El proceso · Franz Kafka
Part 8
Capítulo 8 de 22 · 14 min de lectura
—¡Soy yo!
—Buenas noches, señor gerente—le respondieron—, ¿ha ocurrido algo?
—No, no—respondió K—, es sólo un perro en el patio.
Como los empleados no se movían añadió:—Pueden seguir con su trabajo.
Para no continuar con la conversación, se inclinó por la ventana. Cuando, transcurrido un rato, miró por el pasillo, ya se habían ido. K, sin embargo, permaneció en la ventana, no se atrevía a volver al trastero y tampoco quería regresar a casa. Se limitó a contemplar el patio cuadrado que tenía ante él; alrededor había oficinas, todas las ventanas estaban oscuras, sólo las más altas recibían el reflejo de la luna. K se esforzó por discernir una de las oscuras esquinas del patio, en el que había dos carretas de mano. Le atormentaba no haber podido detener los azotes, pero no era culpa suya no haberlo logrado. Si Franz no hubiese gritado—cierto, tuvo que hacerle mucho daño, pero en determinados momentos decisivos hay que saber dominarse—, si no hubiera gritado, K habría encontrado con toda seguridad un medio para convencer al azotador. Si todos los empleados inferiores eran canalla, ¿por qué iba a constituir una excepción el azotador, que, además, ejercía el cargo más inhumano? K había observado muy bien cómo le habían brillado los ojos al ver los billetes. Posiblemente se había tomado en serio lo de los azotes para subir un poco la suma del soborno. Y K no habría ahorrado medios, realmente hubiera querido liberar a los vigilantes. Si había comenzado a combatir la corrupción de esa judicatura, era evidente que también tenía que intervenir en ese ámbito. Pero en el momento en el que Franz había comenzado a gritar, todo había acabado. K no podía permitir que los empleados, y quién sabe qué otras personas, vinieran y le sorprendieran tratando con los tipos del trastero. Nadie podía reclamar de K semejante sacrificio. Si se hubiera propuesto hacerlo, hubiera sido muy fácil, K se habría desnudado y se habría ofrecido al azotador como sustituto. Ciertamente, el azotador no hubiera admitido semejante cambio, pues sin obtener beneficio alguno habría tenido que incumplir seriamente su deber y, muy probablemente, por partida doble, pues K, mientras permaneciera sujeto al procedimiento, debía ser inviolable para todos los empleados del tribunal. Es posible, no obstante, que en ese terreno hubiera disposiciones especiales. Pero, en todo caso, K no podía haber hecho otra cosa que cerrar la puerta, aunque ni siquiera así había alejado del todo el peligro. Que al final hubiera tenido que empujar a Franz era algo lamentable y sólo se podía disculpar por su estado de excitación.
Oyó en la lejanía los pasos de los empleados. Para no llamar la atención cerró la ventana y avanzó en dirección a la escalera principal. Permaneció un rato escuchando al lado de la puerta del trastero. Silencio. El hombre podía haber matado a azotes a los vigilantes, estaban sometidos a su poder. K ya había extendido la mano para coger el picaporte, pero se arrepintió. Era tarde para ayudar a nadie y los empleados tenían que estar al llegar. No obstante, se propuso hablar del asunto e intentar que castigasen convenientemente a los culpables reales, es decir, a los funcionarios superiores, que aún no habían tenido el valor de presentarse ante él. Mientras bajaba la escalinata del banco, observó cuidadosamente a los paseantes, pero no había ninguna muchacha en las cercanías que pudiera estar esperando a alguien. La indicación de Franz, de que su prometida le estaba esperando, no era más que una mentira, si bien disculpable, cuyo único objetivo había sido despertar una mayor compasión.
El día siguiente K siguió pensando en los vigilantes. Como no se podía concentrar en el trabajo, decidió obligarse a permanecer más tiempo en el banco que el día anterior. Cuando pasó por el trastero para irse a casa, abrió la puerta como si fuera una costumbre. Quedó desconcertado ante la inesperada escena que se mostró ante sus ojos. Todo estaba exactamente igual que la noche anterior, cuando abrió la puerta. Los formularios y los frascos de tinta se acumulaban detrás del umbral; el azotador con el látigo; los vigilantes, completamente vestidos; la vela sobre el estante. Los vigilantes comenzaron a quejarse y gritaron:
—¡Señor!
