Discurso del método · René Descartes

TERCERA PARTE

Capítulo 3 de 6 · 9 min de lectura

Y finalmente, así como no basta, antes de empezar a reconstruir la casa en que vivimos, con derribarla y proveernos de materiales y obreros, o con dedicarnos nosotros mismos a la obra según un plan que hayamos trazado cuidadosamente de antemano, sino que también es necesario disponer de otra casa donde podamos vivir cómodamente durante las obras, del mismo modo, para no quedar irresoluto en mis acciones mientras la razón me obligaba a suspender mi juicio, y para no verme impedido de vivir en adelante con la mayor felicidad posible, formé un código provisional de moral, compuesto de tres o cuatro máximas, que deseo darles a conocer.

La primera consistía en obedecer las leyes y costumbres de mi país, manteniéndome firmemente en la fe en la que, por la gracia de Dios, fui educado desde mi infancia, y regulando mi conducta en todo lo demás según las opiniones más moderadas y alejadas de los extremos, que se practicasen con el consentimiento general de los más sensatos entre quienes me encontrara. Pues, como desde entonces había comenzado a considerar mis propias opiniones como nada, porque quería someterlas todas a examen, estaba convencido de que no podía hacer mejor que seguir, mientras tanto, las opiniones de los más juiciosos; y aunque tal vez haya entre persas y chinos personas tan sensatas como entre nosotros, la conveniencia parecía dictar que debía regular mi conducta conforme a las opiniones de aquellos con quienes tuviera que convivir; y me pareció que, para conocer las verdaderas opiniones de tales personas, debía fijarme más en lo que practicaban que en lo que decían, no solo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres, son pocos los que se expresan exactamente como piensan, sino también porque muchos ni siquiera saben lo que realmente creen; pues, como el acto mental por el que se cree en algo es distinto del acto por el que sabemos que lo creemos, a menudo se encuentra uno sin el otro. Además, entre muchas opiniones igualmente aceptadas, elegía siempre la más moderada, tanto porque estas son siempre las más convenientes para la práctica y probablemente las mejores (pues todo exceso suele ser vicioso), como porque, en caso de equivocarme, estaría menos alejado de la verdad que si, habiendo elegido uno de los extremos, resultara que debía haber adoptado el otro. Y consideraba especialmente como extremos todas las promesas que restringen en algo nuestra libertad; no porque desaprobara las leyes que, para prevenir la inestabilidad de los hombres de débil resolución, cuando se busca un bien, permiten compromisos por votos y contratos que obligan a perseverar en ello, o incluso, para la seguridad del comercio, sancionan compromisos similares cuando el fin es indiferente; sino porque no hallaba nada en la tierra que fuera completamente ajeno al cambio, y porque, en lo personal, esperaba perfeccionar gradualmente mis juicios y no permitir que se deterioraran, habría considerado un grave error contra el buen sentido el hecho de que, por aprobar algo en un momento dado, me obligara a considerarlo bueno en el futuro, cuando tal vez ya no lo fuera, o yo ya no lo estimara así.

Mi segunda máxima era ser lo más firme y resuelto posible en mis acciones, y no adherirme con menos constancia a las opiniones más dudosas, una vez adoptadas, que si fueran sumamente ciertas; imitando en esto el ejemplo de los viajeros que, cuando se pierden en un bosque, no deben vagar de un lado a otro, y menos aún quedarse en un lugar, sino avanzar siempre hacia el mismo lado en línea lo más recta posible, sin cambiar de dirección por motivos leves, aunque tal vez haya sido el azar el que determinó la elección inicial; pues así, si no llegan exactamente al punto deseado, al menos llegarán finalmente a algún lugar que probablemente será preferible al centro del bosque. De igual manera, como en la acción suele suceder que no se permite demora, es muy cierto que, cuando no está en nuestro poder determinar lo que es verdadero, debemos actuar según lo más probable; y aun cuando no advirtamos mayor probabilidad en una opinión que en otra, debemos, sin embargo, elegir una u otra, y luego considerarla, en lo que respecta a la práctica, no ya como dudosa, sino manifiestamente verdadera y cierta, ya que la razón que determinó nuestra elección posee por sí misma tales cualidades. Este principio fue suficiente desde entonces para librarme de todos esos arrepentimientos y remordimientos que suelen turbar la conciencia de los espíritus débiles e inseguros, que, faltos de un principio claro y determinado de elección, se dejan llevar un día por una acción que consideran la mejor, y la abandonan al siguiente por la contraria.

