Discurso del método · René Descartes
QUINTA PARTE
Capítulo 5 de 6 · 21 min de lectura
Aquí me habría complacido exponer toda la cadena de verdades que deduje de estos principios primeros, pero como para ello sería necesario tratar ahora muchas cuestiones en disputa entre los eruditos, con quienes no deseo verme envuelto, creo que será mejor abstenerme de tal exposición y limitarme a mencionar en general cuáles son esas verdades, para que los más juiciosos puedan determinar si una exposición más detallada de las mismas sería de utilidad pública. Siempre me he mantenido firme en mi resolución original de no suponer otro principio que aquel del que me he valido recientemente para demostrar la existencia de Dios y del alma, y de aceptar como verdadero solo aquello que me pareciera más claro y cierto de lo que antes me habían parecido las demostraciones de los geómetras; y, sin embargo, me atrevo a afirmar que no solo he encontrado medios para satisfacerme en poco tiempo respecto a todas las principales dificultades que suelen tratarse en la filosofía, sino que también he observado ciertas leyes establecidas en la naturaleza por Dios de tal manera, y de las cuales ha impreso en nuestras mentes tales nociones, que después de reflexionar suficientemente sobre ellas, no podemos dudar que se observan con exactitud en todo lo que existe o sucede en el mundo; y además, al considerar la concatenación de estas leyes, me parece que he descubierto muchas verdades más útiles e importantes que todas las que antes había aprendido o incluso esperado aprender.
Pero como he intentado exponer lo principal de estos descubrimientos en un tratado que ciertas consideraciones me impiden publicar, no puedo dar a conocer los resultados de manera más conveniente que ofreciendo aquí un resumen del contenido de ese tratado. Mi intención era incluir en él todo lo que, antes de ponerme a escribirlo, creía saber sobre la naturaleza de los objetos materiales. Pero, como los pintores que, al no poder representar igualmente bien en una superficie plana todas las caras de un cuerpo sólido, eligen una de las principales, sobre la que hacen recaer la luz, y dejando las demás en sombra, permiten que solo se vean en la medida en que pueden observarse mirando la principal; así, temiendo no poder abarcar en mi discurso todo lo que tenía en mente, resolví exponer por separado, aunque con bastante extensión, mis opiniones sobre la luz; luego aprovechar la ocasión para añadir algo sobre el sol y las estrellas fijas, ya que la luz procede casi totalmente de ellas; sobre los cielos, ya que la transmiten; sobre los planetas, cometas y la tierra, ya que la reflejan; y particularmente sobre todos los cuerpos que están sobre la tierra, ya que son coloreados, transparentes o luminosos; y finalmente sobre el hombre, puesto que es el espectador de estos objetos. Además, para poder dejar en cierta penumbra esta variedad de temas y expresar mi juicio sobre ellos con mayor libertad, sin verme obligado a adoptar o refutar las opiniones de los eruditos, resolví dejar a todos los hombres aquí en sus disputas y hablar solo de lo que sucedería en un mundo nuevo, si Dios creara ahora en algún lugar de los espacios imaginarios materia suficiente para componer uno, y agitara de manera diversa y confusa las diferentes partes de esa materia, de modo que resultara un caos tan desordenado como el que los poetas han imaginado, y después no hiciera más que prestar su concurso ordinario a la naturaleza y dejarla actuar conforme a las leyes que él ha establecido. Bajo esta suposición, en primer lugar describí esa materia y traté de representarla de tal modo que, a mi juicio, nada puede ser más claro e inteligible, salvo lo que se ha dicho recientemente sobre Dios y el alma; pues incluso supuse expresamente que no poseía ninguna de esas formas o cualidades tan debatidas en las escuelas, ni en general nada cuyo conocimiento no sea tan natural a nuestras mentes que nadie