K cerró la puerta de inmediato y la golpeó con los puños, como si sólo así pudiera quedar cerrada del todo. Al borde de las lágrimas se fue a ver a los empleados, que trabajaban tranquilamente con una multicopista y permanecían absortos en su actividad.
—¡Ordenad de una vez el trastero!—gritó—. La inmundicia nos va a llegar al cuello.
Los empleados se mostraron dispuestos a hacerlo al día siguiente. K asintió con la cabeza. No podía obligarles a realizar el trabajo tan tarde, como había previsto antes. Se sentó un rato, para tener a los empleados cerca, desordenó algunas copias, queriendo dar la impresión de que estaba examinando algo, pero comprobó que los empleados no se atreverían a salir con él, así que se fue a casa cansado y con la mente en blanco.
NOTAS:
Max Brod, en el epílogo a la tercera edición de El proceso, especulaba con la posibilidad de que este capítulo fuese, en realidad, el segundo. Aquí, sin embargo, seguimos la opinión de Pasley por considerarla más fundada y acorde con la acción. No obstante, la posición del capítulo sigue siendo objeto de polémica.
=EL TÍO LENI=
Una tarde, cuando K estaba ocupado abriendo la correspondencia, el tío de K, Karl, un pequeño terrateniente de la provincia, se abrió paso entre dos empleados que llevaban algunos escritos y entró en el despacho. K se asustó menos de la llegada del tío de lo que le había asustado la simple idea de su posible visita. El tío iba a venir, de eso estaba seguro desde hacía un mes. Ya al principio había creído verlo, cómo le alcanzaba la mano derecha sobre el escritorio, algo inclinado, con su sombrero de jipijapa en la mano izquierda, mostrando una prisa desconsiderada y arrollando todo lo que se le ponía en su camino. El tío siempre tenía prisa, pues le perseguía el infeliz pensamiento de que en su estancia de un día en la ciudad tenía que tener tiempo para realizar todo lo que se había propuesto, sin perderse tampoco cualquier conversación, negocio o placer que ocasionalmente pudiera surgirle. En todo ello tenía que ayudarle K, pues había sido su tutor y estaba obligado; además le tenía que dejar dormir en su casa. K le solía llamar «el fantasma rural».
Inmediatamente después de saludarse—no tenía tiempo para seguir la invitación de K y sentarse en el sillón—, le pidió a K si podían conversar a solas.
—Es necesario—dijo, tragando con esfuerzo—, es necesario para mi tranquilidad.
K hizo salir a los empleados del despacho con instrucciones de que no dejaran pasar a nadie.
—¿Qué ha llegado a mis oídos, Josef?—exclamó el tío en cuanto se quedaron solos. A continuación, se sentó sobre la mesa y, sin verlos, puso varios papeles debajo para sentarse con más comodidad.
K no respondió: sabía lo que vendría a continuación, pero, repentinamente relajado al dejar el fatigoso trabajo, se apoderó de él una agradable lasitud, por lo que se limitó a mirar por la ventana hacia la calle de enfrente, de la que desde su sitio sólo se podía ver una pequeña esquina, la pared desnuda de una casa entre dos escaparates de tiendas.
—¡Y te dedicas a mirar por la ventana!—exclamó el tío alzando los brazos—. ¡Por amor al Cielo, Josef ¡Respóndeme! ¿Es verdad? ¿Puede ser verdad?
—Querido tío—dijo K, y salió de su ensimismamiento—, no sé qué quieres de mí.
—Josef—dijo el tío advirtiéndole—, siempre has dicho la verdad, por lo que sé. ¿Acaso tengo que tomar tus últimas palabras como un mal signo?
—Supongo lo que quieres—dijo K sumiso—. Probablemente has oído hablar de mi proceso.
Así es—respondió el tío, asintiendo con la cabeza lentamente—, he tenido noticia de tu proceso.
—¿Quién te lo ha dicho?—preguntó K.
—Ema me lo ha escrito—dijo el tío—. No tiene ningún trato contigo, por desgracia no te preocupas mucho de ella, sin embargo se ha enterado. Hoy he recibido la carta y he venido de inmediato. Por ningún otro motivo, pues me parece motivo suficiente. Te puedo leer la parte de la carta que se refiere a ti.
Sacó la carta del bolsillo.
