El paraíso perdido · John Milton

Part 41

Capítulo 41 de 44 · 17 min de lectura

«Para que reconozcas que no es mi ánimo comprometer tu virtud, y que no omito medio alguno a fin de que tu seguridad repose en sólidas bases, escucha y sabrás con qué objeto te he conducido aquí, mostrándote tan hermoso espectáculo. Aunque tu reino haya sido anunciado por los profetas o por los ángeles, si no tratas de conquistar ese trono, como lo hizo tu padre David, nunca reinarás; en todas las cosas y sobre todos los hombres, la predicción supone medios de éxito, y si no se hace uso de ellos, la profecía se revoca. Pero supongamos que tomas posesión del trono de David con el libre consentimiento de todos, sin oposición alguna por parte de los Hebreos o de los Samaritanos: ¿cómo podrías abrigar la esperanza de disfrutarle largo tiempo, tranquilo y seguro, hallándote entre dos enemigos cual los Partos y los Romanos? Por esto debes obtener el apoyo de uno de los dos; yo te aconsejaría comenzar por los primeros, que son los vecinos más cercanos, y que demostraron en otro tiempo ser capaces de asolar tu país, haciendo cautivos a sus antiguos reyes Antígono y el viejo Hircano. De mi cuenta corre poner a los Partos a tu disposición, por el medio que tú elijas, bien por conquista o alianza, pues solo con su apoyo recobrarás el poder, sin el cual no puedes ocupar realmente el trono de David, como su legítimo sucesor. De este modo conseguirás la libertad de tus hermanos, de esas diez tribus cuya posteridad conserva todavía aquel pueblo en su territorio. Entre los Medos andan también dispersos diez hijos de Jacob y dos de José, perdidos lejos de Israel y esclavizados, como lo estuvieron en otro tiempo sus padres en la tierra de Egipto. El ofrecimiento que te hago te proporciona ocasión de alcanzar su libertad; si así lo haces, y les devuelves su herencia, entonces, y solo entonces, reinarás cubierto de gloria en el trono de David, desde el Egipto al Éufrates, y aún más allá, sin que nada debas ya temer de Roma ni de César.»

A lo cual contestó nuestro Salvador sin inmutarse: «Me has hecho ver una grande y vana ostentación del poder mundano, frágiles armas, y un pomposo aparato guerrero, tan largo de preparar como fácil de destruir: me has comunicado secretos de alta política, hábiles proyectos sobre enemigos, alianzas y batallas, plausibles todos a los ojos del mundo; pero que no tienen para mí ningún valor. Dices que debo poner en juego todos los medios, porque si no quedará sin efecto la predicción y me veré privado del trono. Mi hora, según antes te dije, no ha llegado aún, y debieras desear que estuviese lejana todavía. Cuando haya sonado, no creas que me verás vacilar en dar principio a mi obra, sin recurrir a tus máximas políticas, ni hacer uso de ese incómodo aparato guerrero que me has mostrado, más propio para demostrar la debilidad humana que su fuerza. Alegas que es preciso liberte a mis hermanos, según les llamas, los Israelitas de las diez tribus, si aspiro a reinar como el heredero legítimo de David, y a extender su dominio sobre todos los hijos de Israel. Pero dime, ¿de qué proviene ese celo por su independencia? ¿Por qué no mostraste el mismo por Israel, David, o su trono, en vez de excitarle por orgullo a que hiciese el recuento de su pueblo, lo cual costó la vida a setenta mil hombres en tres días de epidemia? ¡Tal fue entonces tu celo por Israel; y ese es el que afectas hoy por mí! En cuanto a esas tribus cautivas, ellas mismas labraron su desgracia, pues abandonaron a Dios para adorar el becerro de oro, los ídolos de Egipto, Baal y Astarot, y los de todos los pueblos vecinos. Además de esto imitaron sus crímenes, que excedían en perversidad a los de otros pueblos paganos; no habiendo implorado con arrepentimiento al Dios de sus padres, murieron impenitentes, dejando una raza que se les asemeja, que no se distingue de los Gentiles sino por una vana circuncisión, y que rinde a Dios un culto confundiéndole con los ídolos. ¿Cómo he de pensar en devolver su independencia a esas tribus, que una vez libres volverían sin vacilar, sin humillarse, sin arrepentimiento y sin conversión, a buscar sus dioses de Betel y de Dan, como un antiguo patrimonio? No; que sigan esclavizadas por sus enemigos, puesto que adoran ídolos con su Dios. Sin embargo, es posible que al fin (Dios sabe cuándo), acordándose de Abraham, se inclinen a un arrepentimiento sincero por alguna vocación milagrosa; y que se abran paso a través de la multitud de Asirios, cuando se dirijan alegres y presurosos a su país natal, así como en otro tiempo cruzaron sus padres el mar Rojo y el Jordán al encaminarse a la tierra prometida. Yo abandono su porvenir a la Providencia.»

