Discurso del método · René Descartes

PRIMERA PARTE

Capítulo 1 de 6 · 10 min de lectura

El buen sentido es, de todas las cosas entre los hombres, la más equitativamente repartida; pues cada uno piensa estar tan abundantemente provisto de él, que incluso aquellos a quienes es más difícil satisfacer en todo lo demás, no suelen desear poseer más de esta cualidad de la que ya tienen. Y en esto no es probable que todos se equivoquen; más bien debe considerarse como prueba de que la facultad de juzgar correctamente y de distinguir la verdad del error, que es propiamente lo que se llama buen sentido o razón, es por naturaleza igual en todos los hombres; y que la diversidad de nuestras opiniones, por consiguiente, no proviene de que unos estén dotados de mayor razón que otros, sino únicamente de que dirigimos nuestros pensamientos por caminos diferentes y no fijamos nuestra atención en los mismos objetos. Porque no basta con poseer un espíritu vigoroso; lo principal es aplicarlo bien. Los más grandes ingenios, así como son capaces de las mayores virtudes, están también expuestos a los mayores extravíos; y quienes avanzan muy despacio pueden, sin embargo, llegar mucho más lejos, siempre que sigan el camino recto, que aquellos que, corriendo, se apartan de él.

Por mi parte, nunca he imaginado que mi mente sea en ningún aspecto más perfecta que la de los demás; al contrario, a menudo he deseado ser igual a otros en prontitud de pensamiento, o en claridad y distinción de imaginación, o en riqueza y facilidad de memoria. Y aparte de estas, no conozco otras cualidades que contribuyan a la perfección del espíritu; pues en cuanto a la razón o el buen sentido, ya que es esto lo que nos constituye como hombres y nos distingue de los animales, me inclino a creer que se encuentra completa en cada individuo; y en este punto adopto la opinión común de los filósofos, quienes dicen que la diferencia de más o menos sólo se da entre los accidentes, y no entre las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie.

No vacilaré, sin embargo, en confesar que ha sido mi singular fortuna haber encontrado muy temprano en la vida ciertos caminos que me han conducido a consideraciones y máximas, de las cuales he formado un método que me da los medios, según creo, de aumentar gradualmente mi conocimiento y de elevarlo poco a poco hasta el punto más alto que la mediocridad de mis talentos y la brevedad de mi vida me permitan alcanzar. Porque ya he recogido de ello tales frutos que, aunque he acostumbrado a pensar bastante humildemente de mí mismo, y aunque, cuando contemplo con ojos de filósofo los variados caminos y ocupaciones de la humanidad en general, apenas encuentro uno que no me parezca vano e inútil, sin embargo, experimento la mayor satisfacción por el progreso que creo haber hecho ya en la búsqueda de la verdad, y no puedo evitar abrigar tales expectativas para el futuro que llego a creer que, si entre las ocupaciones humanas hay alguna realmente excelente e importante, es la que yo he elegido.

Después de todo, es posible que me equivoque; y tal vez no sea más que un poco de cobre y vidrio lo que tomo por oro y diamantes. Sé cuán propensos somos a engañarnos en lo que se refiere a nosotros mismos, y también cuánto deben sospecharse los juicios de nuestros amigos cuando se pronuncian en nuestro favor. Pero procuraré en este discurso describir los caminos que he seguido y delinear mi vida como en un cuadro, para que cada uno pueda también juzgar por sí mismo, y para que, en la opinión general que se forme de ellos a partir de lo que se diga, yo mismo tenga un nuevo medio de instrucción que añadir a los que he acostumbrado emplear.

Mi propósito actual, entonces, no es enseñar el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino únicamente describir el modo en que he procurado conducir la mía. Quienes se proponen dar preceptos deben, por supuesto, considerarse más hábiles que aquellos a quienes los prescriben; y si se equivocan en el más mínimo detalle, se exponen a la censura. Pero como este escrito se presenta simplemente como una historia, o, si se prefiere, como un relato, en el que, entre algunos ejemplos dignos de imitación, se encontrarán quizás otros tantos que sería mejor no seguir, espero que pueda ser útil a algunos sin perjudicar a nadie, y que mi franqueza encuentre alguna acogida en todos.

