La evolución creadora · Henri Bergson
Capítulo IV
Capítulo 4 de 8 · 8 min de lectura
EL MECANISMO CINEMATOGRÁFICO DEL PENSAMIENTO Y LA ILUSIÓN MECANICISTA—UNA MIRADA A LA HISTORIA DE LOS SISTEMAS—EL VERDADERO DEVENIR Y EL FALSO EVOLUCIONISMO
Esbozo de una crítica de los sistemas filosóficos, basada en el análisis de la idea de Inmutabilidad y de la idea de la "Nada"—Relación de los problemas metafísicos con la idea de la "Nada"—Significado real de esta idea 272
Forma y Devenir 298
La filosofía de las Formas y su concepción del Devenir—Platón y Aristóteles—La tendencia natural del intelecto 304
El devenir en la ciencia moderna: dos visiones del Tiempo 329
La interpretación metafísica de la ciencia moderna: Descartes, Spinoza, Leibniz 345
La Crítica de Kant 356
El evolucionismo de Spencer 363
ÍNDICE 371
INTRODUCCIÓN
La historia de la evolución de la vida, aunque aún incompleta, ya nos revela cómo se ha formado el intelecto, mediante un progreso ininterrumpido, a lo largo de una línea que asciende por la serie de los vertebrados hasta el hombre. Nos muestra en la facultad de comprender un apéndice de la facultad de actuar, una adaptación cada vez más precisa, más compleja y flexible de la conciencia de los seres vivos a las condiciones de existencia que les han sido dadas. De esto debería resultar la consecuencia de que nuestro intelecto, en el sentido estricto de la palabra, está destinado a asegurar el perfecto ajuste de nuestro cuerpo a su entorno, a representar las relaciones de las cosas externas entre sí—en suma, a pensar la materia. Tal será, en efecto, una de las conclusiones del presente ensayo. Veremos que el intelecto humano se siente en casa entre los objetos inanimados, especialmente entre los sólidos, donde nuestra acción encuentra su punto de apoyo y nuestra industria sus herramientas; que nuestros conceptos se han formado a imagen de los sólidos; que nuestra lógica es, por excelencia, la lógica de los sólidos; que, en consecuencia, nuestro intelecto triunfa en la geometría, donde se revela el parentesco del pensamiento lógico con la materia inorgánica, y donde el intelecto solo tiene que seguir su movimiento natural, tras el más leve contacto posible con la experiencia, para ir de descubrimiento en descubrimiento, seguro de que la experiencia lo sigue y lo justificará invariablemente.
Pero de esto también debe seguirse que nuestro pensamiento, en su forma puramente lógica, es incapaz de presentar la verdadera naturaleza de la vida, el significado pleno del movimiento evolutivo. Creado por la vida, en circunstancias definidas, para actuar sobre cosas definidas, ¿cómo podría abarcar la vida, de la cual no es más que una emanación o un aspecto? Depositado por el movimiento evolutivo en el curso de su trayecto, ¿cómo podría aplicarse al propio movimiento evolutivo? Sería como sostener que la parte es igual al todo, que el efecto puede reabsorber su causa, o que el guijarro dejado en la playa muestra la forma de la ola que lo trajo. De hecho, sentimos que ninguna de las categorías de nuestro pensamiento—unidad, multiplicidad, causalidad mecánica, finalidad inteligente, etc.—se aplica exactamente a las cosas de la vida: ¿quién puede decir dónde comienza y termina la individualidad, si el ser vivo es uno o muchos, si son las células las que se asocian en el organismo o el organismo el que se disocia en células? En vano forzamos a lo viviente en uno u otro de nuestros moldes. Todos los moldes se quiebran. Son demasiado estrechos, sobre todo demasiado rígidos, para lo que intentamos poner en ellos. Nuestro razonamiento, tan seguro de sí mismo entre las cosas inertes, se siente incómodo en este nuevo terreno. Sería difícil citar un descubrimiento biológico debido al puro razonamiento. Y la mayoría de las veces, cuando la experiencia finalmente nos muestra cómo la vida procede para obtener cierto resultado, encontramos que su modo de actuar es precisamente aquel en el que nunca hubiéramos pensado.
