El filibusterismo · José Rizal

Chapter 19

Capítulo 19 de 39 · 14 min de lectura

LA MECHA

Plácido Penitente salió de clase con el corazon rebosando hiel y con sombrías lágrimas en la mirada. Él era muy digno de su nombre cuando no se le sacaba de sus casillas, pero una vez que se irritaba, era un verdadero torrente, una fiera que solo se podía detener muriendo ó matando. Tantas afrentas, tantos alfilerazos que día por día, habían hecho estremecerse su corazon depositándose en él para dormir con el sueño de víboras aletargadas, se levantaban ahora y se agitaban rugiendo de ira. Los silbidos resonaban en sus oidos con las frases burlonas del catedrático, las frases en lengua de tienda, y le parecía oir latigazos y carcajadas. Mil proyectos de venganza surgían en su cerebro atropellándose unos á otros y desapareciendo inmediatamente como imágenes de un sueño. Su amor propio con la tenacidad de un desesperado le gritaba que debía obrar.

—Plácido Penitente, decía la voz, demuestra á toda esa juventud que tienes dignidad, que eres hijo de una provincia valerosa y caballeresca donde el insulto se lava con sangre. ¡Eres batangueño, Plácido Penitente! ¡Véngate, Plácido Penitente!

Y el joven rugía y rechinaban sus dientes y tropezaba con todo el mundo en la calle, en el puente de España, como si buscase querella. En este último punto vió un coche donde iba el Vice Rector P. Sibyla, acompañado de D. Custodio, y diéronle grandes ganas de coger al religioso y arrojarlo al agua.

Siguió por la Escolta y estuvo tentado de empezar á cachetes con dos agustinos que sentados á la puerta del bazar de Quiroga reían y bromeaban con otros frailes que debían estar en el fondo de la tienda ocupados en alguna tertulia; se oían sus alegres voces y sonoras carcajadas. Algo más lejos dos cadetes cerraban la acera charlando con un dependiente de un almacen en mangas de camisa: Plácido Penitente se dirigió á ellos para abrirse paso, y los cadetes que vieron la sombría intencion del joven y estaban de buen humor, se apartaron prudentemente. Plácido estaba en aquellos momentos bajo el influjo del hamok que dicen los malayistas.

Plácido, á medida que se acercaba á su casa,—la casa de un platero en donde vivía como pupilo,—procuraba coordinar sus ideas y maduraba un plan. Retirarse á su pueblo y vengarse para demostrar á los frailes que no se insulta impunemente á un joven ni se puede burlar de él. Pensaba escribir inmediatamente una carta á su madre, á Cabesang Andang, para enterarla de lo que había pasado y decirle que las aulas se le cerraban para siempre, que si bien existía el Ateneo de los jesuitas para cursar aquel año, era muy probable que no le concediesen los dominicos el traslado y que aun cuando lo consiguiera, en el curso siguiente tendría que volver á la Universidad.

—¡Dicen que no sabemos vengarnos! decía; ¡que el rayo estalle y lo veremos!

Pero Plácido no contaba con lo que le esperaba en casa del platero.

Cabesang Andang acababa de llegar de Batangas y venía á hacer compras, visitar á su hijo y traerle dinero, tapa de venado y pañuelos de seda.

Pasados los primeros saludos, la pobre mujer que desde un principio había notado la sombría mirada de su hijo, no pudo más contenerse y empezó con sus preguntas. A las primeras explicaciones, Cabesang Andang las tomó por añagaza, se sonrió y estuvo apaciguando á su hijo, recordándole los sacrificios, las privaciones, etc., y habló del hijo de Capitana Simona que, por haber entrado en el Seminario, se daba en el pueblo aires de obispo: Capitana Simona se consideraba ya como Madre de Dios, claro, ¡su hijo va á ser otro Jesucristo!

—Si el hijo se hace sacerdote, decía Cabesang Andang, la madre no nos ha de pagar lo que nos debe... ¿quién la cobra entonces?

Pero al ver que Plácido hablaba en serio y leyó en sus ojos la tempestad que rugía en su interior, comprendió que por desgracia lo que contaba era la pura verdad. Quedóse por algunos momentos sin poder hablar y despues se deshizo en lamentaciones.

