El arte de amar · Ovid
Part 7
Capítulo 7 de 7 · 9 min de lectura
Alimenta mal un largo amor lo que se da fácilmente. Mezclad alguna rara repulsa con los deleitosos juegos. Tenedle a la puerta: quéjese allí de vuestro rigor, diciendo humilde muchas cosas, y muchas amenazando. Fastidiados de los dulces manjares despertemos el apetito con agrios jugos. Naufraga a veces el bajel oprimido con excesiva calma. He aquí lo que impide a las casadas ser amadas, es que los maridos se juntan a su albedrío con ellas. Si les cerraran la puerta, y el portero les dijese broncamente: no se puede entrar; la exclusión renovaría también en ellos el amor.
Poned ya los cuchillos botos, y pelead con otros más agudos aunque yo deba ser herido con mis propias saetas. Que el nuevo amante, caído en vuestros lazos, se crea solo señor de vuestro cariño; mas luego después haced que teme un rival, y sospeche partida la posesión del lecho. Si no usáis de estas estratagemas, envejecerá su amor. Corre mejor el vigoroso caballo, cuando, abierta la barrera, tiene caballos que preceder y que seguir. Por apagado que esté el fuego, le reanima la injuria. Aquí estoy yo (lo confieso) que no amo sino con este aguijón. Sin embargo no sea muy manifiesta la causa de sus penas, y quede a su inquietud algo que imaginar y temer de más de lo que sabe.
Excitadle con la fingida vigilancia del mentido siervo, y con el cuidado en extremo molesto del riguroso marido. Es de menos quilates el deleite que se goza sin obstáculo. Aunque estéis en más libertad que la cortesana Tais, aparentad sobresaltos. Aun cuando sea más fácil por la puerta, admitidle por la ventana fingiendo en el semblante muestras de temor. La astuta sierva échese fuera diciendo, somos perdidas: vosotras meted en algún escondrijo al asustado galán. Disfrute empero sin sobresalto a Venus, temiendo no le parezcan demasiado penosas unas noches sin cesar inquietadas.
Pasaba por alto el modo de engañar al marido celoso, y la vigilancia de su custodia. La mujer tema al marido: sea escrupulosa la guarda de la casada. Así conviene: así lo prescriben las leyes, y la justicia y el pudor. Pero ¿quién sufrirá que también seáis guardadas vosotras, a quienes la pretórica varilla acaba de redimir? Para engañar, venid a mi escuela. Aunque os observen tantos ojos como tenía Argos, los burlaréis, queriendo de veras. ¿Os impedirá el celador escribir, en el tiempo que toméis para bañaros? ¿Os impedirá dar a la confidente las cartas amatorias, y que esta las lleve ocultas con la ancha corbata en el templado seno, o atadas en las ligas, o finalmente en la suela de los zapatos? Si esto precave el guardador, la espalda de la tercera suplirá la carta, escribiendo allí concisamente cuanto ocurra. También se forma letras con leche fresca, las cuales no se pueden leer sino echando en ellas polvos de carbón. Tampoco podrán leerse las que se hagan con la caña de lino verde, y el papel en blanco contendrá ocultos los caracteres.
Las esclavas declaradas libres por el pretor, cuya declaración se hacía dándoles el lictor con la vara en la cabeza.
Nada omitió Acrisio para guardar a Dánae, y ella sin embargo con su delito le hizo abuelo. ¿Qué hará un celador, cuando hay tantos teatros en la ciudad? ¿Cuando vaya de buena gana al espectáculo de los uncidos caballos? ¿Cuando asista afanosa al concierto de los sistros en el templo de Isis? ¿Cuando vaya adonde está prohibido ir al que la acompaña? ¿Cuando se libre de la vista de su centinela en el templo de la buena diosa, cuya entrada está prohibida a los hombres, excepto a los que ella manda entrar? ¿Cuando el custodio esté fuera guardando los vestidos de su señora, y los seguros baños encubran los furtivos varones? ¿Cuando cuantas veces sea necesario se finja enferma, y quede en cama todo el tiempo que quiera? ¿Cuando una llave adúltera enseñe con su nombre lo que se haya de hacer, y con sola una puerta franquee las entradas que se desean? ¿Cuando burle los cuidados de su guardián, emborrachándole con mucho vino, o con el selecto que se cría en la montuosa España? ¿No hay también drogas que causan soporoso sueño, cargando sobre los ojos la oscuridad del Leteo? ¿No podrá la confidente divertir al enojoso con lentos deleites, para que la otra se divierta entretanto a todo vagar?
