Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE IV. A Room in Leonato’s House.
Capítulo 539 de 818 · 5 min de lectura
Entran Leonato, Antonio, Benedicto, Beatriz, Margarita, Úrsula, el fraile Francisco y Hero.
FRAILE. ¿No les dije que ella era inocente?
LEONATO. Así también lo son el Príncipe y Claudio, quienes la acusaron por el error que ustedes oyeron debatir. Pero Margarita tuvo alguna culpa en esto, aunque fue en contra de su voluntad, según se ve en el verdadero curso de toda la cuestión.
ANTONIO. Bien, me alegra que todo haya salido tan bien.
BENEDICTO. Y a mí también, pues de otro modo, por mi fe, me habría visto obligado a pedirle cuentas al joven Claudio por ello.
LEONATO. Bien, hija, y ustedes, damas, retírense a una habitación solas, y cuando las mande llamar, vengan aquí enmascaradas. El Príncipe y Claudio prometieron a esta hora visitarme.
[Salen las damas.]
Tú sabes tu deber, hermano; debes ser el padre de la hija de tu hermano y entregarla al joven Claudio.
ANTONIO. Lo haré con rostro firme.
BENEDICTO. Fraile, creo que debo pedirle un favor.
FRAILE. ¿Para qué, señor?
BENEDICTO. Para atarme o desatarme; una de las dos. Señor Leonato, es cierto, buen señor, que su sobrina me mira con ojos de favor.
LEONATO. Esos ojos se los prestó mi hija. Es muy cierto.
BENEDICTO. Y yo le correspondo con ojos de amor.
LEONATO. Esa mirada, creo, la aprendiste de mí, de Claudio y del Príncipe. Pero, ¿qué deseas?
BENEDICTO. Su respuesta, señor, es enigmática. Pero, en cuanto a mi voluntad, mi deseo es que su buena voluntad concuerde con la nuestra, para unirnos hoy en honorable matrimonio. En esto, buen fraile, deseo su ayuda.
LEONATO. Mi corazón está con tu deseo.
FRAILE. Y mi ayuda también. Aquí vienen el Príncipe y Claudio.
Entran Don Pedro y Claudio, con asistentes.
DON PEDRO. Buenos días a esta hermosa asamblea.
LEONATO. Buenos días, Príncipe; buenos días, Claudio. Aquí los esperamos. ¿Ya están decididos hoy a casarse con la hija de mi hermano?
CLAUDIO. Mantendré mi decisión, aunque fuera una etíope.
LEONATO. Llámala, hermano: aquí está el fraile preparado.
[Sale Antonio.]
DON PEDRO. Buenos días, Benedicto. ¿Qué sucede, que tienes esa cara de febrero, tan llena de escarcha, tormenta y nubosidad?
CLAUDIO. Creo que piensa en el toro salvaje. ¡Bah! No temas, hombre, doraremos tus cuernos, y toda Europa se alegrará por ti, como una vez Europa lo hizo con el vigoroso Júpiter, cuando quiso jugar al noble animal enamorado.
BENEDICTO. El toro Júpiter, señor, tenía un mugido amable. Y algún toro extraño saltó sobre la vaca de tu padre y engendró un ternero en esa noble hazaña, muy parecido a ti, pues tienes justo su balido.
CLAUDIO. Por esto te lo debo: aquí vienen otras cuentas.
Vuelve a entrar Antonio, con las damas enmascaradas.
¿Cuál es la dama que debo tomar?
ANTONIO. Es esta misma, y yo te la entrego.
CLAUDIO. Entonces, es mía. Dulce, déjame ver tu rostro.
LEONATO. No, eso no lo harás hasta que tomes su mano ante este fraile y jures casarte con ella.
CLAUDIO. Dame tu mano: ante este santo fraile, soy tu esposo, si así lo deseas.
HERO. Y cuando vivía, era tu otra esposa: [Se quita la máscara.] Y cuando me amabas, tú eras mi otro esposo.
CLAUDIO. ¡Otra Hero!
HERO. Nada más cierto: Una Hero murió deshonrada, pero yo vivo, y tan cierto como vivo, soy doncella.
DON PEDRO. ¡La antigua Hero! ¡La Hero que está muerta!
LEONATO. Ella murió, mi señor, pero mientras vivió su calumnia.