pueda siquiera imaginarse ignorante de ello. Además, señalé cuáles son las leyes de la naturaleza y, sin otro principio en que fundar mis razonamientos que la perfección infinita de Dios, procuré demostrar todas aquellas sobre las que pudiera caber alguna duda, y probar que son tales que, aun si Dios hubiera creado más mundos, no podría haber ninguno en el que no se observaran estas leyes. Después mostré cómo la mayor parte de la materia de ese caos debe, conforme a estas leyes, disponerse y ordenarse de tal manera que presente la apariencia de cielos; cómo, entretanto, algunas de sus partes deben componer una tierra y algunos planetas y cometas, y otras un sol y estrellas fijas. Y, haciendo aquí una digresión sobre la luz, expuse con bastante extensión cuál debe ser la naturaleza de esa luz que se encuentra en el sol y las estrellas, y cómo de allí, en un instante, atraviesa los inmensos espacios de los cielos, y cómo desde los planetas y cometas se refleja hacia la tierra. A esto añadí también mucho sobre la sustancia, la situación, los movimientos y todas las diferentes cualidades de esos cielos y estrellas; de modo que creí haber dicho lo suficiente sobre ellos para mostrar que no hay nada observable en los cielos o estrellas de nuestro sistema que no deba, o al menos no pueda, aparecer exactamente igual en los del sistema que describí. Luego pasé a hablar de la tierra en particular y a mostrar cómo, aunque supuse expresamente que Dios no había dado peso alguno a la materia de la que está compuesta, esto no debe impedir que todas sus partes tiendan exactamente a su centro; cómo, con agua y aire en su superficie, la disposición de los cielos y los cuerpos celestes, especialmente la luna, debe causar un flujo y reflujo, semejante en todas sus circunstancias al que se observa en nuestros mares, así como una cierta corriente tanto de agua como de aire de este a oeste, tal como también se observa entre los trópicos; cómo en ella pueden formarse naturalmente montañas, mares, fuentes y ríos, y producirse metales en las minas, y crecer plantas en los campos y, en general, cómo pueden generarse todos los cuerpos que comúnmente se denominan mixtos o compuestos y, entre otras cosas, en los descubrimientos aludidos, ya que además de las estrellas no conocía nada excepto el fuego que produzca luz, no escatimé esfuerzos en exponer todo lo relativo a su naturaleza: la manera de su producción y conservación, y explicar cómo a veces se encuentra calor sin luz y luz sin calor; mostrar cómo puede inducir diversos colores en diferentes cuerpos y otras cualidades diversas; cómo reduce algunos a estado líquido y endurece otros; cómo puede consumir casi todos los cuerpos o convertirlos en cenizas y humo; y finalmente, cómo de esas cenizas, por la sola intensidad de su acción, forma vidrio: pues como esta transmutación de cenizas en vidrio me pareció tan maravillosa como cualquier otra en la naturaleza, sentí un especial placer en describirla. Sin embargo, no me sentí inclinado, por estas circunstancias, a concluir que este mundo haya sido creado del modo que describí; pues es mucho más probable que Dios lo haya hecho desde el principio tal como debía ser. Pero esto es cierto, y una opinión comúnmente aceptada entre los teólogos, que la acción por la cual ahora lo sostiene es la misma con la que originalmente lo creó; de modo que, aunque desde el principio no le hubiera dado otra forma que la de caos, con tal solo que hubiera establecido ciertas leyes de la naturaleza y le hubiera prestado su concurso para que actuara como suele hacerlo, puede creerse, sin menoscabo del milagro de la creación, que solo de esta manera las cosas puramente materiales podrían, con el tiempo, haber llegado a ser como las observamos actualmente; y su naturaleza se concibe mucho más fácilmente cuando se las contempla surgiendo gradualmente de este modo, que cuando solo se las considera producidas de una vez en un estado acabado y perfecto.
De la descripción de los cuerpos inanimados y las plantas, pasé a los animales, y en particular al hombre. Pero como aún no tenía conocimientos suficientes para tratar de estos del mismo modo que de los anteriores, es decir, deduciendo los efectos de sus causas y mostrando de qué elementos y de qué manera la naturaleza debe producirlos, me conformé con suponer que Dios formó el cuerpo del hombre completamente semejante al nuestro, tanto en la figura exterior de los miembros como en la conformación interna de los órganos, de la misma materia que ya había descrito, y que al principio no puso en él alma racional ni ningún otro principio en lugar del alma vegetativa o sensitiva, más allá de encender en el corazón uno de esos fuegos sin luz, como los que ya había descrito, y que pensé que no diferían del calor en la paja amontonada antes de secarse, o del que provoca la fermentación en los vinos nuevos antes de que se separen del fruto. Pues, al examinar el tipo de funciones que, como consecuencia de esta suposición, podrían existir en este cuerpo, encontré precisamente todas aquellas que pueden existir en nosotros independientemente de toda facultad de pensar, y por consiguiente sin deberse en modo alguno al alma; es decir, a esa parte de nosotros que es distinta del cuerpo y cuya naturaleza, como se ha dicho antes, consiste esencialmente en pensar, funciones en las que los animales carentes de razón pueden decirse que se asemejan totalmente a nosotros; pero entre las cuales no pude descubrir ninguna de aquellas que, dependiendo únicamente del pensamiento, nos pertenecen como hombres, mientras que, por otro lado, sí descubrí estas en cuanto supuse que Dios había creado un alma racional y la había unido a este cuerpo de una manera particular que describí.
Pero, para mostrar cómo traté este asunto, quiero aquí dar la explicación del movimiento del corazón y de las arterias, que, siendo el primero y más general de los movimientos observados en los animales, permitirá determinar fácilmente lo que debe pensarse de todos los demás. Y para que haya menos dificultad en comprender lo que voy a decir sobre este tema, aconsejo a quienes no estén versados en anatomía que, antes de comenzar la lectura de estas observaciones, se tomen la molestia de presenciar la disección del corazón de algún animal grande que tenga pulmones (pues este es en todo suficientemente parecido al humano), y que se les muestren sus dos ventrículos o cavidades: en primer lugar, la del lado derecho, a la que corresponden dos tubos muy amplios, a saber, la vena cava, que es el principal receptáculo de la sangre y el tronco del que todas las demás venas del cuerpo son ramas; y la vena arteriosa, así llamada impropiamente, pues en realidad es solo una arteria que, naciendo en el corazón, se divide, al salir de él, en muchas ramas que se dispersan por todo el pulmón; en segundo lugar, la cavidad del lado izquierdo, a la que corresponden de igual modo dos conductos de tamaño igual o mayor que los anteriores, a saber, la arteria venosa, también impropiamente denominada así, porque es simplemente una vena que viene de los pulmones, donde se divide en muchas ramas entrelazadas con las de la vena arteriosa y con las del conducto llamado tráquea, por donde entra el aire que respiramos; y la gran arteria que, saliendo del corazón, envía sus ramas por todo el cuerpo. También desearía que a esas personas se les mostraran cuidadosamente las once membranas que, como pequeñas válvulas, abren y cierran los cuatro orificios que hay en estas dos cavidades, a saber: tres en la entrada de la vena cava, dispuestas de modo que no impiden en absoluto que la sangre fluya hacia el ventrículo derecho del corazón, pero sí impiden exactamente que salga de él; tres en la entrada de la vena arteriosa, dispuestas de manera exactamente opuesta a las anteriores, que permiten fácilmente que la sangre contenida en esa cavidad pase a los pulmones, pero impiden que la contenida en los pulmones regrese a esa cavidad; de igual modo, otras dos en la boca de la arteria venosa, que permiten que la sangre de los pulmones fluya hacia la cavidad izquierda del corazón, pero impiden su retorno; y tres en la boca de la gran arteria, que dejan pasar la sangre desde el corazón, pero impiden su reflujo. No necesitamos buscar otra razón para el número de estas membranas más que esta: que el orificio de la arteria venosa, por su forma ovalada, puede cerrarse adecuadamente con dos, mientras que los otros, al ser redondos, se cierran más convenientemente con tres. Además, deseo que esas personas observen que la gran arteria y la vena arteriosa son de textura mucho más dura y firme que la arteria venosa y la vena cava; y que estas dos últimas se ensanchan antes de entrar al corazón y allí forman, por decirlo así, dos bolsas llamadas aurículas del corazón, que están compuestas de una sustancia similar a la del propio corazón; y que siempre hay más calor en el corazón que en cualquier otra parte del cuerpo; y, finalmente, que este calor es capaz de hacer que cualquier gota de sangre que pase a las cavidades se dilate y expanda rápidamente, como ocurre con todos los líquidos cuando se dejan caer gota a gota en un recipiente muy caliente.