Desde mi infancia, estuve familiarizado con las letras; y como se me hizo creer que por su medio podría adquirirse un conocimiento claro y cierto de todo lo útil para la vida, sentí un ardiente deseo de instruirme. Pero tan pronto como hube terminado todo el curso de estudios, al final del cual es costumbre ser admitido en el orden de los sabios, cambié por completo de opinión. Pues me encontré envuelto en tantas dudas y errores, que estaba convencido de no haber avanzado más en todos mis intentos de aprender que en descubrir a cada paso mi propia ignorancia. Y, sin embargo, estudiaba en una de las escuelas más célebres de Europa, en la que pensaba que debía haber hombres sabios, si es que los había en alguna parte. Había aprendido todo lo que allí aprendían los demás; y no contento con las ciencias que realmente se nos enseñaban, había, además, leído todos los libros que habían llegado a mis manos sobre aquellas ramas que se consideran las más curiosas y raras. Conocía el juicio que los demás tenían de mí; y no encontraba que se me considerara inferior a mis compañeros, aunque entre ellos había algunos que ya estaban destinados a ocupar los puestos de nuestros maestros. Y, en fin, nuestra época me parecía tan floreciente y tan fértil en grandes ingenios como cualquiera de las precedentes. Así llegué a tomarme la libertad de juzgar a todos los demás hombres por mí mismo y de concluir que no existía ciencia alguna de la naturaleza que yo antes había creído.

Sin embargo, seguía estimando los estudios de las escuelas. Sabía que las lenguas que en ellas se enseñan son necesarias para comprender los escritos de los antiguos; que la gracia de la fábula estimula el espíritu; que las hazañas memorables de la historia lo elevan y, si se leen con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos los libros excelentes es, por así decirlo, conversar con los más nobles hombres de los siglos pasados que los han escrito, y aun una conversación estudiada, en la que sólo se nos descubren sus mejores pensamientos; que la elocuencia tiene una fuerza y belleza incomparables; que la poesía posee sus encantos y deleites arrebatadores; que en las matemáticas hay muchos descubrimientos sutiles, sumamente aptos para satisfacer a los curiosos y para favorecer todas las artes y disminuir el trabajo del hombre; que numerosos preceptos muy útiles y exhortaciones a la virtud se hallan en los tratados de moral; que la teología señala el camino al cielo; que la filosofía proporciona los medios para hablar con apariencia de verdad sobre todas las cosas y atrae la admiración de los más sencillos; que la jurisprudencia, la medicina y las demás ciencias aseguran a quienes las cultivan honores y riquezas; y, en fin, que es útil dedicar alguna atención a todas, incluso a aquellas que abundan más en superstición y error, para poder determinar su verdadero valor y evitar ser engañados.

Pero creía que ya había dedicado suficiente tiempo a las lenguas, así como a la lectura de los escritos de los antiguos, a sus historias y fábulas. Porque conversar con los de otros tiempos y viajar es casi lo mismo. Es útil conocer algo de las costumbres de diferentes naciones, para poder juzgar mejor de la nuestra y evitar pensar que todo lo contrario a nuestras costumbres es ridículo e irracional, conclusión a la que suelen llegar quienes sólo han visto su propio país. Por otra parte, cuando se dedica demasiado tiempo a viajar, se llega a ser extranjero en la propia patria; y los que son demasiado curiosos de las costumbres del pasado suelen ignorar las del presente. Además, los relatos ficticios nos llevan a imaginar la posibilidad de muchos acontecimientos imposibles; y aun las historias más fieles, si no tergiversan totalmente los hechos o exageran su importancia para hacerlos más dignos de ser leídos, omiten, al menos, casi siempre las circunstancias más humildes y menos llamativas; de ahí que lo que queda no representa la verdad, y que quienes regulan su conducta por ejemplos tomados de esa fuente, suelen caer en los excesos de los caballeros andantes de las novelas y concebir proyectos que superan sus fuerzas.

Estimaba mucho la elocuencia y me extasiaba la poesía; pero pensaba que ambas eran dones de la naturaleza más que frutos del estudio. Aquellos en quienes predomina la facultad de la razón, y que disponen sus pensamientos con mayor destreza para hacerlos claros e inteligibles, son siempre los más capaces de persuadir a otros de la verdad de lo que exponen, aunque hablen únicamente en el dialecto de la Baja Bretaña y sean completamente ignorantes de las reglas de la retórica; y aquellos cuyas mentes están llenas de las fantasías más agradables, y que pueden expresarlas con el mayor adorno y armonía, siguen siendo los mejores poetas, aunque no conozcan el arte de la poesía.

