Silas Marner · George Eliot

Chapter 15

Capítulo 15 de 21 · 2 min de lectura

Había una persona—se la adivinará sin esfuerzo—que más que cualquiera otra observaba con viva, con secreta solicitud el desarrollo próspero de Eppie, bajo la influencia de los cuidados del tejedor. Esa persona no se atrevía a hacer nada que diera a suponer que tenía interés especial por la hija adoptiva de un pobre hombre y no el que debía esperarse de la bondad de un joven squire, al que un encuentro fortuito sugería la idea de gratificar con un pequeño presente al pobre viejo mirado por todos con benevolencia. Pero esa persona se decía que llegaría el día en que podría hacer algo por aumentar el bienestar de su hija sin exponerse a las sospechas. Entretanto, ¿lo mortificaba mucho la imposibilidad en que estaba de darle a aquella niña sus derechos de nacimiento? No sabría decirlo. Eppie era bien atendida. Sería feliz probablemente como lo son a menudo las gentes de humilde condición, más feliz quizá que las que son criadas en el lujo.

Aquel famoso anillo que pinchaba al príncipe toda vez que olvidaba sus deberes para entregarse al placer, yo me pregunto si lo pinchaba vivamente cuando partía para la caza, o bien si le hacía entonces una leve picadura y no lo hería en carne viva sino cuando la cacería había terminado hacía tiempo y la esperanza, replegando las alas, miraba hacia atrás y se convertía en placer...

En cuanto a Godfrey, sus mejillas y sus ojos estaban ahora más brillantes que nunca. Tenía propósitos tan decididos que su carácter parecía haberse vuelto firme. Dunsey no había reaparecido; se creyó por la generalidad que se había enrolado voluntario o que se había ido al extranjero, nadie tenía la idea de pedirle datos precisos a una familia honorable sobre un asunto tan delicado. Godfrey había dejado de ver la sombra de Dunsey atravesada en su camino, y este camino lo conducía entonces directamente hacia la realización de sus deseos predilectos, los deseos que más largo tiempo había acariciado.

Todo el mundo decía que el señor Godfrey había tomado el buen camino y era bastante fácil adivinar cómo acabarían las cosas, pues pocos eran los días de la semana en que no se le veía dirigirse a caballo a las Gazaperas. El propio Godfrey, cuando le preguntaron bromeando si ya estaba fijado el día, sonreía con la sensación agradable de un pretendiente que hubiera podido responder «sí» si así lo hubiera querido. Se sentía transformado, libre de la tentación y la visión de su vida futura se le aparecía como una tierra prometida por la que no tenía necesidad de combatir. Se veía en el porvenir con toda felicidad concentrada alrededor de su hogar, mientras que Nancy le sonreía y él jugara con los niños.

Y aquella otra criatura sin sitio en la morada paterna, no la abandonaría. Velaría por que fuese feliz. Ese era su deber de padre.