazo indisoluble, excepto en los casos limitados por las leyes existentes, y la conclusión que dedujo después de mucho estudio y reflexiones, fue que el divorcio podía apoyarse en otros fundamentos que los que a la sazón se tenían por tales. En 1644, al año siguiente de su matrimonio, dirigió al Parlamento un escrito titulado Doctrina y disciplina del divorcio. Halló que la opinión que había concebido sobre esta materia, estaba autorizada por Martin Bucer en una petición dirigida a Eduardo VI, y se contentó con reimprimir el juicio de este reformista, añadiendo un prefacio y una conclusión. Por este tiempo habían cobrado mucho ascendiente los Presbiterianos, y levantaron grandes clamores contra tan nueva doctrina. Intentaron que como desmoralizador de la sociedad, fuese citado Juan Milton a la barra en la Cámara de los lores; pero sus señorías no tomaron la cosa tan a pechos, y el acusado fue honrosamente despedido. En 1645 publicó Milton otro tratado sobre el mismo asunto, titulado Tetrachorden, que era una exposición de los cuatro pasajes principales de la Escritura relativos al particular. Otra publicación se dio a luz en el mismo sentido con el título de Colasterion. Hubo algún escritor anónimo que intentó refutar la Doctrina y disciplina del divorcio, y la última producción de Milton en punto a esta controversia, consistía en una réplica a aquella refutación. Nunca se retractó de las opiniones que había manifestado, y los que las aceptaron fueron por algunos llamados Miltonistas. Lo fundamental de su doctrina era «que por la ley de Moisés, además del adulterio, existían otras razones de divorcio, que debían tener presentes los magistrados cristianos como providencias de justicia, y que no debían contrariarse las palabras de Jesucristo; finalmente, que el prohibir absolutamente toda especie de divorcio, excepto en los casos previstos por Moisés, era contra la razón de la ley. La principal proposición era esta: que siendo la indisposición, la ineptitud o la contrariedad de ánimo producidas por causas inmutables por su naturaleza, un impedimento, que pueden serlo perpetuo para los beneficios más esenciales de la sociedad conyugal, cuales son la tranquilidad y la paz, establecen razón más poderosa de divorcio que el adulterio, con tal que los cónyuges se separen de mutuo consentimiento.»
Pero no fueron estas las únicas publicaciones que salieron de la pluma de Milton durante los dos años en que le vemos separado de su mujer. En 1644, a ruegos de su amigo Hartlib, dio a luz su Tratado sobre educación, que generalmente se ha considerado como una utopía sobre este asunto, porque exige una multitud de conocimientos y de ilustración en la juventud, que solo pueden adquirirse a fuerza de años y de experiencia. Rara vez acontece que los hombres de genio sean buenos preceptores: adquieren fácilmente sus conocimientos, las más veces por intuición, y dan en la pretensión de medir la capacidad de los demás por la suya propia. La lentitud y pasos graduales en que realmente consiste la educación, se reservan a los hombres de más paciencia y por decirlo así, de inferiores facultades. El genio es impetuoso; la rutina igual, lo mismo mañana que hoy, y sabe bien hasta dónde se puede ir y dónde conviene detenerse.
Pero el año en que se publicó el Tratado sobre educación, fue notable por la aparición de una obra de extraordinario mérito, la Areopagítica o Discurso por la libertad de la imprenta, sin restricciones. Dirigió Milton este escrito al Parlamento, que por cierto es de los en prosa el más elocuente, y el que consigna más verdades de perpetua aplicación y máximas más dignas. Los hombres, dice Milton, son virtuosos cuando rechazan el mal por voluntad propia, no cuando se apartan de él por necesidad. «Para mí, añade, no es digna de alabarse la virtud fugitiva y enclaustrada, jamás combatida ni en peligro, que no provoca ni acomete a su adversario, sino que se fortalece en aquellos que conquistan la corona inmortal con mil afanes y fatigas.»
El Parlamento había promulgado una orden para regularizar la imprenta, en que se decía: «Ningún libro, folleto, ni papel, se imprimirá en lo sucesivo, que primero no obtenga la aprobación y licencia de los designados a este fin, o por lo menos de alguno de ellos.» Milton acudió al Parlamento para que examinase de nuevo esta orden, y para recordarle que el someter a un autor a la ignorancia o capricho de los censores, era invención de tiempos modernos, recomendándole también que no diese en la ilusión de suponer que semejante ley bastaría para desterrar de la imprenta los malos libros, pues por el contrario sostenía que sus efectos podían ser «ante todo desalentar a los hombres doctos y ahuyentar la verdad, no solo haciendo inútiles todos nuestros conocimientos, sino imposibilitando cuantos descubrimientos pudieran hacerse en lo sucesivo tanto en lo civil como en lo religioso.» El principio, añade, de poner freno a la imprenta, so pretexto de que no debe difundirse el error, no bastaba para acabar con la controversia, dado que ningún hombre puede refutar un error sin publicar este mismo error para refutarlo. Que no debe castigarse a los malos porque se suponga que son capaces de cometer maldades, sino que debe esperarse a que estas se cometan, y que lo mismo acontecía con los libros. Al discurrir así, Milton deseaba que la licencia absoluta de la imprenta fuese un indicio seguro de libertad, mientras las leyes concernientes a la traición, a la sedición, a la difamación y a la blasfemia no estuviesen más en consonancia con aquel artículo. La licencia para imprimir tal como se concedía, era un fútil privilegio, si el gobierno se reservaba el poder de castigar aquellas faltas como le pluguiese. Al defender Milton que la libertad absoluta de imprenta debía hacerse efectiva, debiera haber llevado su reforma a todos aquellos vicios que pudieran llamarse colaterales; pero estaba aún muy distante el siglo XIX para que se realizase aquella ilusión en nuestra historia.
