El proceso · Franz Kafka
Part 18
Capítulo 18 de 22 · 15 min de lectura
Era inútil seguir esperando al italiano; fuera, sin embargo, debía de estar cayendo un chaparrón, y como en el interior no hacía tanto frío como había esperado, decidió permanecer dentro. Cerca de él estaba el púlpito, debajo del pequeño y redondo tornavoz había dos cruces doradas que se cruzaban en sus extremos. La parte exterior del pretil y el espacio que la unía a la columna sustentadora estaban adornados con hojas verdes esculpidas, que querubines mantenían en sus manos, unos con actitud vivaz, otros, reposada. K se acercó al púlpito y lo examinó por todas partes, el grabado de la piedra era extremadamente cuidadoso, la profunda oscuridad que reinaba entre los espacios vacíos del follaje pétreo y la que se extendía detrás de éste parecía atrapada, como si estuviera retenida; K introdujo su mano en uno de esos espacios vacíos y palpó la piedra, nunca había tenido conocimiento de la existencia de ese púlpito. En ese momento notó casualmente que un sacristán permanecía detrás de un banco cercano, vestido con una chaqueta negra colgante y arrugada, sosteniendo una cajita de rapé y observándole.
«¿Qué quiere ese hombre?—pensó K—. ¿Acaso le parezco sospechoso? ¿O querrá una limosna?». Cuando el sacristán vio que K le observaba, señaló con la mano derecha—entre dos dedos aún sostenía una pulgarada de rapé—hacia una dirección incierta. Su comportamiento era inexplicable. K esperó un rato, pero el sacristán no cesó de señalarle algo con la mano e incluso llegó a reforzar sus gestos con un movimiento de cabeza.
«¿Qué querrá?»—se preguntó K en voz baja. No se atrevía a gritar allí dentro. Su reacción fue sacar su cartera y acercarse al hombre. Pero éste hizo de inmediato un gesto de rechazo con la mano, alzó los hombros y se alejó cojeando. Con un paso semejante K había intentado imitar cuando era niño el trote de un caballo. «Un anciano senil—pensó K—. Su inteligencia apenas llega para ayudar en la iglesia. Se para cuando yo me paro y acecha por si sigo andando». K siguió sonriendo al anciano por toda la nave lateral hasta llegar al altar mayor, el anciano no paraba de señalarle algo, pero K no se volvía. Esos gestos sólo tenían la intención de apartarle de sus huellas. Finalmente le dejó, no quería asustarlo, tampoco quería ahuyentarlo del todo, por si acaso venía el italiano.
Cuando entró en la nave principal para buscar el sitio en el que había dejado el folleto descubrió, muy cerca de una columna casi adosada a los bancos del coro del altar, un sencillo y pequeño púlpito lateral, hecho de piedra desnuda y blanca. Era tan pequeño que desde lejos parecía una hornacina aún vacía, destinada a albergar una estatua. El sacerdote, con toda seguridad, apenas podría retroceder un paso desde el pretil. Además, el tornavoz, sin ningún adorno, estaba situado a una altura escasa y se inclinaba tanto que un hombre de mediana estatura no podía permanecer recto en el interior del púlpito, sino que debía agacharse y apoyarse en el pretil. Parecía diseñado específicamente para atormentar al sacerdote, era incomprensible para qué podía necesitarse ese púlpito, ya que se tenía el otro, más grande y decorado con tanto primor.
A K no le hubiera llamado la atención ese pequeño púlpito, si no hubiera descubierto una lámpara fijada en la parte superior, como las que se suelen colocar poco antes de un sermón. ¿Se pronunciaría ahora un sermón? ¿En la iglesia vacía? K miró hacia la escalera que, bordeando la columna, conducía al púlpito y que era tan estrecha que no parecía para uso humano, sino simplemente de adorno para la columna. Pero al pie del púlpito, K sonrió de asombro, se encontraba, efectivamente, un sacerdote. Apoyaba la mano en la barandilla, preparado para subir, y miraba a K. Entonces asintió levemente con la cabeza, porque K se persignó e inclinó, lo que debería haber hecho antes. El sacerdote tomó un poco de impulso y subió al púlpito con pasos cortos y rápidos. ¿Realmente iba a pronunciar un sermón? ¿Acaso el sacristán carecía de tan poco sentido común que le había querido conducir hasta el sacerdote, lo que, en vista de la iglesia vacía, era necesario? Además, por algún lado había una anciana ante la imagen de la Virgen María que también tendría que haber venido. Y, si se iba a pronunciar un sermón, ¿por qué no había sido precedido por el órgano? Pero éste permanecía en silencio y brillaba débilmente envuelto en las tinieblas.
