El filibusterismo · José Rizal
Chapter 17
Capítulo 17 de 39 · 7 min de lectura
LA FERIA DE KIAPO
La noche era hermosa y la plaza ofrecía un aspecto animadísimo. Aprovechando la frescura de la brisa y la espléndida luna de Enero, la gente llenaba la feria para ver, ser vista y distraerse. Las músicas de los cosmoramas y las luces de los faroles comunicaban la animacion y la alegría á todos. Largas filas de tiendas, brillantes de oropel y colorines, desplegaban á la vista racimos de pelotas, de máscaras ensartadas por los ojos, juguetes de hoja de lata, trenes, carritos, caballitos mecánicos, coches, vapores con sus diminutas calderas, vagillas de porcelana liliputienses, belencitos de pino, muñecas estrangeras y del país, rubias y risueñas aquellas, serias y pensativas estas como pequeñitas señoras al lado de niñas gigantescas. El batir de los tamborcitos, el estrépito de las trompetillas de hoja de lata, la música nasal de los acordeones y los organillos se mezclaban en concierto de carnaval, y en medio de todo, la muchedumbre iba y venía empujándose, tropezándose, con la cara vuelta hácia las tiendas de modo que los choques eran frecuentes y no poco cómicos. Los coches tenían que contener la carrera de los caballos, el ¡tabì! ¡tabì! de los cocheros resonaba á cada momento; se cruzaban empleados, militares, frailes, estudiantes, chinos, jovencitas con sus mamás ó tías, saludándose, guiñándose, interpelándose más ó menos alegremente.
El P. Camorra estaba en su quinto cielo viendo tantas muchachas bonitas; se paraba, volvía la cabeza, le daba un empujon á Ben Zayb, castañeteaba con la lengua, juraba y decía: ¿Y esa, y esa, chupa-tintas? y de aquella, ¿qué me dices? En su contento se ponía á tutear á su amigo y adversario. El P. Salví le miraba de cuando en cuando, pero buen caso hacía él del P. Salví; al contrario, hacía de tropezar las muchachas para rozarse con ellas, les guiñaba y ponía ojos picarescos.
—¡Puñales! ¿Cuándo seré cura de Kiapò? se preguntaba.
De repente Ben Zayb suelta un juramento, salta y se lleva una mano al brazo; el P. Camorra en el colmo de su entusiasmo le había pellizcado. Venía una deslumbrante señorita que atraía la admiracion de toda la plaza; el P. Camorra, no cabiendo en sí de gozo, tomó el brazo de Ben Zayb por el de la joven.
Era la Paulita Gomez, la elegante entre las elegantes que acompañaba Isagani; detrás seguía doña Victorina. La joven estaba resplandeciente de hermosura: todos se paraban, los cuellos se torcían, se suspendían las conversaciones, la seguían los ojos y doña Victorina recibía respetuosos saludos.
Paulita Gomez lucía riquísima camisa y pañuelo de piña bordados, diferentes de los que se había puesto aquella mañana para ir á Sto. Domingo. El tejido vaporoso de la piña hacía de su linda cabeza una cabeza ideal, y los indios que la veían, la comparaban á la luna rodeada de blancas y ligeras nubes. Una saya de seda color de rosa, recogida en ricos y graciosos pliegues por la diminuta mano, daba magestad á su erguido busto cuyos movimientos favorecidos por el ondulante cuello delataban todos los triunfos de la vanidad y de la coquetería satisfecha. Isagani parecía disgustado: le molestaban tantos ojos, tantos curiosos que se fijaban en la hermosura de su amada: las miradas le parecían robos, las sonrisas de la joven le sabían á infidelidades.
Juanito, al divisarla, acentuó su joroba y saludó: Paulita le contestó negligentemente, D. Victorina le llamó. Juanito era su favorito, y ella le prefería á Isagani.
—¡Qué moza, qué moza! murmuraba el P. Camorra arrebatado.
—Vamos, Padre, ¡pellízquese el vientre y déjenos en paz! decía mal humorado Ben Zayb.
—¡Qué moza, qué moza! repetía; y tiene por novio á mi estudiante, ¡el de los empujones!
—¡Fortuna tiene que no sea de mi pueblo! añadió despues volviendo varias veces la cabeza para seguirla con la mirada. Tentado estuvo de dejar á sus compañeros y seguir á la joven. Ben Zayb á duras penas pudo disuadirle.
Paulita seguía andando y se veía su hermoso perfil, su pequeña cabeza graciosamente peinada moverse con natural coquetería.
Nuestros paseantes continuaron su camino no sin suspiros de parte del fraile-artillero, y llegaron á una tienda rodeada de curiosos, que facilmente les cedieron sus puestos.