—¡Ay! decía; y yo que he prometido á tu padre cuidarte, ¡educarte y hacer de tí un abogado! ¡Me privaba de todo para que pudieses estudiar! En vez de ir al panguingui donde se juega á medio peso, solo me iba al de á medio real, ¡sufriendo el mal olor y las cartas sucias! ¡Mira mis camisas zurcidas! En vez de comprar otras nuevas, gasto el dinero en misas y regalos á San Sebastian, aunque no creo mucho en su virtud porque el cura las dice de prisa y corriendo y el santo es enteramente nuevo, y todavía no sabe hacer milagros, y no está hecho de batikulin sino de laniti... ¡Ay! ¿Qué va á decirme tu padre cuando me muera y le vea?

Y la pobre mujer se lamentaba y lloraba; Plácido se ponía más sombrío y de su pecho se escapaban ahogados suspiros.

—¿Qué saco con ser abogado? respondía.

—¿Qué va á ser de tí? continuaba la madre juntando las manos: ¡te van á llamar pilibistiero y serás ahorcado! ¡Yo ya te decía que tuvieses paciencia, que seas humilde! No te digo que beses la mano á los curas, sé que tienes el olfato delicado como tu padre que no podía comer el queso de Europa... pero tenemos que sufrir, callarnos, decir á todo sí... ¿Qué vamos á hacer? Los frailes tienen todo; si ellos no quieren, ninguno saldrá abogado ni médico... Ten paciencia, hijo mío, ¡ten paciencia!

—Si la he tenido mucha, madre; ¡por meses y meses he sufrido!

Cabesang Andang seguía sus lamentaciones. Ella no le pedía que se declarase partidario de los frailes, ella tampoco lo era; bastante sabía que por uno bueno hay diez malos que sacan el dinero de los pobres y envían al destierro á los ricos. Pero uno debe callarse, sufrir y aguantar; no hay más remedio. Y citaba tal y tal señor que por mostrarse paciencioso y humilde, aunque en el fondo de su corazon odiaba á sus amos, de criado que era de frailes llegó á ser promotor fiscal; y tal fulano que ahora es rico y puede cometer atrocidades seguro de tener padrinos que le amparen contra la ley, era no más que un pobre sacristan, humilde y obediente que se casó con una muchacha bonita y de cuyo hijo fué padrino el cura...

Cabesang Andang continuaba con su letanía de filipinos humildes y pacienciosos como ella decía é iba á citar otros que por no serlo se veían desterrados y perseguidos, cuando Plácido, con un pretesto insignificante, dejó la casa y se puso á vagar por las calles.

Recorrió Sibakong, Tondo, San Nicolas, Santo Cristo, distraido y de mal humor, sin hacer caso del sol ni de la hora y solamente cuando sintió hambre y se apercibió que no tenía dinero por haberlo dado todo á fiestas y contribuciones, retiróse á su casa. Esperaba no encontrar á su madre por tener esta la costumbre, siempre que se iba á Manila, de ir á esa hora á una vecina casa donde se juega panguingui. Pero Cabesang Andang le aguardaba para comunicarle su proyecto: ella se valdría del procurador de los agustinos para hacer entrar á su hijo en gracia de los dominicos. Plácido le cortó la palabra con un gesto.

—Primero me arrojo al mar, dijo: primero me hago tulisan que volver á la Universidad.

Y como su madre empezase con su sermon sobre la paciencia y la humildad, Plácido sin haber comido nada volvió á salir y se dirigió á los muelles donde fondean los vapores.

La vista de un vapor que levaba anclas para Hong Kong le inspiró una idea: irse á Hong Kong, escaparse, hacerse rico allí para hacer la guerra á los frailes. La idea de Hong Kong despertó en su mente un recuerdo, una historia de frontales, ciriales y candelabros de plata pura que la piedad de los fieles había regalado á cierta iglesia; los frailes, contaba un platero, habían mandado hacer en Hong Kong otros frontales, ciriales y candelabros enteramente iguales, pero de plata Ruolz, con que sustituyeron los verdaderos que mandaron acuñar y convertir en pesos mejicanos. Esta era la historia que él había oido y aunque no pasaba de cuento ó murmuracion, su resentimiento lo pintaba con caracter de verdad y le recordaba otros rasgos más por el estilo. El deseo de vivir libre y ciertos planes á medio bosquejar le hicieron decidirse por la idea de ir á Hong Kong. Si allí llevaban las corporaciones todo su dinero, el comercio debe ir bien y podrá enriquecerse.

