El arte de amar · Ovid

Part 3

Capítulo 3 de 7 · 14 min de lectura

Excédase enhorabuena el encargado de probar el vino y administrarlo; pero yo os prescribiré la medida cierta con que habéis de beber, y es mientras tengáis firmes el juicio y los pies. Evitad sobre todo las rencillas dimanadas del vino, y harto capaces de parar en golpes. Mató a Euritión la brutalidad en embriagarse: la mesa y el vino son más propios para agradable pasatiempo.

Habla de los criados y mayordomos de los Lúculos de aquel tiempo.

Si tenéis buena voz, cantad; y si cuerpo ágil, bailad. Agradad por cualquiera habilidad con que podáis agradar. Como la embriaguez verdadera ofende, así fingida divierte. Fingid pues que vuestra lengua tartamudea, para que se atribuya al demasiado vino cuanto hagáis o digáis con menos decencia. Decid saludes a la querida, y saludes al que duerme con ella; pero a este imprecadle con interior siniestro. Cuando acabado el convite se levante de la mesa (la misma concurrencia os facilitará el acceso) arrimándoos despacio interpolados entre los demás; pellizcadla, y dadla una pisadita.

Se aproxima el coloquio. Desechad la nimia cobardía, lejos el encogimiento, pues Venus y Fortuna ayudan al atrevido. No os dictaré yo lecciones para ser elocuentes. Con solo empezar os vendrá espontáneamente la facundia. Haced el enamorado, imitando con las palabras la enfermedad amorosa, y procurando con arte que os den fe. Y no habrá trabajo en que os crean, porque ninguna hay que no presuma de ser amable: por muy feas que sean, todas se juzgan con atractivos para agradar. Empero muchas veces se empieza a amar por chanza, y muchas veces llega a ser de veras lo que al principio se finge. Sí, mujeres, cuanto más complacientes seáis para estos remedadores, tanto más sincero se hará el amor que poco ha era falso.

Tratemos de sorprender el corazón con imperceptibles cariños, como las aguas puras socavan la pendiente orilla. No tengáis empacho de alabar su cara y sus cabellos, sus torneadas manos, y sus enanos pies. Los elogios de la hermosura lisonjean también a las castas; y el parecer hermosas es cuidado agradable de las doncellas. ¿Por qué no se corren ahora Juno y Palas de haber puesto en juicio su belleza en medio de las selvas frigias? El pavón de Juno ostenta, cuando le alaban, el tornasolado brillo de sus plumas; y si le miran con indiferencia, esconde la riqueza de su adorno. Los caballos entre las contiendas de la rápida carrera se envanecen con el aplauso de su cuello y bien peinadas crines.

No andéis escasos en prometer: las promesas cautivan a las mujeres. Poned a cualesquiera dioses por testigos de lo prometido. Júpiter desde las alturas ríe de los perjurios de los amantes, y manda a los vientos de Eolo que lleven los que son nulos. Júpiter solía jurar en vano a Juno por el lago Estigio, y él mismo nos alienta con su ejemplo. Importa que haya dioses; y pues importa, creamos que los hay. Ofrezcámosles incienso y vino en las antiguas aras, porque no yazcan en el ocio, ni sumidos en el letargo. Vivid con probidad, pues la deidad os observa. Restituid los depósitos: sed religiosos en cumplir los pactos: huya el fraude: no seáis homicidas. Burlad impunemente, si sabéis, solo a las mujeres. Esta es la única fe a que es vergonzoso no corresponder con dolo. Engañad a las engañadoras: son raza pérfida por la mayor parte; caigan pues en los lazos que tendieron.

Cuéntase que el Egipto careció de las lluvias que fertilizan los campos, padeciendo en sequedad nueve años. Trasio se acercó al rey Busiris, y le mostró que Júpiter se aplacaría, derramando en sacrificio la sangre de un extranjero. Tú serás, respondió Busiris, primera víctima inmolada a Júpiter; y como extranjero atraerás la lluvia al Egipto. Y Falaris tostó en el toro los miembros del inhumano Perilo, estrenando el autor para su daño la obra. Justos fueron los dos tiranos, porque no hay más equitativa ley, que la de que perezca con su misma arte el inventor del suplicio. Así que, engañando con razón los perjurios a las perjuras, sufrirá la mujer las falsías de que da ejemplo.