Me deleitaban especialmente las matemáticas, por la certidumbre y evidencia de sus razonamientos; pero aún no tenía un conocimiento preciso de su verdadero uso; y pensando que solo contribuían al avance de las artes mecánicas, me asombraba que sobre fundamentos tan fuertes y sólidos no se hubiera levantado una estructura más elevada. Por otro lado, comparaba las disquisiciones de los antiguos moralistas con palacios muy altos y magníficos que no tienen mejor fundamento que la arena y el lodo: alaban mucho las virtudes y las presentan como estimables por encima de cualquier cosa en la tierra; pero no nos dan un criterio adecuado de virtud, y con frecuencia aquello que designan con tan bello nombre no es más que apatía, orgullo, desesperación o parricidio.

Reverenciaba nuestra teología, y aspiraba tanto como cualquiera a alcanzar el cielo; pero, estando seguro de que el camino no está menos abierto para los más ignorantes que para los más sabios, y que las verdades reveladas que conducen al cielo están por encima de nuestra comprensión, no me atrevía a someterlas a la impotencia de mi razón; y pensaba que, para emprender competentemente su examen, se necesitaba alguna ayuda especial del cielo y ser más que hombre.

De la filosofía no diré nada, salvo que, al ver que había sido cultivada durante muchos siglos por los hombres más distinguidos y que, sin embargo, no hay un solo asunto dentro de su ámbito que no siga en disputa, y por lo tanto nada que esté fuera de duda, no me atrevía a anticipar que mi éxito en ella sería mayor que el de otros; y además, al considerar la cantidad de opiniones contradictorias sobre un solo tema que pueden ser defendidas por hombres sabios, mientras que solo puede haber una verdadera, consideraba casi falsas todas aquellas que solo eran probables.

En cuanto a las demás ciencias, dado que toman sus principios de la filosofía, juzgaba que no se podían levantar estructuras sólidas sobre fundamentos tan endebles; y ni el honor ni el provecho que prometían eran suficientes para determinarme a cultivarlas: pues no estaba, gracias al cielo, en una condición que me obligara a hacer comercio de la ciencia para mejorar mi fortuna; y aunque no pretendía despreciar la gloria como un cínico, hacía muy poco caso de ese honor que esperaba adquirir solo por títulos ficticios. Y, en fin, de las ciencias falsas pensaba que conocía suficientemente su valor como para no dejarme engañar por las promesas de un alquimista, las predicciones de un astrólogo, los engaños de un mago, ni por los artificios y jactancias de cualquiera que pretendiera saber cosas de las que es ignorante.

Por estas razones, tan pronto como mi edad me permitió liberarme del control de mis instructores, abandoné por completo el estudio de las letras y resolví no buscar otra ciencia que el conocimiento de mí mismo o del gran libro del mundo. Pasé el resto de mi juventud viajando, visitando cortes y ejércitos, relacionándome con hombres de diferentes disposiciones y rangos, acumulando experiencias variadas, poniéndome a prueba en las distintas situaciones en que la fortuna me colocaba, y, sobre todo, reflexionando sobre el contenido de mis experiencias para asegurar mi propio mejoramiento. Pues se me ocurrió que encontraría mucha más verdad en los razonamientos de cada individuo sobre los asuntos que le interesan personalmente, y cuyo desenlace debe castigarlo si ha juzgado mal, que en los de un hombre de letras en su estudio, sobre cuestiones especulativas que no tienen importancia práctica y que no le acarrean consecuencia alguna, salvo, tal vez, fomentar su vanidad mientras más alejadas estén del sentido común; ya que requieren, en ese caso, mayor ingenio y arte para hacerlas verosímiles. Además, siempre tuve un deseo muy intenso de saber cómo distinguir lo verdadero de lo falso, para poder discriminar claramente el camino correcto en la vida y seguirlo con confianza.

Es cierto que, mientras me ocupaba únicamente en observar las costumbres de otros hombres, encontré también aquí escaso fundamento para convicciones firmes, y advertí casi tantas contradicciones entre ellos como en las opiniones de los filósofos. Así que la mayor ventaja que obtuve de este estudio consistió en que, al observar muchas cosas que, aunque extravagantes y ridículas para nuestro entendimiento, son sin embargo aceptadas y aprobadas por común acuerdo en otras grandes naciones, aprendí a no creer demasiado firmemente en nada de lo que me hubiera persuadido solo el ejemplo y la costumbre; y así me fui liberando poco a poco de muchos errores lo bastante poderosos como para oscurecer nuestra inteligencia natural e incapacitarnos en gran medida para escuchar la razón. Pero después de haberme ocupado varios años en estudiar así el libro del mundo y en tratar de adquirir experiencia, finalmente resolví hacerme a mí mismo objeto de estudio y emplear todas las fuerzas de mi espíritu en elegir los caminos que debía seguir, empresa que resultó más exitosa de lo que habría sido si nunca hubiera abandonado mi país o mis libros.