—Aquí está. Escribe: «Hace tiempo que no veo a Josef, hace una semana estuve en el banco, pero Josef estaba tan ocupado que no me dejaron verle. Estuve esperando casi una hora, pero tuve que irme a casa porque tenía la lección de piano. Me hubiera gustado hablar con él, es posible que se presente otra oportunidad. Para mi cumpleaños me envió una gran caja de bombones de chocolate, fue muy atento y cariñoso. Se me olvidó escribíroslo, pero ahora que me preguntáis, lo recuerdo. Los bombones no duran mucho en la pensión, apenas tiene uno conciencia de que le han regalado bombones, cuando ya se han acabado. En lo que concierne a Josef os quería decir algo más. Como os he mencionado, en el banco no me dejaron entrar a verle porque en ese momento estaba tratando algo importante con un hombre. Después de esperar tranquilamente durante un buen rato, pregunté a un empleado si la reunión duraría mucho más. Él contestó que podría ser, pues probablemente tenía que ver con el proceso que se había incoado contra el gerente. Pregunté qué proceso y si no se equivocaba y me respondió que no se equivocaba, que era un proceso y, además, grave, pero que no sabía más. A él mismo le gustaría ayudar al gerente, pues le consideraba un hombre bueno y justo, pero que no sabría cómo empezar, sólo deseaba que personas influyentes lo apoyaran. Era muy probable que esto ocurriera, y todo terminaría bien, pero por ahora, como se desprendía del mal humor del señor gerente, las cosas no iban nada bien. Por supuesto, no di mucha importancia a esta información, intenté tranquilizar al sencillo empleado, le aconsejé que no hablase de ello con otros y lo tuve todo por rumores infundados. Sin embargo, tal vez fuera conveniente que tú, querido padre, le visitaras la próxima vez que vinieras, a ti te será fácil averiguar algo y, si realmente fuera necesario, podrías intervenir con algunos de tus influyentes amigos. Y si no resulta necesario, que será lo más probable, al menos le darás a tu hija la oportunidad de abrazarte, lo que le alegrará mucho».
—Una niña encantadora—dijo el tío al terminar de leer la carta y se secó algunas lágrimas que brotaban de sus ojos.
K asintió. A causa de todos los problemas que había tenido en los últimos tiempos, había olvidado por completo a Ema, incluso se había olvidado de su cumpleaños y la historia de los bombones había sido sólo una fábula para protegerle frente a sus tíos. Era algo enternecedor, y ni siquiera se lo podría pagar con las entradas para el teatro que, a partir de ahora, pensaba enviarle con regularidad, pero no se sentía con fuerzas para visitarla en la pensión, ni tampoco para sostener una conversación con una niña de diecisiete años que aún acudía al instituto.
—Y ¿qué dices tú ahora?—preguntó el tío, que daba la impresión de haberlo olvidado todo debido a su excitación y parecía leer la carta de nuevo.
—Sí, tío—dijo K—, es verdad.
—¿Es verdad?—exclamó el tío—. ¿Qué es verdad? ¿Cómo puede ser verdad? ¿Qué tipo de proceso? ¿No será un proceso penal?
—Un proceso penal—respondió K.
—¿Y estás aquí sentado tan tranquilo mientras tienes un proceso penal al cuello?—gritó el tío, que iba elevando cada vez más el tono de voz.
—Cuanto más tranquilo esté, mejor para el desenlace—dijo K cansado—. No temas nada.
—¡Eso no me puede tranquilizar!—gritó el tío—. Josef, querido Josef, piensa en ti, en tus parientes, en nuestro buen nombre. Hasta ahora has sido nuestro orgullo, no puedes convertirte en nuestra vergüenza. Tu actitud—y miró a K con la cabeza ligeramente inclinada—, tu actitud no me gusta, así no se comporta ningún acusado inocente que aún posee fuerzas. Dime en seguida de qué se trata para que pueda ayudarte. ¿Acaso se trata del banco?
—No—dijo K, y se levantó—. Hablas demasiado alto, querido tío, el empleado está seguramente detrás de la puerta y oye todo lo que decimos. Esto es muy desagradable para mí. Es mejor que nos vayamos. Contestaré a todas tus preguntas lo mejor que pueda. Sé muy bien que soy responsable ante la familia.
