El arte de amar · Ovid

Part 4

Capítulo 4 de 7 · 15 min de lectura

Guerra con los partos, y paz siempre con la dulce amiga: los juegos y alegría son los compañeros del amor.

Si no fuere con vosotros bastante cariñosa y afable, sufrid y tolerad: con el tiempo se tornará blanda. Doblegándolas con suavidad, se enderezan las encorvadas ramas del árbol; y se quiebran violentándolas con fuerza. Con suavidad se cortan las rápidas aguas de los ríos; y no pudieran vadearse, nadando contra la corriente. Con suavidad se doman los tigres y leones de Numidia: y los toros se acostumbran poco a poco a tirar de la rústica esteva. ¿Quién fue más intratable que la árcade Atalanta? Pues esta soberbia se rindió por fin a los obsequios del amante. Dicen que Milanión lloraba mil veces, debajo de los árboles, rigores y altiveces de esta muchacha. Mil veces cargaba en sus obedientes hombros sus redes para cazar: y mil veces clavó para ella con fiera lanza los montaraces jabalíes. Hiriole Hileo con arco despreciado por él, pero lo estaba ya por otro arco más nocivo. No os mando yo trepar armados por las selvas de Ménalo, ni llevar a cuestas las redes; ni os mando exponer vuestros pechos a saetas disparadas: los mandatos de mi arte serán llevaderos para los prudentes.

Ceded a la porfiada; cediendo saldréis vencedores. Obrad del mismo modo que si ella os lo mandara. Reprended lo que reprenda; aprobad lo que apruebe; decid lo que diga, y negad lo que niegue. Reíd, si ríe; acordaos de llorar, si llora. Imponga leyes con su semblante. Si jugare a los dados, echad mal, y dadle los mejores puntos. Si jugáis al carnícoles, para que no la aflija la pena de perder, haced que esté siempre a vuestro lado la perjudicial canícula. Si jugareis al ajedrez, imagen del latrocinio, haced que vuestro soldado perezca por el peón enemigo. Llevad tendido para ella el quitasol, y haced calle entre la gente por donde pase. No dudéis servir de estribo para el mullido lecho, ni de calzar a sus galanos pies y descalzar las sandalias. Calentad en vuestro pecho sus frías manos, aunque vosotros mismos tiritéis transidos. Ni graduéis de impropio (aunque impropio para vosotros, la complacerá) tenerla el espejo con voluntaria mano. Hércules, merecedor del cielo que antes había sostenido, exterminados los monstruos de la melancólica madrastra, tenía los canastillos entre las hijas de Lidia, e hilaba groseras lanas. El héroe de los Tirintios obedecía al arbitrio de su señora. Ved ahora si dudaréis de sufrir lo que él sufrió.

Encargados de ir al foro, anticipad siempre la hora señalada, y volved tarde. Si os mandare demandar a alguno, posponedlo todo; corred para que no os detenga en el camino tropel de gente. Si retornare por la noche a casa después de haber asistido a los convites presentaos en lugar del siervo, cuando llamare. Si estando en el campo os mandare venir, faltando carruaje, tomad el camino a pie, porque el amor aborrece a los perezosos. No os arredre el tiempo crudo, ni la sedienta canícula, ni el camino alfombrado con blancas nieves.

Especie de milicia es el amor; apartaos, indolentes, pues estos estandartes no se han de defender por hombres cobardes. La noche y el invierno, las largas carreras, los duros pesares, y todo dolor está presente a los que combaten en estos voluptuosos reales. Muchas veces os cogerá la lluvia desatada de las nubes, y muchas veces dormiréis fríos en la desnuda tierra. Se cuenta que Apolo apacentaba las vacas de Admeto, y se guarecía en pajiza cabaña. ¿A quién no honrará lo que honró a Apolo? Desnudaos de vanidad los que aspiráis al amor duradero.

Si no podéis ver a vuestra amada por camino llano y seguro, o si estuviere con opuesto cerrojo cerrada la puerta, escurríos por el fragoso techo, o subid a hurtadillas por las altas ventanas. Se complacerá sabiendo que fue para vosotros causa de peligro: y esto será para ella prenda de amor sincero. Muchas veces podías tú, Leandro, carecer de la vista de tu señora, sin embargo pasabas a nado el mar, para que conociese tu pasión.

No tengáis a menos haceros lugar con las siervas y siervos, particularmente con los primeros en el orden. Saludad a cada uno por su nombre, pues nada se pierde. Humillaos, vanidosos, a darles la mano. Pero sobre todo regalad alguna propinilla al siervo que os pida, pues no es grande esta impensa. Y regalad a las siervas, para consolarlas del castigo que las espera un día, si escondido el marido bajo un traje distinto, llega a sorprenderlas. Creedme, haced de vuestro bando a esta gentecilla, incluyendo siempre en tal clase al portero y al que duerme en la antecámara.

