El proceso · Franz Kafka

Part 2

Capítulo 2 de 22 · 14 min de lectura

—¿Por qué no especialmente la de hoy?

—No quiero decir que lo considere todo una broma, para ello me parecen demasiado complicadas todas las precauciones que se han tomado. Tendrían que participar todos los inquilinos de la pensión y también todos ustedes, eso me parece rebasar los límites de una broma. Por eso no quiero decir que se trata de una broma.

—En efecto—dijo el supervisor y se dedicó a contar las cerillas que había en la caja.

—Por otra parte—continuó K, y se dirigió a todos, incluso le hubiera gustado que los tres situados ante las fotografías se hubieran dado la vuelta para escucharle—, por otra parte el asunto no puede ser de mucha importancia. Lo deduzco porque he sido acusado, pero no puedo encontrar ninguna culpa por la que me pudieran haber acusado. Pero eso también es secundario. Las preguntas principales son: ¿Quién me ha acusado? ¿Qué organismo tramita mi proceso? ¿Es usted funcionario? Ninguno tiene uniforme, a no ser que su traje—y se dirigió a Franz—se pueda denominar un uniforme, aunque a mí me parece más bien un traje de viaje. Reclamo claridad en estas cuestiones y estoy convencido de que, una vez que hayan sido aclaradas, nos podremos despedir amablemente.

El supervisor derribó la caja de cerillas sobre la mesa.

—Usted se encuentra en un grave error—dijo—. Estos señores, aquí presentes, y yo, carecemos completamente, en lo que se refiere a su asunto, de importancia, más aún, apenas sabemos algo de él. Podríamos llevar los uniformes reglamentarios y su asunto no habría empeorado un ápice. Tampoco puedo decirle si le han acusado, o mejor, ni siquiera sé si le han acusado. Usted está detenido, eso es cierto, no sé más. Es posible que los vigilantes hayan charlado de otra cosa, pero eso sólo es una charla. Aunque no pueda responder a sus preguntas, sí le puedo aconsejar que piense menos en nosotros y en lo que le pueda ocurrir y piense más en sí mismo. Y tampoco alardee tanto de su inocencia, estropea la buena impresión que da. También debería ser más reservado al hablar, casi todo lo que ha dicho hasta ahora se podría haber deducido de su comportamiento aunque hubiera dicho muchas menos palabras, además, no resulta muy favorable para su causa.

K miró fijamente al supervisor. ¿Acaso recibía lecciones de un hombre que probablemente era más joven que él? ¿Le reprendían por su sinceridad? ¿Y no iba a saber nada de su detención ni del que la había dispuesto? Se apoderó de él cierta excitación, fue de un lado a otro, siempre y cuando nada ni nadie se lo impedía, se subió los puños de la camisa, se tocó el pecho, se alisó el pelo, pasó al lado de los tres señores, dijo «esto es absurdo», por lo que éstos se volvieron y le contemplaron con amabilidad, pero serios, y, finalmente, se paró ante la mesa del supervisor.

—El fiscal Hasterer es un buen amigo mío—dijo—, ¿le puedo llamar por teléfono?

—Por supuesto—dijo el supervisor—, pero no sé qué sentido podría tener hacerlo, a no ser que quisiera hablar con él de algún asunto particular.

—¿Qué sentido?—gritó K, más confuso que enojado—. ¿Pero, entonces, quién es usted? Usted pretende encontrar algún sentido y procede de la manera más absurda. Esto es para volverse loco. Estos señores me han asaltado y ahora están aquí sentados o pasean alrededor y me obligan a comparecer ante usted como si fuera un colegial. ¿Qué sentido tendría llamar a un fiscal si, como indican las apariencias, estoy detenido? Bien, no llamaré por teléfono.

—Pero hágalo—dijo el supervisor, y extendió la mano en dirección al recibidor, donde estaba el teléfono—, por favor, llame.

—No, ya no quiero—dijo K, y se acercó a la ventana. Desde allí podía ver a las personas de enfrente, quienes ahora, al ver aparecer a K en la ventana, se sintieron algo perturbadas en su papel de tranquilos espectadores. Los ancianos querían levantarse, pero el hombre que estaba detrás de ellos los tranquilizó.

—¡Allí hay unos mirones!—gritó K hacia el supervisor y los señaló con el dedo—. ¡Fuera de ahí!

