El arte de amar · Ovid
Part 6
Capítulo 6 de 7 · 14 min de lectura
Esto es, a mujeres sin civilización ni limpieza, como las de países salvajes.
Con todo eso, no hallen los amantes encima de la mesa expuestos los botes de ungüento: ayude a la hermosura el arte simulado. ¿A quién no repugnará un rostro embadurnado de adobos, que fluyen disueltos hasta el caliente seno? Aunque venido de Atenas, ¿a quién no ofenderá el olor del jugo oleoso de la grasienta lana? Delante de gente no os sirváis de las médulas de cierva ni delante de gente frotéis los dientes. Todo esto os hermoseará, pero sería desagradable el verlo. Muchas cosas hay feas cuando se hacen, y gratas después de hechas. Las estatuas ahora célebres del laborioso Mirón fueron en algún tiempo informe y pesada masa. Para hacer una sortija, primero se bate el oro: y los vestidos que lleváis, fueron sucia lana. Cuando se esculpía era bruta piedra, y ahora es excelente figura Venus en desnudez exprimiendo el agua de los mojados cabellos.
Hacednos creer que estáis durmiendo el tiempo que tardéis en adobaros; con más ventaja os mirarán enteramente tocadas. ¿Para qué he de saber yo de donde proviene la blancura de vuestra tez? Cerrad la puerta del tocador, ¿a qué manifestar todo el mal vistoso material? Importa que los hombres ignoren muchas cosas; y la mayor parte de ellas les chocará, si no las guardáis con cuidado. Las figuras sobredoradas que adornan el teatro, veréis que son madera cubierta de una tenue lata de oro; pero no se exponen a la vista del pueblo, sino cuando están compuestas: tampoco la hermosura se ha de afeitar sino a escondidas de los hombres.
No prohíbo que delante de gente dejéis peinar vuestros cabellos, ni que ondeen esparcidos por las espaldas. No seáis entonces descontentadizas, ni manoseéis muchas veces la desatada madeja. No maltratéis a la camarera: me enoja ver arañar con las uñas su cara, y picar con la aguja su brazo. Ella peina maldiciendo la cabeza de su señora, y juntamente llora sangrienta sobre su detestable cabellera.
La que sea mal crinada, ponga centinela a la puerta, o aderécese siempre en el templo de la buena diosa. Dijeron a cierta señora que entraba yo repentinamente, y perturbada se puso al revés la cabellera. Acontezca a nuestros enemigos la causa de tan fea vergüenza, y recaiga tal corrimiento en las nueras de los partos. Una res descornada parece deforme: deforme el campo sin verdura, y el árbol sin frondosidad, y la cabeza sin cabello. No vinisteis vosotras, Sémele y Leda, a ser por mí enseñadas; ni tú, Europa, que vadeaste el mar en el lomo del fingido toro: ni tú, Elena, a quien con razón reclamaba Menelao, y a quien con razón retenía el robador troyano. Venga a ser enseñada la turba de mujeres hermosas y feas, aunque las feas son en más número que las hermosas. Tampoco el auxilio de mi arte y preceptos cumple tanto a las hermosas, pues la hermosura sin arte es poderosa para suplir la dote. Cuando el mar es bonancible, el piloto descansa en seguridad, cuando está embravecido, recurre a su ciencia.
Es raro el semblante en que no se advierten tachas. Encubrid las tachas y los defectos del cuerpo, según podáis. Si sois de breve estatura, sentaos, para que no parezcáis sentadas estando en pie: y para que echadas no parezcáis poquita cosa, ocultad los pies con la ropa: y así no podrán tomaros medida. Las demasiadamente flacas usen vestimentas de telas gruesas, y caiga ancho el vestido desde los hombros. Las pálidas retoquen su cara con colorete; las más morenas acudan por remedio al estiércol de cocodrilo. Los mal formados pies disimúlense siempre con calzado blanco, y las piernas enjutas no se ciñan con ligaduras: la giba se disimula con almohadillas, y el pecho hundido con la corbata.
Gesticulad poco cuando habléis las que tenéis gordos los dedos y las uñas desiguales. Las que exhalan mal olor en el aliento, nunca hablen en ayunas, y siempre distantes de la cara de los hombres. Si tenéis los dientes negros o grandes, o mal colocados, riendo a carcajadas grandísimos perjuicios cogeréis.