Era una tienda de figuritas de madera, hechas en el país, que representaban en todos los tamaños y formas, tipos, razas y profesiones del Archipiélago, indios, españoles, chinos, mestizos, frailes, clérigos, empleados, gobernadorcillos, estudiantes, militares, etc. Sea que los artistas tuviesen más aficion á los sacerdotes, los pliegues de cuyos hábitos les conviniesen más para sus fines estéticos, ó que los frailes, desempeñando tanto papel en la sociedad filipina preocupasen más la mente del escultor, sea una cosa ú otra, el caso es que abundaban sus figuritas, muy bien hechas, muy concluidas, representándoles en los más sublimes instantes de la vida, al revés de lo que se hace en Europa donde se les pinta durmiendo sobre toneles de vino, jugando á las cartas, vaciando copas, refocilándose ó pasando la mano por la fresca cara de una muchachota. No: los frailes de Filipinas eran otros: elegantes, pulcros, bien vestidos, el cerquillo bien cortado, las facciones regulares y serenas, la mirada contemplativa, espresion de santo, algo de rosa en las mejillas, baston de palasan en la mano y zapatitos de charol en los piés, que dan ganas de adorarlos y ponerlos bajo campanas de cristal. En vez de los símbolos de la gula é incontenencia de sus hermanos en Europa, los de Manila tenían el libro, el crucifijo, la palma del martirio; en vez de besar á las simples campesinas, los de Manila daban de besar gravemente la mano á niños y á hombres ya maduros, doblados y casi arrodillados: en vez de la despensa repleta y del comedor, sus escenarios de Europa, en Manila tenían el oratorio, la mesa de estudio; en vez del fraile mendicante que va de puerta en puerta con su burro y su saco pidiendo limosna, el fraile de Filipinas derramaba á manos llenas el oro entre los pobres indios...
—Miren ustedes, ¡aquí está el P. Camorra! dijo Ben Zayb á quien le duraba todavía el efecto del champagne.
Y señalaba el retrato de un fraile delgado, con aire meditabundo, sentado junto á una mesa, la cabeza apoyada sobre la palma de la mano y escribiendo al parecer un sermon. Una lámpara había para iluminarle.
Lo contrario del parecido hizo reir á muchos.
El P. Camorra que ya se había olvidado de Paulita, notó la intencion y preguntó á su vez:
—Y ¿á quién se parece esta otra figura, Ben Zayb?
Y se echó á reir con su risa de paleto.
Era una vieja tuerta, desgreñada, sentada sobre el suelo como los ídolos indios, planchando ropas. El instrumento estaba muy bien imitado: era de cobre, las brasas estaban hechas con oropel y los torbellinos de humo con sendos copos de algodon sucio, retorcido.
—¿Eh, Ben Zayb, no es tonto el que lo ideó? preguntaba riendo el P. Camorra.
—¡Pues, no le veo la punta! dijo el periodista.
—Pero, ¡puñales! ¿no vé usted el título, la prensa filipina? ¡Ese instrumento con que plancha la vieja, aquí se llama prensa!
Todos se echaron á reir y el mismo Ben Zayb se rió de buena gana.
Dos soldados de la Guardia Civil que tenían por letrero, civiles, estaban colocados detrás de un hombre, maniatado con fuertes cuerdas y la cara tapada con el sombrero: se titulaba el Pais del Abaká y parecía que le iban á afusilar.
A muchos de nuestros visitantes no les gustaba la exposicion. Hablaban de reglas del arte, buscaban proporciones, el uno decía que tal figura no tenía siete cabezas, que á la cara le faltaba una nariz, no tenía más que tres, lo que ponía algo pensativo al P. Camorra que no comprendía cómo una figura, para estar bien, debía tener cuatro narices y siete cabezas; otro decía que si eran musculosos, si los indios no lo podían ser; si aquello era escultura ó puramente carpintería, etc. cada cual metió su cucharada de crítica, y el P. Camorra, por no ser menos que nadie, se aventuró á pedir lo menos treinta piernas para cada muñeco. ¿Por qué, si los otros pedían narices, no iba él á pedir muslos? Y allí mismo estuvieron discutiendo sobre si el indio tenía ó no disposiciones para la escultura, si convenía fomentar dicha arte y se inició una general disputa que cortó D. Custodio diciendo que los indios tenían disposicion pero debían dedicarse esclusivamente á hacer santos.
—Cualquiera diría, repuso Ben Zayb que estaba de ocurrencias aquella noche, que ese chino es Quiroga, pero observándole bien se parece al P. Irene.
—¿Y qué me dicen ustedes de ese indio-inglés? ¡se parece á Simoun!
Resonaron nuevas carcajadas. El P. Irene se frotó la nariz.
—¡Es verdad!—¡Es verdad!—¡Si es el mismo!
—¿Pero dónde está Simoun? ¡que lo compre Simoun!
Simoun había desaparecido, nadie le había visto.
—¡Puñales! dijo el P. Camorra; ¡que tacaño es el americano! Teme que le hagamos pagar la entrada de todos en el gabinete de Mr. Leeds.
—¡Quiá! contestó Ben Zayb; lo que teme es que le comprometan. Habrá presentido la guasa que le espera á su amigo Mr. Leeds y se desentiende.
Y sin comprar el más pequeño monigote prosiguieron su camino para ver la famosa esfinge.
Ben Zayb se ofrecía á tratar la cuestion; el americano no podría desairar á un periodista que puede vengarse en un artículo desacreditador.
—Van ustedes á ver como todo es cuestion de espejos, decía, porque miren ustedes...
Y se internó de nuevo en una larga explicacion, y como no tenía delante ningun espejo que pueda comprometer su teoría, insertó todos los disparates posibles que acabó por no saber él mismo lo que se decía.
—Enfin, ya verán ustedes como todo es cuestion de óptica.