—Quiero ser libre, ¡vivir libre!...

Sorprendióle la noche vagando por San Fernando y no dando con ningun marinero amigo decidió retirarse. Y como la noche era hermosa y la luna brillaba en el cielo transformando la miserable ciudad en un fantástico reino de las hadas, fuése á la feria. Allí estuvo yendo y viniendo, recorriendo tiendas sin fijarse en los objetos, con el pensamiento en Hong Kong para vivir libre, enriquecerse...

Iba ya á abandonar la feria cuando creyó distinguir al joyero Simoun despidiéndose de un estrangero y hablando ambos en inglés. Para Plácido, todo idioma hablado en Filipinas por los europeos, que no sea español, tiene que ser inglés: además pescó nuestro joven la palabra Hong Kong.

¡Si el joyero Simoun pudiese recomendarle á aquel estrangero que debe partir para Hong Kong!

Plácido se detuvo. Conocía al joyero por haber estado en su pueblo vendiendo alhajas. Le había acompañado en un viaje y por cierto que Simoun se había mostrado muy amable con él contándole la vida que se lleva en las Universidades de los paises libres: ¡qué diferencia!

Plácido le siguió al joyero.

—¡Señor Simoun, señor Simoun! dijo.

El joyero en aquel momento se disponía á subir en un coche. Así que conoció á Plácido, se detuvo.

—Quisiera pedirle un favor..., ¡decirle dos palabras! dijo.

Simoun hizo un gesto de impaciencia que Plácido en su turbacion no observó. En pocas palabras contó el joven lo que le había pasado manifestando su deseo de irse á Hong Kong.

—¿Para qué? preguntó Simoun mirando á Plácido fijamente al través de sus anteojos azules.

Plácido no contestó. Entonces Simoun levantó la cabeza, sonrióse con su sonrisa silenciosa y fría y dijo á Plácido:

—¡Está bien! véngase usted conmigo. ¡A la calzada del Iris! dijo al cochero.

Simoun permaneció silencioso durante todo el trayecto como si estuviese absorto en una meditacion muy importante. Plácido, esperando que le hablase, no decía una sola palabra y se distraía mirando hácia los muchos paseantes que aprovechaban la claridad de la luna. Jóvenes, parejas de novios, enamorados, seguidos detrás de cuidadosas madres ó tías; grupos de estudiantes en traje blanco que la luna hacía más blanco todavía; soldados medio borrachos, en coche, seis á la vez, yendo de visita en algun templo de nipa dedicado á Citéres; niños que juegan al tubigan, chinos vendedores de cañadulce, etc., llenaban el camino y adquirían á la luz resplandeciente de la luna formas fantásticas y contornos ideales. En una casa tocaba la orquesta valses y se veían algunas parejas bailar á la luz de los quinqués y lámparas... ¡qué mezquino espectáculo le pareció comparado con el que se ofrecía en las calles! Y pensando en Hong Kong se preguntó si las noches de luna en aquella isla serían tan poéticas, tan dulcemente melancólicas como las de Filipinas y una profunda tristeza se apoderó de su corazon.

Simoun mandó parar el coche y ambos bajaron. En aquel momento pasaron á su lado Isagani y Paulita Gomez murmurándose dulces palabras; detrás venía doña Victorina con Juanito Pelaez que hablaba en voz alta, gesticulaba mucho y se quedaba más jorobado. Pelaez distraido no vió á su excondiscípulo.

—¡Ese sí que es feliz! murmuró Plácido suspirando y mirando hácia el grupo que se convertía en vaporosas siluetas donde se distinguían muy bien los brazos de Juanito que subían y bajaban como aspas de un molino.

—¡Solo sirve para eso! murmuraba á su vez Simoun; ¡buena está la juventud!

¿A quién aludían Plácido y Simoun?

Este hizo una seña al joven, dejaron la calzada y se internaron en un laberinto de senderos y pasadizos que formaban entre sí varias casas; tan pronto saltaban sobre piedras para evitar pequeñas charcas, como se bajaban para pasar un cerco mal hecho y peor conservado. Estrañábase Plácido de ver al rico joyero andar por semejantes sitios como si estuviese muy familiarizado con ellos. Llegaron al fin á una especie de solar grande donde había una miserable casita aislada, rodeada de platanares y palmeras de bonga. Algunos armazones de caña y pedazos de tubos de idem hicieron sospechar á Plácido que se encontraban en casa de algun castillero ó pirotécnico.