Así habló el verdadero Rey de Israel, contestando con dulzura al Enemigo, de un modo que burlaba todos sus artificios, como sucede siempre cuando con la verdad se combate la falsía.

LIBRO CUARTO

ARGUMENTO

Persistiendo Satán en tentar a nuestro Señor, muéstrale la imperial ciudad de Roma en el apogeo de su pompa y esplendor, como potencia que pudiera preferir a la de los Partos; y dice que con la mayor facilidad podría expulsar a Tiberio, devolver a los romanos su independencia y hacerse dueño, no solo del imperio, sino también de todo el mundo, incluso el trono de David. El Salvador contesta, manifestando su desprecio por el poder y las grandezas mundanas; censura la pompa, la vanidad y el libertinaje de los romanos; demuestra cuán poco merecen recobrar la libertad que habían perdido por su mala conducta; y termina refiriéndose a la grandeza de su propio reinado futuro. Desesperado Satán, y para encarecer el valor de sus dones, declara que únicamente los otorgará a condición de que Jesús se prosterne ante él y le rinda culto. Nuestro Señor manifiesta su indignación con firmeza, aunque moderadamente, al escuchar proposición semejante; y reprende con severidad al Tentador, diciéndole que está condenado para siempre. Humillado Satán, intenta justificarse; apela después a otro género de tentación, y proponiendo a Jesús el premio de la sabiduría y del talento, muéstrale el celebrado templo de la antigua literatura, Atenas, sus escuelas, los ilustres maestros y sus discípulos, haciendo al propio tiempo un encomiástico panegírico de los músicos Griegos, poetas, oradores y filósofos de las diferentes sectas. Jesús le contesta demostrando la vanidad e insuficiencia de la decantada filosofía gentílica, y manifiesta preferir a la música, poesía, elocuencia y didáctica poética de los Griegos, la de los inspirados escritores Hebreos. Irritado Satán al ver defraudadas todas sus tentativas, censura la inconsideración de nuestro Salvador en rechazar sus ofertas; y prediciéndole los padecimientos que debe sufrir, después de ridiculizar su esperado reino, condúcele de nuevo al desierto, dejándole allí. Llega la noche: el Enemigo hace estallar una espantosa tormenta, procurando, además, alarmar a Jesús con tremendos sueños y terribles espectros, que sin embargo no causan impresión alguna en el Salvador. Una hermosa y serena mañana sucede a los horrores de la noche: Satán se presenta de nuevo a Jesús, y refiriéndose particularmente a la tempestad de la víspera, toma motivo una vez más para ultrajarle, enumerando las penalidades que debe sufrir. Nuestro Señor se limita a reprenderle; y entonces, en el colmo de la desesperación, el Enemigo confiesa que había vigilado con frecuencia a Jesús desde su nacimiento, expresamente para descubrir si era el verdadero Mesías; y que coligiendo que probablemente lo sería, por lo acontecido en el Jordán, habíale seguido desde entonces más asiduamente, con la esperanza de alcanzar alguna ventaja sobre él, lo cual probaría hasta la evidencia que no era en realidad la Divina Persona destinada a ser su «fatal enemigo». Reconoce que hasta entonces ha sido completamente derrotado; pero que está resuelto a someterle a una prueba más. Así diciendo, le conduce al templo de Jerusalén, y colocándole en la punta de la más elevada torre, le intima a que pruebe su divinidad, bien sosteniéndose allí, o precipitándose sin sufrir daño alguno. Asombrado Satán, y confundido al ver que Jesús permanecía inmóvil, cae de pronto, y reaparece entre sus infernales cómplices, a quiénes da cuenta del mal éxito de su empresa. Los ángeles, entretanto, conducen a nuestro Señor a un hermoso valle, y mientras le sirven celestiales manjares celebran su victoria con un himno de triunfo.