Mi tercera máxima era esforzarme siempre por vencerme a mí mismo más que a la fortuna, y cambiar mis deseos antes que el orden del mundo, y, en general, acostumbrarme a la idea de que, salvo nuestros propios pensamientos, nada está absolutamente en nuestro poder; de modo que, cuando hayamos hecho lo mejor posible en lo que depende de nosotros, todo lo que no logremos debe considerarse, en lo que a nosotros respecta, absolutamente imposible. Y este solo principio me parecía suficiente para evitar que en el futuro deseara algo que no pudiera obtener, y así hacerme dichoso; pues, ya que nuestra voluntad busca naturalmente solo aquellos objetos que el entendimiento le presenta como en cierto modo posibles de alcanzar, es claro que, si consideramos todos los bienes externos como igualmente fuera de nuestro alcance, no lamentaremos más la ausencia de aquellos que parecen debidos a nuestro nacimiento, cuando nos vemos privados de ellos sin culpa nuestra, que el no poseer los reinos de China o México; y así, por decirlo así, haciendo de la necesidad virtud, no desearemos más la salud en la enfermedad, ni la libertad en la prisión, que ahora deseamos cuerpos incorruptibles como diamantes o alas de pájaro para volar. Pero confieso que se necesita una larga disciplina y una meditación frecuente para acostumbrar la mente a ver todas las cosas bajo esta luz; y creo que en esto consistía principalmente el secreto del poder de aquellos filósofos que en tiempos pasados lograron elevarse por encima de la influencia de la fortuna y, en medio del sufrimiento y la pobreza, disfrutar de una felicidad que sus dioses podrían haber envidiado. Pues, ocupados sin cesar en considerar los límites que la naturaleza imponía a su poder, llegaron a convencerse tan plenamente de que nada estaba a su disposición salvo sus propios pensamientos, que esta convicción bastaba para impedirles desear otra cosa; y sobre sus pensamientos adquirieron un dominio tan absoluto, que tenían motivos para considerarse más ricos y poderosos, más libres y más felices que otros hombres que, por muchos favores que reciban de la naturaleza y la fortuna, si carecen de esta filosofía, nunca podrán lograr la realización de todos sus deseos.

En fin, para concluir este código de moral, pensé en revisar las diferentes ocupaciones de los hombres en esta vida, con el propósito de elegir la mejor. Y, sin querer hacer comentarios sobre los empleos de los demás, puedo decir que estaba convencido de que no podía hacer nada mejor que continuar en aquel en el que me hallaba, es decir, dedicar toda mi vida al cultivo de mi razón y avanzar lo más posible en el conocimiento de la verdad, siguiendo los principios del método que me había prescrito. Este método, desde el momento en que comencé a aplicarlo, fue para mí fuente de una satisfacción tan intensa que llegué a creer que no se podía gozar de algo más perfecto o más inocente en esta vida; y como gracias a él diariamente descubría verdades que me parecían de cierta importancia y que generalmente eran ignoradas por los demás, el placer que de ello obtenía ocupaba tanto mi mente que me volvía completamente indiferente a cualquier otro objeto. Además, las tres máximas precedentes estaban fundadas únicamente en el propósito de continuar la tarea de instruirme a mí mismo. Pues ya que Dios ha dotado a cada uno de nosotros de cierta luz de razón para distinguir la verdad del error, no podía creer que debiera, ni por un solo momento, conformarme con las opiniones de otro, a menos que hubiera decidido ejercer mi propio juicio para examinarlas cuando estuviera debidamente capacitado para ello. Tampoco podría haberme apoyado en tales opiniones sin escrúpulo, si hubiese supuesto que con ello perdería alguna ventaja para alcanzar algo aún más exacto, si tal existiera. Y, en fin, no habría podido refrenar mis deseos ni permanecer satisfecho si no hubiera seguido un camino en el que pensaba estar seguro de alcanzar todo el conocimiento al que fuera capaz de acceder, así como la mayor cantidad de lo que es verdaderamente bueno que pudiera esperar obtener. Ya que no buscamos ni evitamos ningún objeto sino en la medida en que nuestro entendimiento lo representa como bueno o malo, todo lo necesario para obrar rectamente es juzgar rectamente, y para obrar del mejor modo, juzgar lo más correctamente posible, es decir, adquirir todas las virtudes junto con todo lo que es verdaderamente valioso y está a nuestro alcance; y la seguridad de tal adquisición no puede dejar de hacernos sentir satisfechos.