Sin embargo, la filosofía evolucionista no vacila en extender a las cosas de la vida los mismos métodos de explicación que han tenido éxito en el caso de la materia inorgánica. Comienza mostrándonos en el intelecto un efecto local de la evolución, una llama, quizá accidental, que ilumina el ir y venir de los seres vivos en el estrecho pasaje abierto a su acción; y he aquí que, olvidando lo que acaba de decirnos, convierte esa linterna que titila en un túnel en un Sol capaz de iluminar el mundo. Avanza audazmente, con las solas fuerzas del pensamiento conceptual, hacia la reconstrucción ideal de todas las cosas, incluso de la vida. Es cierto que tropieza en su camino con dificultades formidables, ve que su lógica termina en contradicciones extrañas, por lo que muy pronto renuncia a su primera ambición. "Ya no será la realidad misma", dice, "la que reconstruirá, sino solo una imitación de lo real, o más bien una imagen simbólica; la esencia de las cosas se nos escapa, y se nos escapará siempre; nos movemos entre relaciones; lo absoluto no es de nuestra competencia; nos detenemos ante lo Incognoscible."—Pero para el intelecto humano, tras tanta soberbia, esto es realmente un exceso de humildad. Si la forma intelectual del ser vivo se ha modelado gradualmente sobre las acciones y reacciones recíprocas de ciertos cuerpos y su entorno material, ¿cómo no habría de revelarnos algo de la esencia misma de la que están hechos esos cuerpos? La acción no puede moverse en lo irreal. Una mente nacida para especular o soñar, lo admito, podría permanecer fuera de la realidad, deformar o transformar lo real, quizá incluso crearlo—como creamos las figuras de hombres y animales que nuestra imaginación recorta de la nube que pasa. Pero un intelecto orientado hacia el acto a realizar y la reacción a seguir, sintiendo su objeto para captar su impresión móvil a cada instante, es un intelecto que toca algo de lo absoluto. ¿Se nos habría ocurrido alguna vez dudar de ese valor absoluto de nuestro conocimiento si la filosofía no nos hubiera mostrado en qué contradicciones tropieza nuestra especulación, en qué callejones sin salida termina? Pero todas esas dificultades y contradicciones surgen de intentar aplicar las formas habituales de nuestro pensamiento a objetos con los que nuestra industria nada tiene que ver, y para los cuales, por tanto, nuestros moldes no han sido hechos. El conocimiento intelectual, en la medida en que se relaciona con cierto aspecto de la materia inerte, debería, por el contrario, darnos una fiel impresión de ella, habiendo sido estereotipado sobre ese objeto particular. Solo se vuelve relativo si pretende, tal como es, presentarnos la vida—es decir, el hacedor de la plancha estereotipada.
¿Debemos entonces renunciar a profundizar en los misterios de la vida? ¿Debemos limitarnos a esa idea mecanicista de la vida que el entendimiento siempre nos dará—una idea necesariamente artificial y simbólica, ya que reduce la actividad total de la vida a la forma de cierta actividad humana que no es más que una manifestación parcial y local de la vida, un resultado o subproducto del proceso vital? Deberíamos hacerlo, en efecto, si la vida hubiera empleado todas las potencialidades psíquicas que posee en producir entendimientos puros—es decir, en hacer geómetras. Pero la línea de evolución que termina en el hombre no es la única. Por otros caminos, divergentes de ella, se han desarrollado otras formas de conciencia, que no han podido liberarse de las constricciones externas ni recuperar el control sobre sí mismas, como lo ha hecho el intelecto humano, pero que, no obstante, también expresan algo que es inmanente y esencial en el movimiento evolutivo. Supongamos que estas otras formas de conciencia se reunieran y amalgamaran con el intelecto: ¿no resultaría de ello una conciencia tan amplia como la vida? Y tal conciencia, volviéndose de repente contra el impulso de la vida que siente detrás, tendría una visión completa de la vida—¿no es así?—aunque la visión fuera fugaz.