K pensó si no debería alejarse deprisa, o lo hacía ahora o ya no tendría otra oportunidad, debería permanecer allí durante todo el sermón; en la oficina había perdido tanto tiempo; ya no estaba obligado a esperar más al italiano. Miró su reloj, eran las once. Pero, ¿realmente se iba a pronunciar un sermón? ¿Podía K representar a toda la comunidad de fieles? ¿Y si fuese un extranjero que sólo pretendía visitar la iglesia? En el fondo así era. Era absurdo pensar que se podía pronunciar un sermón, ahora, a las once de la mañana, en un día laborable y con un tiempo tan horrible. El sacerdote—se trataba sin duda de un sacerdote, un hombre joven con el rostro liso y oscuro—parecía subir a apagar la lámpara, que alguien había encendido por error.
Pero no fue así. El sacerdote, en realidad, examinó la luz, la ajustó y se dio la vuelta lentamente hacia el pretil, apoyándose en él con las dos manos. Así permaneció un rato y miró, sin mover la cabeza, a su alrededor. K había retrocedido un trecho y se apoyaba con el codo en el banco de delante. Con ojos inseguros, sin poder determinar exactamente el lugar, vio cómo el sacristán, algo encorvado, se ponía a descansar pacíficamente como si hubiera terminado su cometido. ¡Qué silencio reinaba ahora en la catedral! Pero K tenía que romperlo, no pretendía quedarse allí. Si era un deber del sacerdote predicar a una hora determinada sin consideración a las circunstancias, que lo hiciera, también podría cumplir su cometido en ausencia de K, su presencia tampoco contribuiría a aumentar el efecto. K se puso lentamente en camino y fue tanteando el banco de puntillas. Llegó a la nave central y prosiguió sin que nadie le detuviera, sólo sus pasos ligeros resonaban continuamente bajo las bóvedas con un ritmo regular y progresivo. K, consciente de que el sacerdote podía estar observándole, se sentía abandonado mientras avanzaba solo entre los bancos vacíos. Las dimensiones de la catedral le parecían ahora rayar en los límites de lo soportable para el ser humano. Cuando llegó al sitio que había ocupado anteriormente, cogió el folleto sin detenerse. Apenas había dejado atrás el banco y se acercaba al espacio vacío que le separaba de la salida, cuando escuchó por primera vez la voz del sacerdote. Era una voz poderosa y ejercitada. ¡Cómo se expandió por la catedral, preparada para recibirla! Pero no era a la comunidad de fieles a quien llamaba, su voz resonó clara, no había escapatoria alguna, exclamó:
—¡Josef K!
K se detuvo y miró al suelo. Aún era libre, podía seguir y escapar por una de las pequeñas y oscuras puertas de madera, que no estaban lejos. Pero eso significaría o que no había entendido o que había entendido pero no quería hacer ningún caso. Si se daba la vuelta, se tendría que quedar, pues habría confesado tácitamente que había comprendido muy bien su nombre y que quería obedecer. Si el sacerdote hubiese gritado de nuevo, K habría proseguido su camino, pero como todo permaneció en silencio, volvió un poco la cabeza, pues quería ver qué hacía el sacerdote en ese momento. Se le veía tranquilo en el púlpito, se podía advertir que había notado el giro de cabeza de K. Hubiera sido un juego infantil si K no se hubiese dado la vuelta por completo. Así lo hizo, y el sacerdote le llamó con una señal de la mano. Como ya todo ocurría abiertamente, avanzó—lo hizo en parte por curiosidad y en parte para tener la oportunidad de acortar su estancia allí—con pasos largos y ligeros hasta el púlpito. Se paró ante los bancos, pero al sacerdote le parecía que la distancia era aún demasiado grande. Estiró la mano y señaló con el dedo índice un asiento al pie del púlpito. K siguió su indicación y, al sentarse, tuvo que mantener la cabeza inclinada hacia atrás para poder ver al sacerdote.