¿Quién lo creería? También aprenden a reírse las mujeres. Hasta en esta gracia buscan su embellecimiento. Abrid pues módicamente la boca, haced pequeños hoyos en las dos mejillas, y el labio inferior cubra los dientes de arriba. No oprimáis los ijares con destempladas risas, y suene en ellas un suave y femenil no sé qué. Las hay que tuercen la boca con un descompasado reír: otras riendo alegres parece que lloran. Algunas hacen un bronco sonido y un estridor desapacible, como rebuzna la lerda pollina atada a la escabrosa tahona.
¿Hasta dónde no alcanza el arte? Aprenden también a llorar graciosamente. Lloran cuando quieren y como quieren. ¿Y qué diré de las que no pronuncian ciertas letras necesarias, y constriñen la lengua a tartamudear algunas palabras? Cifran la gracia en el vicio de articular mal, y hablan menos bien para hablar con mayor garbo. Aplicaos pues a estas arterías, que os son provechosas.
Aprended a llevar el cuerpo con paso femenil: en el andar hay una parte de agrado no despreciable, y que atrae o ahuyenta a los hombres desconocidos. Unas mueven blandamente los costados, dejando flotar sus ropas a discreción del viento, y tendiendo los pies con aire brioso. Otras andan como las bermejas mujeres de Umbría, dando desmedidos pasos con las piernas abiertas. Pero en esto guardad medio, como en otras cosas: porque la una manera de andar es tosca, y la otra demasiado muelle.
Llevad desnuda la parte inferior de los hombros, y superior del morcillo del brazo, que se ha de ver por el lado izquierdo. Esto conviene especialmente a las de nevada blancura. Cuando yo veo esto, me siento incitado a besar el hermoso hombro que se descubre.
Monstruos del mar eran las sirenas, las cuales con canora voz detenían irresistiblemente las naves veleras. Oídas por Ulises, pudo apenas permanecer ligado al mástil, y a sus compañeros les tapó con cera las orejas. Dulcísima cosa es la melodía: aprended pues a cantar, porque la sonora voz excusa para muchas el incentivo de la hermosura. Repetid ya las composiciones oídas en los marmóreos teatros, ya las cantilenas acompañadas con tonos egipcios. Ni por mi Consejo ignore la mujer culta tañer la lira con la diestra, y la cítara con la siniestra mano. Orfeo con el son de su lira movió en el Ródope las fieras y peñascos, el tartáreo lago, y el trifauce cerbero. Y tú Anfión, justísimo vengador de tu madre, edificaste los tebanos muros con las consonancias de tu canto. Suspendieron a los mudos peces los acordados acentos de la lira de Arión. Aprended también a revolver con ambas manos la festiva nabla, pues conviene a los placenteros juegos.
Eran canciones desenvueltas y provocativas.
Instrumento músico de cuerdas a manera de salterio.
Leed las poesías de Calímaco y de Filetas, y del vinoso viejo de Teos. Leed a Safo; ¿qué mujer más lasciva que ella? No olvidéis al lépido Terencio; ni los versos del tierno Propercio, ni los de Galo y Tibulo. Ande en vuestras manos el poema sobre la conquista del famoso vellón, en el que deplora Varrón la suerte de Frixo y su hermana. Leed al prófugo Eneas, origen de la soberbia Roma: la más excelsa obra de las musas latinas. Acaso algún día se mezclará entre estos mi nombre, y mis escritos no serán abismados en las aguas del Leteo. Y dirá alguno, leed los numerosos versos de nuestro maestro, con los cuales instruyó en artes eróticas a hombres y a mujeres. De sus tres libros elegid el que mejor explique los amores, y los más fluidos y dulces versos. O cantad con modulado acento sus Heroidas, género que él inventó y los demás desconocieron. ¡Quiéraslo así, Apolo: queraislo así, númenes tutelares de los poetas, Baco de insignes cuernos, y las nueve musas!
Porque Anacreonte era natural de Teos, ciudad de la Jonia.
¿Dudárase de que han de saber bailar las mujeres, para lucir su agilidad en los vinolentos convites? Se aman las escénicas pantomimas del histrión; y solo aquella movilidad se tiene por decoro.