Los tres retrocedieron inmediatamente unos pasos, los dos ancianos se colocaron, incluso, detrás del hombre, que con su ancho cuerpo los tapaba. Por los movimientos de su boca se podía deducir que estaba diciendo algo, aunque incomprensible desde la distancia. Pero no llegaron a desaparecer del todo, más bien parecían esperar el instante en que pudieran acercarse a la ventana sin ser notados.

—¡Gente impertinente y desconsiderada!—dijo K al volverse hacia la habitación. El supervisor probablemente asintió, al menos así lo creyó K al dirigirle una mirada de soslayo. Aunque también era posible que no hubiera escuchado, pues había extendido una de sus manos en la mesa y parecía comparar los dedos. Los dos vigilantes estaban sentados en un baúl cubierto con un paño decorativo y frotaban sus rodillas. Los tres jóvenes habían colocado las manos en las caderas y miraban alrededor sin fijarse en nada. Había un silencio como el que reina en una oficina vacía.

—Bien, señores—dijo K, pues le pareció que él era quien lo soportaba todo sobre sus hombros—, de su actitud se puede deducir que han concluido con mi asunto. Soy de la opinión de que lo mejor sería no pensar más sobre si su actuación está justificada o no y terminar el caso reconciliados, con un apretón de manos. Si comparten mi opinión, entonces, por favor...—y se acercó a la mesa del supervisor alargándole la mano.

El supervisor elevó la mirada, se mordió el labio y miró la mano extendida de K. Aún creía K que el supervisor la estrecharía, pero éste se levantó, cogió un sombrero que estaba sobre la cama de la señorita Bürstner y se lo colocó cuidadosamente con las dos manos, como hace la gente cuando se prueba un sombrero nuevo.

—¡Qué fácil le parece todo a usted!—dijo a K mientras se ponía el sombrero—. Deberíamos terminar el asunto con una despedida conciliadora, ¿ésa es su opinión? No, no, así no funcionan las cosas, y con esto tampoco le estoy diciendo que se desespere. No, ¿por qué hacerlo? Usted está detenido, nada más. Eso es lo que tenía que comunicarle, he cumplido mi misión y también he visto cómo ha reaccionado. Con eso es suficiente por hoy, ya podemos despedirnos, aunque sólo por el momento. Usted querrá ir al banco...

—¿Al banco?—preguntó K—. Pensé que estaba detenido.

K preguntó con cierto consuelo, pues aunque su apretón de manos no había sido aceptado, desde que el supervisor se había levantado se sentía mucho más independiente de aquella gente. Quería seguirles el juego. Tenía la intención, en el caso de que se fueran, de ir detrás de ellos hasta la puerta y ofrecerles su detención. Por eso repitió:

—¿Cómo puedo ir al banco, si estoy detenido?

—¡Ah, ya!—dijo el supervisor, que había llegado a la puerta—, me ha entendido mal, usted está detenido, cierto, pero eso no le impide cumplir con sus obligaciones laborales. Debe seguir su vida normal.

—Entonces estar detenido no es tan malo—dijo K, y se acercó al supervisor.

—No he dicho nada que lo desmienta—dijo éste.

—Pero tampoco parece que haya sido necesaria la comunicación de la detención—dijo K, y se acercó más. También los otros se habían acercado. Todos se habían reunido en un pequeño espacio al lado de la puerta.

—Era mi deber—dijo el supervisor.

—Un deber bastante tonto—dijo K inflexible.

—Puede ser—respondió el supervisor—, pero no vamos a perder el tiempo con conversaciones como ésta. He pensado que querría ir al banco. Como usted está al tanto de todas las palabras, añado: no le obligo a ir al banco, sólo he supuesto que quería hacerlo. Para facilitárselo y para que su llegada al banco sea lo más discreta posible, he mantenido a estos tres jóvenes, colegas suyos, a su disposición.

—¿Cómo?—gritó K, y miró asombrado a los tres.

Aquellos jóvenes tan anodinos y anémicos, que él aún recordaba sólo como grupo al lado de las fotografías, eran realmente funcionarios de su banco, no colegas, eso era demasiado decir, y demostraba una laguna en la omnisciencia del supervisor, aunque, en efecto, se trataba de funcionarios subordinados del banco. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Hasta qué punto había concentrado la atención en el supervisor y en los vigilantes, que había sido incapaz de reconocer a esos tres: al torpe Rabensteiner, siempre agitando las manos, al rubio Kullych, con los ojos caídos, y a Kaminer, con su sonrisa insoportable, producto de una distrofia muscular crónica.