¿Pero por qué me canso en rodeos y pequeños consejos, cuando el celador puede comprarse con un cortísimo regalo? Creedme, las dádivas atraen a los hombres, y a los dioses. El mismo Júpiter se aplaca con ofrendas. ¿Qué hará el sabio, si el insensato se alegra también con los dones? El marido mismo enmudecerá, recibiendo dádivas. Pero al celador se le ha de ganar una vez para siempre, porque prestará siempre las manos que una vez haya prestado.
Acuérdome: me he quejado de que se han de temer los compañeros; y esta queja no habla solo con los hombres. Si fuereis confiadas, otras arrebatarán vuestros deleites, y levantaréis la liebre para otras. La que os presta generosa su lecho y habitación, ha estado conmigo no una vez sola. Ni os sirváis de sierva hermosa en demasía, pues regularmente estas alternaron conmigo en la suerte de su señora.
¿Adonde me lleva mi furor? ¿Por qué con pecho descubierto me arrojo sobre el enemigo, y con mi delación me vendo a mí mismo? No muestran las aves al cazador los medios de ser cogidas: ni enseña la sierva a correr a los dañinos perros. Pero no importa, dictaré fielmente mis preceptos. Daré contra mí mismo los cuchillos de Belona.
Haced que nos creamos amados: es fácil, porque la fe del deseoso le inclina en consentir en sus deseos. Mirad con más amabilidad al joven, suspirad íntimamente, y preguntadle por qué ha tardado tanto. Sobrevengan las lágrimas, y la simulada aflicción de que ama a otra; y lastimad con las uñas su semblante. Al punto quedará persuadido, se sentirá enternecerse, y dirá, esta muere de amor por mí. Especialmente si es lindo, y satisfecho de sí por el espejo, creerá que puede interesar a las diosas.
Cualesquiera que seáis, tolerad con moderación las ofensas del amante. No perdáis el seso, cuando oyereis que tenéis competidoras. No creáis de ligero: cuanto daña creer de ligero os lo dirá el no leve ejemplo de Procris.
En la deliciosa falda del florido Himeto hay una risueña fuente, y su margen es blanda alfombra de verde césped. La selva no encumbrada forma un bosque, y los arbustos cubren con sombra la yerba: huelen el romero, y el laurel y el negro mirto. Ni faltan allí los bosques de espesas hojas, el quebradizo tamariz, el delgado cítiso, y el copado pino. La varia frondosidad de tan diferentes árboles y la cima de las yerbas se mueven mecidas por el blando soplo del céfiro, y por la frescura saludable. Sitio de reposo grato a Céfalo: aquí era donde dejados su gente y los perros, este joven se recostaba muchas veces a descansar. Solía también cantar: ven, fácil Aura, a templar mis ardores, te recibiré en mi seno. Alguno perniciosamente oficioso, trasladó con memoriosa lengua los oídos acentos a las tímidas orejas de su esposa. Luego que Procris percibió el nombre de Aura como el de una combleza, cayó desmayada, y enmudeció con el súbito dolor. Se puso pálida, como las tardías hojas de la vid, después de cogidos los racimos, al primer frío del otoño: como se descoloran los maduros membrillos, encorvando sus ramas, y como las cerezas silvestres aún no sazonadas para comerse. Cuando volvió en sí, rasgó las finas vestiduras de su cuerpo, y maltrató con las uñas sus inocentes mejillas. Sin tardanza voló por medio de los campos desmelenada y frenética cual bacante concitada con el tirso. Al acercarse dejó en el valle la comitiva, y animosa penetró a escondidas en el bosque, con callados pasos. ¿Dónde estaba tu razón, Procris, para esconderte así con poca cordura? ¿Cuál era la inquietud de tu enamorado pecho? Sin duda pensarás que muy pronto ha de venir Aura, cualquiera que sea, y que has de ser testigo de tu misma infamia. Ya te arrepientes de haber venido, porque no quisieras sorprenderlos: ya te alegras: el amor trastorna incierto tu pecho. Lugar, nombre y acusador abonan tus celos, y el que ama cree siempre lo que teme. Cuando vio en la oprimida yerba, vestigios de una persona, su pecho palpitaba trémulo con los latidos del corazón. Ya el día en su mitad menguaba las leves sombras, y la mañana y la noche se hallaban a igual distancia, cuando se retira de las selvas el hijo del Cilenio, viniendo a refrescar su caluroso rostro en las fontanas aguas. Estaba escondida la congojosa Procris: él se reclinó en la acostumbrada yerba, y dijo: Céfiro, y tú, Aura, aplacad mi fuego. Así que fue patente a la cuitada el grato error de este nombre, recobró el sentido, y el semblante su verdadero color. Levantose; pero moviendo con el agitado cuerpo las circunstantes ramas, para ir como mujer a los brazos del esposo, juzgó él que era el ruido de una fiera, tomó juvenilmente el arco, y en la diestra mano puso la flecha. ¿Qué haces, desventurado? No es fiera: deten el tiro. ¡Triste desgracia! con tus flechas heriste a tu esposa. ¡Ay de mí!, clamó, traspasaste el pecho amigo; mi pecho roto siempre con las heridas de Céfalo. Muero antes del tiempo, pero no injuriada por una rival. Esto hará que la tierra me sea ligera en la tumba. Sale ya mi espíritu por esas Auras de sospechoso nombre; ¡me muero! Cierra con cara mano mis ojos. Él sostenía en las mustias rodillas el moribundo cuerpo de sus amores, y con llanto lavaba la cruel herida. Desatado poco a poco del incauto pecho, se escapa el último suspiro que recibe con su boca el mísero marido.
