Las confesiones · Augustine of Hippo
LIBRO I
Capítulo 1 de 13 · 28 min de lectura
Grande eres, Señor, y digno de suprema alabanza; grande es tu poder e infinita tu sabiduría. Y quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación; el hombre que lleva consigo su mortalidad, el testimonio de su pecado, el testimonio de que resistes a los soberbios; y, sin embargo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Nos despiertas para que nos deleitemos en tu alabanza, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Concédeme, Señor, conocer y entender qué es primero: ¿invocarte o alabarte? Y, de nuevo, ¿conocerte o invocarte? Porque, ¿quién puede invocarte sin conocerte? Pues quien no te conoce puede invocarte como a otro que no eres tú. ¿O es más bien que te invocamos para conocerte? Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán sin haber oído hablar de él? Y los que buscan al Señor lo alabarán, porque los que buscan lo hallan, y los que lo hallan lo alabarán. Te buscaré, Señor, invocándote; y te invocaré creyendo en ti, porque se nos ha predicado de ti. Mi fe, Señor, te invocará, la fe que tú me diste, con la que me inspiraste, por la Encarnación de tu Hijo, por el ministerio del Predicador.
¿Y cómo invocaré a mi Dios, a mi Dios y Señor, si al invocarlo lo llamo hacia mí? ¿Y qué lugar hay en mí donde mi Dios pueda venir a mí? ¿A dónde puede venir Dios en mí, el Dios que hizo el cielo y la tierra? ¿Hay, en verdad, Señor mío, algo en mí que pueda contenerte? ¿Acaso el cielo y la tierra que tú creaste, y en los que me creaste, te contienen? ¿O, porque nada de lo que existe podría existir sin ti, por eso todo lo que existe te contiene? Si yo también existo, ¿por qué busco que entres en mí, si no existiría si no estuvieras en mí? ¿Por qué? Porque no he descendido al infierno, y sin embargo tú también estás allí. Pues si bajo al infierno, allí estás tú. No podría existir, Dios mío, no podría existir en absoluto si no estuvieras en mí; o, más bien, si yo no estuviera en ti, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas. Así es, Señor, así es. ¿A dónde te llamo, si estoy en ti? ¿O de dónde puedes entrar en mí? Porque, ¿a dónde podría ir más allá del cielo y la tierra para que desde allí mi Dios venga a mí, el que ha dicho: “Lleno el cielo y la tierra”?
¿Te contienen entonces el cielo y la tierra, ya que los llenas? ¿O los llenas y aun así los desbordas, porque no te contienen? ¿Y a dónde, cuando el cielo y la tierra están llenos, viertes el resto de ti mismo? ¿O no necesitas que nada te contenga, tú que contienes todas las cosas, ya que lo que llenas lo llenas conteniéndolo? Porque los vasos que llenas no te sostienen, pues aunque se rompieran, no serías derramado. Y cuando te derramas sobre nosotros, no te abates, sino que nos elevas; no te dispersas, sino que nos reúnes. Pero tú, que llenas todas las cosas, ¿las llenas con todo tu ser? ¿O, ya que todas las cosas no pueden contenerte por completo, contienen una parte de ti? ¿Y todas a la vez la misma parte? ¿O cada una su parte, la mayor más, la menor menos? ¿Y es entonces una parte de ti mayor, otra menor? ¿O eres tú todo entero en todas partes, mientras que nada te contiene por completo?
¿Qué eres, pues, Dios mío? ¿Qué, sino el Señor Dios? Porque, ¿quién es Señor sino el Señor? ¿O quién es Dios sino nuestro Dios? Altísimo, sumamente bueno, sumamente poderoso, sumamente omnipotente; sumamente misericordioso, y sin embargo sumamente justo; sumamente oculto, y sin embargo sumamente presente; sumamente hermoso, y sin embargo sumamente fuerte; estable, e incomprensible; inmutable, y que todo lo mudas; nunca nuevo, nunca viejo; que todo lo renuevas y haces envejecer a los soberbios, y ellos no lo saben; siempre obrando, siempre en reposo; siempre recogiendo, y nada te falta; sosteniendo, llenando y cubriendo; creando, alimentando y madurando; buscando, y sin embargo poseyéndolo todo. Amas sin pasión; eres celoso sin ansiedad; te arrepientes, y no te duele; te airas, y permaneces sereno; cambias tus obras, pero no tu designio; recuperas lo que hallas, y nunca lo perdiste; nunca necesitas, y te alegras con las ganancias; nunca codicioso, y exiges intereses. Recibes de más para deber; y ¿quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas, sin deber nada; perdonas deudas, sin perder nada. ¿Y qué he dicho ahora, Dios mío, vida mía, santa alegría mía? ¿O qué dice el hombre cuando habla de ti? Y, sin embargo, ¡ay de quien no hable, pues aun los más elocuentes quedan mudos!
¡Oh, si pudiera descansar en ti! ¡Oh, si quisieras entrar en mi corazón y embriagarlo, para que olvide mis males y te abrace, mi único bien! ¿Qué eres tú para mí? Por tu misericordia, enséñame a decirlo. ¿O qué soy yo para ti, que exiges mi amor y, si no te lo doy, te enojas conmigo y me amenazas con graves males? ¿Es acaso un mal leve no amarte? ¡Por tu misericordia, dímelo, Señor Dios mío, qué eres para mí! Di a mi alma: “Yo soy tu salvación”. Así habla para que yo lo oiga. Mira, Señor, mi corazón está ante ti; ábrele los oídos y di a mi alma: “Yo soy tu salvación”. Tras esa voz, que yo corra y te abrace. No escondas de mí tu rostro. Déjame morir, para no morir, sólo permíteme ver tu rostro.
Estrecha es la morada de mi alma; ensánchala tú para que puedas entrar. Está en ruinas; repárala tú. Tiene dentro de sí cosas que ofenden tus ojos; lo confieso y lo reconozco. Pero, ¿quién la limpiará? ¿O a quién clamaré sino a ti? Señor, límpiame de mis pecados ocultos y libra a tu siervo del poder del enemigo. Creo, y por eso hablo. Señor, tú lo sabes. ¿No te he confesado mis transgresiones? Y tú, Dios mío, has perdonado la maldad de mi corazón. No disputo contigo en juicio, que eres la verdad; temo engañarme a mí mismo, no sea que mi iniquidad se engañe a sí misma. Por eso no disputo contigo en juicio; porque si tú, Señor, tomaras en cuenta las iniquidades, Señor, ¿quién podría resistir?
Sin embargo, permíteme hablar a tu misericordia, a mí, polvo y ceniza. Permíteme hablar, ya que hablo a tu misericordia y no a un hombre que me desprecie. Tal vez tú también me desprecias, pero volverás y te compadecerás de mí. Porque, ¿qué podría decir, Señor Dios mío, sino que no sé de dónde vine a esta vida mortal (¿debo llamarla así?) o muerte viviente? Entonces, de inmediato, me acogieron los consuelos de tu compasión, como escuché (pues no lo recuerdo) de los padres de mi carne, de cuya sustancia tú me formaste alguna vez. Así recibí los consuelos de la leche materna. Porque ni mi madre ni mis nodrizas almacenaban sus pechos para mí, sino que tú me diste el alimento de mi infancia por medio de ellas, según tu orden, por el cual distribuyes tus riquezas a través de los manantiales ocultos de todas las cosas. Tú también me diste desear sólo lo que me dabas; y a mis nodrizas, la voluntad de darme lo que tú les dabas. Porque ellas, con un afecto enseñado por el cielo, me daban de buena gana lo que de ti recibían en abundancia. Ese bien mío de parte de ellas, era bueno para ellas. Pero, en realidad, no era de ellas, sino por medio de ellas; porque de ti, oh Dios, vienen todos los bienes, y de mi Dios es toda mi salud. Esto lo aprendí después, tú, por medio de estos dones tuyos, dentro y fuera de mí, proclamándote a mí. Porque entonces sólo sabía succionar, descansar en lo que me agradaba y llorar por lo que ofendía mi carne; nada más.
Después empecé a sonreír; primero dormido, luego despierto: así me lo contaron de mí mismo, y lo creí; pues lo vemos en otros niños, aunque yo no lo recuerdo. Así, poco a poco, fui tomando conciencia de dónde estaba; y de tener el deseo de expresar mis deseos a quienes podían satisfacerlos, y yo no podía; pues los deseos estaban en mí, y ellos fuera de mí; ni podían ellos, por ningún sentido suyo, entrar en mi espíritu. Así que agitaba al azar miembros y voz, haciendo las pocas señales que podía, y como podía, parecidas, aunque en verdad muy poco, a lo que deseaba. Y cuando no se me obedecía de inmediato (siendo mis deseos dañinos o incomprensibles), entonces me indignaba con mis mayores por no someterse a mí, con quienes no me debían servicio, por no servirme; y me vengaba de ellos con lágrimas. Así he aprendido que son los niños, observándolos; y que yo mismo fui así, ellos, sin saberlo, me lo han mostrado mejor que mis nodrizas, que sí lo sabían.
¡Y he aquí que mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo vivo! Pero Tú, Señor, que vives eternamente y en quien nada muere; porque antes de la fundación de los mundos, y antes de todo lo que pueda llamarse “antes”, Tú eres, y eres Dios y Señor de todo lo que has creado: en Ti permanecen, fijas para siempre, las primeras causas de todas las cosas que no permanecen; y de todas las cosas mudables, los orígenes permanecen en Ti inmutables; y en Ti viven las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales. Dime, Señor, a mí, tu suplicante; dime, todo compasivo, a mí, tu miserable criatura; dime, ¿mi infancia sucedió a otra edad mía que murió antes que ella? ¿Fue aquella que pasé en el vientre de mi madre? Porque de eso he oído algo, y yo mismo he visto mujeres embarazadas. ¿Y qué hubo antes de esa vida, Dios mío, alegría mía, existí en algún lugar o en algún cuerpo? De esto no tengo a nadie que me lo cuente, ni padre ni madre, ni experiencia ajena, ni mi propia memoria. ¿Te burlas de mí por preguntar esto, y me mandas que te alabe y te reconozca por lo que sí sé?