Las lágrimas son provechosas: con lágrimas ablandaréis a los diamantes. Haced, si podéis, que vea las mejillas humedecidas con el llanto. Si no podéis llorar (porque no siempre vienen a deseo las lágrimas) estregad los ojos con la mano mojada. A vuestras cariñosas expresiones, añadid dulces besos. Aunque ella no los dé tomadlos sin licencia. Acaso lo repugnará al principio, y os llamará insolente; pero no obstante querrá que la venzáis en esta repugnancia. Precaved solamente que al robar los besos no lastiméis sus encarnados labios, no sea que se queje de que son brutales vuestros besos.

El que tomó besos, y no toma lo demás, será digno de perder también los que se le han dado. Después de los besos ¿Cuánto falta para completar el deseo? El dejarlo no es ya pudor, sino necedad. Lo llamarán violencia, pero es grata esta violencia a las mujeres, las cuales por lo regular quieren dar por fuerza lo que las deleita. Cualquiera de ellas a quien se roba por sorpresa un gusto de amor, se regocija, y tiene esta malicia por agasajo. Pero la que pudiendo ser obligada, se va sin que la toquen, aunque afecte satisfacción en el semblante, quedará descontenta. Febe fue violada; y a su hermana se le hizo fuerza; y con todo eso una y otra se agradaron de sus forzadores.

Aunque bien conocida, no se ha de omitir la historia de la hija del rey de Esciros, de quien triunfó Aquiles. La diosa ciprida había dado ya a Paris su recompensa por haber preferido su belleza a la de dos diosas, en el monte Ida. Ya la nuera de Príamo, venida de otras tierras era en los troyanos muros esposa de Paris. Los griegos aliados juraban vengar al ofendido marido, y la afrenta de uno solo era la afrenta de todos. Aquiles estaba disfrazado con ropas largas de mujer: traje vergonzoso, si no lo vistiera por acceder a los ruegos de su madre. ¿Qué haces, nieto de Eaco? No es tu oficio el de hilar lana. Busca timbres en la ocupación de Palas. ¿Qué, a ti los canastillos? Más bien estará en tu mano el escudo. ¿Por qué tienes el huso en la diestra que derribará a Héctor? Arroja las mazorcas del torcido estambre; blandirás tu lanza con esa fuerte mano. Casualmente había en la misma mansión una doncella de estirpe regia, que con deshonor suyo, conoció que aquel era varón. Fue vencida por violencia, y así debemos creerlo; pero también que ella se dejó vencer. Cuando Aquiles se apresuraba a marchar y había tomado ya las bélicas armas: Detente, le decía reiteradamente. ¿Dónde está ahora la fuerza? ¿Por qué detienes, Deidamía, con cariñosas palabras al autor de tu deshonra?

Hay cosas de las que una mujer no puede sin rubor hablar la primera, pero que admite gustosa cuando se las proponen. ¡Ah! ¡demasiado presume un joven de su hermosura, si aguarda que la mujer pida favores! A los hombres toca empezar: a los hombres toca recuestar con palabras suplicantes; y a ellas aceptar benignamente los dulces ruegos. Si queréis gozar, rogad, pues ellas desean solamente ser rogadas. Manifestadles pues lo que apetecéis. No desdeñaba el mismo Júpiter de dirigir súplicas a las antiguas heroínas, y ninguna repelió al gran Júpiter. No obstante si veis que a las súplicas opone orgullosa dureza, dejad lo comenzado, y volved atrás. Muchas se apasionan de quien las huye, y desaman a quien las busca. Solicitando con más tibieza, apartaréis el fastidio. No siempre se alcanzan goces de Venus por el declaradamente enamorado; a veces entra el amor cubierto con velo de amistad. Por este medio he visto enamorarse a mujeres insociables, y al que había ido amigo trasformado en amante.

Sienta mal al marinero la tez blanca, pues los vientos marítimos y los rayos del sol deben ennegrecerle. También sienta mal al labrador, porque siempre a la inclemencia, revuelve la tierra con la azada y corva reja. Y los que aspiran a arrebatar la palma en los juegos olímpicos serían vituperables en tener blancos los cuerpos. Todo amante esté descolorido, pues la palidez es color propio de acongojados amantes: este les viene bien, aunque imaginen que no importa el semblante. Pálido erraba Orión por los bosques en pos de la esquiva Side: pálido estaba Dafnis por la insensible náyade. La palidez sea índice del corazón, y no parezca despropósito tapar con gorro la atusada cabellera. Enflaquecerán a los juveniles cuerpos las largas vigilias, la cavilación, y las ansias que siguen a un amor intenso. Para condoler a la querida andad miserables, de modo que cuantos os vean puedan llamaros amantes.

