El arte de amar · Ovid
Part 5
Capítulo 5 de 7 · 14 min de lectura
Refiérese una fabula notoria a todo el cielo: la de Marte y Venus, atrapados en la red por astucia de Vulcano. El padre Marte, perdidamente enamorado de Venus, de guerrero terrible se convirtió en amador. Ni Venus (porque no hay diosa alguna más tierna) se mostró áspera y cruel con el suplicante Marte. ¡Ah! ¡Cuántas veces esta lasciva se burló de los pies de su marido, y de sus manos, hechas callosas con el fuego y el martillo! Para divertir a Marte remedaba a Vulcano, acompañando a la belleza con mucha gracia. Al principio solían celar mucho su amoroso comercio, y el delito los tenía llenos de verecundo pudor. En fin por delación del sol (porque ¿quién será capaz de engañar al sol?) vinieron a noticia de Vulcano los hechos de su esposa. ¿Por qué, oh sol, manifiestas ejemplo tan peligroso? Pide dádivas a la diosa, pues tiene con que contentarte, si contienes la lengua. Tendió Vulcano por encima y al rededor del lecho redes sutiles, que no percibía la vista. Fingió irse a Lemnos; vienen a su lecho los amantes, y uno y otro se acuestan desnudos y envueltos en los lazos. Convoca aquel a los dioses; y los cogidos les sirvieron de espectáculo. Dicen que Venus contuvo apenas las lágrimas. No pudieron cubrir su cara, ni aun oponer las manos a las partes obscenas. Alguno de los dioses riendo de ellos, dijo: si te son ponderosas, fortísimo Marte, traslada a mí tus cadenas. Apenas las súplicas de Neptuno soltaron a los prisioneros cuerpos. Marte se retiró a Tracia, y ella a Pafos. Esto has aprovechado, Vulcano, que hagan sin recato lo que antes encubrían: pues todo pudor se ha perdido. Confiesas muchas veces, loco, que lo hiciste neciamente, y que has tenido que arrepentirte de tu cólera.
A todos los dioses, que la mitología coloca en el cielo.
Esto os vedo: veda la sorprendida Dione usar de las asechanzas en que ella misma cayó. No arméis lazos a vuestro rival, ni interceptéis sus cartas para saber sus secretos. Intercéptenlas, si juzgaren que deben interceptarse, los varones que legitima maridos el agua y el fuego. Otra vez lo afirmo: nada hay en mis versos de contrario a la leyes, y la decencia ha de ser respetada en nuestros juegos. ¿Qué atrevido divulgó a profanos los misterios de Ceres, y los venerables sacrificios hallados en Samotracia? Pequeña virtud es la de guardar silencio en las cosas, y al contrario es grave la culpa de revelar lo digno de callarse. ¡Oh cuán justamente es castigado el locuaz Tántalo entre aguas y frutas, esforzándose en vano a gustarlas!
El agua y el fuego eran materia del rito matrimonial por sus significaciones emblemáticas.
Citerea manda principalmente callar sus obras: yo aconsejo que ningún hablador asista a ellas. Si no se ocultan en cestas los misterios de Venus, ni sonando el desconcierto ruidoso de broncíneas trompas; si, para celebrarlos, se abren a todos sus templos, sean a lo menos entre nosotros escondidos. La misma Venus, cuantas veces se despoja de sus vestiduras, resguarda retirada hacia atrás su desnudez con la izquierda mano. A cada paso se parean los animales delante de todos, y las mujeres apartan regularmente los ojos. A los amorosos latrocinios convienen aposentos y puerta; quedando la pudorosa parte velada con las ropas caídas. Y si no buscamos tinieblas, busquemos alguna opacidad como de nube, o menos claridad que la luz patente. En el tiempo en que los techos no guarecían a los hombres del sol y de la lluvia, sino que las encinas les suministraban albergue y alimento, tomaban el deleite no a cielo descubierto, sino en los bosques y grutas. ¡Tanto curaba del pudor aquella tosca gente!
En cestas se ocultaban los misterios de Ceres y Baco, y con estrépito de trompetas y otros instrumentos musicales.