No omitamos cosas menos importantes. Sepa la mujer echar los dados, y conocer la fuerza de las jugadas. Y ya lleve tres suertes, ya piense cautelosa el peligro que la amenaza, y cuántos puntos le faltan para ganar. Juegue con destreza las guerras del ajedrez, particularmente cuando una pieza es acometida por dos enemigas. El rey pelea separado de la reina; y el contrario repite muchas veces el camino. Aprenda el juego de damas, que es un tablero cubierto de ligeros peones, y del cual ninguno se quita sino el que se come al adversario. Hay otro juego reducido a otras tantas bolas, como meses tiene el fugitivo año. Cada uno pone en el tablero tres piedrecitas, y para ganar se han de colocar todas en fila. En fin hay mil juegos: que el ignorarlos sería demérito en la mujer, porque muchas veces jugando nace el amor.
Pero es menor cualidad el saber jugar expeditamente que la de conducirse en el juego con juicio correspondiente a las buenas costumbres. Cuando el espíritu no está sobre sí, sino preocupado con un mismo estudio, como sucede jugando, los interiores se descubren manifiestamente. Aparece la ira, pasión terrible, y la codicia de la ganancia; las disputas, las querellas, y el solícito sentimiento. Se dicen improperios: el aire retumba con los gritos; y cada uno invoca para sí a los dioses airados. Nada se espera en el juego si no se implora con votos: he visto yo muchas veces correr de rabia lágrimas por las mejillas de los jugadores. Preserve Júpiter de tan abominable vicio a las que viven con el cuidado de propiciar los hombres.
Débil naturaleza asigna estos juegos a las mujeres, mientras los hombres se recrean con más nobles ejercicios. Tienen el de la ligera pelota, el del dardo, y el del disco, el de la esgrima, y el de obligar a los caballos a correr en giros: las faenas del Campo Marcio, las de la frigidísima fuente virgen, y las del nadar en el Tíber de sosegadas corrientes.
Conviene y aprovecha a las mujeres solazarse a la sombra del pórtico de Pompeyo, cuando el signo de la virgen lanza sobre nosotros el fuego del estío. Visitad el Palatino, consagrado al laureado Apolo: el que sumergió en el hondo mar las naves egipcias. Paseaos en los pórticos construidos por Octavia y Livia, hermana y mujer de César; y en el de Agripa, su yerno, cuya cabeza ciñó la honorífica corona naval en testimonio de valor. Visitad las aras donde se queman inciensos en loor de Isis, vaca de Menfis. Visitad los tres teatros de aquel lugar insigne en monumentos. Presenciad las luchas de los gladiadores, cuya sangre mancha la arena, y los juegos circenses, donde la hervorosa rueda volteará en derredor de la meta.
Otra alusión a la batalla de Accio.
Lo oculto no se conoce, ni se desea lo desconocido. Es sin fruto la hermosura que carece de testigos. Vosotras, aunque aventajéis en el canto a Tamiris y Amebeo, no granjearéis aplauso teniendo en retiro la lira. Si Apeles no hubiera pintado a Venus, aún la esconderían sumergida las aguas del mar. ¿Qué ambicionan los divinos poetas sino la celebridad? Este deseo lleva a la cima sus trabajos. En otro tiempo eran los poetas delicia de los dioses y de los reyes; y los antiguos cantos premiados con grandes galardones. Santo respeto y nombre venerable tenían entonces los vates, y muchas veces se les prodigaban riquezas. Ennio, nacido en los montes de Calabria, mereció ser sepultado en tu sepulcro, grande Escipión. Mas hoy la yedra que corona a los poetas vegeta sin honor: y las arduas y afanosas vigilias de las doctas musas tienen nombre de ociosidad. Pero a la fama se sube por vigilias: ¿quién conociera a Homero, si estuviese oculta la Ilíada, inmortal poema? ¿Quién conocería a Dánae, si hubiera estado siempre en prisión, y se hubiese escondido vieja en la torre?
Os convienen, mujeres hermosas, las concurrencias. Vagad a menudo con suelto pie fuera de vuestros umbrales. El lobo acecha muchas ovejas para depredar una; y el águila se precipita en la banda de aves. Así salga al mundo a ser vista la mujer hermosa, pues entre muchos por ventura habrá alguno a quien atraiga.