—Exacto—exclamó el tío—, exacto, date prisa, Josef, date prisa.—Aún tengo que dar unos encargos—dijo K, y llamó por teléfono a su sustituto, que entró poco después. El tío, en su excitación, señaló con la mano a K para indicar que éste era el que le había llamado, de lo que naturalmente no había ninguna duda. K, que permanecía detrás del escritorio, aclaró en voz baja a su sustituto, un hombre joven, que, sin embargo, escuchaba con seriedad, todo lo que tenía que hacer en su ausencia, mostrándole distintos escritos. El tío molestaba al permanecer allí de pie, con los ojos muy abiertos y mordiéndose los labios; aunque en realidad no escuchaba, la impresión de que lo hacía era muy incómoda. Luego comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación, deteniéndose un rato ante la ventana o ante un cuadro y pronunciando expresiones como: «Me es completamente incomprensible» o «ahora dime adónde va a ir a parar todo esto». El hombre joven hacía como si no notase nada, escuchó tranquilamente las instrucciones de K, anotó algunas cosas y salió, después de haber realizado una ligera inclinación ante K, así como ante el tío, que, sin embargo, le volvió la espalda, miró por la ventana y cerró los visillos. Apenas se había cerrado la puerta, el tío exclamó:
—Al fin se ha ido ese pelele, ahora podemos irnos. ¡Ya era hora!
Por desgracia, no hubo ningún medio para que el tío dejase las preguntas sobre el proceso cuando pasaban por el vestíbulo del banco, donde se encontraban algunos funcionarios, entre ellos el subdirector.
—Bien, Josef—comenzó el tío, mientras saludaba con inclinaciones de cabeza a los presentes—, dime ahora abiertamente qué tipo de proceso es.
K hizo algunos gestos para que no dijera nada, sonrió un poco y sólo cuando llegaron a la escalinata explicó al tío que no había querido hablar ante la gente.
—Has hecho bien—dijo el tío—, pero ahora habla.
Escuchó con la cabeza inclinada, fumando un cigarrillo con nerviosismo.
Ante todo, tío, no se trata de un proceso ante un tribunal ordinario.
—Malo—dijo el tío.
—¿Qué?—dijo K, y miró al tío.
—Eso es malo, según creo—repitió el tío.
Estaban al comienzo de la escalinata que conducía a la calle. Como el portero parecía escuchar, K se llevó al tío hacia abajo. El animado tráfico de la calle los acogió. El tío, que se había asido del brazo de K, ya no quiso hablar con tanta urgencia sobre el proceso, incluso anduvieron un rato en silencio.
—Pero, ¿cómo ha podido ocurrir?—preguntó finalmente el tío, y se detuvo tan súbitamente que los que venían detrás le tuvieron que esquivar asustados—. Esas cosas no surgen así, de repente, se van preparando con mucho tiempo de antelación, ha tenido que haber signos. ¿Por qué no me has escrito? Ya sabes que hago todo lo que puedo por ti, en cierta medida sigo siendo tu tutor, y hasta hoy he estado orgulloso de serlo. Por supuesto que seguiré ayudándote, aunque ahora que el proceso está en marcha, será muy difícil. Lo mejor sería que te tomaras unas pequeñas vacaciones y te vinieras con nosotros al campo. Estás un poco delgado, ahora lo noto. En el campo recuperarás las fuerzas, eso será bueno, pues te esperan grandes esfuerzos. Además, así eludirás al tribunal. Aquí disponen de todos los medios coercitivos y los pueden aplicar automáticamente. En el campo tienen que delegar en un órgano o intentar influir sobre ti por correspondencia, telégrafo o teléfono. Eso debilita, naturalmente, los efectos. Aunque no te libera, al menos te da un respiro.
—Me pueden prohibir salir de la ciudad—dijo K, que parecía entrar algo en el proceso mental del tío.
—No creo que lo hagan—dijo el tío pensativo—, con tu partida no sufren una pérdida excesiva de poder.
—Yo pensaba—dijo K, y tomó a su tío del brazo para impedirle que se detuviera—que le darías menos importancia que yo, y ahora compruebo que tú mismo lo tomas como algo muy serio.
Josef—exclamó el tío, e intentó desasirse para detenerse, pero K no le dejó—, estás cambiado, siempre has tenido una gran inteligencia, ¿y precisamente ahora no la empleas? ¿Acaso quieres perder el proceso? ¿Sabes lo que eso significa? Eso significa que te suprimirán, y a todos tus parientes contigo o, al menos, quedarán humillados, a la altura del suelo. Josef, concéntrate. Tu indiferencia me desespera. Al verte así se puede creer el refrán: «Proceso incoado, proceso perdido».