Mas hoy se divulgan todos los nocturnos amoríos, y nada se aprecia tanto como el pasatiempo de hablarlos. De cualquiera mujer que encontréis, aquella fue mía también, diréis: no faltarán otras que podáis señalar con el dedo, diciendo sobre cada una cuentos vergonzosos. Pero de poco me quejo: algunos mienten lo que siendo verdad negarían, y ninguno hay que no se jacte de haber logrado los últimos favores. Ya que no pueden manosear los cuerpos, manosean los nombres, y sin haberlas tocado, denigran a las mujeres. Anda ahora, enfadoso portero, y ciérralas con cien fuertes llaves. ¿Qué hay seguro contra el maldiciente, que con su lengua fabrica adulterios, pretendiendo crédito en lo que no sucedió? Nosotros empero seamos discretos en nuestros amores verdaderos, y ocultemos con inviolable secreto los misteriosos robos. Sobre todo no echéis en cara a las mujeres defectos que a muchas es útil disimular. Perseo no habló a Andrómeda de su moreno cutis, Perseo que en ambos pies calzaba nobles alas. Andrómaca parecía a todos desmesuradamente larga, y solo Héctor decía que era mediana. Acostumbraos a lo que sufrís mal, y se os hará sufrible. El amor naciente repara en todo, pero el tiempo dulcifica las cosas. Una rama tierna que brota del verde tronco cae al menor viento que la sacuda; más robustecida con el tiempo resiste el soplo de aquilón, y enriquece al árbol con flores y frutas. El tiempo mismo atenúa las faltas corporales, y lo que fue tacha no parece tal con la continuada vista. Las narices al principio repugnan el olor de los bueyes; habituadas con el tiempo lo aguantan sin molestia.
Paliad sus faltas con el modo de expresarlas. Llamad fusca a la que es más negra que pez de Iliria. Si es bizca, comparadla a Venus: si es roja, a Minerva. Sean de talle delgado las que por su magrez carecen de frescura. Llamad ágil a la pequeña, y a la obesa alabadla de buenas carnes. En fin desfigúrense las imperfecciones con nombre de cualidades buenas que se les acercan. Ni preguntéis cuántos años cumplen, ni bajo qué consulado nacieron; oficio propio del rígido censor.
Tened especialmente estas consideraciones con las que no están en la flor de su edad, con las que pasaron sus mejores años, en cuya cabellera empiezan a blanquear las canas. Útil es, oh jóvenes, esta más provecta edad. Este campo se ha de sembrar; este fructificará mieses. Endurad fatigas mientras os asisten juventud y vigor; porque ya vendrá con silenciosos pasos la encorvada vejez. Surcad el mar con los remos, o la tierra con la esteva; o aumentad belígeras manos a las matadoras armas; o dad vuestras fuerzas al obsequio y acompañamiento de las mujeres; porque esto es también una milicia; esto os enriquecerá también.
Añádese que las provectas son más peritas en las labores de amor: tienen experiencia, la sola que hace maestros. Reparan con sus atavíos el detrimento de la juventud, y ponen su esmero en borrar las huellas de los años. Se presentan a Venus en mil actitudes, y en más que el pincel no inventaría. Con ellas se gusta deleites más suaves, y el varón y la hembra llevan por igual el premio. Aborrezco el trato en que el interés no es recíproco; aquel en que uno solo disfruta el placer. Aborrezco a la que se presta solo porque es necesario prestarse, e insensible piensa entonces a su rueca. No me es de satisfacción lo que se da por oficio, y sin inclinación de la contribuyente. Me place oír en sus voces indicios de su contento, cuando ruega me pare en el juego sin dejarlo; y enajenada y con caídos ojos desfallece, y queda en la desgana de la saciedad.
No concede naturaleza estos placeres al primer fervor de la juventud, ni vienen cuando más pronto hasta después de los siete lustros. Los que se dan prisa, beban vino mosto; a mí me sabe bien el vino de mis abuelos en vasija reservada desde los prístinos cónsules. Ni el plátano, si no es viejo, puede impedir los rayos del sol, y los pies se hieren en las praderías cuando empiezan a retoñar. ¿Preferiríais acaso Hermione a Elena? ¿Y será mejor Gorge que su madre Altea? En resolución los que queráis gozar de la Venus tardía, sacaréis dignas recompensas, siendo perseverantes.
He aquí el lecho que recibe confidente a dos amantes. Defiende, musa, las cerradas puertas del tálamo: sin ti hablaran espontáneamente afectuosísimas cosas. Ni la siniestra mano estará inerte, pues los dedos hallarán industria en aquellas partes en que calladamente clavó sus flechas el amor. Holgose así con Andrómaca el corajoso Héctor, tan útil en las troyanas guerras. Holgose así con la cautiva Briseida el grande Aquiles, cuando cansado de la pelea tornaba al reposo del mullido lecho. Permitías, Briseida, ser tocada de aquellas manos siempre repletas de muertes frigias. ¿O era lo que te deleitaba, lasciva, el que llegasen a tus carnes las vencedoras manos?