No os ordeno que gratifiquéis con dádivas costosas a vuestra amiga: dad poco, pero lo poco con oportunidad y finura. Cuando los jardines estuvieren tan ricos en frutas, que agobie a las ramas su peso, por el mozo enviadle en un canastillo regalos campestres. Podréis decir que es fruta de vuestra granja, aunque la hayáis comprado en la calle Sacra. Enviadla o uvas o castañas, que eran delicia de Amarilis, o también nueces, si las apetece. Conviene testificarla que está en vuestra memoria, regalándola un tordo atado a una guirnalda de flores. Infamemente se adquiere así la esperanza del testamento, y la herencia de la senectud sin familia. ¡Ah! ¡Perezcan los que regalan para comprar tal delito!

¿Os aconsejaré por ventura que la escribáis afectuosos versos? ¡Ay de mí! los versos no son muy estimados. Alábanse los versos, pero más se aprecian las dádivas. Como sea rico, un bárbaro mismo será bien admitido. Ahora estamos en los verdaderos siglos de oro: con el oro se adquieren altísimos honores; con el oro se concilia el amor. Aunque Homero mismo volviese acompañado de las musas, las mujeres le echarían fuera, si nada daba. Hay a la verdad unas pocas mujeres sabias, y algunas ignorantes que quieren pasar por sabias. Alabad en versos a unas y a otras, pero en versos que con su armoniosa fluidez las recomienden al lector. Estas y aquellas acaso graduarán como don cortísimo los versos limados para ellas a costa de vigilias.

Haced que vuestra amante os pida siempre lo que habíais de hacer, y creíais seros útil. Si habéis prometido libertad a algún siervo, obligadle a obtenerla por la mediación de ella. Si remitís al esclavo el azote y el penoso calabozo, débaos ella a vosotros la gracia que habíais de hacer. Vuestro sea el provecho, y dese a la amiga el honor. Nada perdáis; pero tenga ella la opinión de que vale con vosotros.

Los que aspiran a mantener la privanza de su amante, háganla creer que están embelesados con su hermosura. Si está vestida de púrpura, alabaréis los colores de Tiro. Si la veis vestida de finísima seda, diréis que le cae bien la tela de Cos. Si se adornare con vestido chapado de oro, diréis que está más preciosa que el oro mismo. Si se pone la gausapa, aprobad esta ropa. Si se presenta en túnica, todo lo abrasas, clamad; pero rogadla tímidamente que se abrigue del frío. Si trajere los cabellos partidos sobre la frente, alabad la dividida crencha; y si los encrespare con hierro caliente, agradaos de la ensortijada cabellera. Admirad sus brazos cuando baile, y su voz cuando cante; y fingid que os disgustáis de que lo deje presto. Conveniente será alabarla en el mismo lecho, notando con sensual voz sus placeres y los vuestros.

De esta isla eran las telas de seda que se gastaban en Roma; eran tan delgadas que se transparentaba el cuerpo.

Gausapa era una especie de paño grueso y felpudo, de que se hacían los vestidos de invierno.

Así, aunque sea más violenta que la atroz Medusa, se hará igual y mansa para su amador. Solo debéis no manifestar simulación en tales lances, ni desmentir con el semblante las palabras. El arte de disimular encubierto es ventajoso, conocido sirve de confusión; y con razón os quitará crédito para en adelante.

A veces en el otoño (cuando los colmados racimos empiezan a colorear con el rubicundo mosto, y prometen un año abundantísimo, y cuando alterna el frío con los últimos calores) reinan enfermedades por la desigualdad del tiempo. Conserve vuestra amiga perfecta salud por cierto; pero, si indispuesta se acostare, dañada por la destemplanza del aire, mostradla con expresivas señales vuestro amor y sentimiento. Sembrad entonces para coger a manos llenas después. No os fastidie la impertinente enfermedad, y haced por vuestra mano cuanto ella os permita. Véaos llorar; no tengáis hastío de sufrir sus besos: y agote vuestras lágrimas con su árida boca.

Haced muchos votos por su salud, pero todos en público: contadle oportunamente sueños de buen agüero. Llevad a su casa alguna vieja que espíe el aposento y lecho, llevando a la vista azufre y huevos en su tembladora mano. Todo esto serale indicio lisonjero de interés en su salud. Por tales medios consiguieron muchos la postrimera voluntad de sus amigas. No os atraigáis la aversión de la enferma por su cuidado; guardad cierta medida en la complaciente oficiosidad. No la impidáis comer, ni la presentéis el vaso con amargos medicamentos: dejad este cargo a vuestro rival.

