El prisionero de Zenda · Anthony Hope

Chapter 6

Capítulo 6 de 22 · 9 min de lectura

EL SECRETO DE UN SÓTANO

Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—Confieso que yo también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.

—¡Qué hermosa es!—exclamé.

—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?

—Sí—contesté con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, transformación a la cual me referí chanceándome.

—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es el finado Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía aturdido.

—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar mi permanencia en Estrelsau.

—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la ciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza, como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El documento tiene que firmarlo usted.

—Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sacó un papel del bolsillo.

—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel de calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una manera presentable, lo escribiré yo.

—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega a tanto.

El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una falsificación muy pasable.

—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muy fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?

—Comprendo perfectamente.

—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.

—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara real se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.

—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sarto dirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted sabe.

—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrer más de quince leguas conmigo a cuestas.

—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?

—Por mi parte lo estoy—contesté.

Tarlein me tendió la mano.

—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.

—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había obscurecido aún.

—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si el guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o catorce años. La suerte nos favorecía.

—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.

—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto con sorna y a media voz.

—Pero me encargó que no abriese la puerta.

—¿Sí, eh?—dijo Sarto desmontando.—Pues dame la llave.—La mozuela tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

—He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta, muchacha!

Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

—Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso mientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.

—Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el Duque—dije una vez.

—También yo—se limitó a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos, con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas, cuando Sarto se detuvo repentinamente.

—¿Oye usted?—me dijo.

Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.

—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó al galope.

Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.

—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es tortuoso y la dirección del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo su caballo.

—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierda conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.

—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.

—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.

El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y permanecimos inmóviles junto a ellos.

—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré

—Sí, y adónde van.

Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

—¡Ahí están!—murmuró Sarto.

—¡Es el Duque!

—Me lo figuraba—contestó.

Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el deber ante todo era su máxima.

—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.

—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.

—Allí sabremos la verdad.

El Duque vaciló un momento.

—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.

—No creo que nadie nos preceda, Alteza.

—¿Por qué no ir al pabellón de caza?

—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso contrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su caballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos más.

—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo va bien.»

—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.

—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.

—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la mayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido algo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.

—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví hacia él.

—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.

—Asegure usted los caballos y sígame.

La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de la cena y numerosas botellas vacías.

—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a perder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

—Han descubierto a la vieja—dije.

—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.

—Entremos, todo va bien—dije.

Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, pero estaba cerrada.

—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.

—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.

El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.

—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared, inmóvil.

Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.

Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.

Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos brillantes y espantados de Sarto.

—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

—El Rey no está aquí—dije.