Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE VI. Friar Lawrence’s Cell.

Capítulo 641 de 818 · 1 min de lectura

Entran Fray Lorenzo y Romeo.

FRAY LORENZO. Que los cielos sonrían sobre este acto sagrado, para que las horas venideras no nos reprochen con tristeza.

ROMEO. Amén, amén, pero venga la pena que venga, no podrá contrarrestar el gozo que me da un solo minuto en su presencia. Une nuestras manos con palabras santas, y luego que la muerte devoradora de amores haga lo que se atreva; me basta con poder llamarla mía.

FRAY LORENZO. Estos placeres violentos tienen finales violentos, y en su triunfo mueren; como el fuego y la pólvora, que al besarse se consumen. La miel más dulce resulta repugnante por su propia delicia, y en el gusto confunde el apetito. Por eso, ama con moderación: así perdura el amor; lo que llega demasiado rápido es tan tardío como lo que llega demasiado lento.

Entra Julieta.

Aquí viene la dama. Oh, un pie tan ligero jamás desgastará la eterna piedra. Un enamorado podría cruzar los hilos de araña que flotan en el caprichoso aire veraniego y aun así no caer; así de ligera es la vanidad.

JULIETA. Buenas tardes a mi confesor espiritual.

FRAY LORENZO. Romeo te lo agradecerá, hija, en nombre de los dos.

JULIETA. Lo mismo para él, de lo contrario, su gratitud sería excesiva.

ROMEO. Ah, Julieta, si la medida de tu alegría es tan colmada como la mía, y si tu habilidad es mayor para expresarla, entonces endulza con tu aliento este aire cercano, y deja que la lengua de la rica música revele la felicidad imaginada que ambos recibimos en este querido encuentro.

JULIETA. La imaginación, más rica en sustancia que en palabras, se jacta de su esencia, no de su adorno. Solo los mendigos pueden contar su valor; pero mi verdadero amor ha crecido tanto, que no puedo sumar ni la mitad de mi riqueza.

FRAY LORENZO. Vengan, vengan conmigo, y no tardaremos, porque, con su permiso, no deben quedarse solos hasta que la santa iglesia los una en uno solo.

[Salen.]

ACTO III