Pero pues os halláis en medio del golfo, no boguéis con el viento que henchía la vela cuando salisteis del puerto. En tanto que el amor titubea reciente, adquiere fuerzas con el uso; y se radica poderosamente, si le alimentan con tiempo. Aquel toro que te amedrenta, era novillo que solías manosear; y aquel árbol que ahora te recrea con sombra, fue delgada varita. Nace pobre aquel río; pero engruesa su caudal en el camino, recibiendo por donde pasa las aguas de muchos arroyuelos. Habituadla a vosotros, porque nada mejor que la habitud. Para llegar a ella, no rehuséis probar disgustos. Véaos continuamente: óigaos continuamente: séale presente día y noche la figura de vuestro semblante.

Cuando estéis seguros de que anhela por veros, id lejos entonces, y seréis cuidado de la ausente. Dad descanso: el campo holgado vuelve con usura la semilla, y la tierra árida bebe con ansia las celestes aguas. Filis ardía con más tibieza por Demofonte presente, y creció sobremanera su llama al verle darse a la vela. Ausente el sagaz Ulises atormentaba a Penélope: y Laodamía dirigía quejas amorosas a su ausente Protesilao.

Mas la breve demora es eficaz; porque con el tiempo enlentecen los cuidados, y se desvanece el amor ausente, y entra otro nuevo. En la ausencia de Menelao, Elena se consoló de su solitud en los brazos del troyano su huésped. ¡Qué estupidez ha sido esta, Menelao! Tú partiste solo, y quedaban debajo de un mismo techo el huésped y tu esposa. ¡Insensato! ¿Entregas al gavilán la guarda de las tímidas palomas? ¿Confías todo el redil al lobo montesino? Elena no, ni su adúltero delinque, pues hace lo que tú y lo que cualquiera haría. Les obligaste al adulterio, dándoles ocasión y tiempo. ¿Qué ha hecho Elena sino usar de tu consejo? ¿Qué había de hacer? Está ausente el marido y habita en su casa un huésped amable: temía ella dormir sola en el desocupado lecho. Júzguelo el mismo Menelao; yo absuelvo de crimen a Elena, pues abrazó la ocasión proporcionada por el imprudente marido.

No es tan sañudo el rojo jabalí cuando, en medio de su rabia, tira rodando con diente fulminador a los perros que le acosan: ni la leona, cuando ateta a los mamantes cachorros: ni la pequeña víbora pisada por el incauto pie, como se enfurece una mujer sorprendiendo a la rival del consorte lecho: su corazón se retrata en el semblante. Se arroja al hierro y al fuego, y no guardando mesura, se enajena como arrebatada del furor aonio. Bárbaramente vengó Medea, degollando a los hijos, la infidelidad de su esposo, y la violación de los maritales derechos. Madre no menos cruel fue Progne: miradla por esto transformada en golondrina, y su pecho con señal de sangre. Esto deshace lo firmes y muy estrechos amores: los hombres cautos han de temer estos extravíos.

No por eso os condena mi severidad a una sola mujer. ¡No lo permitan los dioses! Apenas las casadas pueden contenerse en tanta privación. Divertíos: pero celad los deslices con la precaución de un hurto. Ninguna gloria resulta de los defectos. No regaléis a una preseas que pueda saber la otra, ni tengáis a horas fijas vuestras disoluciones. Y para que no os sorprendan en escondrijos conocidos, no os juntéis siempre en unos mismos lugares. Repasad bien cuantas cartas escribiereis, pues muchas leen más de lo que hallan escrito.

Venus ofendida se arma legítimamente; e hiriendo con los mismos dardos, hace sufrir los propios males de que ella se quejó. Mientras Agamenón quedó constante, casta vivió su esposa; el ejemplo solo de sus vicios la hizo criminal. Ya sabía ella la repulsa hecha a Crises, quien vino a implorar por su hija cautiva, llevando en la mano el laurel de Apolo, y ceñidos los cabellos con las sagradas cintas: sabía la triste suerte de esta joven sacada de Lirneso. El nombre de Briseida, y las vergonzosas contiendas que prolongaban la guerra habían llegado a sus oídos. Delante de sus mismos ojos había visto a la hija de Príamo, y su esposo vencedor hacerse esclavo de su misma esclava. Entonces fue cuando admitió a Egisto en su corazón y lecho; vengando con un crimen un amoroso delito.

