Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE I. A hall in the Duke’s palace

Capítulo 91 de 818 · 5 min de lectura

Entran el Duque, Egeón, el Carcelero, Oficiales y otros asistentes.

EGEÓN. Prosigue, Solino, a procurar mi caída, y con la sentencia de muerte pon fin a mis penas y a todo lo demás.

DUQUE. Comerciante de Siracusa, no supliques más. No soy parcial para infringir nuestras leyes. La enemistad y discordia que hace poco surgió del rencoroso ultraje de tu Duque hacia los comerciantes, nuestros compatriotas de buena conducta, quienes, al carecer de florines para rescatar sus vidas, han sellado sus rigurosos estatutos con su sangre, excluye toda piedad de nuestro semblante amenazante. Pues desde las mortales y civiles disputas entre tus sediciosos compatriotas y nosotros, se ha decretado en solemnes sínodos, tanto por los siracusanos como por nosotros, no admitir tráfico alguno con nuestras ciudades adversarias; aún más, si algún nacido en Éfeso es visto en los mercados y ferias de Siracusa; y, de igual modo, si algún siracusano llega a la bahía de Éfeso, morirá, y sus bienes serán confiscados a disposición del Duque, a menos que se pague una suma de mil marcos para evitar la pena y rescatarlo. Tus bienes, valorados al máximo, no alcanzan a cien marcos; por lo tanto, por ley estás condenado a morir.

EGEÓN. Sin embargo, esto me consuela: cuando tus palabras terminen, mis penas acabarán también con el sol de la tarde.

DUQUE. Bien, siracusano, di brevemente la causa por la que partiste de tu hogar natal, y por qué motivo viniste a Éfeso.

EGEÓN. No podría habérseme impuesto tarea más pesada que la de hablar de mis penas indecibles; sin embargo, para que el mundo sea testigo de que mi final fue obra de la naturaleza y no de vil delito, diré lo que mi dolor me permita. En Siracusa nací y me casé con una mujer feliz, salvo por mí, y por mí, de no haber sido nuestra suerte tan adversa. Con ella viví en alegría; nuestra fortuna crecía gracias a los prósperos viajes que a menudo hacía a Epidamno, hasta que la muerte de mi agente y el gran cuidado de los bienes dejados al azar me alejaron de los tiernos abrazos de mi esposa; de quien mi ausencia no llegó a seis meses antes de que ella misma (casi desfalleciendo bajo el dulce castigo que las mujeres soportan) hiciera los preparativos para seguirme, y pronto y a salvo llegó a donde yo estaba. No estuvo allí mucho tiempo antes de convertirse en alegre madre de dos hermosos hijos, y, lo que fue extraño, tan parecidos el uno al otro que solo podían distinguirse por el nombre. En esa misma hora, y en la misma posada, una mujer humilde dio a luz una carga igual, gemelos varones, idénticos también. A ellos, pues sus padres eran sumamente pobres, los compré y crié para que sirvieran a mis hijos. Mi esposa, no poco orgullosa de tener dos hijos así, insistía cada día en que volviéramos a casa. A regañadientes accedí; ¡ay, demasiado pronto embarcamos! Habíamos navegado una legua desde Epidamno antes de que el mar, siempre obediente al viento, nos diera algún trágico indicio de daño; pero no mantuvimos la esperanza por mucho tiempo; pues la escasa luz que el cielo nos concedía solo traía a nuestras mentes temerosas una incierta garantía de muerte inminente, que aunque yo habría aceptado de buen grado, los incesantes llantos de mi esposa, que lloraba anticipando lo que veía venir, y las lastimosas quejas de los pequeños, que lloraban por costumbre, ignorantes de qué temer, me obligaron a buscar demoras para ellos y para mí. Y esto fue lo que hice (pues no había otro medio). Los marineros buscaron salvarse en nuestro bote y dejaron el barco, ya casi hundido, para nosotros. Mi esposa, más preocupada por el hijo menor, lo ató a un pequeño mástil de repuesto, como los que los marinos prevén para tormentas. A él se ató uno de los otros gemelos, mientras yo me ocupaba del otro. Así dispuestos los niños, mi esposa y yo, fijando la mirada en quienes era nuestro mayor cuidado, nos atamos cada uno a un extremo del mástil, y, flotando obedientes a la corriente, fuimos llevados hacia Corinto, o eso creíamos. Al fin el sol, mirando la tierra, dispersó aquellas brumas que nos afligían, y gracias al beneficio de su deseada luz el mar se calmó, y divisamos dos barcos a lo lejos que venían a toda vela hacia nosotros, uno de Corinto y otro de Epidauro. Pero antes de que llegaran—¡Oh, no quiero decir más! Adivinen el final por lo que ya he contado.

DUQUE. No, continúa, anciano, no te detengas así, pues podemos compadecerte, aunque no perdonarte.

EGEÓN. Oh, si los dioses lo hubieran hecho, no los habría llamado ahora justamente despiadados con nosotros. Pues, antes de que los barcos pudieran encontrarse a dos veces cinco leguas, fuimos sorprendidos por una gran roca, que, al ser violentamente arrastrados contra ella, partió nuestro barco en dos; de modo que, en esta injusta separación, la fortuna dejó a ambos por igual algo para alegrarse y algo para lamentar. Su parte, pobre alma, que parecía menos cargada pero no menos afligida, fue llevada con mayor velocidad por el viento, y ante nuestros ojos los tres fueron recogidos por pescadores de Corinto, o eso creímos. Finalmente, otro barco nos rescató a nosotros; y, sabiendo a quiénes habían tenido la suerte de salvar, dieron cordial bienvenida a sus náufragos, y habrían arrebatado la presa a los pescadores, de no ser porque su embarcación era muy lenta; por eso se dirigieron de regreso a casa. Así han escuchado cómo fui separado de mi dicha, y que por desventuras mi vida se prolongó para contar tristes historias de mis propias desgracias.

DUQUE. Y por aquellos por quienes sufres, hazme el favor de relatar con detalle lo que les ha sucedido a ellos y a ti hasta ahora.

EGEÓN. Mi hijo menor, y sin embargo mi mayor preocupación, a los dieciocho años se volvió inquisitivo respecto a su hermano, y me insistió en que su acompañante, pues su caso era similar, privado de su hermano pero conservando su nombre, pudiera acompañarlo en la búsqueda; a quienes, mientras yo anhelaba ver por amor, arriesgué perder a quienes amaba. Cinco veranos he pasado en la lejana Grecia, recorriendo toda Asia, y, costeando de regreso, llegué a Éfeso, sin esperanza de hallar, pero reacio a dejar sin buscar ni ese ni ningún lugar donde habiten hombres. Pero aquí debe terminar la historia de mi vida; y sería feliz en mi muerte oportuna, si todos mis viajes me aseguraran que ellos viven.

DUQUE. Desdichado Egeón, a quien los hados han marcado para soportar la máxima desgracia; ahora, créeme, si no fuera contra nuestras leyes, contra mi corona, mi juramento, mi dignidad, que los príncipes, aunque quisieran, no pueden anular, mi alma rogaría como abogada por ti. Pero aunque has sido condenado a muerte, y la sentencia dictada no puede revocarse sino con gran menoscabo de nuestro honor, aun así te favoreceré en lo que pueda. Por tanto, comerciante, te concedo este día para que busques tu salvación con ayuda benéfica. Prueba con todos tus amigos en Éfeso; suplica o pide prestado para reunir la suma, y vive; si no, entonces estás condenado a morir. Carcelero, llévalo bajo tu custodia.

CARCELERO. Así lo haré, mi señor.

EGEÓN. Sin esperanza y sin ayuda, Egeón se encamina, solo para postergar su final sin vida.

[Salen.]