—¡Buenos días!—dijo K, pasado un rato, y ofreció su mano a los señores, que se inclinaron correctamente—. No les había reconocido. Bien, entonces nos vamos juntos al trabajo, ¿no?

Los tres jóvenes asintieron solícitos y sonriendo, como si hubieran estado esperando ese momento durante todo el tiempo, sólo cuando K echó de menos su sombrero, que se había quedado en su cuarto, se apresuraron, uno detrás del otro, a recogerlo, de lo que se podía deducir cierta perplejidad. K permaneció en silencio y vio cómo se alejaban a través de las dos puertas abiertas, el último, naturalmente, era el indiferente Rabensteiner, que se había limitado a adoptar un elegante trote corto. Kaminer le entregó el sombrero, y K tuvo que decirse expresamente, lo que, por lo demás, era necesario con frecuencia en el banco, que la sonrisa de Kaminer no era intencionada, que en realidad era incapaz de sonreír intencionadamente. En el recibidor, la señora Grubach, que no aparentaba ninguna conciencia culpable, abrió la puerta de la calle a todo el grupo, y K, como muchas veces, se quedó mirando la cinta de su delantal, que ceñía innecesariamente su poderoso cuerpo. Una vez fuera, K, con el reloj en la mano, y para no aumentar el retraso de media hora, decidió llamar a un taxi. Kaminer se acercó corriendo a una esquina para llamar a uno, pero mientras los otros dos aparentemente intentaban distraer a K, Kullych señaló repentinamente la puerta de enfrente, en la que acababa de aparecer el hombre con la perilla pelirroja, quien quedó algo confuso, ya que ahora se mostraba en toda su estatura, por lo que retrocedió hasta la pared y se apoyó en ella. Los ancianos aún estaban en las escaleras. K se enfadó con Kullych por haber llamado la atención sobre el hombre al que ya había visto antes y al que incluso había esperado.

—No mire hacia allí—balbuceó, sin darse cuenta de lo llamativa que resultaba esa forma de expresarse cuando se dirigía a personas maduras. Pero tampoco era necesaria ninguna explicación, pues acababa de llegar el coche, así que se sentaron y partieron. En ese instante, K se acordó de que no se había percatado de la partida del supervisor y de los vigilantes, el supervisor le había ocultado a los tres funcionarios y ahora los funcionarios habían ocultado, a su vez, al supervisor. Eso no denotaba mucha serenidad, así que K se propuso observarse mejor. No obstante, se dio la vuelta y se inclinó por si todavía existía la posibilidad de ver al supervisor y a los vigilantes. Pero recuperó en seguida su posición original sin ni siquiera haber intentado buscar a alguien, reclinándose cómodamente en uno de los extremos del asiento del coche. Aunque no lo aparentaba, habría necesitado ahora algo de conversación, pero los señores parecían cansados. Rabensteiner miraba hacia la derecha, Kullych hacia la izquierda y sólo Kaminer estaba a su disposición con sus muecas, y hacer una broma sobre ellas, por desgracia, lo prohibía la humanidad.

NOTAS:

En la primera edición de El proceso de 1925, Max Brod comentaba que el manuscrito no llevaba título. Sin embargo, Kafka, como Max Brod documentó, siempre se refirió al texto con esa denominación. Por regla general, Kafka se decidía por un título definitivo una vez concluida la obra. No se puede excluir, por consiguiente, que El proceso fuese sólo un título provisional.

Como en su novela El castillo y en otros relatos, el personaje principal se oculta tras un apellido reducido a inicial. Es muy posible que Kafka hiciera referencia a su propio apellido. No obstante, Kafka solía emplear este tipo de iniciales en sus anotaciones en diarios y, según sus manifestaciones, «porque el escribir nombres me causa una extraña confusión». Esta relación problemática se extendía a su propio nombre, que evitaba escribir siempre que podía. Su firma era FK. En sus diarios escribe: «Considero la K horrible, me repugna y, aun así, la escribo, debe de ser característica de mí mismo» (27 mayo 1914). En cuanto al nombre «Josef» es muy posible que hiciera referencia al Emperador Francisco José I. En la obra de Kafka los nombres suelen desempeñar un papel simbólico. De una anotación en su diario de 27 de enero de 1922 se deduce que Kafka se inscribió en un hotel con el nombre «Josef K».