Insignia del sacerdocio de Apolo. Crises, aunque sacerdote, no pudo obtener de Agamenón la libertad de su hija.

Si a pesar de la cautela se descubren vuestros hechos, negadlos tenazmente, puesto que sean manifiestos. Pero no os mostréis sumiso ni más cariñoso que antes, porque esta señal indicaría mucho el ánimo culpado. Combatidla, sí, con amoroso vigor; en ello consiste vuestra reconciliación; este es el primer modo como se ha de negar a Venus una infidelidad.

Mandan algunos tomar ajedreas, yerbas estimulantes y nocivas: yo las tengo por ponzoña. Otros mezclan la pimienta con la grana de la picante ortiga; y el rubio pelitre triturado y disuelto en vino añejo. Mas la diosa que se adora en la falda sombría del elevado Érix reprueba el violentarse de este modo a sus deleites. Pueden tomarse el blanco bulbo, que se cría en Tesalia o en los Pelasgos, y otras yerbas hortenses provocativas a lujuria. Tómense también huevos frescos, miel del Himeto, y la fruta que entre sus agudas hojas produce el pino. Mas ¿para que te distraes, docta Erato, a remedios medicinales? Déjame empujar el carro hasta la raya final de la carrera.

Especie de cebolla silvestre, que también tiene otros nombres.

Los que por mi consejo encubríais poco ha las infidelidades, torced ahora el camino, y por mi consejo descubrid vuestros hurtos. No se culpe mi vario opinar, pues no siempre el curvo bajel transporta los pasajeros con un mismo viento. Unas veces navega con el norte, otras con el levante; a veces hinche la vela el poniente, a veces el viento sur. Mirad como el cochero ya afloja desde el carro las riendas, ya las tira para sujetar sus caballos. Hay algunas a quienes hace mal el consecuente querer, y no teniendo ningún obstáculo entibia su amor. Con la prosperidad se inflan regularmente los ánimos; y no es fácil moderarlos en la libre fruición de los gustos. Como el ligero fuego, que habiendo perdido poco a poco su fuerza, se esconde debajo de blancas cenizas, y recobra empero sus extinguidas llamas, si se le aplica el azufre, echando el mismo resplandor que antes: así cuando el corazón entorpece perezoso en ocio y tranquilidad, se ha de avivar el amor con penetrantes estímulos. Haced que recele de vosotros, recalentad el frío espíritu de la querida: demude su semblante el indicio de vuestro delito. ¡Oh mil y mil veces dichoso aquel de quien lamenta agravios la amiga! Aquella a cuyos ignorantes oídos habiendo llegado una vez la deslealtad, se desmaya, y pierde cuitada color y habla. Sea yo aquel, por quien despedace furiosa los cabellos; por quien rasgue sus tiernas mejillas aquel a quien vea lagrimosa: aquel a quien mire con torvos ojos: aquel sin quien no pueda vivir, deseando poder.

Si preguntáis cuanto tiempo se ha de quejar la injuriada, sea breve, porque no crezca el enojo con la lenta tardanza. Ceñid luego con los brazos su cándido cuello; estrechad en vuestro pecho a la llorosa: besad a la llorosa: conceded los deleites de Venus a la llorosa. Hará la paz: de este único modo se desarma la ira. Cuando más se encrudeciere, cuando parezca irreconciliable enemiga, en su lecho se concluirá el tratado, allí se amansará. Allí, depuestos los dardos, habita la concordia: en aquel lugar, creedme, nació la benevolencia. Juntan sus picos las palomas que antes se pelearon, y sus arrullos figuran palabras y requiebros.

En el principio de las cosas era el mundo mole informe y desordenada: astros, mar y tierra tenían una faz. El cielo se sobrepuso luego a la tierra, fue rodeado del mar el globo terrestre, y se separaron las partes del informe caos. Los bosques sirvieron de albergue a las fieras, el aire a las aves, y los peces habitaron debajo de las líquidas aguas. Entonces el género humano erraba por los solitarios campos, grosero y robusto, sin vislumbre de genio. Su casa era la selva, su comida las yerbas, y su cama el follaje de los árboles: y en mucho tiempo no se conocieron los hombres entre sí. El dulce deleite domesticó sus ánimos feroces: formaron sociedad el hombre y la mujer. No aprendieron de maestro lo que habían de hacer, pero Venus consumó sin arte la agradable obra. La ave tiene a quien amar. El pez halla en el centro de las aguas la hembra con quien parte sus placeres. El ciervo busca a su igual; la serpiente se une con la serpiente. Adultera el perro trabado con la perra. La oveja engendra contenta; la becerra corre en pos del toro: y le gusta a la cabrilla el olor del hediondo macho. Agitadas furiosamente las yeguas siguen a los caballos, apartados por ríos y lugares distantes.