Habiéndome provisto así de estas máximas, y habiéndolas reservado junto con las verdades de la fe, que siempre han ocupado el primer lugar en mis creencias, llegué a la conclusión de que podía con libertad dedicarme a despojarme de lo que quedaba de mis opiniones. Y, puesto que esperaba poder llevar a cabo esta tarea con mayor éxito relacionándome con los hombres que permaneciendo más tiempo encerrado en el retiro donde me habían surgido estos pensamientos, me entregué de nuevo a viajar antes de que terminara el invierno. Y, durante los nueve años siguientes, no hice otra cosa que deambular de un lugar a otro, deseoso de ser espectador más que actor en las representaciones que se exhiben en el teatro del mundo; y, como me ocupaba en cada asunto de reflexionar especialmente sobre aquello que pudiera ser razonablemente dudoso y fuente de error, fui poco a poco arrancando de mi mente todos los errores que hasta entonces se habían introducido en ella. No es que en esto imitara a los escépticos, que dudan solo para dudar y no buscan más que la incertidumbre misma; por el contrario, mi propósito era únicamente encontrar fundamento para la certeza y desechar la tierra suelta y la arena, para llegar a la roca o la arcilla. En esto, me parece, tuve bastante éxito; pues, ya que procuraba descubrir la falsedad o incertidumbre de las proposiciones que examinaba, no mediante débiles conjeturas, sino por razonamientos claros y seguros, no encontré nada tan dudoso que no arrojara alguna conclusión de certeza suficiente, aunque fuera solo la inferencia de que el asunto en cuestión no contenía nada cierto. Y, así como al derribar una casa vieja solemos reservar los escombros para contribuir a la construcción, de igual modo, al destruir aquellas de mis opiniones que juzgaba mal fundadas, hice diversas observaciones y adquirí una experiencia de la que me serví para establecer otras más seguras. Además, continué ejercitándome en el método que me había prescrito; pues, además de cuidar en general de conducir todos mis pensamientos según sus reglas, reservaba de vez en cuando algunas horas que dedicaba expresamente al uso del método en la resolución de dificultades matemáticas, o incluso en la solución de algunas cuestiones pertenecientes a otras ciencias, pero que, al haberlas separado de aquellos principios de dichas ciencias que no eran suficientemente ciertos, quedaban casi matemáticas: la verdad de esto se hará evidente por los numerosos ejemplos que contiene este volumen. Y así, sin parecer vivir de otro modo que aquellos que, sin otra ocupación que la de pasar la vida agradable e inocentemente, procuran separar el placer del vicio y, para disfrutar de su ocio sin aburrimiento, recurren a ocupaciones honorables, yo, sin embargo, seguía con mi propósito y progresaba más en el conocimiento de la verdad de lo que quizá habría logrado si me hubiera dedicado únicamente a la lectura de libros o a conversar con hombres de letras.

Sin embargo, estos nueve años pasaron antes de que hubiera llegado a algún juicio determinado respecto a las dificultades que son materia de disputa entre los sabios, o hubiera comenzado a buscar los principios de alguna filosofía más cierta que la vulgar. Y los ejemplos de muchos hombres de gran genio, que en tiempos pasados se habían dedicado a esta investigación, pero, según me parecía, sin éxito, me llevaron a imaginar que era una tarea de tal dificultad que quizá no me habría atrevido a emprenderla tan pronto si no hubiera oído decir comúnmente que ya la había concluido. No sé cuáles eran los fundamentos de esa opinión; y, si mi conversación contribuyó en alguna medida a su origen, esto debió suceder más bien porque confesé mi ignorancia con mayor libertad que aquellos que han estudiado un poco y expuse, tal vez, las razones que me llevaban a dudar de muchas cosas que otros consideran ciertas, que por haberme jactado de algún sistema filosófico. Pero, como tengo un carácter que me hace reacio a ser considerado diferente de lo que realmente soy, creí necesario esforzarme por todos los medios en hacerme digno de la reputación que se me atribuía; y hace exactamente ocho años que este deseo me llevó a alejarme de todos aquellos lugares donde era posible alguna interrupción por parte de mis conocidos y a trasladarme a este país, en el que la larga duración de la guerra ha dado lugar al establecimiento de tal disciplina, que los ejércitos mantenidos parecen servir solo para permitir a los habitantes gozar más seguramente de los beneficios de la paz, y donde, en medio de una gran multitud ocupada activamente en sus asuntos y más atenta a los propios que curiosa de los ajenos, he podido vivir sin verme privado de ninguna de las comodidades que se encuentran en las ciudades más populosas, y sin embargo tan solitario y retirado como en medio de los desiertos más remotos.