Simoun tocó á la ventana. Un hombre se asomó.

—¡Ah! señor...

Y bajó inmediatamente.

—¿Está la pólvora? preguntó Simoun.

—En sacos; espero los cartuchos.

—¿Y las bombas?

—Dispuestas.

—Muy bien, maestro... Esta misma noche parte usted y habla con el teniente y el cabo... é inmediatamente prosigue usted su camino; en Lamayan encontrará un hombre en una banka; dirá usted «Cabesa» y el contestará «Tales.» Es menester que esté aquí mañana. ¡No hay tiempo que perder!

Y le dió algunas monedas de oro.

—¿Cómo, señor? preguntó el hombre en muy buen español; ¿hay algo nuevo?

—Sí, se hará dentro de la semana que viene.

—¡La semana que viene! repitió el desconocido retrocediendo: los arrabales no están preparados; esperan que el General retire el decreto... ¡yo creía que se dejaba para la entrada de la cuaresma!

Simoun movió la cabeza.

—No tendremos necesidad de los arrabales, dijo: con la gente de Cabesang Tales, los excarabineros y un regimiento tenemos bastante. Más tarde, ¡acaso María Clara ya esté muerta! ¡Parta usted en seguida!

El hombre desapareció.

Plácido había asistido á esta corta entrevista y había oido todo; cuando creyó comprender algo se le erizaron los cabellos y miró á Simoun con ojos espantados. Simoun se sonreía.

—Le estraña á usted, dijo con su sonrisa fría, ¿que ese indio tan mal vestido hable bien el español? Era un maestro de escuela que se empeñó en enseñar el español á los niños y no paró hasta que perdió su destino y fué deportado por perturbador del orden público y por haber sido amigo del desgraciado Ibarra. Le he sacado de la deportacion donde se dedicaba á podar cocoteros y le he hecho pirotécnico.

Volvieron á la calzada y á pié se dirigieron hácia Trozo. Delante de una casita de tabla, de aspecto alegre y aseado, había un español apoyado en una muleta, tomando la luz de la luna. Simoun se dirigió á él; el español al verle procuró levantarse ahogando un quejido.

—¡Estése usted preparado! le dijo Simoun.

—¡Siempre lo estoy!

—¡Para la semana que viene!

—¿Ya?

—¡Al primer cañonazo!

Y se alejó seguido de Plácido que empezaba á preguntarse si no soñaba.

—¿Le sorprende á usted, preguntóle Simoun, ver á un español tan joven y tan maltratado por las enfermedades? Dos años hace era tan robusto como usted, pero sus enemigos consiguieron enviarle á Balábak para trabajar en una compañía disciplinaria y allí le tiene usted con un reumatismo y un paludismo que le lleva á la tumba. El infeliz se había casado con una hermosísima mujer...

Y como un coche vacío pasase, Simoun lo paró y con Plácido se hizo conducir á su casa de la calle de la Escolta. En aquel momento daban los relojes de las iglesias las diez y media.

Dos horas despues, Plácido dejaba la casa del joyero, y grave y meditabundo seguía por la Escolta, ya casi desierta apesar de los cafés que aun continuaban bastante animados. Alguno que otro coche pasaba rápido produciendo un ruido infernal sobre el gastado adoquinado.

Simoun desde un aposento de su casa que da al Pasig, dirigía la vista hácia la ciudad murada, que se divisaba al través de las ventanas abiertas, con sus techos de hierro galvanizado que la luna hacía brillar y sus torres que se dibujaban tristes, pesadas, melancólicas, en medio de la serena atmósfera de la noche. Simoun se había quitado las gafas azules, sus cabellos blancos como un marco de plata rodeaban su enérgico semblante bronzeado, alumbrado vagamente por una lámpara, cuya luz amenazaba apagarse por falta de petróleo. Simoun, preocupado al parecer por un pensamiento, no se apercibía de que poco á poco la lámpara agonizaba y venía la oscuridad.