—Tú eres Josef K—dijo el sacerdote, y apoyó una mano en el pretil con un movimiento incierto.
—Sí—dijo K. Pensó cómo en otros tiempos había pronunciado su nombre con entera libertad, pero ahora suponía una carga para él, también ahora conocía su nombre gente a la que veía por primera vez. Qué bello era que le presentaran y luego conocer a la gente.
—Estás acusado—dijo el sacerdote en voz baja.
—Sí—dijo K—, ya me lo han comunicado.
—Entonces tú eres al que busco—dijo el sacerdote—. Yo soy el capellán de la prisión.
—¡Ah, ya!—dijo K.
—He hecho que te trajeran aquí para hablar contigo—dijo el sacerdote.
—No lo sabía—dijo K—. He venido para mostrarle la catedral a un italiano.
—Deja lo accesorio—dijo el sacerdote—. ¿Qué sostienes en la mano? ¿Un libro de oraciones?
—No—respondió K—, es un folleto con los monumentos históricos de la ciudad.
—Déjalo a un lado—dijo el sacerdote.
K lo arrojó con tal fuerza que se rompió y un trozo con las páginas dobladas se deslizó por el suelo.
—¿Sabes que tu proceso va mal?—preguntó el sacerdote.
—También a mí me lo parece—dijo K—. Me he esforzado todo lo que he podido, pero hasta ahora sin éxito. Además, aún no he concluido mi primer escrito judicial.
—¿Cómo te imaginas el final?—preguntó el sacerdote.
—Al principio pensé que terminaría bien—dijo K—, ahora hay veces que hasta yo mismo lo dudo. No sé cómo terminará. ¿Lo sabes tú?
—No—dijo el sacerdote—, pero temo que terminará mal. Te consideran culpable. Tu proceso probablemente no pasará de un tribunal inferior. Tu culpa, al menos provisionalmente, se considera probada.
—Pero yo no soy culpable—dijo K—. Es un error. ¿Cómo puede ser un hombre culpable, así, sin más? Todos somos seres humanos, tanto el uno como el otro.
—Eso es cierto—dijo el sacerdote—, pero así suelen hablar los culpables.
—¿Tienes algún prejuicio contra mí?—preguntó K.
—No tengo ningún prejuicio contra ti—dijo el sacerdote.
—Te lo agradezco—dijo K—. Todos los demás que participan en mi proceso tienen un prejuicio contra mí. Ellos se lo inspiran también a los que no participan en él. Mi posición es cada vez más difícil.
—Interpretas mal los hechos—dijo el sacerdote—, la sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia.
—Así es, entonces—dijo K, y agachó la cabeza.
—¿Qué es lo siguiente que vas a hacer en tu causa?—preguntó el sacerdote.
—Quiero buscar ayuda—dijo K, y elevó la cabeza para ver cómo el sacerdote juzgaba su intención—. Aún quedan posibilidades que no he utilizado.
—Buscas demasiado la ayuda de extraños—dijo el sacerdote con un tono de desaprobación—, especialmente de mujeres. ¿Acaso no te das cuenta de que no es la ayuda verdadera?
—Algunas veces, incluso con frecuencia podría darte la razón—dijo K—, pero no siempre. Las mujeres tienen mucho poder. Si pudiera convencer a algunas mujeres de las que conozco para que trabajen en común para mí, podría abrirme paso. Especialmente en este tribunal, que parece constituido por mujeriegos. Muéstrale una mujer al juez instructor y arrollará la mesa y a los acusados para llegar hasta ella.
El sacerdote inclinó la cabeza hacia el pretil, ahora parecía como si el tornavoz le presionase hacia abajo. ¿Pero qué tiempo podía estar haciendo fuera? Ya no era sólo un día nublado y lluvioso, parecía noche profunda. Ninguna de las vidrieras era capaz de iluminar con un pobre resplandor los oscuros muros. Y precisamente en ese momento el sacristán comenzó a apagar todas las velas del altar mayor.
