Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE I. The Forest of Arden
Capítulo 71 de 818 · 2 min de lectura
Entran el Duque Mayor, Amiens y dos o tres lores, vestidos como guardabosques.
DUQUE MAYOR. Ahora, compañeros y hermanos en el exilio, ¿no ha hecho la vieja costumbre esta vida más dulce que la de la pompa fingida? ¿No son estos bosques más libres de peligros que la envidiosa corte? Aquí no sentimos la pena de Adán, la diferencia de las estaciones, como el colmillo helado y el áspero reproche del viento invernal, que cuando muerde y sopla sobre mi cuerpo, aun hasta encogerme de frío, sonrío y digo: “Esto no es adulación. Estos son consejeros que, con el sentimiento, me persuaden de lo que soy.” Dulces son los usos de la adversidad, que, como el sapo, feo y venenoso, lleva sin embargo una preciosa joya en la cabeza; y esta nuestra vida, exenta del bullicio público, halla lenguas en los árboles, libros en los arroyos que corren, sermones en las piedras y bien en todo.
AMIENS. Yo no la cambiaría. Dichoso es su señoría, que puede traducir la terquedad de la fortuna en un estilo tan tranquilo y tan dulce.
DUQUE MAYOR. Vamos, ¿iremos a cazar venado? Y sin embargo, me apena que los pobres tontos manchados, siendo ciudadanos nativos de esta ciudad desierta, deban, en sus propios dominios, con cabezas bifurcadas, tener sus redondos lomos heridos.
PRIMER LORD. En verdad, mi señor, el melancólico Jaques se aflige por eso, y en ese sentido jura que usted usurpa más que su hermano, el que lo desterró. Hoy, mi señor de Amiens y yo nos escabullimos detrás de él mientras yacía bajo una encina, cuya antigua raíz asoma sobre el arroyo que bulle a lo largo de este bosque; a ese lugar llegó un pobre ciervo apartado, que había sido herido por el cazador, para languidecer; y en verdad, mi señor, el desdichado animal lanzó tales gemidos que su descarga estiró su piel de cuero casi hasta romperla, y las grandes y redondas lágrimas corrían una tras otra por su inocente hocico en una persecución lastimera. Y así el peludo tonto, muy observado por el melancólico Jaques, se paró en el borde más extremo del rápido arroyo, aumentándolo con lágrimas.
DUQUE MAYOR. ¿Y qué dijo Jaques? ¿No moralizó este espectáculo?
PRIMER LORD. Oh sí, en mil símiles. Primero, por su llanto en el arroyo innecesario: “Pobre ciervo”, dijo, “haces testamento como los mundanos, dando tu suma de más a quien ya tenía demasiado.” Luego, estando allí solo, dejado y abandonado de sus amigos de terciopelo: “Es justo”, dijo, “así la miseria separa el flujo de la compañía.” Pronto una manada descuidada, llena del pasto, salta junto a él y nunca se detiene a saludarlo. “Sí”, dijo Jaques, “¡Sigan su camino, ciudadanos gordos y grasientos! Así es la costumbre. ¿Por qué miran a ese pobre y arruinado quebrado que está allí?” Así, con gran invectiva, atraviesa el cuerpo del país, la ciudad, la corte, sí, y de esta nuestra vida, jurando que somos simples usurpadores, tiranos y algo peor, al asustar a los animales y matarlos en su morada asignada y nativa.
DUQUE MAYOR. ¿Y lo dejaron en esa contemplación?
SEGUNDO LORD. Así fue, mi señor, llorando y comentando sobre el ciervo sollozante.
DUQUE MAYOR. Muéstrenme el lugar. Me gusta encontrarme con él en estos estados sombríos, pues entonces está lleno de materia.
PRIMER LORD. Lo llevaré con él de inmediato.
[Salen.]



