Discurso del método · René Descartes
SEGUNDA PARTE
Capítulo 2 de 6 · 12 min de lectura
Me encontraba entonces en Alemania, atraído allí por las guerras que aún no han concluido en ese país; y como regresaba al ejército tras la coronación del emperador, la llegada del invierno me detuvo en un lugar donde, al no encontrar compañía que me interesara y, además, no verme afortunadamente perturbado por preocupaciones o pasiones, permanecí todo el día en reclusión, con plena oportunidad de ocupar mi atención en mis propios pensamientos. Uno de los primeros que se me ocurrieron fue que rara vez hay tanta perfección en las obras compuestas de muchas partes separadas, en las que han trabajado distintas manos, como en aquellas completadas por un solo maestro. Así, se observa que los edificios que un solo arquitecto ha planeado y ejecutado suelen ser más elegantes y cómodos que aquellos que varios han intentado mejorar, haciendo que viejos muros sirvan para fines para los que no fueron originalmente construidos. De igual modo, aquellas antiguas ciudades que, siendo al principio solo aldeas, han llegado con el tiempo a ser grandes urbes, suelen estar peor trazadas en comparación con las ciudades regularmente construidas que un arquitecto profesional ha planeado libremente en una llanura; de modo que, aunque los diversos edificios de las primeras puedan igualar o superar en belleza a los de las segundas, cuando se observa su yuxtaposición indiscriminada, aquí uno grande y allá uno pequeño, y la consiguiente torcedura e irregularidad de las calles, uno se inclina a pensar que el azar, más que una voluntad humana guiada por la razón, debió de haber llevado a tal disposición. Y si consideramos que, no obstante, siempre ha habido ciertos funcionarios encargados de velar porque los edificios privados contribuyeran al ornato público, se reconocerá fácilmente la dificultad de alcanzar una alta perfección cuando solo se dispone de los materiales de otros para operar. De igual manera, imaginé que aquellas naciones que, partiendo de un estado semi-bárbaro y avanzando hacia la civilización poco a poco, han ido determinando sus leyes sucesivamente y, por así decirlo, se las han visto impuestas simplemente por la experiencia del daño causado por ciertos crímenes y disputas, llegarían por este proceso a poseer instituciones menos perfectas que aquellas que, desde el inicio de su asociación como comunidades, han seguido las disposiciones de algún sabio legislador. Así, es completamente cierto que la constitución de la verdadera religión, cuyas ordenanzas provienen de Dios, debe ser incomparablemente superior a la de cualquier otra. Y, hablando de asuntos humanos, creo que la preeminencia de Esparta no se debió a la bondad de cada una de sus leyes en particular, pues muchas de ellas eran muy extrañas e incluso contrarias a la buena moral, sino al hecho de que, originadas por un solo individuo, todas tendían a un mismo fin. Del mismo modo, pensé que las ciencias contenidas en los libros (al menos aquellas que se componen de razonamientos probables, sin demostraciones), formadas por las opiniones de muchos individuos reunidas, están más alejadas de la verdad que las simples inferencias que una persona de buen sentido, usando su juicio natural y sin prejuicios, extrae acerca de los asuntos de su experiencia. Y como todos debemos pasar de la infancia a la madurez, y hemos sido necesariamente, durante mucho tiempo, gobernados por nuestros deseos y preceptores (cuyos dictados a menudo eran contradictorios, y quizá ninguno nos aconsejaba siempre lo mejor), concluí además que es casi imposible que nuestros juicios sean tan correctos o sólidos como lo serían si nuestra razón hubiera estado madura desde el momento de nuestro nacimiento y siempre hubiéramos sido guiados solo por ella.
Es cierto, sin embargo, que no es costumbre derribar todas las casas de una ciudad con el único propósito de reconstruirlas de manera diferente y así hacer las calles más hermosas; pero a menudo sucede que un particular derriba la suya propia con la intención de edificarla de nuevo, e incluso a veces las personas se ven obligadas a ello cuando sus casas corren peligro de derrumbarse por la antigüedad o cuando los cimientos son inseguros. Teniendo esto como ejemplo, me convencí de que sería realmente absurdo que un particular pensara en reformar un Estado cambiándolo de raíz y derribándolo para levantarlo corregido; y lo mismo pensé respecto a cualquier proyecto similar para reformar el cuerpo de las ciencias o el orden de enseñarlas establecido en las escuelas: pero en cuanto a las opiniones que hasta ese momento había adoptado, creí que no podía hacer mejor que decidirme de una vez a desecharlas por completo, para estar luego en condiciones de admitir otras más correctas, o incluso quizá las mismas, una vez hubieran pasado por el escrutinio de la razón. Creía firmemente que de este modo tendría mucho más éxito en la conducción de mi vida que si edificaba solo sobre viejos cimientos y me apoyaba en principios que, en mi juventud, había aceptado por confianza. Pues aunque reconocía varias dificultades en esta empresa, no eran, sin embargo, irremediables, ni podían compararse con las que acompañan la más leve reforma en los asuntos públicos. Los grandes cuerpos, si una vez son derribados, se levantan con gran dificultad o incluso se mantienen en pie cuando han sido seriamente sacudidos, y su caída es siempre desastrosa. Además, si hay imperfecciones en las constituciones de los Estados (y la sola diversidad de constituciones basta para asegurarnos que existen muchas), la costumbre ha suavizado sin duda sus inconvenientes, e incluso ha logrado evitar por completo o corregir insensiblemente muchos que la sagacidad no habría podido prever con igual eficacia; y, en fin, los defectos son casi siempre más tolerables que el cambio necesario para suprimirlos; de la misma manera que los caminos que serpentean entre montañas, por ser muy transitados, llegan a ser gradualmente tan lisos y cómodos, que es mucho mejor seguirlos que buscar un sendero más recto trepando por las cimas de las rocas y descendiendo a los fondos de los precipicios.
Por esto no puedo aprobar en modo alguno a esos inquietos y entrometidos que, sin estar llamados ni por nacimiento ni por fortuna a participar en la administración de los asuntos públicos, están siempre proyectando reformas; y si pensara que este escrito contiene algo que pudiera justificar la sospecha de que soy víctima de tal insensatez, de ningún modo permitiría su publicación. Nunca he aspirado a nada más elevado que la reforma de mis propias opiniones y a basarlas en un fundamento enteramente propio. Y aunque mi satisfacción con mi trabajo me ha llevado a presentar aquí un esbozo del mismo, de ninguna manera por ello recomiendo a los demás que intenten algo semejante. Aquellos a quienes Dios ha dotado de mayor ingenio quizá conciban proyectos aún más elevados; pero por lo que respecta a la mayoría, temo mucho que incluso esta empresa sea más de lo que puedan intentar con seguridad. El solo propósito de despojarse de todas las creencias pasadas es uno que no debe ser adoptado por cualquiera. La mayoría de los hombres se compone de dos clases, para ninguna de las cuales sería adecuada tal resolución: en primer lugar, aquellos que, con más confianza de la debida en sus propias capacidades, son precipitados en sus juicios y carecen de la paciencia necesaria para pensar de manera ordenada y circunspecta; de modo que, si hombres de esta clase se permiten dudar de sus opiniones acostumbradas y abandonan el camino trillado, nunca podrán encontrar el sendero que los lleve por una ruta más corta y se perderán y vagarán toda su vida; en segundo lugar, aquellos que, poseyendo suficiente sentido o modestia para reconocer que hay otros que los superan en la capacidad de distinguir entre la verdad y el error y de quienes pueden aprender, deberían más bien contentarse con las opiniones de estos que confiar en su propia razón para encontrar otras más correctas.
Por mi parte, sin duda habría pertenecido a la última clase, si hubiera recibido instrucción de un solo maestro, o si nunca hubiera conocido la diversidad de opiniones que desde tiempos inmemoriales han prevalecido entre los hombres más eruditos. Pero ya durante mi vida universitaria me di cuenta de que no existe opinión, por absurda e increíble que parezca, que no haya sido sostenida por algún filósofo; y después, en el curso de mis viajes, observé que todos aquellos cuyas opiniones son decididamente opuestas a las nuestras no son por ello bárbaros ni salvajes, sino que, por el contrario, muchas de esas naciones hacen un uso igualmente bueno, si no mejor, de su razón que nosotros. También tuve en cuenta el carácter tan diferente que muestra una persona criada desde la infancia en Francia o Alemania, respecto al que, con la misma mente original, esa persona habría tenido si hubiera vivido siempre entre chinos o con salvajes, y el hecho de que incluso en el vestir, la moda que nos agradaba hace diez años, y que quizá vuelva a ser aceptada antes de que pasen otros diez, nos parece ahora extravagante y ridícula. Así llegué a inferir que el fundamento de nuestras opiniones se basa mucho más en la costumbre y el ejemplo que en un conocimiento cierto. Y, finalmente, aunque ese sea el fundamento de nuestras opiniones, observé que la pluralidad de votos no garantiza la verdad cuando se trata de algo difícil de descubrir, ya que en tales casos es mucho más probable que la encuentre uno solo que muchos. Sin embargo, no pude elegir de entre la multitud a nadie cuyas opiniones me parecieran dignas de preferencia, y así me vi, por decirlo de algún modo, obligado a usar mi propia razón en la conducción de mi vida.
