David Copperfield · Charles Dickens
Introducción
Capítulo 1 de 65 · 2 min de lectura
No me resulta fácil alejarme lo suficiente de este Libro, en las primeras sensaciones de haberlo terminado, como para referirme a él con la serenidad que este encabezado formal parecería exigir. Mi interés en él es tan reciente y fuerte; y mi ánimo está tan dividido entre el placer y el pesar—placer por la culminación de un largo proyecto, pesar por la separación de muchos compañeros—que corro el riesgo de fatigar al lector a quien aprecio, con confidencias personales y emociones privadas.
Quizá le importe poco al lector saber cuán tristemente se deja la pluma al concluir una tarea imaginativa de dos años; o cómo un Autor siente como si despidiera una parte de sí mismo hacia el mundo de las sombras, cuando una multitud de criaturas de su mente lo abandonan para siempre. Sin embargo, no tengo nada más que contar; a menos, claro está, que confesara (lo que tal vez importe aún menos) que nadie podrá jamás creer en esta Narración, al leerla, más de lo que yo he creído al escribirla.
Por lo tanto, en vez de mirar hacia atrás, miraré hacia adelante. No puedo cerrar este Volumen de manera más grata para mí, que con una mirada esperanzada hacia el tiempo en que vuelva a sacar mis dos hojas verdes cada mes, y con un fiel recuerdo del sol y la lluvia benéficos que han caído sobre estas hojas de David Copperfield, y me han hecho feliz.
Observé en el Prólogo original de este Libro, que no me resultaba fácil alejarme lo suficiente de él, en las primeras sensaciones de haberlo terminado, como para referirme a él con la serenidad que este encabezado formal parecería exigir. Mi interés en él era tan reciente y fuerte, y mi ánimo estaba tan dividido entre el placer y el pesar—placer por la culminación de un largo proyecto, pesar por la separación de muchos compañeros—que corría el riesgo de fatigar al lector con confidencias personales y emociones privadas.
Quizá le importe poco al lector saber cuán tristemente se deja la pluma al concluir una tarea imaginativa de dos años; o cómo un Autor siente como si despidiera una parte de sí mismo hacia el mundo de las sombras, cuando una multitud de criaturas de su mente lo abandonan para siempre. Sin embargo, no tenía nada más que contar; a menos, claro está, que confesara (lo que tal vez importe aún menos), que nadie podrá jamás creer en esta Narración, al leerla, más de lo que yo creí al escribirla.
Tan ciertas son estas confesiones hoy en día, que ahora solo puedo compartir una confidencia más con el lector. De todos mis libros, este es el que más me gusta. Se creerá fácilmente que soy un padre afectuoso con cada hijo de mi imaginación, y que nadie podrá jamás amar a esa familia tanto como yo la amo. Pero, como muchos padres afectuosos, guardo en lo más profundo de mi corazón un hijo predilecto. Y su nombre es