—¿Estás enfadado conmigo?—preguntó K al sacerdote—. Es posible que no conozcas el tipo de tribunal en el que prestas servicio.
No recibió ninguna respuesta.
—Son sólo mis experiencias—dijo K.
Arriba, en el púlpito, todo permaneció silencioso.
—No te he querido ofender—dijo K.
Entonces gritó el sacerdote hacia K:
—¿Acaso eres ciego?
Gritó con ira, pero también como alguien que ve caer a otro y, debido al susto, grita sin voluntad de hacerlo.
Ambos se callaron un rato. El sacerdote no podía reconocer a K, abajo, en la oscuridad, mientras que K podía ver claramente al sacerdote gracias a la pequeña lámpara. ¿Por qué no bajaba? No había pronunciado ningún sermón, sino que se había limitado a darle algunas informaciones, que a él, si las consideraba con detenimiento, antes le podrían dañar que beneficiar. No obstante, a K le parecía indudable la buena intención del sacerdote, no sería imposible que pudieran llegar a un acuerdo si bajaba, tampoco era imposible que recibiera de él un consejo decisivo y aceptable, que le mostrara, por ejemplo, no cómo se podía influir en el proceso, sino cómo se podía salir del proceso, cómo se podía vivir al margen de éste. Esa posibilidad tenía que existir, K había pensado mucho en ella en los últimos tiempos. Si el sacerdote conocía esa posibilidad, a lo mejor se la decía si se lo pedía, aunque perteneciera al tribunal, y a pesar de que K, al atacar al tribunal, hubiese herido sus sentimientos y le hubiera obligado a gritar.
—¿No quieres bajar?—dijo K—. No vas a pronunciar ningún sermón. Baja conmigo.
—Ya puedo bajar—dijo el sacerdote, parecía lamentar su grito. Mientras descolgaba la lámpara, dijo—: Primero tenía que hablar contigo guardando las distancias, si no me dejo influir fácilmente y olvido mi misión.
K le esperó abajo, al pie de la escalera. El sacerdote le ofreció la mano mientras bajaba los últimos escalones.
—¿Me podrías dedicar un poco de tu tiempo?
—Tanto como necesites—dijo el sacerdote, y le dio la lámpara a K para que éste la llevase. Ni siquiera tan cerca perdió su actitud en solemnidad.
—Eres muy amable conmigo—dijo K.
Comenzaron a recorrer la nave lateral uno al lado del otro.
—Eres una excepción entre todos los que pertenecen al tribunal. En ti tengo más confianza que en cualquiera de los demás. Contigo puedo hablar abiertamente.
—No te engañes—dijo el sacerdote.
—¿En qué podría engañarme?—preguntó K.
—Te engañas en lo que respecta al tribunal—dijo el sacerdote—, en la introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño:
«Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde».
—Es posible—responde el guardián—, pero no ahora.
«Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su propósito, ríe y dice:
»—Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso y que, además, soy el guardián más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián, el uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya es para mí insoportable.
»El hombre procedente del campo no había contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:
»—Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo.
»Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es capaz de reconocer a la pulga en el cuello de su abrigo de piel, por lo que solicita a la pulga que le ayude para cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son sólo los ojos los que le engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de la provincia.
»—¿Qué quieres saber ahora?—pregunta el guardián—. Eres insaciable.
»—Todos aspiran a la Ley—dice el hombre—. ¿Cómo es posible que durante tantos años sólo yo haya solicitado la entrada?
»El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita:
»—Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Yo me voy ahora y cierro la puerta».
—El centinela, entonces, ha engañado al hombre—dijo K en seguida, fuertemente atraído por la historia.
—No te apresures—dijo el sacerdote—, no asumas la opinión ajena sin examinarla. Te he contado la historia tal y como está escrita. En ella no se habla en ningún momento de engaño.
—Pero está claro—dijo K—, y tu primera interpretación era correcta. El vigilante le ha comunicado el mensaje liberador sólo cuando ya no podía ayudar en nada al hombre.