La escena de la detención de Josef K se ha podido inspirar en las Memorias de Giacomo Casanova. En la novela hay más referencias ocultas. Ya en el inicio, la unión de un término judicial, «detención», y otro moral, «malo», presagia la ambigua naturaleza del proceso y de la judicatura.

En el manuscrito el vigilante reacciona de una manera más brusca: «¿Qué quiere?» Kafka lo tachó y eligió una fórmula más convencional.

Tachado en el manuscrito: «dijo K sonriendo; sin haber estado antes preocupado, ahora se sentía aliviado, pues se había expresado lo imposible y, así, su imposibilidad se había tornado más evidente».

No sin cierta ironía describe Kafka la situación jurídico—política del momento. Kafka comenzó la novela el 11 de agosto de 1914, en plena gestación de la I Guerra Mundial. Las referencias al «Estado de Derecho» y al vigor de las leyes es interesante porque designa un régimen que se somete al derecho en su forma de actuación. Un manto de normalidad cubre la sociedad en la que se desenvuelve Josef K, no hay ninguna perturbación del orden político ni ningún «estado de alarma, excepción o sitio» que pudiera justificar la existencia de tribunales de excepción.

La acción de la novela transcurre en el periodo exacto de un año. En la elección de la edad y de otras circunstancias temporales se dan motivos autobiográficos, en concreto se reflejan determinados acontecimientos relativos a su relación con Felice Bauer.

Tachado en el manuscrito: «por el miedo de que se rieran más tarde de su seriedad exagerada».

Tachado en el manuscrito: «¡Aún tardaré un rato!—le gritó K por simple petulancia, pero en realidad se dio toda la prisa que pudo».

Desde la nota hasta «Josef K?» hay una versión alternativa en el manuscrito: «El supervisor le contempló en silencio y con mirada inquisitiva. "El interrogatorio parece limitarse a miradas—pensó K—. Un rato se le puede permitir. Si supiera qué autoridad puede ser ésta que, sólo por mi causa y sin la menor perspectiva de éxito, se puede permitir el lujo de tomar semejantes medidas extraordinarias. Pues no se puede dudar en calificarlas de extraordinarias. Me han asignado a tres personas, han desordenado dos habitaciones ajenas, allí en la esquina hay tres jóvenes que contemplan las fotografías de la señorita Bürstner".

A continuación, tachado en el manuscrito: «Alguien me dijo, ahora no me acuerdo quién, que, cuando nos levantamos temprano, resulta extraño encontrarlo todo en el mismo sitio en que se dejó por la noche. La vigilia, al menos en apariencia, es un estado muy diferente al del sueño y, como ese hombre dijo con razón, se necesita una gran presencia de ánimo para, con los ojos abiertos, situar todos los objetos en el mismo lugar en que quedaron la noche anterior. Por esto mismo, el instante en el que despertamos es el más arriesgado, una vez que se ha superado, sin quedar desplazado del lugar, podemos seguir viviendo confiados el resto del día. A qué conclusiones llegó ese hombre—ahora me acabo de acordar de quién era, pero su nombre es indiferente...».

Tachado en el manuscrito: «se reclinó en el asiento del coche, dijo "¡Dios mío!", y elevó las cejas al sonreír».

=CONVERSACIÓN CON LA SEÑORA GRUBACH LA SEÑORITA BÜRSTNER=

En esa primavera, K, después del trabajo, cuando era posible—normalmente permanecía hasta las nueve en la oficina—, solía dar un paseo por la noche solo o con algún conocido y luego se iba a una cervecería, donde se sentaba hasta las once en una tertulia compuesta en su mayor parte por hombres ya mayores. Pero había excepciones en esta rutina, por ejemplo cuando el director del banco, que apreciaba su capacidad de trabajo y su formalidad, le invitaba a una excursión con el coche o a cenar en su villa. Además, una vez a la semana iba a casa de una muchacha llamada Elsa, que trabajaba de camarera en una taberna hasta altas horas de la madrugada y durante el día sólo recibía en la cama a sus visitas.