Volvamos al camino, y prosigamos derechamente, para que la asendereada nave toque en el puerto. ¿Esperáis por ventura que os conduzca a los festines, y que también en esto os dé consejos? Id tarde, y entrad con decoro, ya encendidas las antorchas. Agrada la tardanza a Venus; es la tardanza la mayor añagaza. Aunque seáis feas, podéis parecer hermosas, porque la misma noche servirá de manto a vuestros defectos. Tomad los manjares con los dedos; hay un cierto modo que se debe observar en el comer: no untéis la cara con las manos sucias. No comáis anticipadamente en casa: ni acumuléis en el plato lo que no podréis engullir. Si Paris hubiera visto a Elena comer con gula, la hubiera desamado, y diría, necio robo hice.
Las mujeres de entonces, para hacer las melindrosas en los convites, comían antes en su casa. Lo mismo hacen las de ahora.
Más a propósito y más decente es que las mujeres beban, porque Baco no se aviene mal con Cupido. Pero esto también hasta donde resista el cerebro; mientras el juicio y los pies estén firmes, y no parezcan dobles los objetos. La mujer tirada feamente en el suelo por beodez es digna de padecer cualesquiera impurezas. Tampoco es honesto sucumbir al sueño en la mesa, porque en el sueño suelen cometerse acciones de inverecundia.
Esme ruboroso enseñar las cosas ulteriores, pero alma Dione dice que lo ruboroso es mi principal asunto. Tened conocimiento de cada cosa: tomad posturas acomodadas al cuerpo, pues no a todas conviene una misma. La de muy señalada hermosura muestre supina sus tesoros, y el dorso solamente aquella que puede agradar de este modo. Milanión llevaba en los hombros las piernas de Atalanta: en este grupo han de ser recibidas las buenas. La pequeña corra como en jinete: Andrómaca, por ser altísima, nunca subió en el caballo de Héctor. Oprimiendo con las rodillas el lecho, y torciendo un tanto la cerviz, hará figura académica la que ha de ser vista por el costado. La de juvenil muslo y pecho turgente estaría dislocada a no reclinarse en oblicuo lecho, quedando en pie la pareja. Ni disconviene tener suelta la melena, como bacante, inclinando el cuello con los cabellos esparcidos. La que Lucina señaló con arrugas en el vientre, pelee vuelto el caballo, como el veloz parto. Pero entre mil actitudes la más sencilla y menos trabajosa es la semisupina sobre el derecho lado.
Diosa de los partos.
Ni la trípode apolínea, ni el cornígero Amón os cantarán cosas más verdaderas que mi musa. Si se da crédito al arte con dilatada experiencia adquirido, creed al testimonio de mis versos. La mujer opere con íntimo ardor en sus tareas, y aquella actividad sea de participación igual entre los dos, amenizando el juego con cariñosos afectos y gustosas palabras. Mas la infeliz a quien naturaleza negó sensación venérea, simule dulces placeres con aparente ruido, guardándose de descubrir ficción con el recurso de señales que arguyen deleite, y envuelven pudor y misterio. No admitáis en el aposento la llena luz de las ventanas, pues muchas cosas de vuestro cuerpo más al caso estan ocultas. La que pide paga al amante después de los goces de Venus, no querría que tuviese eficacia su demanda.
Pongo cabo a mi obra. Ya es tiempo de descender del carro que en su cuello llevaron los cisnes. Así como antes los jóvenes, así ahora las mujeres discípulas mías escriban en sus trofeos, Ovidio fue nuestro maestro.
FIN.



