Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE IV. Rossillon. A room in the Countess’s palace.
Capítulo 13 de 818 · 1 min de lectura
Entran la Condesa y el Mayordomo.
CONDESA. ¡Ay! ¿Y habrías de tomar la carta de ella? ¿No podías suponer que haría lo que ha hecho, enviándome una carta? Léela de nuevo.
MAYORDOMO. [Lee.] Soy peregrina de San Jaime, allá he partido. El amor ambicioso tanto me ha ofendido que descalza piso el frío suelo, con voto sagrado de enmendar mis faltas. Escribe, escribe, para que de la sangrienta senda de la guerra mi querido señor, tu amado hijo, se aparte. Bendícelo en casa en paz, mientras yo, desde lejos, santifico su nombre con fervoroso celo. Pídele que me perdone sus fatigas impuestas; yo, su desdeñosa Juno, lo envié lejos de amigos cortesanos, a vivir entre enemigos en campaña, donde la muerte y el peligro acechan el valor. Es demasiado bueno y noble para la muerte y para mí; a quien yo misma abrazo para dejarlo libre.
CONDESA. ¡Ah, qué punzantes son las palabras más suaves de ella! Rynaldo, nunca te faltó juicio tanto como al dejarla partir así; si hubiera hablado con ella, bien podría haber desviado sus intenciones, que así me ha anticipado.
MAYORDOMO. Perdóneme, señora; si le hubiera entregado esto anoche, podría haberse alcanzado; y aun así ella escribe que perseguirla sería en vano.
CONDESA. ¿Qué ángel bendecirá a este indigno esposo? No puede prosperar, a menos que las oraciones de ella, a quien el cielo se complace en escuchar y ama conceder, lo libren de la ira de la más alta justicia. Escribe, escribe, Rynaldo, a este indigno esposo de su esposa; que cada palabra pese mucho en el valor de ella, que él valora tan poco; mi mayor dolor, aunque él poco lo sienta, escríbelo con firmeza. Envía al mensajero más conveniente. Cuando acaso él oiga que ella se ha ido, regresará; y espero que ella, al saberlo, apresure de nuevo sus pasos, guiada aquí por puro amor. Cuál de los dos me es más querido no sé distinguirlo. Prepara ese mensajero. Mi corazón está pesado y mi vejez es débil; el dolor pide lágrimas, y la pena me obliga a hablar.
[Salen.]