Creedme, no se ha de apresurar el placer de Venus, sino saborearlo pausadamente con moroso vagar. Cuando halléis partes en cuyo contacto goza la mujer, no obste el pudor para que las toquéis. Brillarán sus ojos con trémulo resplandor, como regularmente reluce el sol en las cristalinas aguas. Vendrán las quejas, vendrá el dulce murmullo, y los gratos suspiros, y las expresiones convenientes a la amorosa lucha. Pero no apuréis en esto su ardorosa fuerza, ni la dejéis antecederos en la carrera. Corred juntos al término: entonces es lleno el deleite cuando yacen rendidos a la par los dos agentes. Observad este precepto cuando estéis en libre ocio, y el temor no apremie la furtiva diversión. Mas cuando urge el tiempo, es fuerza bogar con todos los remos, y apretar las espuelas al caballo desbocado.
Finalizó mi obra. Dame la palma, alegre juventud, y enlaza en mis perfumados cabellos guirnaldas de mirto. Tan buen amador soy yo, como Podalirio fue perito en el arte médica, como valiente Aquiles, prudente Néstor, como Calcas fue hábil presagiador de las víctimas, como guerrero Áyax, como Automedonte director de la cuadriga. Celebrad, hombres, a vuestro poeta; cantad mis alabanzas, y suene mi nombre por todo el orbe. Os he dado armas, como Vulcano dio a Aquiles: venced como él venció con los preceptos dados. Pero cualquiera que con mi espada domeñare a las soberbias amazonas, escriba en sus trofeos, Ovidio fue mi maestro.
He aquí a las graciosas muchachas que me piden también reglas de amar. Vosotros seréis el objeto de mis cuidados en siguiente libro.
LIBRO TERCERO.
Armas di a los griegos contra las amazonas; armas me sobran para darte a ti, Pentesilea, y a tus tropas. Id al combate iguales: venzan los que protegiere alma Dione y el muchacho alado. No era justo guerrear sin armas con armados; y hubiera sido para vosotros, varones, sin gloria el triunfo.
Pentesilea, reina de las amazonas.
Dirame alguno, ¿para qué añades ponzoña a la serpiente, y entregas el aprisco a la hambrienta loba? No confundáis a todas en la malicia de algunas, y mirad a cada una por sus buenas cualidades. Si el menor atrida tuvo por que culpar a Elena, y el mayor atrida a su hermana Clitemnestra: si, por traición de Erifile, descendió en caballos vivos Anfiarao vivo al Averno; Penélope ha sido fiel al marido dos lustros que hizo la guerra, y otros tantos que peregrinó países. Ved a Laodamía acompañar a su marido, y fallecer tempranamente. Alceste redimió el hado de Admeto, sufriendo por su esposo la funeral ventura. Recíbeme, Capaneo, mezclaremos nuestras cenizas, dijo Evadne, y se arrojó en la hoguera. La virtud misma toma el vestido y nombre de mujer, y no es de extrañar que favorezca a su sexo. Mas no necesitan de mi arte las virtuosas: solo las menos buenas se embarcan en mi esquife. Allí nada se aprende sino lascivos amores: enseñaré pues a las mujeres el arte de amar.
La mujer ni enciende la llama, ni dispara los crueles arcos. Raramente veo dañar sus tiros a los hombres. Los hombres regularmente engañan; no las tiernas mujeres regularmente: y si se averigua, las amancillan pocos crímenes de perfidia. El falaz Jasón repudió a Medea, hecha ya madre; y en otras nupcias estrechó en su seno a Creúsa. ¡Cuánto no amedrentaron las aves marinas a Ariadna, abandonada por ti, Teseo, en la inhóspita ribera! Inquirid por qué Filis hizo nueve veces un viaje; y oíd que lloraron a Filis las selvas despojadas de sus galas. Renombre tiene de piadoso, tu huésped Eneas, pero te dio la causa y la espada, Dido, para tu muerte. ¿Diré, mujeres, lo que os pierde? El no saber amar. Os falta el arte, y con el arte se encadena el amor.
