Silas Marner · George Eliot

Chapter 17

Capítulo 17 de 21 · 18 min de lectura

Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de la familia—cuatro personas solamente—estaban sentados alrededor de la mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la iglesia llamaran al oficio.

Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en ella hace quince años.

—Bueno, papá—dijo Nancy—, ¿es en verdad necesario que os volváis a tomar el té a vuestra casa? ¿No podríais quedaros con nosotros en una tarde que parece va a ser tan hermosa?

El viejo señor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto creciente para los pobres y de la ominosa época actual, de modo que no había oído la conversación de sus hijas.

—Hija mía, preguntadle eso a Priscila—dijo con la voz firme de antaño, pero ahora algo quebrada—. Ella dirige la granja y a su padre.

—Tengo buenas razones para dirigiros, papá, porque de otro modo os mataríais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo no marcha bien—lo que no es posible evitar en los tiempos en que vivimos—, nada mata más ligero a un hombre que el no tener a quien dirigir reproches como no sea a sí mismo. La mejor manera de ser amo es hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Más de una persona se evitaría un ataque procediendo así; esta es mi opinión.

—Bueno, bueno, querida—dijo el padre riendo tranquilamente—; yo no he dicho que no dirigierais para bien de todos.

—Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedéis a tomar el té—dijo Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana—. Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardín, mientras papá echa su siesta.

—Mi querida hermana, hará un sueño espléndido en el cabriolé, como que soy yo quien guiará. En cuanto a que nos quedemos a tomar el té, no puedo oí hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar para el día de San Miguel, lo mismo derramaría la leche fresca en la batea de los cerdos que en los lebrillos. Así son todas; se imaginan que el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardín mientras atan el caballo.

Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardín prolijamente limpios, rodeados de céspedes cuyo verde claro contrastaba agradablemente con el tinte sombrío de las pirámides y de las bóvedas y con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura, Priscila dijo:

—Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechería. Es una gran lástima que no lo hayáis hecho antes. Así tendréis algo en que ocupar el espíritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay nada como una lechería para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podéis miraros en una mesa como en un espejo, no hay nada más que hacer; pero en una lechería siempre hay alguna ocupación nueva, y además, hasta en el rigor del invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla a formarse, quieras que no. Mi querida—agregó Priscila, estrechando afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra—, nunca estaréis triste cuando tengáis una lechería.

—¡Ah! Priscila.—dijo Nancy devolviéndole el apretón de manos y dirigiéndole una mirada agradecida de sus ojos límpidos—, eso no será una compensación para Godfrey; una lechería es poca cosa para un hombre; yo estaría contenta con lo que tenemos si él lo estuviera también.

—Me ponen fuera de mí estos hombres con su manera de proceder—dijo Priscila impetuosamente—; siempre y siempre están deseando algo y nunca están contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a mí, de modo que los hombres no os hubieran andado detrás, nos hubiéramos podido limitar a nuestra familia sin tener que habérnoslas con esos señores que tienen sangre turbulenta en las venas.

—¡Oh! no habléis así, Priscila—dijo Nancy, arrepintiéndose de haber provocado aquella explosión—; nadie tiene motivos para censurar a Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre había contado jugar con los suyos mientras fueran pequeños. Muchos otros en su lugar se lamentarían más que él. Es el mejor de los maridos.

—¡Oh! ya conozco—dijo Priscila con una sonrisa sarcástica—esa manera de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos señores, como si los tuvieran para vender. Pero papá debe estarnos esperando; volvámonos.

El gran cabriolé, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba estacionado delante de la puerta de entrada, y el señor Lammeter estaba ya en el vestíbulo recordándole a Godfrey las buenas cualidades de Tordillo, en la época en que su amo lo montaba.

—A mí me ha gustado siempre tener un buen caballo—decía el viejo señor, no gustándole que la época de su juventud fogosa se borrara por completo de los más jóvenes que él.

—No os olvidéis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la semana, señor Cass—fue la última recomendación que hizo Priscila en el momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacudía ligeramente, manera amistosa de incitar a Tordillo.

—Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy, para ver cómo va el drenaje—dijo Godfrey.

—¿Estaréis de vuelta para el té, amigo mío?

—¡Oh! sí, estaré de vuelta dentro de una hora.

Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de agricultura contemplativa. Nancy lo acompañaba raras veces, porque las mujeres de su generación, a menos que se pusieran a dirigir las relaciones exteriores, como Priscila, no tenían la costumbre de pasear fuera de su casa y de su jardín. Encontraban un ejercicio suficiente en sus ocupaciones domésticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, después de haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.

Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en armonía con el fin piadoso y reverente que el libro abierto hacía suponer implícitamente.

Nancy no era lo bastante instruida en teología para discernir claramente las relaciones que existían entre su vida sencilla y obscura y los documentos sagrados de los primeros tiempos, que consultaba sin método. Pero el espíritu de rectitud y la convicción de que era responsable de los efectos de su conducta en los demás, que eran los elementos poderosos de su carácter, le habían hecho contraer el hábito de escrutar los sentimientos y las acciones de su pasado con los cuidados minuciosos de un examen de conciencia. Como su espíritu no era solicitado por una gran variedad de temas, llenaba los momentos de intervalo reviviendo sin cesar interiormente todos los hechos de su existencia que le volvían a la memoria, como aquellos, sobre todo, de los quince años transcurridos desde su casamiento y durante los cuales la vida y su fin se habían duplicado ante sus ojos. Recordando los pequeños detalles, las frases, los tonos de la voz y las miradas en las escenas críticas que le habían abierto una era nueva, sea dándole un conocimiento más profundo de las resoluciones y de las pruebas de este mundo, sea invitándola a algún pequeño esfuerzo de indulgencia o de adhesión penoso a un deber imaginario o real, ella se preguntaba continuamente si había sido censurable en algo. Este exceso de reflexión y este examen de conciencia exagerado son quizá una costumbre mórbida, inevitable en un espíritu de una gran sensibilidad moral, privado de su fuente legítima de actividad exterior y no pudiendo entregarse a los cuidados maternales reclamados por su afecto, inevitable en una mujer de noble corazón cuando no tiene hijos y su condición es muy limitada. «Puedo hacer tan poco; ¿lo habré hecho enteramente bien?» Tal era el pensamiento que volvía perpetuamente. Ninguna voz viene a distraer a aquella mujer de su soliloquio, ni ninguna exigencia absoluta puede mitigar la intensidad de sus vanos pesares y de sus escrúpulos superfluos.

Había en la vida matrimonial de Nancy una sucesión importante de experimentos dolorosos a la que se vinculaban ciertas escenas que la habían impresionado profundamente y que su memoria hacía revivir con más frecuencia que las otras.

El corto diálogo de Nancy con su hermana en el jardín, la tarde de aquel domingo, había llevado a su espíritu hacia dirección que tornaba con frecuencia. Así que sus pensamientos se hubieron alejado del texto sagrado que se esforzaba en seguir religiosamente con la mirada y con los labios silenciosos, fue para agrandar el sistema de defensa establecido por ella contra la censura que las palabras de Priscila implicaban. La justificación del objeto amado es el mejor bálsamo que el afecto pueda encontrar para sus propias heridas: «¡Un hombre tiene que tener tantas cosas en la cabeza!» He aquí la creencia que le permite a una mujer conservar a menudo una fisonomía alegre, a pesar de las respuestas bruscas y de las palabras crueles de su marido. Y las heridas más profundas de Nancy procedían todas de la convicción de que Godfrey consideraba la ausencia de hijos en su hogar como una privación a la que no podía acostumbrarse.

Sin embargo, era de imaginar que la dulce Nancy sentiría más vivamente que él todavía la negativa de un bien con que se había contado, entregándose a las esperanzas diversas y a los preparativos a la vez solemnes, graciosos y fútiles de una mujer afectuosa cuando espera que va a ser madre. ¿No había acaso un cajón relleno de objetos—trabajo delicado de sus manos—que no habían sido nunca usados ni tocados, exactamente en el mismo orden en que ella los había colocado catorce años antes, exactamente, salvo que faltaba un vestidito, con el que se había hecho la mortaja? Pero Nancy había soportado sin quejas y con tanta firmeza aquella prueba que la afectaba directamente, que de pronto, y desde hacía muchos años había renunciado al hábito de mirar aquel cajón, por temor de halagar así el deseo de poseer lo que no le había sido dado.