Se dirá que, aun así, no trascendemos nuestro intelecto, pues es todavía con nuestro intelecto, y a través de él, como vemos las otras formas de conciencia. Y esto sería cierto si fuéramos intelectos puros, si no quedara, alrededor de nuestro pensamiento conceptual y lógico, una vaga nebulosidad, hecha de la misma sustancia de la que se ha formado el núcleo luminoso que llamamos intelecto. En ella residen ciertos poderes que son complementarios al entendimiento, poderes de los que solo tenemos un sentimiento indistinto cuando permanecemos encerrados en nosotros mismos, pero que se volverán claros y distintos cuando se perciban a sí mismos en acción, por decirlo así, en la evolución de la naturaleza. Así aprenderán qué tipo de esfuerzo deben hacer para intensificarse y expandirse en la misma dirección de la vida.
Esto equivale a decir que la teoría del conocimiento y la teoría de la vida nos parecen inseparables. Una teoría de la vida que no vaya acompañada de una crítica del conocimiento se ve obligada a aceptar, tal como están, los conceptos que el entendimiento pone a su disposición: no puede sino encerrar los hechos, lo quiera o no, en marcos preexistentes que considera definitivos. Así obtiene un simbolismo que resulta conveniente, quizá incluso necesario para la ciencia positiva, pero no una visión directa de su objeto. Por otro lado, una teoría del conocimiento que no sitúe al intelecto dentro de la evolución general de la vida no nos enseñará ni cómo se han construido los marcos del conocimiento ni cómo podemos ampliarlos o ir más allá de ellos. Es necesario que estas dos investigaciones, teoría del conocimiento y teoría de la vida, se unan y, mediante un proceso circular, se impulsen mutuamente sin cesar.
Juntas, podrían resolver, mediante un método más seguro y más cercano a la experiencia, los grandes problemas que plantea la filosofía. Pues, si lograran tener éxito en su empresa común, nos mostrarían la formación del intelecto y, con ello, la génesis de esa materia cuya configuración general traza nuestro intelecto. Llegarían hasta la raíz misma de la naturaleza y del espíritu. Sustituirían al falso evolucionismo de Spencer—que consiste en dividir la realidad presente, ya evolucionada, en pequeños fragmentos no menos evolucionados, y luego recomponerla con estos fragmentos, postulando así de antemano todo lo que se pretende explicar—por un verdadero evolucionismo, en el que la realidad sería seguida en su generación y en su crecimiento.
Pero una filosofía de este tipo no se construirá en un solo día. A diferencia de los sistemas filosóficos propiamente dichos, cada uno de los cuales fue obra individual de un hombre de genio y surgió como un todo, para ser aceptado o rechazado, solo podrá edificarse mediante el esfuerzo colectivo y progresivo de muchos pensadores, y también de muchos observadores, que se completen, corrijan y perfeccionen mutuamente. Así, el presente ensayo no pretende resolver de inmediato los problemas más grandes. Simplemente desea definir el método y permitir vislumbrar, en algunos puntos esenciales, la posibilidad de su aplicación.
El plan está trazado por el propio tema. En el primer capítulo, probamos sobre el progreso evolutivo los dos trajes hechos a medida que nuestro entendimiento pone a nuestra disposición, el mecanicismo y la finalidad; mostramos que ninguno de los dos se ajusta, pero que uno de ellos podría ser recortado y vuelto a coser, y en esta nueva forma ajustarse menos mal que el otro. Para trascender el punto de vista del entendimiento, intentamos, en nuestro segundo capítulo, reconstruir las líneas principales de la evolución a lo largo de las cuales la vida ha transitado al margen de aquella que ha conducido al intelecto humano. Así, el intelecto es devuelto a su causa generadora, que entonces debemos captar en sí misma y seguir en su movimiento. Un esfuerzo de este tipo es el que intentamos—aunque de manera incompleta—en nuestro tercer capítulo. Una cuarta y última parte pretende mostrar cómo nuestro entendimiento mismo, sometiéndose a cierta disciplina, podría preparar una filosofía que lo trascienda. Para ello, se hizo necesario un repaso de la historia de los sistemas, junto con un análisis de las dos grandes ilusiones a las que, tan pronto como especula sobre la realidad en general, se expone el entendimiento humano.
NOTAS AL PIE:



