Discurso del método · René Descartes

CUARTA PARTE

Capítulo 4 de 6 · 10 min de lectura

Dudo si es conveniente hacer materia de discurso mis primeras meditaciones en el lugar antes mencionado; pues son tan metafísicas y tan poco comunes, que quizá no sean aceptables para todos. Sin embargo, para que se pueda determinar si los cimientos que he puesto son suficientemente firmes, me veo en cierto modo obligado a referirme a ellos. Había observado desde mucho antes que, en lo que respecta a la práctica, a veces es necesario adoptar, como si fueran indudables, opiniones que reconocemos como sumamente inciertas, como ya se ha dicho; pero como entonces deseaba dedicarme únicamente a la búsqueda de la verdad, pensé que era necesario proceder de manera exactamente opuesta, y que debía rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la más mínima duda, para ver si después de eso quedaba algo en mis creencias que fuera completamente indudable. Así, viendo que nuestros sentidos a veces nos engañan, quise suponer que no existía nada tal como ellos nos lo presentan; y porque algunos hombres se equivocan al razonar y caen en paralogismos, incluso en los asuntos más simples de la geometría, yo, convencido de que estaba tan expuesto al error como cualquier otro, rechacé como falsas todas las razones que hasta entonces había tomado por demostraciones; y finalmente, al considerar que los mismos pensamientos (representaciones) que experimentamos cuando estamos despiertos pueden también presentarse cuando soñamos, mientras que en ese momento ninguno de ellos es verdadero, supuse que todos los objetos (representaciones) que alguna vez habían llegado a mi mente cuando estaba despierto no tenían en sí más verdad que las ilusiones de mis sueños. Pero inmediatamente observé que, mientras deseaba pensar que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que así pensaba, fuera algo; y al notar que esta verdad: pienso, luego existo (COGITO ERGO SUM), era tan cierta y tan evidente que ninguna razón de duda, por más extravagante que fuera, podría alegarse por los escépticos capaz de conmoverla, concluí que podía, sin escrúpulo, aceptarla como el primer principio de la filosofía que buscaba.

Luego examiné atentamente qué era yo, y observé que podía suponer que no tenía cuerpo, que no existía mundo alguno ni lugar en el que pudiera estar; pero que no podía por ello suponer que yo no existía; y que, por el contrario, del solo hecho de pensar en dudar de la verdad de otras cosas, se seguía muy clara y ciertamente que yo era; mientras que, por otro lado, si solo hubiera dejado de pensar, aunque todos los demás objetos que alguna vez imaginé hubieran existido realmente, no tendría razón alguna para creer que yo existía; de ahí concluí que yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza toda consiste únicamente en pensar, y que, para existir, no necesita de ningún lugar ni depende de cosa material alguna; de modo que “yo”, es decir, la mente por la cual soy lo que soy, es completamente distinta del cuerpo, y es incluso más fácil de conocer que éste, y tal que, aunque el cuerpo no existiera, seguiría siendo todo lo que es.

Después de esto, indagué en general qué es esencial para la verdad y certeza de una proposición; pues, ya que había descubierto una que sabía ser verdadera, pensé que también debía poder descubrir la razón de esa certeza. Y al observar que en las palabras pienso, luego existo, no hay nada que me asegure su verdad más allá de esto, que veo muy claramente que para pensar es necesario existir, concluí que podía tomar, como regla general, el principio de que todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas, observando únicamente que hay cierta dificultad en determinar correctamente cuáles son los objetos que concebimos distintamente.

Luego, al reflexionar sobre el hecho de que dudaba, y que, en consecuencia, mi ser no era completamente perfecto (pues veía claramente que es mayor perfección conocer que dudar), me condujo a preguntarme de dónde había aprendido a pensar en algo más perfecto que yo mismo; y reconocí claramente que debía tener esa noción de alguna naturaleza que en realidad fuera más perfecta. En cuanto a los pensamientos de muchos otros objetos externos a mí, como el cielo, la tierra, la luz, el calor y muchos más, no me costaba tanto saber de dónde provenían; pues, ya que no notaba en ellos nada que pareciera hacerlos superiores a mí, podía creer que, si eran verdaderos, dependían de mi propia naturaleza, en cuanto poseía cierta perfección, y, si eran falsos, que los tenía de la nada, es decir, que estaban en mí por una cierta imperfección de mi naturaleza. Pero esto no podía ser así con la idea de una naturaleza más perfecta que la mía; pues recibirla de la nada era algo manifiestamente imposible; y, porque no es menos absurdo que lo más perfecto sea efecto y dependencia de lo menos perfecto, que el que algo proceda de la nada, era igualmente imposible que la tuviera de mí mismo: así que solo quedaba que había sido puesta en mí por una naturaleza que en realidad era más perfecta que la mía, y que incluso poseía en sí todas las perfecciones de las que yo pudiera formar alguna idea; es decir, en una sola palabra, que era Dios. Y a esto añadí que, ya que conocía algunas perfecciones que yo no poseía, no era el único ser existente (aquí, si me lo permiten, usaré libremente los términos de las escuelas); sino, por el contrario, que necesariamente existía algún otro ser más perfecto del cual dependía, y de quien había recibido todo lo que poseía; pues si hubiera existido solo, e independientemente de cualquier otro ser, de modo que hubiera tenido por mí mismo toda la perfección, por poca que fuera, que realmente poseía, habría podido, por la misma razón, tener por mí mismo toda la perfección restante, cuya falta sentía, y así podría haberme hecho infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso, y, en fin, poseer todas las perfecciones que reconozco en Dios. Porque, para conocer la naturaleza de Dios (cuya existencia ha sido establecida por los razonamientos precedentes), en la medida en que mi propia naturaleza lo permite, solo tenía que considerar, respecto de todas las propiedades de las que encontraba alguna idea en mi mente, si su posesión era señal de perfección; y estaba seguro de que ninguna que indicara imperfección estaba en él, y que ninguna de las otras le faltaba. Así percibí que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no podían encontrarse en Dios, ya que yo mismo habría sido feliz de estar libre de ellas. Además, tenía ideas de muchas cosas sensibles y corporales; pues aunque pudiera suponer que estaba soñando, y que todo lo que veía o imaginaba era falso, no podía, sin embargo, negar que las ideas estaban realmente en mis pensamientos. Pero, como ya había reconocido muy claramente en mí mismo que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, y al observar que toda composición es señal de dependencia, y que un estado de dependencia es manifiestamente un estado de imperfección, determiné entonces que no podía ser una perfección en Dios estar compuesto de estas dos naturalezas, y que, en consecuencia, él no lo estaba; sino que, si había cuerpos en el mundo, o incluso inteligencias u otras naturalezas que no fueran completamente perfectas, su existencia dependía de su poder de tal manera que no podían subsistir sin él ni un solo instante.

Me dispuse de inmediato a buscar otras verdades y, cuando me representé a mí mismo el objeto de los geómetras, que concebí como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extendido en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes que admiten diferentes figuras y tamaños, y que puede ser movido o trasladado de todas las maneras posibles (pues todo esto suponen los geómetras en el objeto que contemplan), repasé algunas de sus demostraciones más simples. Y, en primer lugar, observé que la gran certeza que por consenso general se atribuye a estas demostraciones se funda únicamente en que son concebidas claramente conforme a las reglas que ya he expuesto. En segundo lugar, percibí que no había en estas demostraciones nada que pudiera asegurarme la existencia de su objeto: así, por ejemplo, suponiendo dado un triángulo, percibía claramente que sus tres ángulos eran necesariamente iguales a dos rectos, pero no por ello percibía nada que pudiera asegurarme que existiera algún triángulo; mientras que, por el contrario, al volver al examen de la idea de un Ser Perfecto, hallé que la existencia de ese Ser estaba comprendida en la idea de la misma manera en que la igualdad de sus tres ángulos a dos rectos está comprendida en la idea de un triángulo, o como en la idea de una esfera lo está la equidistancia de todos los puntos de su superficie respecto al centro, o incluso de manera aún más clara; y que, en consecuencia, es al menos tan cierto que Dios, que es ese Ser Perfecto, es o existe, como cualquier demostración de geometría puede serlo.

Pero la razón que lleva a muchos a persuadirse de que existe una dificultad para conocer esta verdad, e incluso para conocer lo que realmente es su mente, es que nunca elevan sus pensamientos por encima de los objetos sensibles y están tan acostumbrados a considerar nada más que por medio de la imaginación, que es un modo de pensar limitado a los objetos materiales, que todo lo que no es imaginable les parece no inteligible. La verdad de esto se manifiesta suficientemente por el solo hecho de que los filósofos escolásticos aceptan como máxima que no hay nada en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos, en los cuales, sin embargo, es cierto que nunca han estado las ideas de Dios y del alma; y me parece que quienes emplean la imaginación para comprender estas ideas hacen exactamente lo mismo que si, para oír sonidos o percibir olores, intentaran servirse de los ojos; salvo que existe esta diferencia: que el sentido de la vista no nos da una seguridad inferior a la del olfato o el oído; mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos pueden darnos certeza de nada si no interviene nuestro entendimiento.

Finalmente, si aún hay personas que no están suficientemente convencidas de la existencia de Dios y del alma por las razones que he expuesto, deseo que sepan que todas las demás proposiciones cuya verdad quizá consideran más segura, como que tenemos un cuerpo, que existen estrellas y una tierra, y cosas semejantes, son menos ciertas; pues, aunque tenemos una certeza moral de estas cosas, tan fuerte que parece extravagante dudar de su existencia, sin embargo, nadie, a menos que su intelecto esté dañado, puede negar, cuando se trata de una certeza metafísica, que hay suficiente razón para excluir toda seguridad, al observar que cuando dormimos podemos imaginar del mismo modo que poseemos otro cuerpo y que vemos otras estrellas y otra tierra, cuando no existe nada de eso. ¿Cómo sabemos que los pensamientos que ocurren en sueños son falsos más que aquellos otros que experimentamos despiertos, si los primeros no son a menudo menos vivos y distintos que los segundos? Y aunque los hombres de mayor ingenio estudien esta cuestión cuanto quieran, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para eliminar esta duda, a menos que presupongan la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso el principio que ya he adoptado como regla, a saber, que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas, es cierto solo porque Dios es o existe y porque es un Ser Perfecto, y porque todo lo que poseemos proviene de él: de donde se sigue que nuestras ideas o nociones, que en la medida de su claridad y distinción son reales y proceden de Dios, deben ser verdaderas en esa medida. Por consiguiente, cuando no pocas veces tenemos ideas o nociones en las que se contiene alguna falsedad, esto solo puede ocurrir con aquellas que son en cierta medida confusas y oscuras, y en esto proceden de la nada (participan de la negación), es decir, existen en nosotros así de confusas porque no somos completamente perfectos. Y es evidente que no es menos contradictorio que la falsedad o imperfección, en cuanto imperfección, proceda de Dios, que lo sería que la verdad o perfección procediera de la nada. Pero si no supiéramos que todo lo que poseemos de real y verdadero procede de un Ser Perfecto e Infinito, por muy claras y distintas que fueran nuestras ideas, no tendríamos por ello fundamento para asegurar que poseen la perfección de ser verdaderas.

Pero después de que el conocimiento de Dios y del alma nos ha hecho ciertos de esta regla, podemos comprender fácilmente que la verdad de los pensamientos que experimentamos cuando estamos despiertos no debe ser puesta en duda en lo más mínimo a causa de las ilusiones de nuestros sueños. Pues si ocurriera que un individuo, aun estando dormido, tuviera alguna idea muy clara, como, por ejemplo, si un geómetra descubriera alguna nueva demostración, el hecho de que estuviera dormido no iría en contra de su verdad; y en cuanto al error más común de nuestros sueños, que consiste en que nos representan diversos objetos del mismo modo que nuestros sentidos externos, esto no es perjudicial, ya que nos lleva muy propiamente a sospechar de la verdad de las ideas sensibles; pues no pocas veces nos engañamos del mismo modo cuando estamos despiertos, como cuando las personas con ictericia ven todos los objetos amarillos, o cuando las estrellas o los cuerpos a gran distancia nos parecen mucho más pequeños de lo que son. En fin, tanto despiertos como dormidos, nunca debemos permitirnos ser persuadidos de la verdad de cosa alguna si no es por la evidencia de nuestra razón. Y debe notarse que digo de nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos: así, por ejemplo, aunque veamos muy claramente el sol, no debemos por ello determinar que solo tiene el tamaño que nos presenta nuestra vista; y podemos imaginar muy distintamente la cabeza de un león unida al cuerpo de una cabra, sin que por ello debamos concluir que existe una quimera; pues no es un dictado de la razón que lo que así vemos o imaginamos exista realmente; pero sí nos dice claramente que todas nuestras ideas o nociones contienen en sí alguna verdad; pues de otro modo no podría ser que Dios, que es completamente perfecto y veraz, las hubiera puesto en nosotros. Y como nuestros razonamientos nunca son tan claros ni tan completos durante el sueño como cuando estamos despiertos, aunque a veces los actos de nuestra imaginación sean entonces tan vivos y distintos, si no más, que en nuestros momentos de vigilia, la razón dicta además que, ya que no todos nuestros pensamientos pueden ser verdaderos debido a nuestra imperfección parcial, aquellos que poseen verdad deben encontrarse infaliblemente en la experiencia de nuestros momentos de vigilia más que en la de nuestros sueños.