Quizás era esa severidad misma con que reprimía todo abandono lo que Nancy consideraba en su corazón como un pesar culpable, lo que le impedía el mismo principio que era su ley moral. «Es muy diferente... es mucho más duro para un hombre el sentir ese disgusto; una mujer puede siempre ser feliz sacrificándose a su marido; pero un hombre necesita algo que lo haga llevar sus miradas al porvenir; porque, estar sentado junto al hogar es mucho más triste para él que para una mujer.» Siempre que Nancy llevaba a este punto sus reflexiones—esforzándose con simpatía preconcebida por ver todas las cosas como las veía Godfrey—, siempre se entregaba a un nuevo examen de conciencia. ¿Había hecho realmente todo lo que estaba en su poder para mitigarle aquella privación a Godfrey? Tenía realmente razón, seis años antes y de nuevo dos años después, para oponer aquella resistencia que le había costado a ella tantos dolores, aquella resistencia al deseo que tenía su marido de adoptar una criatura. La adopción chocaba más con las ideas y costumbres de aquellos tiempos que con las de los nuestros. Sin embargo, Nancy tenía su manera de ver a este respecto. Le era tan necesario el haberse formado una opinión sobre todos los asuntos no concernientes exclusivamente al hombre, como el asignar un lugar bien determinado a cada objeto que le era propio. Y esas opiniones eran siempre principios de acuerdo con los cuales procedía invariablemente. Aquéllas eran firmes, no a causa de sus fundamentos, sino porque ella los sostenía con una tenacidad inseparable de la actividad de su espíritu.

En lo que se refiere a todos los deberes y todas las prácticas de la vida, desde la conducta filial hasta los arreglos del traje de la tarde, la linda Nancy Lammeter, en la época en que cumplió los veintitrés años, poseía su código inimitable, y había formado cada uno de sus hábitos según ese código. Llevando en sí sus juicios definitivos con la mayor discreción posible, aquéllos se arraigaban en su espíritu y crecían en él tan tranquilamente como la hierba en las praderas.

Muchos años antes, como ya sabemos, insistía en vestirse como Priscila, porque «era razonable que dos hermanas se vistiesen del mismo modo», y que «haría una cosa justa si para eso se pusiera un vestido amarillo color queso». Ese es un ejemplo trivial, pero característico, de la manera cómo estaba reglamentada la vida de Nancy.

Uno de esos principios rígidos, y no un sentimiento mezquino de egoísmo, había sido el motivo de la resistencia obstinada que Nancy había opuesto al deseo de su marido. Recurrir a la adopción, porque les había sido negado el tener hijos, era tratar de elegir su suerte a pesar de la Providencia. La criatura adoptada, estaba convencida, nunca acabaría bien. Sería una causa de maldición para los rebeldes que hubieran buscado deliberadamente un bien que—en virtud de alguna suprema razón—era evidentemente mejor que no lo poseyeran. Si una cosa no debía existir, decía Nancy, era un deber estricto el renunciar hasta al deseo de conseguirla.

Y la verdad es que los hombres más sabios no sabrían expresar en mejores términos los principios de Nancy. Lo que hay solamente es que las condiciones que la inclinaban a considerar como manifiesta que una cosa no debía ser, dependía en ella de un modo muy particular de pensar. Hubiera renunciado a comprar algo en un sitio determinado, si tres veces seguidas la lluvia o cualquier otra causa enviada del cielo se hubiera opuesto a ello; y temido ver acaecerle la fractura de un miembro o algún otro gran infortunio a la persona que persistiera contra tales indicios.

—Pero, ¿qué es lo que os autoriza a pensar que la criatura acabaría mal?—le decía Godfrey, haciéndole objeciones—. Ha prosperado en casa del tejedor todo lo que una criatura puede prosperar, y él la ha adoptado. No hay otra niña en toda la aldea que sea más bonita ni que merezca más la suerte que queremos darle. ¿En qué se puede basar la probabilidad que sería una maldición para nadie?

—Sí, mi querido Godfrey—decía Nancy, sentada y con las manos estrechamente unidas, expresando su pesar con el ardiente afecto de su mirada—, es posible que la niña no acabe mal en casa del tejedor, pero él no fue a buscarla como nosotros lo haríamos. Sería mal hecho, lo comprendo, estoy cierta. ¿No recordáis lo que aquella dama que encontramos en las aguas de Royston nos ha dicho respecto de la criatura que su hermana adoptara? Es el único caso de adopción de que he oído hablar; la criatura fue deportada a los veintitrés años. Querido Godfrey, no me pidáis que consienta en lo que sé es malo; no volvería jamás a ser feliz. Comprendo que la cosa es muy penosa y que a mí me es más fácil soportarla; pero es la voluntad de la Providencia.