Hállese en parajes de concurso con el conato de agradar, y ostente con todo esmero su belleza. La casualidad rueda en todas partes, llevad siempre echado el anzuelo; caerá el pez en el agua en que menos se piense. Muchas veces los perros buscan inútilmente caza en los montañosos bosques, y el ciervo da en las redes sin ser perseguido. ¿Cómo podría esperar Andrómeda enamorada ser sus lágrimas eficaces para insinuarse en Perseo? Tal vez en los funerales del marido se encuentra otro marido: todo consiste en la gracia de ir desmelenadas y anegadas en llanto.
Evitad a los hombres ocupados solo en su hermosura y atavío, y a los que ordenan artificiosamente sus cabellos. Son voltarios; su amor no se fija en ninguna, y os dicen a vosotras lo que dijeron a mil mujeres. Qué hará la mujer, siendo hombres más livianos que ella. Apenas me creeréis, pero creedme: que aún no se hubiera arruinado Troya, si hubiera atendido a los consejos de su Príamo. Hay hombres que estafan con la apariencia de falso amor, y por los medios tales consiguen vuestra deshonra. No os deslumbre la cabellera empapada en olorosas esencias, ni la angosta faja formada en pliegues. No os seduzca la toga de finísima tela, ni el ver en los dedos anillos y más anillos. Por ventura el más compuesto de estos es un ladrón, y arde en deseo de vuestras ropas. Vuélveme lo mío, vocean con frecuencia las mujeres robadas, vuélveme lo mío, resonando con sus gritos todo el foro. Venus desde el reluciente dorado templo, ve indolente estas pendencias, y los lupanares de las calles Apias.
En estas calles vivía la chusma plebeya y meretricia de Roma.
Otros hay cuyos nombres, marcados en la opinión, señalan las maldades de esos amantes embusteros. Escarmentadas con los duelos ajenos, aprended a evitar la misma suerte, cerrando la puerta a semejantes bribones. Oh hijas de Cécrope, no creáis a los juramentos de Teseo, porque hará después de haber jurado lo que hizo antes. Ni a ti, Demofonte, heredero de la perfidia de Teseo, te ha quedado fe alguna desde que engañaste a Filis. Si prometen mucho, prometedles con otras tantas palabras: si dieren, dadles vosotras también los placeres contratados. La que, recibida la dádiva, niega las prometidas noches, es capaz de extinguir el fuego eterno de Vesta, profanar los sacrificios de Isis, y emponzoñar al hombre con cicuta triturada mezclada con acónito. Pero mi fantasía vuela muy lejos: tira, musa mía, las riendas, no abandones el carro a la impetuosidad de su carrera.
Tentará el vado el amante con cartas, que ha de recibir la confidencial sirvienta. Examinadlas; y por su contenido colegiréis si fingen, o si ruegan con solícitas veras. Responded con breve demora; la demora estimula siempre a los amantes, como sea de corto espacio. Pero no os prometáis fácil al joven que ruega; ni tampoco deneguéis con obstinada boca su petición. Haced que tema y espere juntamente; y que a cada repulsa que le haréis vea más cierta la esperanza, y menor el temor.
Escribid, mujeres, en términos puros y usados, aunque ambiguos: el estilo llano es el que conviene. ¡Cuántas veces inflamó al amante irresoluto un billete bien escrito, y perjudicó a las beldades el lenguaje bárbaro! Y puesto que, sin afectar maneras de gazmoña, ponéis vuestro cuidado en engañar a los maridos, no confiéis vuestras cartas sino a manos de una sierva fiel o de un muchachito: guardaos de dar vuestro recado a un joven bisoño. Vi yo mujeres consternadas sufrir por este miedo una esclavitud miserable toda la vida. Pérfido ciertamente es aquel que guarda tales prendas, para servirse de ellas como de un rayo del Etna. En mi entender es lícito repeler el fraude con el fraude, y el derecho permite tomar las armas contra los armados. Acostumbrad pues vuestra mano a formar letras de muchos caracteres. ¡Ah, perezcan aquellos por cuya causa doy este consejo! Ni se ha de escribir sobre el mismo papel, afín de que no se vean en él letras de dos puños. Escribid al amante como a una mujer, y firmad siempre las cartas con su nombre.
Conviene empero trasladar el pensamiento de pequeñas a mayores cosas, y desplegar toda la vela en anchurosa ensenada; digo pues que las hermosas han de reprimir las violentas pasiones. A los hombres conviene la candorosa paz, a las bestias la rabiosa furia. El semblante se hincha con la ira; las venas negrean con la sangre; los ojos arden en más impetuoso fuego que los de Gorgona. Anda lejos de aquí, flauta, que no te aprecio en tanto, dijo Palas, cuando vio en los cristales del río sus infladas mejillas. Si las mujeres se mirasen también al espejo en medio de la ira, apenas conocería ninguna su semblante.