Entre los romanos llevar gorro era señal de enfermedad. Habla pues aquí Ovidio de las dolencias amorosas.

Sin lamentarme de ver confundidos el vicio y la virtud, de ver que amistad y fe no son sino palabras vacías de sentido; no puedo menos de decíroslo: no hay seguridad en alabar al compañero la persona que amáis. Creyendo las alabanzas, pensará en desbancaros. Es cierto que Patroclo no corrompió la amante de su caro Aquiles, y Fedra fue casta con Pirítoo. Pílades amaba a Hermione como Apolo a Palas, y como a Elena su hermano gemelo Cástor. Pero si alguno espera otro tanto, espere coger manzanas del tamariz, y pida miel a los ríos.

Es natural la inclinación al mal: cada uno procura sus gustos, y estos son más aceptables, si vienen a costa de los demás. ¡Oh corrupción! No es temible para un amante el enemigo, y para estar seguro debe desconfiar de sus fieles amigos. Guardaos del pariente, y del hermano, y del caro compañero: todos estos os darán verdaderos motivos de recelar.

Para concluir digo que, habiendo mil genios entre las mujeres, con mil medios se ha de propiciar su corazón. No produce todos los frutos una misma tierra: esta es buena para viñas, aquella para olivas y la otra para trigo. Hay tantas inclinaciones diversas como personas en el mundo. El prudente se acomodará a todos los caracteres. Imitará a Proteo, que ora se mudaba en la corriente de un río, ora en león, ora en árbol, ora en cerdoso jabalí. Entre los peces unos se cogen con fisga, otros en redes, otros en hueca nasa.

Ni son buenos unos mismos medios para todas las edades. Una cierva vieja ve los lazos a mayor distancia. Si parecéis astuto a la inexperta, y descarado a la modesta, al punto apocadas desconfiarán de vosotros. De aquí es que las que no se atreven a entregarse a un hombre distinguido, se abandonan a los viles abrazos de un tuno.

He desempeñado la primera parte de la empezada obra. Echemos aquí las anclas para detener la nave.

LIBRO SEGUNDO.

Loor a Apolo: dos veces loor a Apolo. La presa apetecida cayó en mis lazos. El regocijado amante orne mis versos con verde palma, y ensálceme sobre Hesíodo y el anciano Homero. Tal era el hijo de Príamo, cuando con la robada consorte regresaba viento en popa de la guerrera Amiclas. Tal era Pélope, cuando iba en carro victorioso transportando a Hipodamía en ruedas extranjeras. ¿Para que te aceleras, joven? Tu bajel navega aún en alta mar, y está lejos el anhelado puerto. No es bastante haber adquirido, siendo yo el consejero, el objeto de tu amor. Con mis lecciones fue captado: con mis lecciones se ha de conservar. Porque no se necesita menos sabiduría para defender lo ganado, que para adquirirlo. En esto puede influir la ventura, pero aquello es obra del arte.

[Ilustración]

Inspiradme propicios ahora, Cupido y Citerea, si alguna vez me favorecisteis: inspírame ahora, Erato, tú que tienes nombre de amor. Grandes cosas emprendo: enseñar por que artes se ha de hacer estable al amor, muchacho vagabundo por el vasto universo. Él es liviano, tiene géminas alas para volar, y es difícil imponerles reglas.