Milton, sin embargo, tenía muchos amigos, que sabedores de sus ideas en esta vital cuestión, le instaban para que las publicase, y muchos contestaban a sus exageraciones luego que lo ponía por obra. La influencia de aquel germen así defendido en el espíritu de la legislación, si no era del todo decisiva, no dejaba de ser considerable. La acción de los censores durante el Parlamento Largo, quedaba entorpecida y limitada por tan ilustradas opiniones; un funcionario hubo que renunció tan odioso cargo, y en tiempo de Cromwell quedó abolido. Milton defendía y exponía de la siguiente manera sus argumentos y amonestaciones: «Yo no he de ocultar ni a mis amigos ni a mis enemigos lo que por todas partes se dice, que si volvemos a las represiones inquisitoriales y a las licencias, y tenemos miedo de nosotros mismos, y sospechamos de los demás hasta el punto de asustarnos con cada libro, y temblamos ante cualquier papel antes de que sepamos su contenido; si algunos de los que casi se conservan mudos, nos prohíben leerlo todo, excepto lo que a ellos les agrade, no es fácil adivinar que intentan más una segunda tiranía para la ciencia; y en breve quedará fuera de toda duda que los obispos y los clérigos, en el nombre y en los hechos son lo mismo para nosotros.» Pero el poeta se entusiasma con su teoría como con una visión profética. Londres era para él un gran arsenal espiritual, en que se estaban forjando armas de todas especies para llegar a aquel gran resultado. «Me figuro en mi ignorancia una nación noble y poderosa, que sacude el sueño como un hombre vigoroso y rompe sus apretadas ligaduras; se me representa como un águila que ensaya su poderosa juventud, y fija sin deslumbrarse sus ojos en el ardiente sol del mediodía, avivando y purificándose su vista largo tiempo ofuscada en la fuente misma del esplendor celeste; mientras el clamoreo de las aves tímidas y agrupadas, así como de las que apetecen el crepúsculo, revoloteando alrededor y no comprendiendo aquella novedad, predice con sus envidiosos gritos un año de disturbios y divisiones.» Nuestros lectores interpretarán este discurso, y a fuerza de leerlo y analizarlo, adquirirán una impresión exacta del sublime y profético espíritu que en él domina.
En 1645 publicó Milton una colección de sus poemas, incluyendo todos los sonetos que había escrito en el mismo año. Los nuevos sonetos se referían a los clamores que se habían levantado a consecuencia de las publicaciones del autor sobre la cuestión del divorcio, así como los que llevan el nombre de Lorenzo, Ciriaco Skinner y Enrique Lawes, y los de Lady Margarita Ley y Una joven virtuosa. En el prólogo de este tomo, Moseley, el editor, dice: «los poemas de Spencer, en estos ingleses, están imitados de tal manera, que los aventajan en dulzura.»
La joven en cuya alabanza está escrito uno de los nuevos sonetos, suponen que se llamaba miss Davis, a quien Milton, hallándose viudo, empezó a dirigirse con ánimo de hacer de ella una segunda esposa. Esta joven, que se pinta como muy bella y de una familia respetable, parece que dudó antes de contraer semejante vínculo, el cual aunque agradable para ella en más de un sentido, no podía menos de exponerla a murmuraciones y desdenes sociales. Al propio tiempo se verificó un cambio repentino en las circunstancias de Milton, de tal naturaleza, que no dejaba lugar a duda alguna: por el verano de 1645 obtuvieron los Parlamentarios la victoria decisiva de Naseby; la causa realista quedó vencida desde aquel día, y entonces vieron los Powells que la alianza con Milton, no solo era una cosa segura, sino ventajosa. El corazón de María Powell, que es de presumir anduviese en vacilaciones, con el rumor de que su marido solicitaba la mano de otra, no debió quedar muy satisfecho de los nuevos acontecimientos.
En este estado se hallaban las cosas, cuando Milton devolvió una visita a cierto amigo llamado Blackborough, en St. Martin’s-le-Grand. No era Blackborough el único de los amigos de Milton que deseaban dejase a la mujer con quien se había reconciliado, y esta visita dio ocasión para averiguar si podría tener lugar. Mistress Milton tenía su habitación en lo interior de la casa; se presentó repentinamente, se arrojó a los pies de su esposo y le rogó con lágrimas y evocando pasados recuerdos, que no la diese al olvido. Dícese que Milton vaciló al principio, pero cedió por fin; y al declarar que se olvidaba de lo pasado, podemos estar ciertos de que así sucedería: nadie por lo menos duda de que la reconciliación de Adán y Eva por el poeta, fue una viva reminiscencia de los sentimientos que le sugirió esta escena.
Al año siguiente Mr. R. Powell, de Forest Hill, estaba «de guarnición en la ciudad de Oxford, cuando ocurrió su rendición.» En el archivo de los Papeles de Estado hay un documento firmado por el general Fairfax, de 27 de junio de 1646, en que concede a Powell libre salida con sus criados, caballos, armas, efectos y todo lo necesario para dirigirse a Londres o a otro cualquier punto, según lo creyese indispensable. Powell se encaminó con toda su familia a la capital, donde su cuñado, a quien tan bajamente habían insultado y desacreditado, los recibió en su casa y los hospedó en ella por espacio de algunos meses. Pocas semanas después de su llegada, nació el primer hijo de Milton.