Pero, como quien camina solo y en la oscuridad, resolví avanzar tan despacio y con tanta precaución, que si no lograba adelantar mucho, al menos evitaría caer. Ni siquiera quise rechazar de inmediato ninguna de las opiniones que se habían infiltrado en mis creencias sin haber sido introducidas por la razón, sino que, ante todo, me tomé el tiempo suficiente para satisfacerme cuidadosamente de la naturaleza general de la tarea que me proponía y para averiguar el verdadero método para llegar al conocimiento de todo lo que estuviera dentro del alcance de mis capacidades.
Entre las ramas de la filosofía, en una época anterior, había prestado alguna atención a la lógica, y entre las matemáticas, al análisis geométrico y al álgebra; tres artes o ciencias que, según creía, debían aportar algo a mi propósito. Pero, al examinarlas, encontré que, en cuanto a la lógica, sus silogismos y la mayoría de sus otros preceptos son útiles más bien para comunicar lo que ya sabemos, o incluso, como el arte de Lulio, para hablar sin juicio de cosas que ignoramos, que para investigar lo desconocido; y aunque esta ciencia contiene, en efecto, varios preceptos correctos y excelentes, hay, sin embargo, tantos otros, y estos o bien perjudiciales o superfluos, mezclados con los primeros, que es casi tan difícil separar lo verdadero de lo falso como extraer una Diana o una Minerva de un bloque de mármol en bruto. En cuanto al análisis de los antiguos y el álgebra de los modernos, además de que solo abarcan asuntos muy abstractos y, en apariencia, inútiles, el primero está tan exclusivamente restringido a la consideración de figuras, que solo puede ejercitar el entendimiento a costa de fatigar mucho la imaginación; y en el segundo, hay tal sujeción a ciertas reglas y fórmulas, que resulta un arte lleno de confusión y oscuridad, más apto para embarazar que para cultivar la mente. Por estas consideraciones, me sentí impulsado a buscar algún otro método que comprendiera las ventajas de los tres y estuviera exento de sus defectos. Y así como una multitud de leyes solo entorpece la justicia, de modo que un Estado se gobierna mejor cuando, con pocas leyes, estas se aplican rigurosamente; del mismo modo, en vez del gran número de preceptos de que se compone la lógica, creí que los cuatro siguientes serían perfectamente suficientes para mí, con tal de que tomara la firme y constante resolución de no fallar en observarlos ni una sola vez.
El primero era no aceptar jamás cosa alguna como verdadera que no reconociera evidentemente como tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y el prejuicio, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu, que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinara en tantas partes como fuera posible y como requiriera su mejor solución.
El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer, para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos; y suponiendo un orden aun entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.
Y el último, hacer en todo recuentos tan completos y revisiones tan generales, que estuviera seguro de no omitir nada.