—Querido tío—dijo K—, es inútil excitarse. Excitándose no se ganan los procesos. Deja que me guíe también por mis experiencias, del mismo modo en que respeto las tuyas, por más que algunas veces me asombren. Como dices que también la familia quedará afectada—lo que no puedo entender, pero es un asunto secundario—, seguiré tus consejos. Pero no considero una estancia en el campo como algo ventajoso, pues significaría reconocer mi culpa y podría entenderse como una huida. Además, aquí, es cierto, me pueden perseguir mejor pero también puedo actuar e influir en el asunto.
—Cierto—dijo el tío en un tono reconciliador—, sólo te hice esa proposición porque veía que peligraba todo el asunto con tu indiferencia y me parecía que la única salida viable era tomarlo todo en mis manos. Pero si quieres llevar tú mismo el asunto y con todas tus fuerzas, será desde luego mucho mejor.
—Entonces estamos de acuerdo—dijo K—. ¿Tienes algún consejo sobre lo que podría hacer?
—Aún tengo que meditar algo sobre el asunto—dijo el tío—. Como sabes, vivo ininterrumpidamente en el campo desde hace veinte años y así se pierde el instinto para estas cosas. Mis contactos con gente importante, que tal vez conozcan mejor estos asuntos, se han debilitado con el tiempo. En el campo estoy algo solo. Precisamente uno lo nota cuando se producen este tipo de incidentes. Además, todo esto ha sido inesperado, por más que después de la carta de Ema sospechase algo, que se convirtió en certeza nada más verte. Pero eso no tiene importancia, lo más importante es no perder el tiempo.
Mientras hablaba había hecho señas a un taxi, poniéndose de puntillas, y cuando éste paró, subió, le dijo una dirección al conductor e introdujo a K en el interior.
—Vamos a hacer una visita al abogado Huld—dijo el tío—, fuimos compañeros de colegio. ¿Conoces el nombre? ¿No? Es muy extraño. Tiene gran fama como defensor y abogado de los pobres. Yo tengo mucha confianza en él como persona.
—Me parece bien todo lo que emprendas—dijo K, aunque la manera precipitada de actuar del tío le causara cierto malestar. No era muy agradable visitar a un abogado para pobres siendo un acusado.
—No sabía—dijo—que en un asunto así se podía consultar a un abogado.
—Pues claro, naturalmente, ¿por qué no? Y ahora cuéntamelo todo para que esté bien informado de lo que ha ocurrido.
K se lo comenzó a contar, sin silenciar nada. Su completa sinceridad fue la única protesta que se pudo permitir contra la opinión del tío de que el proceso era una gran vergüenza. El nombre de la señorita Bürstner lo mencionó sólo una vez y de pasada, pero eso no influyó en la sinceridad de su exposición, pues ella no tenía ninguna relación con el proceso. Mientras hablaba, miraba por la ventanilla y observaba cómo se acercaban a los suburbios en los que se hallaban las oficinas del juzgado. Se lo dijo a su tío, pero éste no creyó que la coincidencia fuese digna de ser tenida en cuenta. El coche se detuvo ante una casa oscura. El tío llamó a la primera puerta de la planta baja. Mientras esperaban, sonrió, hizo rechinar sus grandes dientes y musitó:
—Las ocho, una hora inusual para recibir a los clientes. Huld no me lo tomará a mal.
En la mirilla de la puerta aparecieron dos grandes ojos negros, que contemplaron durante un rato a los huéspedes y desaparecieron. La puerta permaneció cerrada. El tío y K se confirmaron mutuamente haber visto los dos ojos.
—Una criada nueva que tiene miedo a los extraños—dijo el tío y llamó otra vez. Volvieron a aparecer los ojos, parecían tristes, pero podía ser una ilusión producida por la llama de gas que ardía por encima de sus cabezas y que apenas alumbraba.
—¡Abra!—gritó el tío golpeando la puerta con el puño—, somos amigos del señor abogado.
—El señor abogado está enfermo—susurró alguien a sus espaldas. En una puerta al otro lado del pasillo había un hombre en bata que era el que se había dirigido a ellos con voz tan baja. El tío, que ya estaba enfurecido por la espera, se dio la vuelta bruscamente y gritó:



