El arte de amar · Ovid

Part 1

Capítulo 1 de 7 · 15 min de lectura

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EL ARTE DE AMAR.

EL TRADUCTOR

De Ovidio y de sus obras han escrito otras plumas más bien cortadas que la mía; y así fuera temeridad querer añadir, o superfluidad copiar a los eruditos que emprendieron aquel trabajo. Demás de que los comentarios y rapsodias no son ya del gusto de nuestro siglo; en el cual, como en todos, el que aspira a instruirse con solidez es necesario que recurra a las fuentes, sin contentarse con vagas repeticiones, y noticias tal vez corrompidas.

Pero yo traduzco un poema de Ovidio, que ha de andar en manos de todos, y entre mis lectores habrá muchos que no han oído siquiera su nombre; y otros que apenas tienen idea superficial de él y de sus poesías. Y he aquí por qué no puedo pasar del todo en silencio algunas circunstancias de este meritísimo autor.

P. Ovidio Nasón, caballero romano, nació en Sulmona, ciudad del Abruzo, cuarenta y tres años antes de la era vulgar, el mismo día en que fue muerto el elocuente Cicerón. En Roma, a donde fue llevado de corta edad, se dio a las letras bajo la dirección de Plocio Gripo; y mostrando agudo ingenio, a los dieciséis años le enviaron a Atenas, donde estudió las ciencias, y se perfeccionó en la lengua griega. Las escuelas atenienses eran por entonces frecuentadas de la juventud romana, y apenas habrá autor latino de nota que no se formase en ellas. Quiso su padre obligarle a seguir la carrera del foro, y en efecto por obedecerle la siguió algún tiempo, hasta que muerto su padre, la abandonó por las deliciosas musas, arte a que le llamaba la innata inclinación. Tuvo también por maestros en la filosofía a Porcio Latrón, en la retórica a Marcelo Fusco, y en la gramática a Julio Grecino, profesores que entonces se llevaban el aplauso en Roma.

Fue bueno e ingenioso orador, afluente y patético poeta, que engrandecía y animaba cuantos asuntos encomendaba a su pluma; bien que las demasiadas flores con que exornó sus versos, prodigadas con facilidad por su ardiente y fecunda imaginación, le apartaron algún tanto de la noble y sencilla majestad del arte. Dicen que tenía tanto amor propio, que no solo desconocía, sino que amaba sus defectos, negándose a corregirlos, aun cuando sus amigos se los advirtiesen. ¡Debilidad humana, de que no se eximen los mayores hombres!

Gozó en Roma de los honores y beneficios con que Augusto acostumbraba remunerar a los grandes talentos, y hubiera acaso llegado a mayor fortuna que otros poetas sus contemporáneos; pero la desgracia, que al hombre le es dado pocas veces evitar, le proporcionó los amores de Julia, hija de Tiberio, a quien escribió algunas epístolas amatorias, las cuales miró Augusto como delito de lesa majestad, y las mandó quemar, desterrando a Ovidio a la villa de Tomos en el Ponto Euxino. Allí murió a la edad de cerca de sesenta años, sin haber podido alcanzar el regreso al seno de su familia, y a su amada patria.

Entre sus copiosas producciones merecen lugar las poesías galantes, en las cuales imitó a los griegos, aficionadísimos a composiciones licenciosas, como se puede ver en Safo, Anacreonte y otros varios. Cuando apareció su Arte de amar, debió causar mucho ruido en aquella capital del orbe conocido, porque aunque la corrupción de costumbres, necesario efecto de las riquezas y del lujo, había ya llegado a su colmo, duraban todavía ciertos usos y leyes, sombra de la antigua austeridad republicana, que en la apariencia condenaban toda relajación y desorden; y sería ciertamente cosa extraña ver un poema preceptivo, que enseñaba la práctica de la misma corrupción, y que si tal vez no era capaz de introducirla, por lo menos suponía y hacía pública la que interiormente contagiaba a Roma, y era indicio de su decadencia. Lo cierto es que Augusto le halló tan eficaz, que le llamaba arte de cometer adulterios: juicio que, según unos, fue la verdadera causa del destierro del autor, y según otros, solo el pretexto para castigarle por agravios privados. Pero sea de esto lo que fuere, se ve que Ovidio fue castigado por culpas amorosas, a que seguramente le arrastraba su natural propensión.

Este Arte de Amar, que en nuestro español sin impropiedad podríamos llamar también arte de enamorar, y arte de cortejar, está dividido en tres libros. En el primero se enseñan dos cosas: los lugares donde se habían de buscar las mujeres que se quisiesen amar, y el modo de propiciar y poseer su corazón. En el segundo se dan preceptos para que el amor sea duradero. Y en el tercero, hablando con las mujeres, les dicta también reglas para amar y competir con los hombres. De modo que, según su plan, forma de la pasión amorosa una guerra entre hombres y mujeres: idea a la verdad muy propia y sublime, tomada ingeniosamente de la naturaleza y de las preocupaciones de los dos sexos.

Tiene este poema todas las cualidades de didascálico: brillan en él los principios, la invención y el orden en cuanto al arte; y en cuanto a la locución, la belleza, la elegancia, la armonía, el laconismo y pureza de la lengua latina. Sus episodios, aunque parte accesoria, tienen tal mérito, no solo por su enlace, sino por su delicadeza y hermosura, que en mi concepto exceden al cuerpo de la obra. ¡Ah, si me hubiese sido dado conservar en la traducción toda la belleza del original para confusión de los presuntuosos modernos, que creen igualar a los padres del buen gusto desdeñando su estudio y aun su lengua! ¿Y quién podrá alabar dignamente la filosofía con que Ovidio trata la pasión de amor, aquella filosofía conveniente a la poesía, de que los modernos nos dan tan escasos ejemplos, y que los antiguos poseían y sabían emplear con tanto magisterio?

Ovidio usa en esta composición de versos elegíacos, que por carácter son sencillos, tiernos y sentenciosos. Yo he procurado ceñirme al carácter del original: he procurado vestir el latín de castellano, y no este de latín: he procurado conservar en la prosa el sabor poético, el tono elevado y metafórico del original: empresa harto inaccesible a mis débiles fuerzas.

Tal vez no se verá en la traducción toda la gracia poética del original, porque esta consiste por la mayor parte en la sonoridad métrica, en transposiciones, conjunciones, repeticiones, voces tal vez sin equivalente, en transiciones, en alusiones peculiares de tiempos y costumbres, o en fin, en alguna de aquellas circunstancias que ni se pueden conservar, ni tendrían mérito en las lenguas vivas; o que conservadas, no serían en opinión de los juiciosos más que ripio y pedantería. La diferencia de lenguas es regla fundamental, y por eso son sin duda tan viciosas las traducciones servilmente literales, como las excesivamente libres. Por otra parte el original latino no es de aquellas composiciones en que se debe ostentar y sostener todo el estilo poético; al contrario, perteneciendo al género didascálico, está forzado a imitar la naturalidad prosaica para hacer claros los preceptos, reservando para los episodios mayor pompa, sublimidad y riqueza. Pues véase también como esta parte episódica resalta más en la traducción; allí hallarán con que contentarse los que solo tienen por poesía el estilo altisonante, y no la invención, variedad, propiedad y fluidez.

Estoy persuadido de que la presente traducción excede a algunas extranjeras que he visto, y aun a la única castellana en verso que se imprimió, y se ha hecho ya tan rara, que son más raros los que saben que la hay; porque ninguna conviene con el original, como debe. La redundancia, la inexactitud, el mal lenguaje y la arbitrariedad son sus principales defectos: en una palabra, las reglas de traducir se hallan quebrantadas en ellas abiertamente. Basta: mi ánimo no es criticar, sino presentar al juicio del público lo que he podido adelantar sobre los que me precedieron.

La he llamado Arte amatorio, que es su verdadero título, según los más antiguos manuscritos que existen de este poema, y la autoridad de varios escritores que hablaron de él, y le citan.

Aún no tenemos un ejemplar correcto de las obras de Ovidio: todos los códices estan llenos de errores y variantes, que ponen en perplejidad a los más peritos en la lengua latina, y a los que trabajaron en purificar su texto y conciliarlo, estudiando el estilo del autor, y confrontando unos pasajes con otros análogos, y aun con los de algunos escritores que coinciden en los mismos pensamientos. Por esta razón me vi casi precisado muchas veces a adivinar el sentido genuino, o interpretarlo, y aun por esto mismo dejarlo acaso imperfecto, cediendo a la necesidad de leer como se halla escrito, y de conformarme con la puntuación prosódica y ortográfica. Sigo la edición de Leyden, que pasa por la más ilustrada y correcta, confesando que a sus notas he debido mucha luz para entender lugares en que sin tal guía iría a ciegas, y en que, aun con ella, no me prometo entero acierto.

EL ARTE DE AMAR.

LIBRO PRIMERO.

Si algún romano ignora el arte de amar, lea mis versos, y enseñado con su lectura, ame. Por el arte se guía la ligera nao con vela y remos: por el arte se rigen los voladores carros, y por el arte ha de ser regido el amor. Automedonte era diestro en carros y caballos, y Tifis era piloto de la nave argonáutica; empero a mí me designó Venus maestro del tierno amor; Tifis y Automedonte del amor me llamará la gente.

Es sin duda fiero el amor, y me contrasta muchas veces; mas es niño, de blanda edad, y dispuesto a tornarse dócil. Quirón perfeccionó al muchacho Aquiles con los sonidos de la cítara, amansando con la armoniosa arte la fiereza de su ánimo. Quien tantas veces puso grima a compañeros y enemigos, temía delante del añoso viejo, y presentaba obediente al castigo de este ayo las manos que habían de aterrar a Héctor. Quirón es preceptor de Aquiles, yo del amor. Uno y otro muchacho son duros, uno y otro prole de diosa; mas el toro sujeta la cerviz al peso del arado, y los briosos alazanes tascan el freno. Así el amor cederá a mi voluntad; aunque vibre contra mí sus flechas, y abrase mi pecho con sus teas. Cuanto más cruelmente me hirió, y con más violencia me atormentó, tanto mejor vengaré mis heridas.

No mentiré, ¡oh Apolo!, diciendo que tú me inspiraste esta arte, o que la sé por el canto de las volantes aves; ni que se me aparecieron Clío y sus hermanas, como al que guardaba rebaños en los valles de Ascra. La práctica es la que dicta esta obra: creed pues al experto poeta. Cantaré preceptos verdaderos: favorece mis designios, madre de amor. No enseñarán mis versos delito alguno, solo sí de amor los hurtos permitidos. Huid sin embargo, vírgenes delicadas, dechado de pudor, y las que ocultáis los pies con talares vestiduras.

Las matronas.

Los que ahora os alistáis por primera vez en las nuevas banderas, trabajad en hallar ante todas cosas el objeto que queráis amar: luego en conquistar el corazón de la que os agrade; y últimamente, en que su amor sea de larga duración. Este es el método: este campo recorrerá mi carro, este límite rozarán sus ruedas.

Mientras podéis, y sin ligaduras andáis por todas partes, escoged una muchacha a quien diréis: Tú eres la única que me agrada. Esta no descenderá para vosotros de las diáfanas regiones, buscareisla adrede con vuestros ojos. El cazador sabe donde ha de tender lazos a los ciervos: sabe en que valle tiene su madriguera el rugiente jabalí: al pajarero sonle conocidos los árboles donde posan los pájaros, y el que echa las redes conoce cuáles aguas abundan de peces.

Así los que buscan objeto de permanente amor aprendan desde luego qué parajes frecuentan las mujeres. No será para esto necesario emprender dilatados viajes, ni atravesar mares procelosos; bien que Perseo haya traído a Andrómeda de los indios atezados, y el troyano Paris haya venido a robar la griega Elena. Roma os ofrecerá tales y tantas lindas mozas como pueblan, según decimos, lo demás del mundo. Y no es tan fértil en granos la campiña de Gárgaro, ni en uvas Metimna, ni surcan el mar más peces, ni oculta más aves la frondosidad de los árboles, ni esmaltan el cielo tantas estrellas como muchachas tiene Roma. Venus reside en la ciudad de su hijo Eneas.

Los que se inclinan a las que aún están en sus primeros e imperfectos años, las hallarán verdaderamente niñas. A los que gustan de jóvenes, no les faltarán tantas placenteras jóvenes, que pondrán perplejidad en su deseo. Pero los que por casualidad sean llevados por las de edad adulta y más cuerda, créanme que esta turba será copiosísima.

Paseaos vagarosos en los ardientes días del estío a sombra del pórtico de Pompeyo o en el que a la munificencia del hijo añadió su munificencia la madre, suntuoso edificio de peregrinos mármoles. Id al pórtico adornado con cuadros de la antigüedad, que por el nombre de su fundadora es llamado de Livia: y al en que están pintadas las Danaides, que osaron fraguar muerte a los míseros primos, desposados con ellas, y su cruel padre está en pie con la espada desnuda. Tampoco evitéis el templo de Adonis llorado de Venus: ni los sacrificios celebrados al séptimo día por el judaico Siro: ni olvidéis el de la menfítica Isis con vestimenta de lino, que a muchas hizo lo que ella fue con Júpiter.

Isis o Ío tuvo torpes amores con Júpiter: Juno la perseguía por celos, y para librarla de su indignación, la convirtió Júpiter en vaca, y en esta figura huyó al Egipto.

El foro, ¿quién lo creería?, es a propósito para casos amorosos: en el sutil foro se halla muchas veces la llama del amor. La fuente Apia, dominada por el adyacente templo de Venus construido con mármol, hiende el aire con saltantes aguas. Allí con frecuencia el causídico se deja coger del amor, y él que defiende a otros no se defiende a sí mismo. Allí con frecuencia faltan palabras al más elocuente, nuevos negocios le ocupan, y así solo trata de la propia causa. El que poco ha era patrono, ahora desea ser cliente. De este ríe Venus desde el templo cercano.

Pero cazad principalmente en los públicos teatros, sitios más favorables a vuestros designios. Aquí hallaréis amor y entretenimiento: las que queráis disfrutar una vez, las que escojáis para poseerlas. A la manera que las hormigas en numeroso escuadrón van y vuelven sin cesar, cargadas de granos para su sustento, o como las abejas revuelan por los amenos y olorosos sotos, buscando el tomillo y las flores, así concurren las mujeres ataviadísimas a los juegos solemnes. Su afluencia algunas veces fue embarazo a mi elección. Vienen a ver, y vienen a ser vistas. Es peligroso este lugar para el casto pudor.

Tú, ¡oh Rómulo!, instituiste el primero espectáculos perturbados por el amor, cuando la robada sabina deleitó a tus vacantes ciudadanos. Entonces los teatros no estaban decorados de mármoles y colgaduras, ni competían en la escena los vistosos colores. No había artificio, y la escena se adornaba simplemente con enramadas de verde hojarasca que producía el nemoroso Palatino. El pueblo se sentaba en gradas hechas de césped, llevando coronadas con hojas verdes sus desgreñadas cabelleras. Miraban los romanos a las sabinas, reparando cada uno en la que era de su gusto, y revolviendo en el silencio de su pecho muchos deseos. Cuando el flautista etrusco tocaba un rudo tono, bailando el histrión a su compás, en medio de los aplausos (que entonces el aplauso era desordenado) dio el rey al pueblo la esperada señal para el robo. Desertando repentinamente sus puestos, y publicando con algazara su resolución, pusieron en las doncellas las concupiscentes manos. Como la timidísima banda de palomas huye del águila, como la corderita huye de los voraces lobos, así temieron a los varones que tumultuariamente se precipitaban sobre ellas. Ninguna hubo que no mudase de color: porque el temor era uno; pero no uno el efecto del temor. Unas se arrancan los cabellos: otras quedan atónitas: estas callan tristes: aquellas llaman en vano a su madre. Unas se lamentan: otras yacen estúpidas: aquellas permanecen: estas escapan. Si alguna se oponía tercamente y rehusaba al raptor comedido, este con libidinoso ardor la llevaba en sus brazos. ¿Por qué con lágrimas, la decía, estragas tus lindos ojos? Yo seré para ti lo que tu padre es para tu madre. ¡Oh Rómulo! Tú solo supiste hacer felices a los soldados. Si a mí me cupiese igual suerte, sería soldado. De aquí viene que los grandiosos teatros están aún hoy llenos de asechanzas contra las hermosas.

Ni dejéis de asistir al certamen de los nobles caballos, pues el circo proporciona oportunidades entre sus inmensos concurrentes. Allí no se necesita explicar por señas los pensamientos, ni se han de notar vuestras acciones. Sentaos cerca de la dama, no estorbándolo alguno; juntad cuanto podáis vuestro lado al suyo: y tocadla mal de su grado, como que os constriñe la disposición del lugar.

Escogitad entonces motivo de familiar conversación, y desplieguen vuestros labios las cosas generales. Preguntadla con estudio cuyos son los caballos que veis en la liza, y haced sin detención votos por aquel, cualquiera que sea, a quien favoreciere con los suyos. Llegará el carro en que los ebúrneos simulacros de los dioses son llevados con pompa; aplaudid con respetuosa mano a Venus, como a señora.

Si en el regazo de la muchacha cayere tal vez polvo, sacudidlo con los dedos, y sacudidlo también, aun cuando no lo hubiere. Tomad cualquier pretexto para ser oficioso. Si el manto muy caído le arrastrare por el suelo, levantadlo, y limpiadle con prontitud la inmundicia. Por premio de esta urbanidad, se presentarán a vuestra vista y tolerándolo ella, le veréis sus piernas. Cuidad además de que los que estuvieren detrás sentados no opriman con opuesta rodilla sus delicadas espaldas.

Las frivolidades atraen a los ánimos livianos: a muchos les fue útil mullir con maña una almohada para hacer más blando asiento a la muchacha: les fue útil mover con ligero soplo el abanico, y formar cómodo apoyo para sus pies. Estos medios facilita el circo al amor naciente, y la triste arena esparcida por el inquieto anfiteatro. El vendado rapaz combate muchas veces en aquella liza, y los que miran las heridas de los atletas tienen no menos heridas. Mientras hablan y se divierten, y apuestan sobre quién será vencedor, suspiran llagados, sintiendo las volátiles flechas: contribuyen en parte a variar el espectáculo.

Eran hechos de maderas muy delgadas, y mayores que los de ahora, como que no servían para adorno, sino para comodidad.

¿Y qué no sucedería si César ordenase representar ahora la batalla naval en que fue echada a pique la pérfida escuadra de los griegos? A este espectáculo vinieran de los dos mares jóvenes y muchachas, y la ciudad parecería un gran mundo. ¿Quién en tal muchedumbre no hallaría a quien amar? ¡Ah, cuántos fueran aquejados de amor extranjero!

Alude a la batalla naval de Accio bien conocida en la historia.

Ya César va a añadir al orbe sojuzgado el resto de no domadas naciones, y los extremos de oriente extenderán ahora el imperio. ¡Partos, seréis castigados! ¡Alegraos, soldados de Craso, que ya seréis sepultados! Y vosotras, enseñas romanas, ultrajadas por manos bárbaras, tendréis un vengador que en sus primeros ejercicios probó ser consumado capitán. Siendo joven manda la guerra como hábil veterano. Perdonad, natalicios, pues no se cuenta la edad de los dioses. La virtud es prematura en los Césares. Su genio celestial se levanta más veloz que sus armas, y lleva con despecho los daños de la cobarde tardanza. Niño era, y con sus manos despedazó Hércules dos serpientes, mostrándose desde la cuna digno de Júpiter. ¡Y cuán grande fuiste tú, Baco, siendo aún mancebo, cuando la vencida India dobló el cuello a tus tirsos! Joven excelso, pelearás con el valor y auspicios de tu padre, y vencerás con el valor y auspicios de tu padre. Haz el aprendizaje a la sombra de tan grande nombre; y así como ahora eres príncipe de la juventud, lo serás algún día de los ancianos. Tienes hermanos; venga la injuria de tus hermanos. Tienes padre; defiende los derechos de tu padre. Te ceñirá las armas tu padre, el padre de la patria, pues el enemigo se apoderó sin su licencia de las tierras del Imperio. Tú disparas justos dardos, y él malvadas saetas, y estarán así a favor de sus estandartes el derecho y la piedad. Son vencidos los partos en la causa, sean vencidos en las armas. Traiga mi capitán al Lacio las riquezas del reino de la aurora. Padre Marte, padre César, auxiliadle en su jornada, ya que uno de vosotros es dios, y el otro llegará a serlo. Vaticino ya: vencerás, dedicaré votivos himnos, y cantaré tus hazañas con heroica trompa. Haciendo alto, exhortarás con mis palabras a las huestes. ¡Oh! ¡Correspondan mis razones a tu valor! Diré la fuga de los partos, y el esfuerzo de los romanos, y los dardos que lanza el enemigo desde sus vueltos caballos. Parto, que huyes para vencer, ¿que dejas al vencido? Parto, tus armas tienen ya un funesto presagio. ¿Llegará pues aquel día en que tú, el más bizarro de los príncipes, entres triunfante en un dorado carro, tirado por cuatro blancos caballos? Irán delante los caudillos, atados los cuellos con cadenas, y no podrán, como antes, salvarse en la fuga.