Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE III. A Room in the Palace

Capítulo 70 de 818 · 4 min de lectura

Entran Celia y Rosalinda.

CELIA. ¿Por qué, prima, por qué, Rosalinda? ¡Que Cupido tenga piedad! ¿Ni una palabra?

ROSALINDA. Ni una para arrojarle a un perro.

CELIA. No, tus palabras son demasiado valiosas para desperdiciarlas en chuchos. Lánzame algunas a mí. Vamos, hiéreme con razones.

ROSALINDA. Entonces habría dos primas postradas, cuando una quedaría herida por razones y la otra enloquecida sin ellas.

CELIA. ¿Pero todo esto es por tu padre?

ROSALINDA. No, parte de esto es por el padre de mi hijo. ¡Oh, cuán lleno de espinas está este mundo de todos los días!

CELIA. No son más que abrojos, prima, lanzados sobre ti en bromas de día festivo. Si no caminamos por los senderos ya andados, hasta nuestras enaguas los atraparán.

ROSALINDA. Podría sacudirlos de mi abrigo; estos abrojos están en mi corazón.

CELIA. Ahuyéntalos.

ROSALINDA. Lo intentaría, si pudiera decir “¡ajá!” y tenerlo.

CELIA. Vamos, vamos, lucha con tus afectos.

ROSALINDA. Oh, ellos toman el partido de un luchador mejor que yo.

CELIA. ¡Oh, buen deseo para ti! Lo intentarás a su tiempo, pese a una caída. Pero dejando estas bromas de lado, hablemos en serio. ¿Es posible que tan de repente hayas caído en tan fuerte inclinación por el hijo menor del viejo Sir Rowland?

ROSALINDA. El duque, mi padre, amaba mucho a su padre.

CELIA. ¿Y de eso se sigue que debas amar mucho a su hijo? Por esa lógica, yo debería odiarlo, pues mi padre odiaba mucho a su padre; sin embargo, no odio a Orlando.

ROSALINDA. No, en verdad, no lo odies, por mí.

CELIA. ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿No lo merece?

Entran el Duque Federico con los lores.

ROSALINDA. Déjame amarlo por eso, y tú ámalo porque yo lo hago. —Mira, aquí viene el Duque.

CELIA. Con los ojos llenos de ira.

DUQUE FEDERICO. Señorita, apúrese con la mayor seguridad y márchese de nuestra corte.

ROSALINDA. ¿Yo, tío?

DUQUE FEDERICO. Tú, sobrina. Si en estos diez días eres hallada tan cerca de nuestra corte pública como a veinte millas, morirás por ello.

ROSALINDA. Le suplico, Alteza, permítame conocer mi falta. Si tengo trato conmigo misma, o conozco mis propios deseos, si no estoy soñando ni estoy loca—como confío que no lo estoy—entonces, querido tío, jamás, ni en pensamiento no nacido, ofendí a Su Alteza.

DUQUE FEDERICO. Así hacen todos los traidores. Si su purificación consistiera en palabras, serían tan inocentes como la misma gracia. Bástete saber que no confío en ti.

ROSALINDA. Sin embargo, su desconfianza no puede hacerme traidora. Dígame en qué se basa esa sospecha.

DUQUE FEDERICO. Eres hija de tu padre, eso basta.

ROSALINDA. También lo era cuando Su Alteza tomó su ducado; también lo era cuando Su Alteza lo desterró. La traición no se hereda, mi señor, o si la recibiéramos de nuestros amigos, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Mi padre no fue traidor. Entonces, buen señor, no se equivoque tanto como para pensar que mi pobreza es traición.

CELIA. Querido soberano, permítame hablar.

DUQUE FEDERICO. Sí, Celia, la retuvimos por ti, de otro modo habría partido con su padre.

CELIA. Entonces no supliqué que se quedara; fue su voluntad y su propio remordimiento. Era yo demasiado joven entonces para valorarla, pero ahora la conozco. Si ella es traidora, también lo soy yo. Siempre hemos dormido juntas, nos levantamos al mismo tiempo, aprendimos, jugamos, comimos juntas, y dondequiera que fuimos, como los cisnes de Juno, siempre íbamos unidas e inseparables.

DUQUE FEDERICO. Ella es demasiado astuta para ti, y su suavidad, su mismo silencio y su paciencia hablan al pueblo, y ellos la compadecen. Eres una tonta. Ella te roba tu nombre, y parecerás más brillante y más virtuosa cuando ella se haya ido. Así que no abras los labios. Firme e irrevocable es mi sentencia que he dictado sobre ella. Está desterrada.

CELIA. Pronuncie esa sentencia entonces sobre mí, señor. No puedo vivir sin su compañía.

DUQUE FEDERICO. Eres una tonta. Tú, sobrina, prepárate. Si excedes el plazo, por mi honor y por la grandeza de mi palabra, morirás.

[Salen el Duque Federico y los lores.]

CELIA. Oh, mi pobre Rosalinda, ¿adónde irás? ¿Cambiarás de padre? Yo te daré el mío. Te lo ruego, no te aflijas más que yo.

ROSALINDA. Tengo más motivos.

CELIA. No los tienes, prima. Te ruego que estés alegre. ¿No sabes que el Duque me ha desterrado, a su hija?

ROSALINDA. No lo ha hecho.

CELIA. ¿No lo ha hecho? Entonces a Rosalinda le falta el amor que te enseña que tú y yo somos una. ¿Hemos de separarnos? ¿Hemos de partir, dulce amiga? No, que mi padre busque otra heredera. Por eso, piensa conmigo cómo podemos huir, adónde ir y qué llevar con nosotras, y no intentes cargar tú sola con el cambio, soportar tus penas y dejarme fuera. Porque, por este cielo, ahora pálido por nuestras penas, digas lo que digas, yo iré contigo.

ROSALINDA. ¿Pero adónde iremos?

CELIA. A buscar a mi tío en el bosque de Arden.

ROSALINDA. Ay, ¿qué peligro será para nosotras, doncellas como somos, viajar tan lejos? La belleza provoca a los ladrones antes que el oro.

CELIA. Me vestiré con ropas pobres y humildes, y con una especie de tizne umbrío mancharé mi rostro. Haz tú lo mismo; así pasaremos desapercibidas y no atraeremos asaltantes.

ROSALINDA. ¿No sería mejor, ya que soy más alta que el promedio, que me vistiera completamente como hombre? Una gallarda hacha corta en el muslo, una lanza de jabalí en la mano, y en el corazón, aunque haya oculto temor de mujer, mostraremos un porte bravucón y marcial, como tantos cobardes afeminados que se hacen los valientes con su apariencia.

CELIA. ¿Cómo te llamaré cuando seas hombre?

ROSALINDA. No tendré peor nombre que el del propio paje de Júpiter, así que procura llamarme Ganímedes. ¿Y tú cómo te llamarás?

CELIA. Algo que tenga relación con mi estado: ya no Celia, sino Aliena.

ROSALINDA. Pero, prima, ¿y si intentamos llevarnos al bufón rústico de la corte de tu padre? ¿No sería un consuelo en nuestro viaje?

CELIA. Él irá conmigo por todo el mundo. Déjame a mí convencerlo. Vámonos, y reunamos nuestras joyas y riquezas, planeemos el momento más oportuno y el modo más seguro de escondernos de la persecución que habrá tras mi huida. Ahora vamos contentas, hacia la libertad, no hacia el destierro.

[Salen.]

ACTO II