Dad pues a la airada el remedio señalado, el solo que pueda aliviar su acerbo dolor; este remedio más eficaz que los jugos de Macaón, cura el dolor, con aquello mismo que lo ha causado.

Célebre médico en la guerra de Troya.

Mientras yo cantaba, se me apareció repentinamente Apolo, pulsando con sus dedos las cuerdas de la lira de oro. Traía laurel en las manos, y laurel ornaba su sagrada cabellera. Dejose ver, y me habló con voz fatídica. Preceptor de lascivos amores, dijo, conduce tus discípulos a mi templo. En él se lee una inscripción celebrada por la fama en el extenso orbe, la cual ordena que cada uno se conozca a sí mismo. Quien se conociere a sí será el único que ame con acierto, pues medirá sus fuerzas con la dificultad de la obra. Aquel a quien naturaleza dio hermosura, sea considerado por ella: el que es blanco, recuéstese siempre con los hombros desnudos. El de gracioso hablar rompa el taciturno silencio. El que canta sonoramente, cante; y el buen bebedor, beba. Pero ni los elocuentes declamen en la conversación, ni los extravagantes poetas reciten sus versos. Esto me amonestó Apolo: obedeced a las amonestaciones de Apolo, cuya sacra boca dicta oráculos.

Lo vuelvo a repetir otra vez: quien ame con cordura, vencerá, y sacará de mi arte lo que se propone. Mas no siempre los surcos pagan la siembra con usura, ni siempre impele a la dudosa nao el viento favorable. Son pocos los bienes y muchos los pesares de los amantes. Propónganse el sufrirlos con constancia. Hay en amor tantos dolores como liebres en el monte Atos, como abejas liban las flores en el Hibla, como bayas tiene el verdoso árbol de Palas, y como conchas la ribera del mar. Los tiros de Cupido están empapados en mucha hiel.

Os dirán que la querida está fuera, y acaso la habréis visto en casa; pensad sin embargo que está fuera, y que los ojos os engañaron. Os cerrarán la puerta para la noche concertada: toleradlo, y tended el cuerpo en el duro suelo. Acaso la embustera sierva dirá con faz insolente: ¿a qué ronda este nuestra puerta? Adulad humildes a los cerrojos y a la descarada moza, y poned en la puerta las rosas que engalanen vuestra cabeza. Entrad cuando será su gusto: retiraos cuando no quiera recibiros. Desdice de un hombre decente incomodar a nadie. No es esto de despreciar, para que no os lo advierta la amiga: no tenemos a toda hora la razón en la mano. Mas no juzguéis indecoroso sufrir dicterios y golpes de la querida, ni bajarse a besar sus tiernos pies.

¿Por qué me detengo en pequeñeces, cuando me urgen cosas mayores? Grandes cosas he de decir: parad todos las mientes. Ardua empresa arrostramos, trabajo difícil pide aquí mi arte; pero nada es la virtud sin las dificultades. Sufrid con paciente ánimo la presencia de un rival, y estará con vosotros la victoria; vencedores, iréis con Júpiter al Capitolio. Sí, las encinas proféticas de Dodona son las que os hablan ahora, y no un mortal: nada más insuperable que esto contiene mi arte. Si le hace señas, sufrid: si le escribe, no abráis las cartas: venga ella de donde quiera, y vaya adonde le acomode. Sufren muy bien esto los maridos de sus legítimas mujeres, cerrando los ojos en fingido sueño. No estoy yo, lo confieso, hábil en este arte: yo mismo soy inferior a mis preceptos. ¿Por ventura hará otro delante de mí señas a mi muchacha? ¿Y lo sufriré? ¿Y no me he de enfurecer? Acuérdome que el marido la besó en mi presencia, y me quejé de tales besos; de esta barbaridad abunda nuestro amor. Esta imprudencia me perjudicó más de una vez. Más hábil es sin duda el marido que se compone fácilmente con los galanes de su mujer. Lo mejor es ignorarlo todo. Dejad que queden escondidos los hurtos amorosos, a lo menos para que un fingido pudor asome al rendido rostro. Guardaos, oh jóvenes, de sorprender a vuestras amigas; y haced como si os contentaseis con sus razones. Crece el afecto en los amantes sorprendidos: siendo igual la suerte de los dos, uno y otro persisten con más firmeza en la causa de su error.