Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE IV. Troy. Pandarus’ house.
Capítulo 726 de 818 · 5 min de lectura
Entran Pándaro y Crésida.
PÁNDARO. Sé moderada, sé moderada.
CRÉSIDA. ¿Por qué me hablas de moderación? El dolor es fino, pleno, perfecto, el que pruebo, y se desborda en un sentimiento tan fuerte como aquel que lo causa. ¿Cómo podría moderarlo? Si pudiera contemporizar con mis afectos o rebajarlo hasta un gusto más débil y frío, igual alivio podría darle a mi pena. Mi amor no admite impurezas que lo rebajen; tampoco mi dolor, en una pérdida tan preciosa.
Entra Troilo.
PÁNDARO. Aquí, aquí, aquí viene. ¡Ah, dulces palomas!
CRÉSIDA. [Abrazándolo.] ¡Oh, Troilo! ¡Troilo!
PÁNDARO. ¡Qué par de espectáculos tenemos aquí! Déjenme abrazar también. 'Oh corazón', como dice el buen refrán,—
Oh corazón, corazón pesado, ¿Por qué suspiras sin romperte?
donde él responde de nuevo
Porque no puedes aliviar tu dolor Ni con amistad ni con palabras.
Nunca hubo una rima más cierta. No desechemos nada, pues podríamos vivir para necesitar tal verso. Lo vemos, lo vemos. ¿Qué pasa, corderitos?
TROILO. Crésida, te amo con una pureza tan intensa que los dioses benditos, como enojados con mi pasión, más ardientes en celo que la devoción que los labios fríos soplan a sus deidades, te arrebatan de mí.
CRÉSIDA. ¿Acaso los dioses sienten envidia?
PÁNDARO. Sí, sí, sí, sí; es un caso demasiado claro.
CRÉSIDA. ¿Y es cierto que debo irme de Troya?
TROILO. Una verdad odiosa.
CRÉSIDA. ¿Qué? ¿Y también de Troilo?
TROILO. De Troya y de Troilo.
CRÉSIDA. ¿Es posible?
TROILO. Y de repente; donde la injuria del azar impide la despedida, atropella bruscamente todo tiempo de pausa, nos roba con rudeza de los labios cualquier reencuentro, impide a la fuerza nuestros abrazos sellados, estrangula nuestros queridos votos aun en el nacimiento de nuestro propio aliento esforzado. Nosotros dos, que con tantos miles de suspiros nos compramos el uno al otro, debemos vendernos pobremente con la rudeza y brevedad de una sola despedida. El tiempo injurioso ahora, con la prisa de un ladrón, amontona su rica rapiña, sin saber cómo. Tantas despedidas como estrellas en el cielo, con suspiros distintos y besos destinados a ellas, las amontona en un adiós suelto, y nos escatima con un solo beso hambriento, amargado por la sal de lágrimas rotas.
ENEAS. [Fuera.] Mi señor, ¿está lista la dama?
TROILO. ¡Escucha! Te llaman. Algunos dicen que el Genio grita así a quien debe morir de inmediato. Diles que tengan paciencia; ella irá pronto.
PÁNDARO. ¿Dónde están mis lágrimas? ¡Lluvia, ven a calmar este viento, o mi corazón se me subirá por la garganta!
[Sale.]
CRÉSIDA. ¿Debo entonces ir con los griegos?
TROILO. No hay remedio.
CRÉSIDA. ¡Una triste Crésida entre los alegres griegos! ¿Cuándo volveremos a vernos?
TROILO. Escúchame, amor. Sé solo fiel de corazón.
CRÉSIDA. ¿Yo, fiel? ¡Cómo! ¿Qué pensamiento malvado es ese?
TROILO. No, debemos usar la discusión con amabilidad, pues es nuestra despedida. No digo 'Sé fiel' por desconfiar de ti, pues arrojaría mi guante a la Muerte misma asegurando que no hay mancha en tu corazón; pero digo 'Sé fiel' para darle forma a mi siguiente protesta: sé fiel, y yo te veré.
CRÉSIDA. ¡Oh! Mi señor, estarás expuesto a peligros tan infinitos como inminentes. Pero seré fiel.
TROILO. Y yo haré amistad con el peligro. Lleva esta manga.
CRÉSIDA. Y tú este guante. ¿Cuándo te veré?