Las largas cadenas de razonamientos simples y fáciles, mediante las cuales los geómetras acostumbran llegar a las conclusiones de sus más difíciles demostraciones, me llevaron a imaginar que todas las cosas que el hombre es capaz de conocer están conectadas entre sí de la misma manera, y que nada hay tan alejado de nosotros que no podamos alcanzarlo, ni tan oculto que no podamos descubrirlo, con tal solo de que nos abstengamos de tomar lo falso por verdadero y conservemos siempre en nuestros pensamientos el orden necesario para deducir una verdad de otra. Y tuve poca dificultad en determinar con qué objetos debía comenzar, pues ya estaba convencido de que debía ser con los más simples y fáciles de conocer; y considerando que, de todos los que hasta ahora han buscado la verdad en las ciencias, solo los matemáticos han podido encontrar alguna demostración, es decir, razones ciertas y evidentes, no dudé de que ese debía haber sido el método de sus investigaciones. Resolví, por tanto, comenzar con el examen de los objetos más simples, sin esperar de ello otra ventaja que la de acostumbrar mi mente al amor y alimento de la verdad, y a rechazar todo razonamiento falaz. Pero no tenía por ello la intención de abarcar todas las ciencias particulares comúnmente llamadas matemáticas: observando que, por diferentes que sean sus objetos, todas concuerdan en considerar únicamente las diversas relaciones o proporciones que existen entre esos objetos, creí que lo mejor para mi propósito era considerar esas proporciones en la forma más general posible, sin referirlas a ningún objeto particular, salvo a aquellos que facilitaran más su conocimiento, y sin restringirlas a estos, para poder aplicarlas después mejor a cualquier otra clase de objetos a los que legítimamente correspondieran. Advirtiendo, además, que para entender esas relaciones debía a veces considerarlas una a una y otras veces solo retenerlas en la memoria o abarcarlas en conjunto, pensé que, para considerarlas mejor individualmente, debía verlas como existentes entre líneas rectas, ya que no encontraba objetos más simples ni más fáciles de representar claramente a mi imaginación y sentidos; y, por otro lado, para retenerlas en la memoria o abarcar muchas en conjunto, debía expresarlas mediante ciertos signos lo más breves posible. De este modo, creí que podría tomar lo mejor tanto del análisis geométrico como del álgebra, y corregir los defectos de uno con la ayuda del otro.
Y, de hecho, la observancia rigurosa de estos pocos preceptos me proporcionó, permítaseme decirlo, tal facilidad para desentrañar todas las cuestiones comprendidas en estas dos ciencias, que en los dos o tres meses que dediqué a su estudio, no solo logré resolver problemas que antes consideraba sumamente difíciles, sino que incluso respecto a aquellos cuya solución aún ignoraba, pude, según me parecía, determinar los medios y el alcance en que una solución era posible; resultados atribuibles al hecho de que comencé por las verdades más simples y generales, y así cada verdad descubierta se convertía en una regla útil para el hallazgo de las siguientes. Tampoco en esto pareceré demasiado vanidoso, si se considera que, siendo la verdad sobre cualquier punto una sola, quien la comprende conoce todo lo que sobre ese asunto puede saberse. El niño, por ejemplo, que ha sido instruido en los elementos de la aritmética y ha realizado una suma particular siguiendo la regla, puede estar seguro de que ha hallado, respecto a la suma de los números que tiene ante sí, todo lo que en ese caso está al alcance del ingenio humano. Ahora bien, en conclusión, el método que enseña a seguir el orden verdadero y una enumeración exacta de todas las condiciones de lo que se busca, comprende todo lo que da certeza a las reglas de la aritmética.
Pero la principal razón de mi satisfacción con este método era la seguridad que me daba de ejercitar mi razón en todos los asuntos, si no con absoluta perfección, al menos con la mayor que me fuera posible; además, era consciente de que, mediante su uso, mi mente se iba habituando poco a poco a concepciones más claras y distintas de sus objetos; y también esperaba, por no haber restringido este método a ningún asunto particular, poder aplicarlo a las dificultades de las demás ciencias, con no menos éxito que a las del álgebra. Sin embargo, no me habría atrevido, por ello, a examinar de inmediato todas las dificultades de las ciencias que se me presentaban, pues esto habría sido contrario al orden prescrito por el método; pero, al observar que el conocimiento de tales ciencias depende de principios tomados de la filosofía, en la cual no hallaba nada cierto, consideré necesario, ante todo, intentar establecer sus principios. Y porque además advertí que una investigación de este tipo era, entre todas, la de mayor importancia y en la que más se debía temer la precipitación y el apresuramiento en el juicio, pensé que no debía abordarla hasta haber alcanzado una edad más madura (pues entonces solo tenía veintitrés años), y antes debía emplear mucho tiempo en prepararme para la tarea, tanto erradicando de mi espíritu todas las opiniones erróneas que hasta ese momento había aceptado, como acumulando variedad de experiencias que sirvieran de materia para mis razonamientos, y ejercitándome continuamente en el método elegido con el fin de aumentar mi destreza en su aplicación.