Aun ahora lo ignoraríais, pero Citerea me ordenó enseñároslo. Apareciéndoseme puesta en pie: ¿En qué pecaron, me dijo, las infelices mujeres? Has entregado la grey inerme a los varones armados. Dos libros tuyos adiestraron a estos; instruye pues la otra parte con tu doctrina. Estesícoro, que antes con versos contumeliosos difamara a Elena, cantó después sus alabanzas con más próspera lira. Si mal no te conozco, no desairarás a todas las mujeres. Este beneficio imploran de tu agudeza. Dijo: y del mirto que ceñía sus cabellos me dio una hoja y algunas bayas.
Sentí en mi cuerpo un fuego divino, el aire resplandeció más puro, y en mi mente cesaron las dificultades.
Mientras alumbra mi ingenio, escuchad mis preceptos, jóvenes, vosotras a quienes no coartan las leyes, el pudor ni las prerrogativas. Acordaos desde ahora de la venidera senectud, y así ningún momento pasaréis en balde. Mientras es dado, ya que ahora devoráis los juveniles años, holgaos; pues los años corren como el agua deleznable. Ni las corrientes que pasan retroceden; ni las horas que pasan pueden volver. Gozad de la edad, pues se desliza la edad con veloces pies: ni es tan buena la que sigue como fue buena la primera. Yo vi en su verdor a estos arbolillos, que ya se secan: tejí coronas con rosas de estos rosales, ya solo erizados de espinas. Tiempo será en que vosotras, que ahora despreciáis los amantes, dormiréis viejas frías en solitaria noche. No golpearán a vuestra puerta con nocturna bulla, ni por la mañana hallaréis colgados en los umbrales ramilletes de rosas. ¡Cuán presto, ay de mí, se afea la cara con arrugas, y perece la tez en las tersas mejillas! Esas canas que juráis tener desde la infancia, blanquearán bien presto toda vuestra cabeza. Con la tenue piel desnudan su vejez las serpientes, y descargando sus cuernos no se hacen viejos los ciervos. Nuestros días huyen sin remedio: coged las flores, que a no ser cogidas, tristemente se caerán. Añadid que los partos abrevian el espacio de la juventud: envejece el campo con las continuas cosechas.
No fue ruboroso para ti, Luna, adormecer a Endimión; ni la rosada aurora se corrió de amar a Céfalo. Aunque Venus se apasionase de Adonis, al que llora todavía, ¿de quién proceden su Eneas y Hermione? Bellezas mortales, pisad las huellas de las diosas; no neguéis placeres a los apasionados hombres. Puesto que os engañen, ¿qué perdéis? Todo os queda. Aunque tomen mil favores, de allí nada se menoscaba. Consúmese el hierro, y los pedernales se desgastan con el uso: pero subsiste, y no hay miedo de que se aniquile aquella parte. ¿Quién se opondría a dejar tomar luz de otra luz, o quién economizaría las vastas aguas del abismoso mar? Decís no convenir que la mujer tenga tratos con hombres; mas respondedme ¿qué es sino echar agua de abundante fuente? No os prostituye mi voz, pero os prohíbe temer vanos daños, en que no os inducen vuestros favores.
Navegaré con recio viento, pues mientras estoy en el puerto, blando céfiro sopla. Empiezo por la compostura: abunda el vino en las viñas bien cultivadas, y solo el cultivo produce fecundas mieses. La hermosura es don del cielo; pero ¿quiénes y cuántas descuellan en hermosura? La mayor parte de vosotras carece de esta joya. La tez se hermosea con el cuidado: la tez descuidada se deteriora, aunque sea semejante a la de Idalia. Si las mujeres antiguas no se aderezaron así, ni los antiguos tuvieron hombres así adornados. Si Andrómaca vestía ropas burdas, ¿de qué nos maravillamos? Era mujer de un soldado feroz. ¿Acaso la mujer de Áyax se engalanaría para parecer bien a aquel, cuyo escudo era reforzado con siete cueros de buey?
Antiguamente reinaba entre nosotros una grosera simplicidad; mas ya la dorada Roma posee las exorbitantes riquezas del orbe conquistado. Mirad lo que fue, y lo que es ahora el Capitolio; diríais que parece consagrado a otro Júpiter. La curia, que ahora es digna del augusto congreso, se atechaba con paja, reinando Tacio. El refulgente Palatino, asiento ahora de Apolo y de los Césares, ¿qué era sino pastos para los bueyes de labranza? Alaben otros la antigüedad: yo finalmente me congratulo de haber nacido ahora, pues esta edad es conforme a mi genio: no porque ahora se saca de las entrañas de la tierra el codiciado oro, ni porque vienen las perlas cogidas en diversas costas: no porque se allanan los montes extrayendo mármol, ni porque se enfrena con diques el salobre mar; sino porque reina la cultura, ni permaneciendo en nuestro siglo, la rudeza de nuestros antepasados.
