Una visión práctica del sistema religioso predominante entre los cristianos profesos de las clases medias y altas en este país, contrastado con el cristianismo real · William Wilberforce
Introducción
Capítulo 1 de 16 · 4 min de lectura
¡Qué encantadora es la FILOSOFÍA DIVINA! No es áspera ni enrevesada, como suponen los necios aburridos, sino musical como el laúd de Apolo, y un perpetuo banquete de dulzuras néctaradas, donde no reina la indigestión cruda. MILTON.
Durante varios años, el autor de las siguientes páginas ha deseado fervientemente dirigirse a sus compatriotas sobre el importante tema de la Religión; pero las diversas obligaciones de su cargo público y una constitución incapaz de soportar mucho trabajo han obstaculizado la realización de su propósito. Durante mucho tiempo ha esperado la llegada de algún periodo libre en el que pudiera dedicar todo su tiempo y atención a este interesante servicio, sin la interrupción de otros asuntos; y ha deseado aún más esta oportunidad de reflexión madura y sin distracciones, por el deseo de que lo que pudiera enviar al mundo resultara así menos indigno de la atención pública. Mientras tanto, la vida se va agotando y cada día está más convencido de que podría esperar en vano ese momento de completa libertad. Por lo tanto, debe aprovechar los intervalos ocasionales de ocio que se le presenten en el curso de una vida ocupada, y confiar en la indulgencia del lector para que le perdone aquellas imperfecciones que la oportunidad de una atención más madura y sin distracciones le habría permitido descubrir y corregir.
Pero la excusa aquí sugerida no pretende en absoluto ser una justificación para las opiniones que exprese, si resultan equivocadas. En este caso, si está en un error, es sin embargo un error deliberado. En verdad se consideraría imperdonable si se atreviera a presentar sus primeras ideas al público sobre una cuestión de tal importancia; y puede declarar sinceramente que lo que ofrecerá será el resultado de mucha lectura, observación e investigación, y de una larga, seria y repetida consideración.
No es improbable que se le acuse de desviarse de su línea adecuada y de entrometerse impertinentemente en los asuntos de una profesión a la que no pertenece. Sin embargo, si fuera necesario defenderse de este cargo, podría ampararse en la autoridad de muchos ejemplos sumamente respetables. Pero, sin duda, ante tal acusación puede bastar con responder que es deber de todo hombre promover la felicidad de sus semejantes hasta el máximo de sus posibilidades; y que quien crea ver a muchos a su alrededor, a quienes estima y ama, sufriendo por un error fatal, debe tener un corazón frío o una noción muy limitada de la benevolencia si pudiera abstenerse de intentar corregirlos, solo por temor a ser acusado de salirse de su camino y exponerse así a la imputación de entrometido.
Pero también podría alegar como justificación plena, no solo que la Religión es asunto de todos, sino que su avance o declive en cualquier país está tan íntimamente ligado a los intereses temporales de la sociedad, que la convierte en una preocupación particular de un hombre político; y que lo que se atreva a ofrecer sobre el tema de la Religión tal vez sea leído con menos recelo y mayor sinceridad, precisamente por haber sido escrito por un laico, lo que al menos excluye la idea (idea que a veces se sugiere de manera poco generosa para restar valor a las obras de los eclesiásticos) de que está motivado por intereses personales o prejuicios profesionales.
Pero si la disculpa del autor no se encuentra en la propia obra y en el motivo declarado para emprenderla, en vano intentaría satisfacer a sus lectores con cualquier excusa que pudiera dar; por lo tanto, sin más preámbulos, procederá a exponer y ejecutar su propósito.
El objetivo principal que tiene en mente no es convencer al escéptico ni responder a los argumentos de quienes se oponen abiertamente a las doctrinas fundamentales de nuestra Religión, sino señalar el sistema escaso y erróneo de la mayoría de quienes pertenecen a la clase de cristianos ortodoxos, y contrastar su esquema defectuoso con una representación de lo que el autor considera el cristianismo real. Muchas veces le ha causado profunda preocupación observar en este tipo de personas apenas algún conocimiento claro de la verdadera naturaleza y principios de la religión que profesan. El tema es de importancia infinita; no permitamos que sea desplazado de nuestra mente por el bullicio o las distracciones de la vida. Esta escena presente, con todas sus preocupaciones y alegrías, pronto pasará, y "debemos comparecer ante el tribunal de Cristo". Esta consideración solemne impulsará al autor a expresarse con mayor libertad de la que de otro modo estaría dispuesto a usar. Confía también en que esta consideración justificará su franqueza y le asegurará una lectura seria y paciente. Pero sería abusar de la indulgencia del lector detenerlo con observaciones introductorias. Solo resta advertir que, si lo que se exponga pareciera a alguien innecesariamente severo y rígido, el autor reclama el derecho a no ser condenado sin antes investigar con justicia si sus afirmaciones concuerdan o no con el lenguaje de las Sagradas Escrituras. A esa prueba remite con confianza; y debe concederse por quienes admiten la autoridad de la Escritura (a quienes únicamente se dirige) que de la decisión de la palabra de Dios no puede haber apelación.
CAP. III. Principales defectos del sistema religioso de la mayoría de los cristianos profesos, en lo que respecta a nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo—con una disertación sobre el uso de las pasiones en la religión. 43
CAP. V. Sobre la excelencia del cristianismo en ciertos aspectos importantes. Argumento que de ello resulta en prueba de su origen divino. 252
CAP. VI. Breve investigación sobre el estado actual del cristianismo en este país, con algunas de las causas que han conducido a sus circunstancias críticas. Su importancia para nosotros como comunidad política, y sugerencias prácticas que se derivan de las consideraciones anteriores. 262