Perplejo y turbado por el mal éxito de su tentativa, el Enemigo permanecía inmóvil, sin que su artificioso espíritu le dictase contestación alguna, después de haber sido descubierto su engaño, y tantas veces defraudadas sus esperanzas. Aquella persuasiva retórica que dulcificaba su lenguaje, cuando tan fácilmente sedujo a Eva, parecía faltarle entonces y haber perdido toda su fuerza. Bien es verdad que Eva no era más que Eva. El que había dominado a esta con su gran superioridad, veíase a su vez burlado y sorprendido, por no haber sabido apreciar mejor de antemano la fuerza que trataba de combatir y la suya propia. Semejante al hombre que, habiendo sido considerado antes como sin igual por su destreza, se ve eclipsado en la ocasión en que menos lo esperaba, y que a fin de salvar su honor, y contra todas las probabilidades de triunfo, quiere aún medirse con quien le ha vencido, sin poder confesar su derrota, aunque aumente con esto su bochorno; o cual otro enjambre de moscas, que en la época de la vendimia se lanza sobre el lagar de dónde corre el dulce líquido y vuelve después mosconeando; o tal, en fin, como las olas que se levantan contra la dura roca, y aunque se estrellan todas, repiten sus acometidas inútilmente, resolviéndose en espuma o vapor; así Satán, después de recibir negativa sobre negativa y de verse reducido a un humillante silencio, no cede sin embargo; y aunque desesperando del éxito, renueva sus vanas tentativas.

Para ello transportó a nuestro Salvador a la vertiente occidental de aquella elevada montaña, desde donde se podía ver otra llanura bastante larga; pero no muy ancha, bañada por el mar del mediodía, y terminada en el lado del norte por una cadena paralela de colinas, que protegían los productos de la tierra y las moradas de los hombres, de los fríos vientos del septentrión. En el centro deslizábase un río en cuyas dos orillas se elevaba una imperial ciudad, con torres y templos, que se destacaban orgullosamente sobre siete pequeñas colinas ornadas de palacios, pórticos, teatros, baños, acueductos, estatuas, trofeos, arcos de triunfo, jardines y bosquecillos. Aquel espectáculo se desplegaba a los ojos de Jesús a pesar de las altas montañas que debían ocultarle (por qué extraño paralaje, o ilusión óptica, multiplicada a través de los aires o por los cristales de un telescopio, averígüelo el curioso lector); y el Tentador rompió el silencio con estas palabras:

«La ciudad que ves no es otra sino la opulenta y gloriosa Roma, la reina del mundo, cuya fama se extiende a lejanos países, y que se ha enriquecido con los despojos de las naciones. Ahí ves el soberbio Capitolio, que domina sobre todos los demás edificios desde lo alto de la roca Tarpeya, esa ciudadela inexpugnable; allí está el monte Palatino, palacio imperial, vasto recinto, edificio soberbio, obra maestra de los arquitectos más ilustres, que brilla a lo lejos por sus doradas almenas, sus torres, sus terrados y esplendentes pirámides. No lejos de él, elévanse magníficos palacios, semejantes más bien a las moradas de los dioses; y he dispuesto mi aéreo microscopio de tal manera, que puedas ver por dentro, y exteriormente, sus columnas y bóvedas, ricamente cinceladas por mano de los más célebres artistas, labradas en cedro, mármol, marfil y oro. Dirige ahora tus miradas del lado de las puertas, y verás qué multitud entra y sale: son pretores, procónsules, que vienen de sus provincias o vuelven a ellas; visten la toga bordada de púrpura, y van acompañados de los lictores, que ostentan la segur, insignia de su dignidad; de cohortes, legiones y brillantes jinetes. Aquellos que pasan por la vía Apia o la vía Emiliana, y visten diverso traje, son embajadores que llegan de remotos países: vienen los unos de las últimas regiones australes, de Siena, de Meroé, de la isla de Philæ, cubierta de sombra por ambos lados; o más al occidente, del reino de Baco, hasta el lago de Libia. Otros son enviados por los reyes de Asia y por el de los Partos; llegan de la India, del Quersoneso de Oro y de la isla de Trapobana, situada más allá de aquel país; su cutis es bronceado, y cubren sus cabezas turbantes de blanca seda; otros proceden de la Galia, de Bretaña, de Gades, del país de los Germanos, del de los Escitas y de los Sármatas, que habitan desde más allá del norte del Danubio hasta el Quersoneso Táurico. Todas esas naciones, sometidas actualmente a Roma, prestan obediencia a su poderoso emperador, que por sus vastos dominios, sus riquezas y poderío, su civilización, su progreso en las artes y el valor guerrero de sus súbditos, pudiera ser a tus ojos preferible al rey de los Partos. Exceptuando estos dos imperios, todos los demás pueblos son bárbaros, apenas dignos de fijar en ellos la atención, pues obedecen a príncipes poco poderosos, que se hallan demasiado lejos; al mostrarte esos dos grandes imperios, te enseño todos los reinos de la tierra y toda su gloria. El emperador romano no tiene hijo alguno; es de edad avanzada, viejo y libertino. Se ha retirado de Roma para vivir en Caprea, pequeña isla, aunque de difícil acceso, situada cerca de las orillas de la Campania, donde se propone entregarse secretamente a sus desenfrenadas pasiones. Confiando a un perverso favorito los asuntos públicos, aún cuando de él sospeche, aborrece a todo el mundo y es de todos aborrecido. ¡Cuán fácil te sería, dotado como estás de regias virtudes, dándote a conocer, e inaugurando tu carrera con grandiosas hazañas, expulsar a ese monstruo de su trono, convertido ahora en inmundo lupanar, y sustituirle en el solio, librando de su vergonzoso yugo a un pueblo triunfante! Y con mi apoyo te es dado conseguirlo, pues yo tengo el poder de hacerlo, y te lo cedo a ti. Aspira, pues, al imperio del mundo entero; aspira a cuanto hay de más elevado, que si no lo alcanzas con el supremo dominio, no llegarás a sentarte en el trono de David, ni permanecerás en él largo tiempo, por mucho que hayan dicho los profetas.»

El Hijo de Dios le contestó con calma: «Toda esa grandeza y majestuoso aparato de riquezas y lujo, que llaman magnificencia, lo mismo que esa ostentación guerrera que antes me mostraste, no seducen mis miradas ni mucho menos mi corazón. También hubieras podido hablarme de sus banquetes suntuosos, de sus espléndidos festines, de sus desenfrenadas orgías, de sus mesas de madera de limonero o de mármol del Atlas, pues yo también he oído, o acaso leído algo de esto; de sus vinos de Setía, de Cales, de Falerno, de Quíos y de Creta; de sus copas de oro y de cristal, bañadas en mirra, guarnecidas de piedras preciosas y engastadas en perlas; detalles todos interesantes para cualquiera a quien acosare el hambre o la sed. Elogias además a esos embajadores, enviados por naciones lejanas o vecinas: ¡qué honor, pero también, qué fastidio! ¡Qué enojosa pérdida de tiempo el sentarse en un trono para escuchar tantas vanas y mentidas lisonjas, tantas alabanzas extravagantes! Después me hablas del Emperador, a quien se podría vencer fácilmente, y cuya derrota me cubriría de gloria; dices que debo expulsar a ese monstruo cruel; pero ¿no sería necesario hacerlo al propio tiempo con el demonio que lo ha convertido en tal? Sírvale su conciencia de verdugo: no he sido yo enviado para destronarle, ni tampoco para libertar a ese pueblo, victorioso en otro tiempo, vil y humillado ahora, que merecido tiene su servilismo; que antes justo, frugal, humilde y moderado, conquistó gloriosamente, pero gobernó mal las naciones sometidas a su yugo, despojando a las provincias para satisfacer su sed de rapiña o sus dispendiosos placeres. Esos romanos, poseídos primero de la ambición del triunfo, orgullosa e insultante pompa; y feroces luego por haberse acostumbrado a ver correr en sus circos la sangre de las fieras que luchan entre sí, así como la de los hombres expuestos a sus ataques, han llegado a ser con sus riquezas apasionados por el lujo, y siempre más insaciables y afeminados por los espectáculos que diariamente presencian. ¿Qué hombre sabio y valeroso intentaría libertar a ese pueblo degenerado, que se ha esclavizado él mismo? ¿Quién podría convertir en hombres libres a los que son serviles de por sí? Sábelo pues; cuando llegue la hora de sentarme en el trono de David, mi reinado será como un árbol cuyo ramaje se extendiese sobre toda la tierra, para cubrirla con su sombra, o bien como la piedra que haría pedazos todas las monarquías existentes en el mundo. Y mi reinado no tendrá fin: medios se encontrarán para ello; pero no te corresponde a ti saber cuáles son estos, ni tampoco revelártelo debo.»

