Silas Marner · George Eliot
Chapter 20
Capítulo 20 de 21 · 3 min de lectura
Nancy y Godfrey se volvieron a su casa en silencio, bajo la luz de las estrellas. Cuando entraron al salón artesonado de encina, Godfrey se dejó caer en su sillón, mientras que Nancy, después de haberse quitado su sombrero y su chal, fue a colocarse a su lado junto a la estufa porque no quería separarse de él ni aun algunos minutos. Sin embargo, temía proferir alguna palabra que pudiera rozar los sentimientos de su esposo. Por último, Godfrey volvió la cabeza hacia Nancy y sus ojos se encontraron y quedaron fijos sin que el uno ni la otra hicieran ningún movimiento. Aquella mirada tranquila y recíproca del marido y de la esposa que tienen confianza mutua, era como el primer momento de reposo o de seguridad después de una gran fatiga o de un gran peligro. No debía ser turbado ni por palabra ni por ademanes que impidieran sentir los primeros goces del apaciguamiento.
Pero muy luego Godfrey le tendió la mano, y al entregarle Nancy la suya, atrajo a su mujer hacia sí, y dijo:
—¡Todo ha concluido!
Siempre de pie al lado de él, Nancy se inclinó para darle un beso; luego le dijo:
—Sí, temo que nos veamos obligados a renunciar a la esperanza de tenerla por hija. No sería razonable que quisiéramos hacerla venir a nuestra casa contra su voluntad. No podemos cambiar su educación ni el resultado de ella.
—No—respondió Godfrey con un acento claro y decisivo que contrastaba con su palabra generalmente negligente y floja—. Hay deudas que no es posible pagar como las deudas de dinero, dando una compensación por los años transcurridos. Mientras que yo difería continuamente, los árboles han crecido... Ahora es demasiado tarde. Marner tenía razón en lo que decía respecto del hombre que aleja de su puerta una bendición; esa bendición le toca a otra persona. Antes, Nancy, quise pasar por no tener hijos. Hoy pasaré contra mi voluntad por no tenerlos.
Nancy no habló en seguida, pero un momento después preguntó;
—¿No dirás entonces que Eppie es vuestra hija?
—No; ¿qué bien resultaría de eso para nadie?... al contrario, sería un mal. Haré por ella todo lo que pueda en la condición que ha escogido. Pero es necesario que sepa con quién tiene la intención de casarse.
—Si no hay utilidad en decir eso—repuso Nancy, que ahora se creía autorizada, para aliviarse, a dar paso a un sentimiento que había tratado de sofocar hasta entonces—, os agradeceré que le evitéis a papá y a Priscila el pesar de saber las cosas del pasado, salvo lo concerniente a Dunsey, porque esto no se puede evitar...
—Lo diré en mi testamento... creo que lo diré en mi testamento. No me agradaría que se descubriera nada después de mi muerte; como ese asunto relativo a Dunsey—dijo Godfrey con aire meditabundo—. Pero sólo vería surgir dificultades si hablara ahora. Es necesario que haga lo posible para que Eppie sea feliz a su manera. Se me ocurre una idea—agregó, después de detenerse un instante—. Aarón Winthrop es su novio, es a él a quien quiso referirse. Recuerdo que vi a ese joven volviendo de la iglesia con ella y con Marner.
—Pues bien; es muy sobrio y laborioso—dijo Nancy, tratando de encarar las cosas del modo más favorable que era posible.
Godfrey volvió a caer en sus reflexiones. En seguida miró a Nancy con tristeza y dijo:
—Es una joven muy graciosa y bonita, ¿no es verdad, Nancy?
—Sí, amigo mío, tiene vuestros cabellos y vuestros ojos; me sorprendió que eso no me hubiera llamado la atención antes.
—Me parece que me tomó aversión al saber que era su padre; noté que cambiaba de actitud al oír mi declaración.
—Le fue imposible soportar la idea de no considerar a Marner como su padre—dijo Nancy, que no deseaba confirmar la dolorosa impresión de su marido.
—Ella se imagina que yo procedí con su madre así como con ella misma. Me cree peor de lo que soy. Pero no hay medio de impedir que así lo crea; jamás podrá saberlo todo. Es una parte de mi castigo, Nancy, que mi hija sienta aversión por mí. No hubiera tenido nunca estos disgustos si hubiera sido sincero para con vos; si no hubiera sido un insensato. Yo no tenía derecho a esperar sino males de semejante casamiento, sobre todo evitando el cumplir mis deberes de padre.
Nancy permanecía silenciosa; su espíritu lleno de rectitud no le permitía que tratara de embotar la punta aguda de lo que consideraba como un justo remordimiento; un acento de cariño templaba el tono que había tomado para acusarse a sí mismo.
—Y os obtuve, a pesar de todo, Nancy. Sin embargo, he murmurado, he estado descontento porque me faltaba otro bien, como si lo mereciera.
—Jamás faltasteis a vuestro deber para conmigo, Godfrey—dijo Nancy con una sinceridad tranquila—. Mi sola pena desaparecerá si os resignáis a la suerte que os ha tocado.
—Pues bien, quizás sea tiempo aún de que me reforme bajo ese respecto; bien que sea demasiado tarde para hacer ciertas cosas, a pesar de lo que dice el porvenir.