Minos había cerrado a Dédalo todos los pasos por donde podía escapar; mas él halló la vía arriesgada de salvarse volando. Luego que Dédalo hubo encerrado en el laberinto al varón semibuey, o al buey semivarón, concebido por la abominación de su madre: rectísimo Minos, dijo, pon término a mi destierro, y vayan mis cenizas a reposar en la paterna tierra. Y ya que, agitado de los hados rigurosos, no pude vivir en la patria, a lo menos séame dado el morir. Concede que se restituya a ella mi hijo, si en mis años no me consideras a mí digno de esta gracia: y si no quieres concedérselo al muchacho, concédeselo al viejo. Estas y otras razones había dicho; mas vanamente, el inflexible Minos le negaba el regreso. Al punto que lo entendió, ahora, dijo, ahora tienes campo, oh Dédalo, para ejercitar tu ingenio. Minos es señor de la tierra y del mar, y ni la tierra ni el agua están francas para mi fuga. Resta el camino del aire; por el aire tentaré ir. Ayuda mi designio, alto Júpiter. No presumo sublimarme hasta los estrellados asientos; pero no tengo sino este camino para librarme del rey. Si hubiera salida por el estigio, vadearía las estigias aguas: permítaseme crear leyes para mi naturaleza. Los males aguzan a veces el ingenio: ¿quién jamás hubiera creído que un hombre había de caminar por las aéreas regiones? Puso en orden unas alas con plumas volátiles, atando esta ligera obra con hilo, y sujetando su parte inferior con cera derretida al fuego: acabose el trabajo del nuevo artefacto. Manejaba el muchacho sonriéndose la cera y las plumas, ignorante de que esta invención se preparaba para sus hombros. En este bajel, le dijo su padre, hemos de aportar a nuestra patria; con este auxilio hemos de salvarnos del cautiverio de Minos. Este no pudo cerrarnos el aire; todo lo demás lo ha cerrado. Ya que podemos, rompe con mi invento los aires. Pero no has de mirar a la Osa, al Boyero que la acompaña, y al Orión armado con espada. Regla tu vuelo al mío; yo iré siempre delante. Sea tu cuidado seguirme; guiando yo irás seguro. Porque si nos elevamos a las etéreas esferas, acercándonos al sol, la cera se liquidará con el calor de sus rayos; y si con humildes alas atravesamos muy inmediatos el mar, las movibles plumas se humedecerán con sus azuladas aguas. Toma pues un vuelo medio, y teme, hijo mío, los vientos: hacia donde sople el aire agita las favorables velas. Entretanto que le daba estos avisos, acomodaba las alas al muchacho, y le enseñaba a servirse de ellas: bien como la ave dirige a los endebles hijuelos. Atole después las alas, proporcionadas a sus hombros, y le entregó no sin temor al nuevo viaje. Al echar a volar besó tiernamente al pequeñuelo, y las paternales mejillas no contuvieron sus lágrimas. Había una colina menor que el monte, y más alta que la llanura: de allí se dieron los dos a la desgraciada huida. Movía Dédalo sus alas, y miraba las del hijo, sosteniendo siempre su rumbo. Pero ufano Ícaro de transitar por no descubierto camino, deponiendo el temor, voló con más osadía de la que prestaba el arte. Violos uno que con trémula caña pescaba peces, y su mano paró en la ocupación. Ya habían dejado a la izquierda las islas de Samos, y Naxos, las de Paros y Delos, amada de Apolo; y a la derecha quedaban las de Lebintos, Kálimnos de sombríos bosques, y Astipalea ceñida de pezcosos vados; cuando el imprudente muchacho con harta temeridad se remontó más arriba, abandonando a su guía. Rómpense las ligaduras, derrítese la cera con la inmediación del sol, y ya el sutil viento no sostenía el movimiento de sus brazos. Atónito echó la vista al mar desde tanta elevación, y el horrible miedo ofreció a sus ojos los crepúsculos de la noche. Acabó de liquidarse la cera, y él batía los desnudos brazos. Estremécese, y no tiene con que sostenerse. Cayó, y cayendo: Padre, oh padre, me llevan, dijo, y las cerúleas aguas sofocaron sus voces. El infeliz padre, no padre ya: Ícaro, clamó, ¿donde estás, Ícaro, o a que parte del cielo vuelas? Ícaro, clamaba; pero vio sus alas en el mar. La tierra hospedó sus huesos, y las aguas retuvieron su nombre.

El Minotauro, engendro de un toro y de Pasífae, mujer de Minos.

No pudo Minos refrenar las alas de Dédalo; y yo me aparejo a detener al dios que inconstantemente vuela. Aquel se engaña que recurre a la magia de Tesalia, y al hipomanes confeccionado con la carúncula que se arranca de la frente del potro recién nacido. No son poderosas de fijar al amor las yerbas de Medea, ni los encantos de los marsos mezclados con mágicos conjuros. Si con hechizos se pudiese conservar el amor, Medea hubiera poseído a Jasón; y Circe a Ulises.

Marsos, antiguos pueblos del Abruzo. Tomaron el nombre de Marso, hijo de Circe, y aprendieron de él a ser famosos encantadores y hechiceros.