A lo cual contestó el Tentador con descaro: «Veo en qué poco estimas todas mis ofertas, y cómo las rechazas por ser yo quien te las hace. Nada es de tu agrado; te muestras por demás receloso, y con tus exagerados escrúpulos, te limitas a contradecirme. Sin embargo, quiero que sepas en cuánto estimo los ofrecimientos que te hago, y qué lejos está de mí apreciar en poco las ventajas de que te quiero hacer partícipe. Todo cuanto abarca tu mirada, todos esos reinos del mundo, yo te los doy (que a mí me los han dado y yo los cedo a quien me place); no es ninguna bagatela; pero te impongo una condición indispensable. Es preciso que te prosternes y me rindas adoración como a tu superior y tu dueño (fácil te es hacerlo), reconociendo que todo lo has recibido de mí. ¿No es esto lo menos que merece tan considerable donativo?»

Nuestro Salvador contestó con acento desdeñoso: «Jamás me agradó tu lenguaje, y mucho menos tus ofrecimientos; ahora desprecio tanto estos como aquel, ya que has osado exponer en tan abominables términos tu impía condición. Pero sufriré con paciencia, hasta que expire el plazo durante el cual te será permitido obrar contra mí. Escrito está en el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios y le servirás a él solo;» ¿y te atreves a proponer a su Hijo que te rinda culto, a ti, maldito, doblemente maldito ahora por esta pretensión, más impía y osada que la que tuviste con Eva? No se hará esperar tu expiación. Dices que te dieron los reinos del mundo; di más bien que te los abandonaron y que los usurpaste; ningún otro donativo podrías hacer. Y aun cuando te los hubiesen dado, ¿de quién los habrías recibido sino del Rey de los reyes, del Dios supremo, dueño de todas las cosas? Y si te los ha dado ¡con qué generosa gratitud le pagas! Pero hace ya mucho tiempo que la gratitud se ha extinguido en ti. ¿Tan falto estás de temor, o tan desvergonzado eres que osas ofrecérmelos a mí, al Hijo de Dios, ofrecerme lo que me pertenece, bajo la infame condición de prosternarme y adorarte como a Dios? ¡Atrás! ¡aléjate de mí! Ahora es cuando te manifiestas evidentemente como el mal personificado, como Satán, maldito para siempre.»

Confuso y poseído de temor, replicó el Enemigo: «No te muestres tan gravemente ofendido, Hijo de Dios, pues también los ángeles y los hombres son hijos de Dios, y yo he querido asegurarme de que llevas ese título por ser superior a ellos. Por esto te propuse que me rindieses el homenaje que recibo de los ángeles y de los hombres; de esos tetrarcas que presiden el fuego, el aire, el agua y la tierra, así como también de las naciones que habitan en toda la superficie del globo. A mí me invocan como al dios de este mundo y de aquel que está debajo; y más que a ningún otro, impórtame asegurarme si tú eres Aquel cuya llegada, según las profecías, debe serme tan fatal. La prueba no te ha perjudicado en modo alguno; más bien has alcanzado honor y aprecio, al paso que yo no gano nada, y hasta debo renunciar a lo que me proponía obtener. Dejemos, pues, los reinos de este mundo, puesto que son transitorios; no te hablaré más de ellos; adquiérelos o no, según te plazca, que eso a ti solo te concierne.