FRAILE. Todo este asombro puedo aclarar: cuando terminen los santos ritos, les contaré en detalle la muerte de la bella Hero. Mientras tanto, dejen que la maravilla les sea familiar, y vayamos ahora mismo a la capilla.
BENEDICTO. Con calma, fraile. ¿Cuál es Beatriz?
BEATRIZ. [Se quita la máscara.] Respondo a ese nombre. ¿Qué desea?
BENEDICTO. ¿No me amas?
BEATRIZ. No, no más que lo razonable.
BENEDICTO. Entonces, tu tío, el Príncipe y Claudio han sido engañados, pues juraron que sí.
BEATRIZ. ¿No me amas tú?
BENEDICTO. En verdad, no, no más que lo razonable.
BEATRIZ. Entonces mi prima, Margarita y Úrsula están muy engañadas, pues juraron que sí.
BENEDICTO. Juraron que casi estabas enferma por mí.
BEATRIZ. Juraron que tú estabas casi muerto por mí.
BENEDICTO. No es así. ¿Entonces no me amas?
BEATRIZ. No, en verdad, solo en amistosa recompensa.
LEONATO. Vamos, prima, estoy seguro de que amas al caballero.
CLAUDIO. Y yo juraría que él la ama; pues aquí hay un papel escrito de su puño y letra, un torpe soneto de su propio ingenio, dedicado a Beatriz.
HERO. Y aquí hay otro, escrito de la mano de mi prima, robado de su bolsillo, que contiene su afecto hacia Benedicto.
BENEDICTO. ¡Un milagro! Aquí están nuestras propias manos contra nuestros corazones. Ven, te tomaré; pero, por esta luz, te tomo por compasión.
BEATRIZ. No te lo negaría; pero, por este buen día, cedo por gran persuasión, y en parte para salvarte la vida, pues me dijeron que estabas consumido.
BENEDICTO. ¡Silencio! Te taparé la boca. [La besa.]
DON PEDRO. ¿Cómo estás, Benedicto, el hombre casado?
BENEDICTO. Te diré algo, Príncipe; ni un colegio de burlones podrá sacarme de mi humor. ¿Crees que me importa una sátira o un epigrama? No; si un hombre ha de ser vencido por ingenio, no llevará nada elegante consigo. En resumen, ya que pretendo casarme, no pensaré nada que el mundo diga en contra; así que nunca te burles de mí por lo que he dicho antes, porque el hombre es voluble, y esa es mi conclusión. Por tu parte, Claudio, pensé en golpearte; pero, ya que vas a ser mi pariente, vive sin magulladuras y ama a mi prima.
CLAUDIO. Esperaba que negarías a Beatriz, para poder sacudirte la soltería a golpes y hacerte un doble; cosa que, sin duda, serás, si mi prima no te vigila muy de cerca.
BENEDICTO. Vamos, vamos, somos amigos. Bailemos antes de casarnos, para alegrar nuestros corazones y los pies de nuestras esposas.
LEONATO. Bailaremos después.
BENEDICTO. Primero, por mi palabra; ¡así que música! Príncipe, estás triste; búscate una esposa, búscate una esposa: no hay báculo más digno que uno rematado en cuerno.
Entra un mensajero.
MENSAJERO. Mi señor, su hermano Juan ha sido capturado en la huida y traído con hombres armados de regreso a Mesina.
BENEDICTO. No pienses en él hasta mañana: ya idearé castigos valientes para él. ¡Música, gaiteros!
[Baile. Salen.]
LA TRAGEDIA DE OTELO, EL MORO DE VENECIA
Contenido
ACTO I Escena I. Venecia. Una calle Escena II. Venecia. Otra calle Escena III. Venecia. Una sala del consejo
ACTO II Escena I. Un puerto en Chipre. Una explanada Escena II. Una calle Escena III. Un salón en el castillo
ACTO III Escena I. Chipre. Frente al castillo Escena II. Chipre. Una habitación en el castillo Escena III. Chipre. El jardín del castillo Escena IV. Chipre. Frente al castillo
ACTO IV Escena I. Chipre. Frente al castillo Escena II. Chipre. Una habitación en el castillo Escena III. Chipre. Otra habitación en el castillo