Podrá parecer singular que Nancy, con su teoría religiosa, formada pieza por pieza con tradiciones sociales estrechas, con fragmentos de doctrinas de la Iglesia imperfectamente comprendidas y con razonamientos infantiles basados en su propia experiencia hubiese llegado por sí sola a tener un modo de pensar tan parecido al de muchas personas piadosas, cuyas creencias son profesadas en la forma de un sistema que le era completamente desconocido. Eso podría parecer singular, en efecto, si no supiéramos que las creencias humanas, lo mismo que todos los desarrollos naturales, escapan a los límites de los sistemas.

Godfrey había designado primero a Eppie, que entonces tenía unos doce años, como una criatura que les convendría adoptar. No se le había ocurrido nunca que Silas preferiría perder la vida a separarse de su hija. Seguramente que el tejedor querría lo mejor para la niña porque se había dado tanto trabajo, y estaría contento de que una suerte tan grande le cayera a Eppie. Esta misma le quedaría siempre reconocida a su padre adoptivo y éste sería bien atendido hasta el fin de su vida, como lo merecía por su noble conducta para con la criatura.

¿No era una cosa bien hecha que gentes de un rango superior quitaran una pesada carga de las manos de un hombre de condición más humilde?

Aquello le parecía muy conveniente a Godfrey por razones que él solo conocía, y, siguiendo un error común, se imaginaba que aquella medida sería fácil de tomar porque tenía motivos particulares para desearlo. Era ésa una forma algo grosera de apreciar las relaciones que existían entre Silas y Eppie. Pero conviene recordar que muchas de las impresiones que Godfrey podía recoger respecto de la clase obrera de su vecindad, eran tales como para favorecer en él la opinión de que los afectos profundos no se armonizaban con las manos callosas y los débiles medios de la existencia del pueblo. Por otra parte, no había tenido ocasión—suponiendo que hubiera sido capaz de esto—de penetrar íntimamente todo lo que era excepcional en la vida del tejedor. Sólo una falta de información suficiente podía determinar a Godfrey a alimentar deliberadamente un proyecto tan bárbaro. Su bondad natural había sobrevivido a la época depresiva de sus crueles deseos, y el elogio que Nancy hacía de su marido no reposaba del todo en una ilusión voluntaria.

—He tenido razón—se decía cuando rememoraba todas las escenas de discusión—, comprendo que tuve razón en responderle que no, bien que eso me fuera lo más penoso; pero, ¡qué bien se ha comportado Godfrey a este respecto! Muchos maridos se hubieran enojado conmigo por haber resistido a sus deseos. Hubieran sido capaces de insinuar que habían tenido mala suerte al casarse conmigo. Godfrey, sin embargo, no ha sido capaz de dirigirme una palabra dura. Sólo demuestra su disgusto cuando no lo puede ocultar; todo le parece tan vacío, ya lo sé; y las tierras... qué cosa tan distinta sería para él cuando va a vigilar su explotación si hiciera todo eso pensando en los hijos que van creciendo. Sin embargo, yo no me puedo quejar; quizás si se hubiera casado con otra mujer que le hubiera dado hijos le habría mortificado de otro modo.

La idea de esta posibilidad era el principal consuelo de Nancy. A fin de fortalecer esa idea se ingeniaba en tener por Godfrey una ternura más perfecta que la de que hubiera sido capaz cualquier otra esposa. Muy a pesar suyo se había visto obligada a afligirlo con la única negativa. Godfrey no permanecía insensible a los esfuerzos de aquel cariño, y no era injusto respecto a los motivos de la obstinación de Nancy. Era imposible que hubiera vivido con ella quince años, sin saber que los rasgos principales del carácter de su mujer eran un apego desinteresado a lo que es justo y una sinceridad pura como el rocío formado sobre las flores. En realidad, Godfrey sentía aquello con tanta mayor intensidad cuanto que su naturaleza indecisa, adversa a afrontar las dificultades por ser éstas francas y sinceras, tenía un cierto temor respetuoso por aquella dulce esposa que espiaba los deseos de su marido con el deseo ardiente de obedecerle. Le parecía que no le podría revelar jamás a Nancy la verdad concerniente a Eppie. Jamás se repondría de la repulsión que le causaría la historia de aquel primer matrimonio si se la revelaba ahora, después de haber guardado el secreto tanto tiempo.

Y la joven, pensaba Godfrey, sería un objeto de repulsión para ella; la sola presencia de Eppie le sería penosa. Y quizás hasta el golpe asestado a la altivez de Nancy—altivez mezclada con su ignorancia del mal del mundo—sería demasiado fuerte para su constitución delicada. Puesto que se había casado con ella teniendo un secreto en el corazón, era preciso que guardara ese secreto hasta el fin. Hiciera lo que hiciera, debía abstenerse de abrir un abismo infranqueable entre él y la mujer que amaba desde hacía tantos años.