»Parece que tú aspiras a alguna cosa más noble que a una corona mundana: prefieres entregarte a la meditación y a las sabias discusiones, según lo indicaba ya aquel rasgo de tu infancia, cuando escapaste de la vista de tu madre para ir solo al templo, donde te hallaron en medio de los más graves doctores, discutiendo sobre puntos y cuestiones relativas a la cátedra de Moisés; enseñando pero no enseñado. La infancia anuncia al hombre, como la mañana anuncia el día: sé ilustre, pues, por tu saber; y así como tu imperio debe extenderse sobre todo el mundo, extiéndase también tu espíritu sobre el universo entero y en todo cuanto contiene. No está comprendida toda la ciencia en la ley de Moisés, en el Pentateuco y en los escritos de los profetas; también los Gentiles, guiados por la luz natural, saben, escriben y enseñan cosas dignas de admirarse; y tú debes conferenciar con los Gentiles, dirigiéndoles por la persuasión según tus miras. Sin conocer su sabiduría, ¿cómo quieres conversar con ellos, o que ellos se entiendan contigo? ¿Cómo has de discutir, cómo refutar sus idolismos, sus tradiciones y paradojas? Con sus propias armas se debe combatir su error. Antes de abandonar esta despejada montaña, mira otra vez por la parte del occidente, y mucho más cerca, hacia el mediodía, verás en la ribera del mar Egeo una ciudad con magníficos edificios, donde el aire es puro y el terreno llano. Es Atenas, el ojo de Grecia, la madre de las artes y de la elocuencia, la patria o mansión hospitalaria de los sabios célebres, que encuentran en su agradable retiro, en la ciudad o los arrabales, paseos cubiertos de sombra, para entregarse al estudio. He ahí el olivar de Academo, el asilo de Platón, donde el ruiseñor deja oír todo el verano las rápidas y variadas notas de su canto. Allí está el monte Himeto, cuyas flores atraen a la industriosa abeja, que con su ligero zumbido invita a las meditaciones graves; y más allá se desliza el Ilisos con sus ondas de suave murmullo. Dentro de la ciudad puedes ver las escuelas de los antiguos sabios: el Liceo, dónde enseñaba aquel que preparó al gran Alejandro para subyugar al mundo; y poco más lejos el Pórtico, ornado de pinturas. En esa ciudad podrás estudiar la secreta influencia de la armonía, por medio de tonos y números indicados con la voz o con la mano; las distintas medidas de los versos que tal encanto comunican a las odas líricas de los poetas eolios y dorios, y a los cantos muy superiores de aquel que a todos les inspiró, del ciego Melesígenes, llamado más tarde Homero, cuyos poemas se atribuyó Febo. En la misma fuente fue donde los graves y sublimes trágicos adquirieron los profundos conocimientos, que comunicaban luego con sus coros y sus yámbicos, esos excelentes preceptos de prudencia moral, que acogidos con gusto en forma de breves sentencias, recuerdan al hombre las leyes del destino, la inconstancia de la fortuna, las vicisitudes de la vida humana, ofreciendo a su vista el espectáculo de los actos más nobles, y el cuadro fiel de las grandes pasiones. Allí es dónde podrías formarte sobre el modelo de esos célebres oradores antiguos, cuya irresistible elocuencia dirigía a su antojo a la arrogante democracia, abría los arsenales y fulminaba sus rayos por encima de Grecia, hasta Macedonia y el trono de Artajerjes. Presta también oído a las lecciones de esa filosofía que bajó del cielo a la modesta morada de Sócrates. He ahí donde habitaba aquel a quien el bien inspirado oráculo declaró el más sabio de los hombres, y de cuya boca brotaron aquellos raudales de dulce elocuencia que iban a bañar todas las escuelas de los académicos antiguos y modernos, así como las de los Peripatéticos, de los Epicúreos y de los severos Estoicos. Estudia sus doctrinas en esos lugares, o si lo prefieres, en tu humilde morada, hasta que el tiempo madure tu edad para soportar el peso de un reino; sus preceptos te convertirán en un cumplido príncipe, que sabrá reinar en sí mismo, y cuya sabiduría resaltará más a la cabeza de un imperio.»