Aquella noche, sin embargo—el día había transcurrido con rapidez por el trabajo agotador y las numerosas felicitaciones de cumpleaños—, K quería regresar directamente a casa. En todas las pequeñas pausas del trabajo había pensado en ello. Sin saber con certeza por qué, le parecía que los incidentes de aquella mañana habían causado un gran desorden en la vivienda de la señora Grubach y que su presencia era necesaria para restaurar de nuevo el orden. Una vez restaurado, quedaría suprimida cualquier huella del incidente y todo volvería a los cauces normales. De los tres funcionarios no había nada que temer, se habían vuelto a sumir en el gran cuerpo de funcionarios del banco, tampoco se podía notar ningún cambio en ellos. K les había llamado con frecuencia, por separado o en grupo, a su despacho, sólo para observarlos y siempre los había podido despedir satisfecho.

Cuando llegó a las nueve y media de la noche a la casa en que vivía, K se encontró en la puerta con un muchacho que permanecía con las piernas abiertas y fumando en pipa.

—¿Quién es usted?—preguntó K en seguida y acercó su rostro al del muchacho, pues no se veía mucho en el oscuro pasillo de entrada.

—Soy el hijo del portero, señor—respondió el muchacho, se sacó la pipa de la boca y se apartó.

—¿El hijo del portero?—preguntó K, y golpeó impaciente con el bastón en el suelo.

—¿Desea algo el señor? ¿Debo traer a mi padre?

—No, no—dijo K. En su voz había un tono de disculpa, como si el muchacho hubiera hecho algo malo y él le perdonara—. Está bien—dijo, y siguió, pero antes de subir las escaleras, se volvió una vez más.

Habría podido ir directamente a su habitación, pero como quería hablar con la señora Grubach, llamó a su puerta. Estaba sentada a una mesa cosiendo una media. Sobre la mesa aún quedaba un montón de medias viejas. K se disculpó algo confuso por haber llegado tan tarde, pero la señora Grubach era muy amable y no quiso oír ninguna disculpa: siempre tenía tiempo para hablar con él, sabía muy bien que era su mejor y más querido inquilino. K miró la habitación, había recobrado su antiguo aspecto, la vajilla del desayuno, que había estado por la mañana en la mesita junto a la ventana, ya había sido retirada. «Las manos femeninas hacen milagros en silencio—pensó—, él probablemente habría roto toda la vajilla, en realidad ni siquiera habría sido capaz de llevársela». Contempló a la señora Grubach con cierto agradecimiento.

—¿Por qué trabaja hasta tan tarde?—preguntó.

Ambos estaban sentados a la mesa, y K hundía de vez en cuando una de sus manos en las medias.

—Hay mucho trabajo—dijo ella—. Durante el día me debo a los inquilinos, pero si quiero mantener el orden en mis cosas sólo me quedan las noches.

—Hoy le he causado un trabajo extraordinario.

—¿Por qué?—preguntó con cierta vehemencia; el trabajo descansaba en su regazo.

—Me refiero a los hombres que estuvieron aquí esta mañana.

—¡Ah, ya!—dijo, y se volvió a tranquilizar—. Eso no me ha causado mucho trabajo.

K miró en silencio cómo emprendía de nuevo su labor. «Parece asombrarse de que le hable del asunto—pensó—, no considera correcto que hable de ello. Más importante es, pues, que lo haga. Sólo puedo hablar de ello con una mujer mayor».

—Algo de trabajo sí ha causado—dijo—, pero no se volverá a repetir.

—No, no se puede repetir—dijo ella confirmándolo y sonrió a K casi con tristeza.

—¿Lo cree de verdad?—preguntó K.

—Sí—dijo ella en voz baja—, pero ante todo no se lo debe tomar muy en serio. ¡Las cosas que ocurren en el mundo! Como habla conmigo con tanta confianza, señor K, le confesaré que escuché algo detrás de la puerta y que los vigilantes también me contaron algunas cosas. Se trata de su felicidad, y eso me importa mucho, más, quizá, de lo que me incumbe, pues no soy más que la casera. Bien, algo he oído, pero no puedo decir que sea especialmente malo. No. Usted, es cierto, ha sido detenido, pero no como un ladrón. Cuando se detiene a alguien como si fuera un ladrón, entonces es malo, pero esta detención..., me parece algo peculiar y complejo, perdóneme si digo alguna tontería, hay algo complejo en esto que no entiendo, pero que tampoco se debe entender.