No carguéis las orejas con las costosas pedrerías que el macilento indio envía de sus remotas costas: no os presentéis orgullosas con vestiduras recamadas de oro, con cuyo brillo pensáis atraernos, y más bien nos ahuyentáis. El aseo nos cautiva: no traigáis en desorden el cabello, porque la buena figura la dan y la quitan las manos que lo componen. No es uno solo el género de tocado: escoged el que os convenga, consultando antes el espejo. A las de cara larga les prueba la crencha partida sin ornato: así se peinaba Laodamía. Las de cara redonda quieren el pelo atado en un rizo pequeño encima de la frente, enseñando las orejas. Algunas dejan flotar sus cabellos por los hombros, al modo del dios de las artes, cuando tañe la lira. Otras los añudan detrás de la cerviz, dejándolos tendidos, imitando a la ágil Diana, cuando a su costumbre persigue las espantadas fieras. Cuadra a muchas llevar el pelo inflado flojamente: y a otras les agracia apretadamente atado. A algunas les sienta bien el peinado en figura de tortuga; y a otras llevar un rizado undulante a semejanza de las olas. Pero así como son innumerables las bellotas de las copudas encinas, las abejas del Hibla y las fieras de los Alpes, así no podré yo reducir a número los diferentes peinados, porque cada día aumentan las modas.
Agracia a muchas el cabello descompuesto: al verlas pensaremos que se peinaron ayer, y acaban de tocarse. Parezca el arte efecto del acaso: así, en Ecalia conquistada, se mostró Íole a Hércules, quien dijo al verla: ¡Oh amada mujer! Así pareciste, Ariadna, a los ojos de Baco, cuando te llevó en su carro en medio de los gritantes sátiros.
¡O cuán indulgente es para vosotras la naturaleza! ¡Cuántos medios os deja para disimular los daños que padece vuestra hermosura! El hombre no puede encubrirlos: sus cabellos arrebatados por los años caen como las hojas sacudidas por el aquilón. La mujer tiñe los suyos con hierbas de Germania, que les dan un más bello color; o no repara en adornar su cabeza con otros, comprados públicamente: la vemos ajustarlos en presencia de Hércules y del coro de las musas.
Eran plazas con estos nombres.
¿Y qué diré del vestido? No hablo de las ropas franjeadas, ni de las dos veces teñidas con tiria púrpura. Pues que hay tantos colores de menor coste, ¿qué furor es el de echarse a cuestas toda la hacienda? He allí el color del cielo cuando está exento de nubes, y el templado austro no concita las aguas llovedizas. He allí el leonado color del carnero que libró a Frixo e Íole del cuchillo de Ino. El que imita al mar, y tiene nombre de verdemar, es el color que yo diría amado de las nereidas. Otro hay parecido al de la húmeda aurora, cuando unce los lucientes caballos. Otros figuran el mirto de Pafos, la violada amatista, las albas rosas, la grulla traciana. Ni falta para ti, Amarilis, el color de castaña, ni el de almendra; y hasta la cera da su color a los vellones. No matizan a los campos tantas flores, cuando en la apacible primavera la vid se cubre de vástagos y muere el perezoso invierno, cuantos colores recibe la tejida lana. Escoged el que os cuadre, porque no todos son propios para todas las mujeres. El negro conviene a las de nevado cutis; a Hipodamía le estaba bien el negro, y negro vestía cuando fue robada; el blanco cae bien a las morenas: el blanco era tu adorno, hija de Cefeo, y de blanco andabas vestida cuando morabas en Serifos.
No exhalen los sobacos olor chotuno, ni las piernas estén ásperas con el duro vello. Pero no dirijo preceptos a mujeres del peñascoso Cáucaso, ni a las que beben las aguas del Caico. ¿Os advertiré que no ennegrezcan por desidia los dientes, y que de mañana lavéis la cara con agua? Sabéis buscar la blancura en el barniz de la cera, y arrebolar con afeites lo que naturaleza no arrebola. Alcoholáis los desnudos confines de las cejas, y emplastáis con delicadas membranas las descarnadas mejillas. No tenéis rubor de marcar los ojos con ceniza sutil, o con azafrán traído de Cilicia. Tengo escrito un libro, pequeño volumen, pero grande en sustancia, el cual contiene medicamentos para vuestra hermosura. En él hallarán refugio las de figura desfavorecida; porque no es indolente en vuestras cosas mi ingenio.