Te reconozco, Señor del cielo y de la tierra, y te alabo por mis primeros rudimentos de ser y por mi infancia, de la cual nada recuerdo; porque has dispuesto que el hombre deduzca mucho sobre sí mismo a partir de otros, y crea mucho apoyándose en la debilidad de las mujeres. Incluso entonces tenía ser y vida, y (al final de mi infancia) podía buscar señales para dar a conocer a otros mis sensaciones. ¿De dónde podía venir tal ser, sino de Ti, Señor? ¿Puede alguno ser su propio artífice? ¿O puede derivarse de otro lugar alguna vena que vierta esencia y vida en nosotros, sino de Ti, Señor, en quien esencia y vida son una sola cosa? Porque Tú mismo eres supremamente Esencia y Vida. Porque Tú eres altísimo y no cambias, ni en Ti termina el hoy; sin embargo, en Ti termina, porque todas esas cosas también están en Ti. Pues no tendrían modo de pasar si Tú no las sostuvieras. Y como tus años no fallan, tus años son un solo hoy. ¡Cuántos de nuestros años y de los de nuestros padres han fluido a través de tu “hoy”, y de él recibieron la medida y la forma del ser que tuvieron; y aún otros fluirán y así recibirán la forma de su grado de ser! Pero Tú sigues siendo el mismo, y todas las cosas de mañana, y todo lo que vendrá, y todo lo de ayer, y todo lo pasado, Tú lo has hecho hoy. ¿Qué me importa si alguien no comprende esto? ¡Que también se regocije y diga: “¿Qué es esto?”! ¡Que así se regocije! Y que prefiera descubrirte no descubriéndote, que no descubrirte creyendo descubrirte.
Escucha, oh Dios. ¡Ay del pecado del hombre! Así dice el hombre, y Tú te compadeces de él; porque Tú lo creaste, pero el pecado en él no lo creaste Tú. ¿Quién me recuerda los pecados de mi infancia? Porque ante tus ojos nadie está limpio de pecado, ni siquiera el niño cuya vida es apenas un día sobre la tierra. ¿Quién me lo recuerda? ¿No es acaso cada pequeño infante, en quien veo lo que de mí mismo no recuerdo? ¿Cuál fue entonces mi pecado? ¿Fue que me aferraba al pecho y lloraba? Porque si ahora hiciera lo mismo por alimento propio de mi edad, justamente se me reiría y reprendería. Lo que entonces hacía merecía reprensión; pero como no podía entenderla, la costumbre y la razón prohibieron que se me reprendiera. Pues esos hábitos, cuando crecemos, los arrancamos y desechamos. Ahora bien, nadie, aunque pode, desecha a sabiendas lo que es bueno. ¿O era entonces bueno, aunque fuera por un tiempo, llorar por lo que, si se me diera, me haría daño? ¿Resentirse amargamente de que personas libres, y mayores que uno, incluso los propios autores de su nacimiento, no le sirvieran? ¿Que muchos otros, más sabios que él, no obedecieran el gesto de su buena voluntad? ¿Hacer lo posible por golpear y herir porque no se obedecían sus órdenes, que de haberse obedecido le habrían perjudicado? La inocencia del niño está entonces en la debilidad de sus miembros, no en su voluntad. Yo mismo he visto y conocido a un bebé envidioso; no podía hablar, pero se ponía pálido y miraba con amargura a su hermano de leche. ¿Quién no sabe esto? Madres y nodrizas te dirán que calman estas cosas con no sé qué remedios. ¿Es eso también inocencia, cuando la fuente de leche fluye en abundancia y no se soporta compartirla, aunque el otro esté en extrema necesidad y su vida dependa de ello? Soportamos todo esto, no porque no sean males o sean leves, sino porque desaparecerán con los años; pues, aunque ahora se toleren, esos mismos temperamentos son absolutamente intolerables en la edad madura.
Tú, pues, Señor Dios mío, que diste vida a mi infancia, dotando así de sentidos (como vemos) el cuerpo que diste, formando sus miembros, adornando sus proporciones, e implantando en él todas las funciones vitales para su bien y seguridad, me mandas que te alabe en estas cosas, que te confiese y cante a tu nombre, Altísimo. Porque Tú eres Dios, Omnipotente y Bueno, aunque no hubieras hecho sino solo esto, lo que nadie puede hacer sino Tú: cuya Unidad es el modelo de todas las cosas; que de tu propia hermosura haces todas las cosas hermosas; y ordenas todas las cosas por tu ley. Esta edad, Señor, de la cual no tengo recuerdo, que acepto por testimonio ajeno y deduzco por otros niños que he pasado, aunque la deducción sea cierta, no quiero contarla en esta vida mía que vivo en este mundo. Porque no menos que la que pasé en el vientre de mi madre, está oculta para mí en las sombras del olvido. Pero si fui formado en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre, ¿dónde, te ruego, Dios mío, dónde, Señor, o cuándo fui tu siervo inocente? Pero, ¡he aquí!, paso por alto ese período; ¿y qué tengo yo que ver ahora con aquello de lo que no puedo recordar vestigio alguno?