—Dentro de algunos días, murmuró, cuando por sus cuatro costados arda esa ciudad maldita, albergue de la nulidad presumida y de la impía esplotacion del ignorante y del desgraciado; cuando el tumulto estalle en los arrabales y lance por las calles aterradas mis turbas vengadoras, engendradas por la rapacidad y los errores, entonces abriré los muros de tu prision, te arrancaré de las garras del fanatismo, y blanca paloma, ¡serás el Fénix que renacerá de las candentes cenizas...! Una revolucion urdida por los hombres en la oscuridad me ha arrancado de tu lado; ¡otra revolucion me traerá á tus brazos, me resuscitará y esa luna, antes que llegue al apogeo de su esplendor, iluminará las Filipinas, limpias de su repugnante basura!

Simoun se calló de repente como entrecortado. Una voz preguntaba en el interior de su conciencia si él, Simoun, no era parte tambien de la basura de la maldita ciudad, acaso el fermento más deletéreo. Y como los muertos que han de resuscitar al son de la trompeta fatídica, mil fantasmas sangrientos, sombras desesperadas de hombres asesinados, mujeres deshonradas, padres arrancados á sus familias, vicios estimulados y fomentados, virtudes escarnecidas, se levantaban ahora al eco de la misteriosa pregunta. Por primera vez en su carrera criminal desde que en la Habana, por medio del vicio y del soborno, quiso fabricarse un instrumento para ejecutar sus planes, un hombre sin fé, sin patriotismo y sin conciencia, por primera vez en aquella vida se rebelaba algo dentro de sí y protestaba contra sus acciones. Simoun cerró los ojos, y se estuvo algun tiempo inmóvil; despues se pasó la mano por la frente, se negó á mirar en su conciencia y tuvo miedo. No, no quiso analizarse, le faltaba valor para volver la vista hácia su pasado... Faltarle el valor precisamente cuando el momento de obrar se acerca, faltarle la conviccion, ¡la fé en sí mismo! Y como los fantasmas de los infelices en cuya suerte había él influido, continuaban flotando delante de sus ojos como si saliesen de la brillante superficie del río é invadiesen el aposento gritándole y tendiéndole las manos; como los reproches y los lamentos parecían que llenaban el aire oyéndose amenazas y acentos de venganza, apartó su vista de la ventana y acaso por primera vez empezó á temblar.

—No, yo debo estar enfermo, yo no debo sentirme bien, murmuró; muchos son los que me odian, los que me atribuyen su desgracia, pero...

Y sintiendo que su frente ardía, levantóse y se acercó á la ventana para aspirar la fresca brisa de la noche. A sus piés arrastraba el Pasig su corriente de plata, en cuya superficie brillaban perezosas las espumas, giraban, avanzaban y retrocedían siguiendo el curso de los pequeños torbellinos. La ciudad se levantaba á la otra orilla y sus negros muros aparecían fatídicos, misteriosos, perdiendo su mezquindad á la luz de la luna que todo lo idealiza y embellece. Pero Simoun volvió á estremecerse; le pareció ver delante de sí el rostro severo de su padre, muerto en la carcel pero muerto por hacer el bien, y el rostro de otro hombre más severo todavía, de un hombre que había dado su vida por él porque creía que iba á procurar la regeneracion de su país.

—No, no puedo retroceder, exclamó enjugando el sudor de su frente; la obra está adelantada y su éxito me va á justificar... Si me hubiese portado como vosotros, habría sucumbido... ¡Nada de idealismos, nada de falaces teorías! Fuego y acero al cancer, castigo al vicio, ¡y rómpase despues si es malo el instrumento! No, yo he meditado bien, pero ahora tengo fiebre... mi razon vacila... es natural... si he hecho el mal es con el fin de hacer el bien y el fin salva los medios... Lo que haré es no esponerme...

Y con el cerebro trastornado acostóse y trató de conciliar el sueño.

Plácido, á la mañana siguiente, escuchó sumiso y con la sonrisa en los labios el sermon de su madre. Cuando ésta le habló de sus proyectos de interesar al procurador de los agustinos, no protestó, ni se opuso, antes al contrario, se ofreció él mismo á hacerlo para evitar molestias á su madre á quien suplicaba se volviese cuanto antes á la provincia, si pudiese ser, aquel mismo día. Cabesang Andang le preguntó por qué.

—Porque... porque si el procurador llega á saber que está usted aquí no lo hará sin que antes usted le envié un regalo y algunas misas.