En vano se dan a las mujeres brebajes amatorios, que causan palidez. Estas confecciones trastornan el espíritu, y tienen la virtud de enloquecerle. Lejos todo artificio: para que os amen, sed amables. No bastarán para serlo el semblante ni la hermosura; aunque seáis un Nireo, tan alabado por el antiguo Homero, o un Hilas robado por superchería de las náyades; para retener a vuestra amada, y no veros abandonados, a las gracias del cuerpo añadid las dotes del ingenio. La hermosura es deleznable bien: se aja con los años, y fenece limitada en su período. No siempre florecen las violetas y los anchos lirios; y los rosales que ya no llevan rosas, se erizan de agudas espinas. Vosotros, preciados de hermosos, pronto veréis canos vuestros cabellos; pronto vendrán las arrugas a surcar vuestro cuerpo. Perfeccionad pues el espíritu, que no se marchita, y sostendrá vuestra belleza. Él solo permanece hasta el lóbrego sepulcro. Sea no leve estudio vuestro cultivarle con las buenas letras, y aprender a ser elocuentes. No era hermoso, pero era facundo Ulises: y con su elocuencia se atraía el amor de las mismas diosas.

En el original elegantemente hiantia lilia. He traducido anchos, porque siendo los lirios las flores que más se abren, el adjetivo abiertos, común a todas, no expresaría la demasiada abertura de ellos.

¡Oh, cuántas veces se dolió Calipso de la celeridad de su partida! ¡Y cuántas le detuvo diciéndole que no estaba propicio el mar para hacerse a la vela! De tiempo en tiempo le rogaba contase el asedio de Troya; y él solía referir muchas veces el mismo suceso de modo diferente. Un día, estando los dos en la playa, exigió la hermosa Calipso le contase las cruentas hazañas del capitán de los Tracios. Él, con una varita que por acaso tenía en la mano, dibujó la pedida historia en la arenosa orilla. He aquí, dijo, a Troya; y figuró sus muros en la espesa arena: este es el Simois, y aquí, a sus márgenes mi campamento. Aquí estaban las trincheras (y las pintaba) que deshicimos con muerte de Dolón, cuando vigilante intentó robar los caballos de Aquiles. Allá estaban las tiendas de Reso, rey de Tracia, a quien a oscuras cogí los caballos. Trazaba otras muchas figuras, cuando las improvisas olas borraron a Troya, y los reales de Reso con su general. Entonces la diosa le dijo: mira esas olas a las que te confías para irte, mira de cuales nombres hacen mofa en este momento.

Así pues, confiad poco en la figura mudable. Seáis quién fuereis, ennobleceos con más sólido mérito. Gana principalmente las voluntades la fácil condescendencia: la aspereza y los duros modales producen odio. Aborrecemos al gavilán, porque vive siempre de la rapacidad; y a los lobos, porque acostumbran ir contra el tímido rebaño. La golondrina, por mansa, está libre de las asechanzas del hombre; y las aves caonias tienen palomares donde anidar.

Vayan pues fuera las rencillas y la maledicencia entre amantes, aliméntese el tierno amor con palabras de dulzura. Por las disensiones huyen las casadas a sus maridos, y los maridos a sus mujeres, persuadiéndose a que se deben siempre recíprocos tratamientos. Esto es bueno para los casados: las contiendas son dote del casamiento. Pero la amiga oiga siempre requiebros. No habéis unido lecho por disposición de las leyes, amor solo ejerce entre vosotros el oficio de la ley. Gastad pues tiernas caricias, y expresiones que halaguen sus oídos; y así recibiros ha siempre con alegría.

No me constituyo yo preceptor de amores para los ricos. El que diere no necesita de arte. Consigo lleva la ciencia quien, cuando le peta, dice: toma. Cedo: con su dinero será más estimado que con mis advertencias. Compongo estos versos para pobres, porque yo amé como pobre. Cuando no podía regalar dádivas, regalaba palabras. Ame el pobre con circunspección: el pobre tema hablar mal; sufra muchas cosas que no sufrirían los ricos. Acuérdome que irritado un día descompuse al dueño mío los cabellos. ¡Ay de mí, cuán malos días me costó aquel enojo! Ni sentí, ni creo haber desgarrado su túnica; mas ella lo dijo, y la rescaté a mi costa. Vosotros los que sois prudentes, evitad defectos de vuestro maestro; temed los males de mi culpa.