Dejando atrás la infancia, llegué a la niñez, o más bien, ella llegó a mí, desplazando a la infancia. Pero aquella no se fue—(¿adónde se fue?)—y sin embargo, ya no era. Pues ya no era un infante sin habla, sino un niño que hablaba. Esto lo recuerdo; y he observado después cómo aprendí a hablar. No fue que mis mayores me enseñaran palabras (como, poco después, otros aprendizajes) de manera metódica; sino que yo, deseando expresar mis pensamientos con gritos, balbuceos y diversos movimientos de mis miembros para lograr mi voluntad, y sin poder expresar todo lo que quería, ni a quien quería, por el entendimiento que Tú, Dios mío, me diste, practicaba los sonidos en mi memoria. Cuando ellos nombraban algo, y al hablar se volvían hacia ello, yo veía y recordaba que llamaban lo que señalaban con el nombre que pronunciaban. Y que se referían a esa cosa y no a otra, era claro por el movimiento de su cuerpo, el lenguaje natural, por decirlo así, de todas las naciones, expresado por el rostro, las miradas, los gestos de los miembros y los tonos de voz, que indican las afecciones del ánimo, al buscar, poseer, rechazar o evitar algo. Así, al oír constantemente las palabras en diversas frases, fui comprendiendo poco a poco a qué se referían; y, habiéndome acostumbrado en mi boca a estos signos, así expresé mi voluntad. Así intercambié con los que me rodeaban estos signos comunes de nuestras voluntades, y así me adentré más en el tempestuoso trato de la vida humana, aunque aún dependía de la autoridad paterna y de la señal de los mayores.
Oh Dios, Dios mío, ¡cuántas miserias y burlas experimenté entonces, cuando se me proponía la obediencia a mis maestros, como propio de un niño, para que en este mundo prosperara y sobresaliera en la ciencia de la lengua, que debía servir para la “alabanza de los hombres” y para riquezas engañosas! Luego fui enviado a la escuela para aprender, en lo cual yo (pobre desdichado) no sabía qué utilidad había; y sin embargo, si era perezoso en el aprendizaje, era castigado. Porque así lo juzgaron justo nuestros antepasados; y muchos, habiendo pasado antes por el mismo camino, nos trazaron sendas penosas por las que debíamos pasar; multiplicando el trabajo y el dolor sobre los hijos de Adán. Pero, Señor, vimos que los hombres te invocaban, y de ellos aprendimos a pensar en Ti (según nuestras fuerzas) como en un Ser grande, que, aunque oculto a nuestros sentidos, podía oírnos y ayudarnos. Así comencé, siendo niño, a orar a Ti, mi ayuda y refugio; y rompí las ataduras de mi lengua para invocarte, rogándote, aunque pequeño, pero no con poca intensidad, que no fuera castigado en la escuela. Y cuando no me escuchabas (no por ello entregándome a la necedad), mis mayores, incluso mis propios padres, que no me deseaban ningún mal, se burlaban de mis azotes, mi entonces gran y doloroso mal.
¿Habrá, Señor, algún alma tan grande y tan unida a Ti con tan intensa devoción (pues cierto tipo de estupidez puede hacerlo de algún modo); pero, ¿existe alguien que, por aferrarse devotamente a Ti, esté dotado de un espíritu tan elevado, que pueda considerar con tanta ligereza los potros, garfios y otros tormentos (contra los cuales, en todas las tierras, los hombres te invocan con extremo temor), burlándose de aquellos que más los temen, como nuestros padres se burlaban de los tormentos que sufríamos en la infancia a manos de nuestros maestros? Porque no temíamos menos nuestros tormentos, ni orábamos menos a Ti para librarnos de ellos. Y, sin embargo, pecábamos, escribiendo, leyendo o estudiando menos de lo que se nos exigía. Pues no nos faltaba, oh Señor, memoria ni capacidad, de las cuales tu voluntad nos daba suficiente para nuestra edad; pero nuestro único deleite era el juego; y por ello éramos castigados por quienes, sin embargo, hacían lo mismo. Pero la ociosidad de los mayores se llama "negocios"; la de los niños, siendo en realidad lo mismo, es castigada por esos mismos mayores; y nadie se compadece ni de niños ni de adultos. ¿Aprobará alguien sensato que yo fuera azotado de niño porque, por jugar a la pelota, progresaba menos en los estudios que debía aprender, solo para que, ya hombre, pudiera jugar de manera aún menos decorosa? ¿Y qué otra cosa hacía quien me castigaba? Él, si era vencido en alguna discusión trivial con su colega, se amargaba y enojaba más que yo cuando era vencido en la pelota por un compañero de juegos.
Y, sin embargo, pequé en esto, oh Señor Dios, Creador y Ordenador de todas las cosas de la naturaleza, de los pecados solo el Ordenador, oh Señor mi Dios, pequé al transgredir los mandatos de mis padres y los de mis maestros. Pues aquello que ellos, con cualquier motivo, querían que yo aprendiera, podría luego haberlo aprovechado bien. Desobedecí, no por una mejor elección, sino por amor al juego, amando el orgullo de la victoria en mis competencias, y que mis oídos se deleitaran con fábulas mentirosas, para que picaran aún más; la misma curiosidad brillando cada vez más en mis ojos, por los espectáculos y juegos de los mayores. Sin embargo, quienes ofrecen esos espectáculos gozan de tal estima, que casi todos desean lo mismo para sus hijos, y aun así están muy dispuestos a que sean castigados si esos mismos juegos los apartan de los estudios, por medio de los cuales quieren que lleguen a ser los que los ofrezcan. Mira con piedad, Señor, estas cosas, y líbranos a los que ahora te invocamos; libra también a los que aún no te invocan, para que te invoquen y tú los libres.
Siendo niño, entonces, ya había oído hablar de una vida eterna, prometida a nosotros por la humildad del Señor nuestro Dios que se inclinó ante nuestro orgullo; e incluso desde el vientre de mi madre, que mucho esperaba en Ti, fui sellado con la señal de su cruz y salado con su sal. Tú viste, Señor, cómo siendo aún niño, al ser atacado de repente por una opresión estomacal y estando casi al borde de la muerte—Tú viste, Dios mío (pues Tú eras mi guardián), con cuánta ansia y fe busqué, por el piadoso cuidado de mi madre y de tu Iglesia, madre de todos nosotros, el bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor. Entonces la madre de mi carne, muy afligida (pues, con un corazón puro en tu fe, sufría aún más amorosamente el parto de mi salvación), se habría apresurado a proveer mi consagración y purificación por los sacramentos saludables, confesándote, Señor Jesús, para la remisión de los pecados, si no hubiera sanado de repente. Y así, como si necesariamente debiera volver a contaminarme si vivía, mi purificación fue postergada, porque las manchas del pecado, después de ese lavado, traerían una culpa mayor y más peligrosa. Ya entonces creía: y mi madre, y toda la casa, excepto mi padre; pero él no prevaleció sobre el poder de la piedad de mi madre en mí, de modo que, como él aún no creía, tampoco yo debía hacerlo. Pues era su cuidado ferviente que Tú, mi Dios, y no él, fueras mi padre; y en esto la ayudaste a prevalecer sobre su esposo, a quien ella, siendo mejor, obedecía, obedeciéndote también a Ti, que así lo mandaste.
Te suplico, Dios mío, quisiera saber, si así lo quieres, ¿para qué se postergó entonces mi bautismo? ¿Fue para mi bien que se me diera, por así decirlo, rienda suelta para pecar? ¿O no se me dio tal libertad? Si no, ¿por qué aún resuena en nuestros oídos por todas partes: "Déjenlo, que haga lo que quiera, pues aún no está bautizado"? Pero en cuanto a la salud corporal, nadie dice: "Que se hiera más, pues aún no está curado". ¿Cuánto mejor habría sido que hubiera sido sanado de inmediato; y entonces, por mis amigos y por mí mismo, la salud recuperada de mi alma hubiera sido guardada por Ti, que me la diste? Verdaderamente, habría sido mejor. Pero ¡cuántas y cuán grandes olas de tentación parecían cernirse sobre mí después de mi infancia! Mi madre las preveía; y prefirió exponer al barro del que después podría ser moldeado, que a la estatua ya hecha.
En la infancia misma, sin embargo (tan poco temida para mí en comparación con la juventud), no amaba el estudio y odiaba que me forzaran a él. Sin embargo, fui forzado; y esto fue bien hecho conmigo, pero yo no obraba bien; pues, de no haber sido forzado, no habría aprendido. Pero nadie obra bien contra su voluntad, aunque lo que haga sea bueno. Sin embargo, tampoco obraron bien quienes me forzaron, pero lo bueno me vino de Ti, mi Dios. Porque a ellos no les importaba cómo emplearía lo que me obligaban a aprender, salvo para saciar los insaciables deseos de una mendicidad opulenta y una gloria vergonzosa. Pero Tú, por quien hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, usaste para mi bien el error de todos los que me impulsaron a aprender; y mi propia negativa a aprender la usaste para mi castigo—una pena justa para alguien, tan pequeño niño y tan gran pecador. Así, por quienes no obraron bien, Tú obrabas bien para mí; y por mi propio pecado me castigabas justamente. Porque has mandado, y así es, que todo afecto desordenado sea su propio castigo.
¿Pero por qué odiaba tanto el griego, que estudié de niño? Aún no lo sé del todo. Pues el latín lo amaba; no el que me enseñaron mis primeros maestros, sino el que enseñaban los llamados gramáticos. Porque aquellas primeras lecciones, leer, escribir y aritmética, las consideraba tan pesadas y penosas como el griego. Y, sin embargo, ¿de dónde venía esto sino del pecado y la vanidad de esta vida, porque yo era carne, y un soplo que pasa y no vuelve? Pues aquellas primeras lecciones eran ciertamente mejores, porque eran más seguras; por ellas obtuve, y aún conservo, la facultad de leer lo que encuentro escrito, y de escribir lo que deseo; mientras que en las otras, se me obligaba a aprender los extravíos de un tal Eneas, olvidando los míos propios, y a llorar por la muerte de Dido, porque se mató por amor; mientras, con los ojos secos, soportaba mi propia miseria muriendo entre esas cosas, lejos de Ti, oh Dios, mi vida.
¿Qué hay más miserable que un ser miserable que no se compadece de sí mismo; llorando la muerte de Dido por amor a Eneas, pero no llorando su propia muerte por falta de amor a Ti, oh Dios? Tú, luz de mi corazón, Tú, pan de lo más íntimo de mi alma, Tú, poder que das vigor a mi mente, que vivificas mis pensamientos, no te amaba. Cometí fornicación contra Ti, y a mi alrededor todos fornicaban así, y resonaba: "¡Bien hecho! ¡Bien hecho!" porque la amistad de este mundo es fornicación contra Ti; y "¡Bien hecho! ¡Bien hecho!" resuena hasta que uno se avergüenza de no ser así un hombre. Y por todo esto no lloraba yo, que sí lloraba por Dido muerta, y "buscando con la espada una herida y golpe extremos", mientras yo mismo buscaba algo peor, lo más extremo, lo más bajo de tus criaturas, habiéndote abandonado, tierra que pasa a la tierra. Y si se me prohibía leer todo esto, me dolía no poder leer lo que me dolía. Esta locura se considera un aprendizaje más elevado y más rico que aquel por el cual aprendí a leer y escribir.
Pero ahora, Dios mío, clama Tú con fuerza en mi alma; y que Tu verdad me diga: "No es así, no es así. Mucho mejor fue aquel primer aprendizaje." Porque, mira, yo olvidaría de buen grado las andanzas de Eneas y todo lo demás, antes que olvidar cómo leer y escribir. Pero sobre la entrada de la escuela de gramática hay un velo tendido; es cierto; pero esto no es tanto un símbolo de algo recóndito, como un manto de error. No permitan aquellos a quienes ya no temo que clamen contra mí, mientras te confieso, Dios mío, todo lo que quiera mi alma, y acepto la condena de mis malos caminos, para que ame tus caminos buenos. Que tampoco clamen contra mí los compradores ni los vendedores de conocimientos gramaticales. Porque si les pregunto si es cierto que Eneas llegó alguna vez a Cartago, como cuenta el poeta, los menos instruidos responderán que no lo saben, los más instruidos que nunca ocurrió. Pero si pregunto con qué letras se escribe el nombre "Eneas", todo aquel que lo haya aprendido me responderá correctamente, según los signos que los hombres han acordado convencionalmente. Si, además, preguntara qué podría olvidarse con menos perjuicio para los asuntos de la vida, si la lectura y la escritura o esas ficciones poéticas, ¿quién no prevé lo que todos responderán, salvo que se hayan olvidado por completo de sí mismos? Pequé, entonces, cuando de niño preferí esos estudios vacíos a los más provechosos, o más bien amé los unos y odié los otros. "Uno y uno, dos"; "dos y dos, cuatro"; esto me parecía un canto odioso: "el caballo de madera lleno de hombres armados", y "el incendio de Troya", y "la sombra de Creúsa y su triste imagen", eran el espectáculo predilecto de mi vanidad.
¿Por qué, entonces, odiaba los clásicos griegos, que contienen relatos semejantes? Porque Homero también tejió con esmero ficciones parecidas, y es dulcemente vano, pero resultaba amargo para mi gusto infantil. Y supongo que lo mismo le ocurriría a los niños griegos con Virgilio, al ser obligados a aprenderlo como yo con Homero. La dificultad, en verdad, la dificultad de una lengua extranjera, mezclaba como con hiel toda la dulzura de la fábula griega. Porque no entendía ni una palabra, y para que entendiera se me urgía con crueles amenazas y castigos. También hubo un tiempo (cuando era niño) en que no sabía latín; pero lo aprendí sin miedo ni sufrimiento, solo por observación, entre las caricias de mi nodriza y las bromas de mis amigos, que me animaban con sonrisas y juegos. Esto lo aprendí sin presión de castigos que me impulsaran, pues mi corazón me urgía a expresar sus pensamientos, lo que solo podía hacer aprendiendo palabras no de quienes enseñaban, sino de quienes hablaban conmigo; y en sus oídos también daba a luz los pensamientos que concebía. Sin duda, entonces, la curiosidad libre tiene más fuerza en nuestro aprendizaje que una imposición temible. Solo que esa imposición restringe los desvíos de esa libertad, por medio de tus leyes, oh Dios mío, tus leyes, desde la vara del maestro hasta las pruebas del mártir, pudiendo templar para nosotros un amargo saludable, que nos hace volver a Ti desde ese placer mortal que nos aparta de Ti.
Escucha, Señor, mi oración; no permitas que mi alma desfallezca bajo Tu disciplina, ni que desfallezca al confesarte todas Tus misericordias, por las cuales me has sacado de todos mis caminos más perversos, para que Tú seas mi deleite por encima de todos los atractivos que antes perseguí; para que pueda amarte plenamente y aferrarme a Tu mano con todo mi afecto, y aún puedas rescatarme de toda tentación, hasta el final. Porque mira, oh Señor, mi Rey y mi Dios, para Tu servicio sea todo lo útil que aprendí en mi infancia; para Tu servicio, que hable, escriba, lea, cuente. Porque me concediste Tu disciplina mientras aprendía vanidades; y mi pecado de deleitarme en esas vanidades lo has perdonado. En ellas, en verdad, aprendí muchas palabras útiles, pero estas bien pueden aprenderse en cosas no vanas; y ese es el camino seguro para los pasos de la juventud.
¡Ay de ti, torrente de la costumbre humana! ¿Quién podrá resistirte? ¿Hasta cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva a ese océano inmenso y horrible, que apenas logran cruzar aquellos que suben a la cruz? ¿No leí en ti acerca de Júpiter el tonante y el adúltero? Sin duda, no podía ser ambas cosas; pero así el trueno fingido podía dar apariencia y amparo al adulterio real. Y ahora, ¿cuál de nuestros maestros togados presta oído sensato a quien, desde su misma escuela, clama: "Estas eran ficciones de Homero, trasladando cosas humanas a los dioses; ojalá hubiera traído cosas divinas a nosotros"? Más acertadamente habría dicho: "Estas son en verdad sus ficciones; pero atribuyendo naturaleza divina a hombres malvados, para que los crímenes dejaran de ser crímenes, y quien los cometa parezca imitar no a hombres depravados, sino a los dioses celestiales."
Y sin embargo, tú, torrente infernal, en ti son arrojados los hijos de los hombres con grandes recompensas, por alcanzar tal aprendizaje; y se hace gran solemnidad de ello, cuando esto ocurre en el foro, a la vista de leyes que asignan un salario además de los pagos escolares; y tú azotas tus rocas y ruges: "De aquí se aprenden las palabras; de aquí la elocuencia; lo más necesario para alcanzar vuestros fines o sostener opiniones." Como si nunca hubiéramos conocido palabras como "lluvia de oro", "regazo", "seducir", "templos del cielo", u otras en ese pasaje, a menos que Terencio hubiera puesto en escena a un joven lascivo, tomando a Júpiter como ejemplo de seducción.
"Contemplando un cuadro, donde se narraba la historia, de Júpiter descendiendo en lluvia de oro al regazo de Dánae para seducir a una mujer."
Y observa cómo se incita a la lujuria como por autoridad celestial:
"¿Y qué dios? El gran Júpiter, que sacude con su trueno los más altos templos del cielo,
¡Y yo, pobre mortal, no haría lo mismo! Lo hice, y de todo corazón lo hice."
No se aprenden ni un ápice más fácilmente las palabras por toda esta vileza; pero por su medio la vileza se comete con menos vergüenza. No es que yo culpe a las palabras, siendo, por decirlo así, vasos selectos y preciosos; sino a ese vino de error que se nos da a beber en ellas por maestros embriagados; y si nosotros no bebemos, somos castigados, y no tenemos un juez sobrio a quien apelar. Sin embargo, oh Dios mío (en cuya presencia ahora puedo recordar esto sin daño), todo esto, por desgracia, lo aprendí de buena gana y con gran deleite, y por ello se me consideraba un niño prometedor.
Tolera, Dios mío, que diga algo acerca de mi ingenio, Tu don, y en qué desvaríos lo desperdicié. Porque se me imponía una tarea, bastante molesta para mi alma, bajo amenaza de elogio o vergüenza, y temor a los azotes, de pronunciar las palabras de Juno, mientras se enfurecía y lamentaba no poder
"Alejar a este príncipe troyano de Lacio."
Palabras que había oído que Juno nunca pronunció; pero se nos obligaba a extraviarnos tras los pasos de esas ficciones poéticas, y a decir en prosa casi lo que él expresaba en verso. Y era más aplaudido aquel cuya exposición de las pasiones de ira y dolor era más sobresaliente, y vestida con el lenguaje más adecuado, manteniendo la dignidad del personaje. ¿Qué me importa a mí, oh mi verdadera vida, Dios mío, que mi declamación fuera aplaudida por encima de muchos de mi edad y clase? ¿No es todo esto humo y viento? ¿Y no había nada más en lo que ejercitar mi ingenio y mi lengua? Tus alabanzas, Señor, tus alabanzas podrían haber sostenido el aún tierno brote de mi corazón con el apoyo de Tus Escrituras; así no se habría arrastrado entre estas vanidades vacías, presa mancillada para las aves del cielo. Porque de más de una manera sacrifican los hombres a los ángeles rebeldes.
Pero, ¿qué maravilla que así me dejara arrastrar por vanidades y me alejara de Tu presencia, oh Dios mío, cuando se me presentaban como modelos a hombres que, si al relatar alguna acción suya, en sí misma no mala, cometían algún barbarismo o solecismo, al ser reprendidos se avergonzaban; pero cuando, en discurso rico, adornado y bien ordenado, relataban su vida desordenada, al ser elogiados, se enorgullecían? Estas cosas las ves Tú, Señor, y guardas silencio; paciente, abundante en misericordia y verdad. ¿Callarás para siempre? Y aun ahora sacas de este horrible abismo al alma que te busca, que tiene sed de Tus delicias, cuyo corazón te dice: He buscado Tu rostro; Tu rostro, Señor, buscaré. Porque los afectos oscurecidos son alejamiento de Ti. Pues no es con los pies, ni con cambio de lugar, que los hombres te dejan o vuelven a Ti. ¿O acaso aquel hijo menor tuyo buscó caballos o carros, o barcos, voló con alas visibles, o viajó moviendo sus miembros, para que en un país lejano malgastara en vida disoluta todo lo que le diste al partir? Un Padre amoroso cuando diste, y más amoroso aún cuando volvió vacío. Así, pues, en los afectos lujuriosos, es decir, en los afectos oscurecidos, está la verdadera distancia de Tu rostro.
Mira, oh Señor Dios, sí, mira pacientemente como acostumbras, cuán cuidadosamente los hijos de los hombres observan las reglas pactadas de letras y sílabas recibidas de quienes hablaron antes que ellos, descuidando el pacto eterno de la salvación perpetua recibido de Ti. Tanto es así, que un maestro o aprendiz de las leyes hereditarias de la pronunciación ofenderá más a los hombres al hablar sin la aspiración, diciendo "un ser umano", en contra de las leyes de la gramática, que si él, siendo un "ser humano", odia a otro "ser humano" en contra de las Tuyas. Como si algún enemigo pudiera ser más dañino que el odio con el que se enfurece contra él; o pudiera herir más profundamente a aquel a quien persigue, que lo que hiere su propia alma con su enemistad. Ciertamente, ninguna ciencia de las letras puede ser tan innata como el registro de la conciencia, "de que está haciendo a otro lo que no querría sufrir de otro". ¡Cuán profundas son Tus sendas, oh Dios, Tú, el único grande, que sentado en silencio en lo alto, distribuyes con una ley incansable la ceguera penal a los deseos sin ley! En busca de la fama de la elocuencia, un hombre de pie ante un juez humano, rodeado de una multitud humana, declamando contra su enemigo con el odio más feroz, cuidará con suma atención no asesinar la palabra "ser humano" por un error de la lengua; pero no se cuida de no asesinar, por la furia de su espíritu, al verdadero ser humano.
Este era el mundo ante cuya puerta yacía yo, infeliz, en mi infancia; este el escenario donde temía más cometer un barbarismo, que, habiéndolo cometido, envidiar a quienes no lo hacían. Estas cosas te las digo y confieso, Dios mío; por ellas recibía elogios de aquellos a quienes entonces consideraba toda virtud complacer. Porque no veía el abismo de vileza en el que estaba arrojado lejos de Tus ojos. ¿Qué había ante ellos más vil que yo, que ya desagradaba incluso a los semejantes a mí? Engañando con innumerables mentiras a mi tutor, a mis maestros, a mis padres, por amor al juego, ansias de ver espectáculos vanos y el desasosiego de imitarlos. También cometía robos, de la bodega y la mesa de mis padres, esclavizado por la gula, o para tener qué dar a los muchachos que me vendían sus juegos, los cuales, en realidad, les gustaban tanto como a mí. En estos juegos, además, a menudo buscaba victorias injustas, siendo yo mismo vencido por el vano deseo de preeminencia. ¿Y qué podía yo soportar menos, o, al descubrirlo, recriminaba con más furia, que aquello mismo que hacía a otros? Y si, al ser descubierto, me reprendían, prefería pelearme antes que ceder. ¿Y es esto la inocencia de la infancia? No, Señor, no; clamo por Tu misericordia, Dios mío. Porque estos mismos pecados, al llegar los años maduros, se transfieren de tutores y maestros, de nueces y pelotas y gorriones, a magistrados y reyes, a oro y haciendas y esclavos, así como los castigos más severos reemplazan a la vara. Era la baja estatura de la infancia lo que Tú, nuestro Rey, recomendaste como emblema de humildad, cuando dijiste: De los tales es el reino de los cielos.
Sin embargo, Señor, a Ti, Creador y Gobernador del universo, sumamente excelso y bueno, te eran debidas las gracias, nuestro Dios, aun si solo me hubieras destinado la infancia. Porque aun entonces yo era, vivía y sentía; y tenía una providencia innata sobre mi bienestar—una huella de esa misteriosa Unidad de la que procedía; yo resguardaba por el sentido interior la integridad de mis sentidos, y en estas pequeñas actividades, y en mis pensamientos sobre cosas pequeñas, aprendí a deleitarme en la verdad, odiaba ser engañado, tenía una memoria vigorosa, estaba dotado de habla, me consolaba la amistad, evitaba el dolor, la bajeza, la ignorancia. ¿Qué no era maravilloso, qué no era admirable en una criatura tan pequeña? Pero todo son dones de mi Dios: no fui yo quien me los dio; y son buenos, y juntos forman mi ser. Bueno es, entonces, quien me hizo, y Él es mi bien; y ante Él me regocijaré por todo bien que tuve de niño. Porque mi pecado fue que no en Él, sino en sus criaturas—en mí mismo y en otros—busqué placeres, grandezas, verdades, y así caí de cabeza en penas, confusiones, errores. Gracias a Ti, mi alegría y mi gloria y mi confianza, Dios mío, gracias a Ti por Tus dones; pero consérvalos en mí. Porque así me conservarás, y esas cosas serán engrandecidas y perfeccionadas que Tú me has dado, y yo mismo estaré contigo, pues aun el ser me lo has dado Tú.