Sin embargo, ¿por qué no podía acostumbrarse a ver sin hijos un hogar que tal esposa embellecía? ¿Por qué su espíritu dirigía su vuelo inquieto hacia ese vacío, como si fuera la única causa por la cual su vida no era completamente feliz? Supongo que lo mismo les ocurre a todos los hombres y a todas las mujeres que llegan a cierta edad sin darse cuenta clara de que la felicidad completa no puede existir en la vida.

En la vaga tristeza de las horas sombrías del crepúsculo, el hombre descontento busca un objeto definido y lo encuentra en la privación de un bien del que nunca ha gozado. El hombre descontento si está sentado, meditando en su hogar, piensa con envidia en el padre cuya vuelta es acogida con voces infantiles, y si está sentado a su mesa, alrededor de la cual las pequeñas cabezas se elevan las unas por encima de las otras como plantas de almácigos, ve una negra preocupación cernerse tras de cada una de ellas y piensa que las impulsiones que impelen a los hombres a abandonar su libertad y a buscar cadenas, no son seguramente otra cosa más que un acceso de locura. En lo que concierne a Godfrey, había otras razones, para que esos pensamientos fueran continuamente infortunados por aquella circunstancia particular, por aquel vacío de su destino.

Su conciencia, que no estaba nunca en completo reposo con respecto a Eppie, le hacía ver ahora su hogar sin hijos bajo el aspecto de una justa retribución. Y como el tiempo transcurría y Nancy se negaba siempre a adoptar a Eppie, toda reparación de la falta de Godfrey se volvía cada vez más difícil.

Hacía ya cuatro años la tarde de aquel domingo, que no se había hecho alusión alguna a la adopción, y Nancy suponía que aquel asunto estaba enterrado para siempre.

—Me pregunto si pensará más o menos en ello al envejecer—se decía Nancy—; tengo miedo de que piense más. Las personas de edad sufren con no tener hijos: ¿qué sería de mi padre sin Priscila? Y si muero yo, Godfrey quedaría muy solo... él, que frecuenta tan poco a sus hermanos. Pero no quiero atormentarme en exceso, ni tratar de prever los acontecimientos: es preciso que haga lo mejor que pueda en el presente.

Al asaltarla este último pensamiento, Nancy se despertó de su meditación y volvió la mirada hacia la página abandonada durante mucho más tiempo del que imaginaba; porque muy luego la sorprendió la entrada de la sirvienta que llevaba el té. En realidad, era algo más temprano que de costumbre; pero Juana tenía sus razones.

—¿El señor ha entrado ya al patio, Juana?

—No, señora, todavía no—respondió Juana, acentuando ligeramente su respuesta, sin que su señora reparara en ello—. No sé si lo habréis notado, señora—prosiguió Juana después de un corto silencio—; pero la gente pasa corriendo frente a la ventana de la calle y todos se dirigen hacia el mismo lado. Me parece que ha sucedido algo. No hay ningún sirviente en el patio y por eso no he mandado ver lo que pasa. Subí hasta la buhardilla más alta pero no pude distinguir nada a causa de los árboles. Espero que no le haya sucedido nada malo a nadie, sin embargo.

—No ha de ser hada grave, esperémoslo—dijo Nancy—. Quizás se haya vuelto a escapar el toro del señor Snell como el otro día.

—Ojalá no le dé una cornada a nadie, entonces—dijo Juana no despreciando del todo una hipótesis cargada de calamidades imaginarias.

—A esta muchacha le da siempre por asustarme; me agradaría que Godfrey estuviera de vuelta.

Se encaminó a la ventana del frente, dirigió sus miradas lo más lejos que pudo con una inquietud que consideró muy luego como una niñería. En efecto, no se veía ya en el camino ninguna de las señales de agitación de que había hablado Juana, y era probable que Godfrey, en vez de seguir por la carretera, volviera más bien cortando los campos.

Permaneció, sin embargo, de pie mirando el apacible cementerio; las sombras de las tumbas se alargaban sobre los túmulos de césped brillante y, más lejos, los árboles del presbiterio estaban revestidos por los vivos colores del otoño. Ante una belleza tan tranquila de la naturaleza, la presencia de un temor vano que hacía sentir vivamente era como un cuervo que agita lentamente las alas surcando el aire lleno de sol. Nancy deseaba cada vez más el regreso de Godfrey.