—Pero él tampoco preguntó antes—dijo el sacerdote—, considera que sólo era un vigilante y como tal se ha limitado a cumplir su deber.
—¿Por qué piensas que ha cumplido con su deber?—preguntó K—. No lo ha cumplido. Su deber consistía en rechazar a los extraños, pero tenía que haber dejado pasar al hombre para quien estaba destinada la entrada.
—No tienes el suficiente respeto a la letra escrita y cambias la historia—dijo el sacerdote—. La historia contiene dos explicaciones importantes del vigilante respecto a la entrada a la Ley, una al principio y otra al final. Una dice: «que no podía permitirle la entrada», y la otra: «esta entrada estaba reservada sólo para ti». Si entre ambas explicaciones existiese una contradicción, tú tendrías razón y el vigilante habría engañado al hombre. Pero no existe ninguna contradicción. Todo lo contrario, la primera explicación, incluso, indica la segunda. Se podría decir que el vigilante se excede en el cumplimiento de su deber al plantear la posibilidad de una futura entrada. En ese momento su único deber parecía consistir en no admitir al hombre. Y, en efecto, muchos intérpretes se maravillan de que el vigilante haya pronunciado semejante indicación, pues parece amar la precisión y cumple escrupulosamente con su deber. No abandona su puesto en tantos años y sólo cierra la puerta en el último momento, siendo consciente de la importancia de su misión, pues dice: «soy poderoso». Además, tiene respeto frente a sus superiores, pues dice: «soy el guardián más insignificante». Cuando se trata del cumplimiento del deber, no admite ruegos ni se deja ablandar, pues se dice: «cansa al guardián con sus súplicas». Tampoco es hablador, pues durante todos los años sólo plantea, como está escrito, preguntas «indiferentes». No se deja sobornar, pues dice sobre un regalo: «sólo lo acepto para que no creas que has emitido algo». Finalmente, su aspecto externo indica un carácter pedante, por ejemplo la gran nariz y la larga y fina barba tártara. ¿Puede haber un vigilante más fiel a su deber? Pero en el vigilante se mezclan otros caracteres esenciales que resultan muy favorables para quien solicita la entrada, y que, además, indican la posibilidad, manifestada en su anterior insinuación, de que en el futuro podría ir más allá de lo que le dicta el deber. No obstante, no se puede negar que es algo simple y, en relación con este atributo, presuntuoso. Si todas las menciones que hace referentes a su poder y sobre el poder de los demás vigilantes, cuya visión, como él reconoce, le es insoportable, son ciertas, entonces muestra, en la manera con que las emite, que sus ideas están afectadas por su simpleza y arrogancia. Los intérpretes aducen: «El correcto entendimiento de un asunto y una incomprensión de éste no se excluyen mutuamente». En todo caso, se debe reconocer que esa simpleza y arrogancia, por muy difuminadas que aparezcan, debilitan la vigilancia de la entrada, son lagunas en el carácter del vigilante. A esto se añade que el vigilante, según su talante natural, parece amable, no siempre actúa como si estuviera de servicio. Al principio dice en broma que, a pesar del mantenimiento de la prohibición, le invita a entrar, pero, a continuación, no le incita a entrar, sino que, como está escrito, le da un taburete y le deja sentarse al lado de la puerta. La paciencia con la que, durante tantos años, soporta las peticiones del hombre, los pequeños interrogatorios, la aceptación de los regalos, la nobleza con la que permite que el hombre a su lado maldiga en voz alta su desgraciado destino, del que hace culpable al vigilante, todo eso indica el talante compasivo del vigilante. No todos los vigilantes habrían actuado así y, al final, se inclina profundamente hacia el hombre para darle la oportunidad de plantear una última pregunta. Sólo deja traslucir una débil impaciencia—el vigilante sabe que todo ha acabado—, cuando dice: «Eres insaciable». Algunos intérpretes continúan, incluso, esta línea exegética y afirman que las palabras «eres insaciable» expresan una suerte de admiración, que, por supuesto, tampoco está libre de altivez. Pero así la figura del vigilante adquiere un perfil distinto al que tú le has atribuido.