No menor perjuicio hace a vuestra cara el orgullo. Solo el halagüeño aspecto convida al amor. Son aborrecibles (creed a la experiencia) los fastuosos modales. Por lo regular un semblante callado siembra odio. Mirad al que os mire: reíd dulcemente al que os ría. Si os hacen señas, volved también las aceptas señas. Luego que se ensaya así, empieza el vendado rapaz a sacar de su aljaba los dardos agudos, dejando los embotados.
Las adustas son también aborrecibles. Ame Áyax a Tecmesa, pero con nosotros, gente de buen humor, solo se insinúan las hembras alegres. Nunca te rogaría yo, Andrómaca, ni a ti, Tecmesa, que fueseis amiga mía ni una ni otra. Si la prole no me obligara, me persuadiría apenas que os hubieseis ayuntado con vuestros maridos. ¿La tristísima mujer diría a Áyax: corazón mío, u otras ternezas que suelen lisonjear a los hombres?
¿Quién me impedirá citar, en menores asuntos, ejemplos de cosas grandes? Un buen general da el mando de un batallón al uno, al otro el de un escuadrón, y confía de otro la guarda de las banderas. Del mismo modo habéis de mirar vosotros también cuál de nosotros es útil, y emplear a cada uno según su disposición. El rico alargue dones; el jurisconsulto desembrolle los negocios; el elocuente defienda la causa de la que litigue. Nosotros los que componemos versos ofreceremos solamente versos. Los de este gremio somos los que antes de todos merecemos vuestro amor. Hacemos célebres en todas partes las beldades que obsequiamos. Némesis tiene nombradía; Cintia es famosa; el oriente y occidente conocen a Licoris; y muchos con curiosidad preguntan quién es mi Corina. Demás de que en los sublimes vates no caben insidias; y nuestra arte acomoda a sí nuestras costumbres. Ni la ambición nos incita, ni nos contagia la sed de atesorar: despreciando el foro, cultivamos el lecho y la sombra. Pero nos prendamos fácilmente, y ardemos con llama durable, y sabemos amar con fe demasiado segura. Ciertamente sazonamos el ingenio con la plácida arte; y al estudio van conformes las costumbres. Sed propicias, mujeres, a los aonios poetas, pues dentro de ellos se halla la divinidad, y las musas los protegen. Está dios en nosotros, y comerciamos con el cielo; nuestro ingenio nos viene de las etéreas regiones. Es pues maldad exigir nada de los sabios poetas; mas, ¡ay de mí!, ninguna mujer teme esta maldad.
Expresión poética que denota las comodidades de la vida privada.
Disimulad empero; no os mostréis a deshora interesadas; porque el nuevo amante se retira viendo la trampa. El escudero no maneja con bridas iguales al potro que poco ha siente el freno, que al ya adiestrado caballo. Ni se ha de seguir una misma senda para captar a los de edad ya sentada, que a la lozana juventud. El inexperto aprendiz, venido por primera vez a los estandartes del amor, presa nueva que arribó a vuestro tálamo, conozcaos a sola vos, y esté siempre a vuestro único lado. Esta mies se ha de cercar con altos setos. Huid de tener rival: reinaréis mientras poseáis solas. El cetro y el amor quedan poco tiempo en poder de dos compañeros.
El veterano en esta milicia amará poco a poco y con prudencia, y sufrirá muchas cosas intolerables para el bisoño. No romperá la puerta, ni la incendiará colérico, ni lastimará con las uñas las tiernas mejillas de su señora, ni rasgará la ropa de ella, ni la ropa suya; ni arrancando sus cabellos la dará motivo de llorar. Estas cosas son propias de mancebos en la efervescencia de la edad y del amor. Los otros soportarán los graves sentimientos sin desmandarse: los otros se abrasarán con fuego lento, como la húmeda tea, como el árbol poco ha cortado que permanece en la montaña. Este amador es más firme: más inconstante y fecundo el otro. Coged con presta mano una fruta que se conserva poco. Franqueadle todo: abrid las puertas al enemigo, y poned fe en su misma fidelidad.