TROILO. Corromperé a los centinelas griegos para visitarte cada noche. Pero aun así, sé fiel.
CRÉSIDA. ¡Oh cielos! ¡Otra vez 'sé fiel'!
TROILO. Escucha por qué lo digo, amor. Los jóvenes griegos están llenos de cualidades; son amorosos, bien formados, dotados por la naturaleza, rebosantes y crecidos en artes y ejercicios. Cómo puede la novedad mover, y las partes con la persona, ay, una especie de celoso recelo piadoso, que te ruego llames pecado virtuoso, me hace temer.
CRÉSIDA. ¡Oh cielos! ¡No me amas!
TROILO. ¡Muera yo como villano entonces! En esto no pongo en duda tu fe tanto como mi propio mérito. No sé cantar, ni bailar el alto volteo, ni endulzar la charla, ni jugar juegos sutiles; bellas virtudes todas, para las que los griegos son muy aptos y hábiles; pero puedo decir que en cada una de esas gracias acecha un diablo silencioso y persuasivo que tienta con gran astucia. Pero no te dejes tentar.
CRÉSIDA. ¿Crees que lo haré?
TROILO. No. Pero puede hacerse algo que no queremos; y a veces somos demonios para nosotros mismos, cuando tentamos la fragilidad de nuestras fuerzas, confiando en su voluble potencia.
ENEAS. [Fuera.] ¡No, buen señor mío!
TROILO. Ven, dame un beso; y despidámonos.
PARIS. [Fuera.] ¡Hermano Troilo!
TROILO. Buen hermano, ven acá; y trae contigo a Eneas y al griego.
CRÉSIDA. Mi señor, ¿serás fiel?
TROILO. ¿Quién, yo? ¡Ay, ese es mi defecto, mi falta! Mientras otros pescan con astucia por gran reputación, yo con gran verdad solo atrapo simpleza; mientras algunos doran con engaño sus coronas de cobre, yo con verdad y llaneza la llevo desnuda. No temas por mi fidelidad: la moraleja de mi ingenio es simple y verdadera; ese es todo su alcance.
Entran Eneas, Paris, Antenor, Deífobo y Diómedes.
¡Bienvenido, señor Diómedes! Aquí está la dama que por Antenor te entregamos; en el puerto, señor, te la daré en la mano, y por el camino te contaré quién es. Trátala bien; y, por mi alma, noble griego, si alguna vez dependes de la misericordia de mi espada, nombra a Crésida, y tu vida será tan segura como Príamo en Ilión.
DIÓMEDES. Noble dama Crésida, si os place, ahórrenme las gracias que este príncipe espera. El brillo en vuestros ojos, el cielo en vuestras mejillas, suplican vuestro buen trato; y para Diómedes seréis señora, y lo mandaréis por completo.
TROILO. Griego, no me tratas cortésmente al avergonzar el fervor de mi súplica elogiándola a ella. Te digo, señor de Grecia, que ella está tan por encima de tus alabanzas como tú indigno de ser llamado su servidor. Te encargo que la trates bien, aun por mi encargo; porque, por el temible Plutón, si no lo haces, aunque el gran Aquiles sea tu guardia, te cortaré la garganta.
DIÓMEDES. Oh, no os alteréis, príncipe Troilo. Permítanme el privilegio de mi posición y mensaje para hablar libremente: cuando me haya ido responderé a mi deseo. Y sabed, señor, que nada haré por encargo: según su propio valor será estimada. Pero que digáis 'Sea así', yo lo digo en mi espíritu y honor, 'No'.
TROILO. Ven, al puerto. Te lo diré, Diómedes, este atrevimiento te hará esconder la cabeza más de una vez. Dama, dame tu mano; y, mientras caminamos, hablemos entre nosotros lo necesario.
[Salen Troilo, Crésida y Diómedes.]
[Suena una trompeta.]
PARIS. ¡Escucha! Es la trompeta de Héctor.
ENEAS. ¡Cómo hemos gastado esta mañana! El príncipe debe pensarme lento y negligente, pues juré cabalgar antes que él al campo.
PARIS. Es culpa de Troilo. Vamos, salgamos con él al campo.
DEÍFOBO. Preparémonos de inmediato.
ENEAS. Sí, con la fresca alegría de un novio dispongámonos a seguir los pasos de Héctor. La gloria de nuestra Troya descansa hoy en su noble valor y caballería solitaria.
[Salen.]