Pues, después de esto, no es necesario que diga nada más para explicar el movimiento del corazón, salvo que, cuando sus cavidades no están llenas de sangre, la sangre fluye necesariamente hacia ellas: desde la vena cava hacia la derecha y desde la arteria venosa hacia la izquierda; porque estos dos vasos están siempre llenos de sangre y sus orificios, que miran hacia el corazón, no pueden entonces cerrarse. Pero tan pronto como dos gotas de sangre han pasado así, una a cada una de las cavidades, estas gotas, que no pueden dejar de ser muy grandes porque los orificios por los que pasan son anchos y los vasos de donde provienen están llenos de sangre, se rarefaccionan y dilatan inmediatamente por el calor que encuentran. De este modo, hacen que todo el corazón se expanda y, al mismo tiempo, presionan y cierran las cinco pequeñas válvulas que están en las entradas de los dos vasos de donde fluyen, impidiendo así que entre más sangre en el corazón, y, al irse rarefaccionando más y más, empujan y abren las seis pequeñas válvulas que están en los orificios de los otros dos vasos por donde salen, haciendo que todas las ramas de la vena arteriosa y de la gran arteria se expandan casi simultáneamente con el corazón, que inmediatamente después comienza a contraerse, al igual que las arterias, porque la sangre que ha entrado en ellas se ha enfriado, y las seis pequeñas válvulas se cierran, y las cinco de la vena cava y de la arteria venosa se abren de nuevo y permiten el paso a otras dos gotas de sangre, que hacen que el corazón y las arterias se expandan otra vez como antes. Y, porque la sangre que así entra en el corazón pasa por esas dos bolsas llamadas aurículas, sucede que su movimiento es contrario al del corazón, y que cuando este se expande, ellas se contraen. Pero para que quienes ignoran la fuerza de las demostraciones matemáticas y no están acostumbrados a distinguir las verdaderas razones de las meras verosimilitudes no se atrevan, sin examinar, a negar lo que se ha dicho, quiero que se considere que el movimiento que acabo de explicar se sigue tan necesariamente de la misma disposición de las partes, que puede observarse en el corazón a simple vista, y del calor que puede sentirse con los dedos, y de la naturaleza de la sangre conocida por experiencia, como el movimiento de un reloj depende de la fuerza, la disposición y la forma de sus contrapesos y ruedas.
Pero si se pregunta cómo es posible que la sangre en las venas, fluyendo de este modo continuamente hacia el corazón, no se agote, y por qué las arterias no se llenan en exceso, ya que toda la sangre que pasa por el corazón fluye hacia ellas, basta con mencionar en respuesta lo que ha escrito un médico inglés, quien tiene el honor de haber abierto camino en este tema y de haber sido el primero en enseñar que existen muchos pequeños conductos en los extremos de las arterias, por los cuales la sangre que reciben del corazón pasa a las pequeñas ramas de las venas, desde donde regresa nuevamente al corazón; de modo que su recorrido equivale exactamente a una circulación perpetua. De esto tenemos abundantes pruebas en la experiencia común de los cirujanos, quienes, al atar el brazo con una ligadura moderadamente apretada por encima de la parte donde abren la vena, hacen que la sangre fluya más copiosamente de lo que lo haría sin ninguna ligadura; mientras que ocurriría lo contrario si la ataran por debajo, es decir, entre la mano y la abertura, o si hicieran la ligadura muy apretada por encima de la abertura. Porque es evidente que la ligadura, apretada moderadamente, aunque es suficiente para impedir que la sangre ya presente en el brazo regrese al corazón por las venas, no puede por ello evitar que nueva sangre llegue a través de las arterias, porque estas se encuentran por debajo de las venas y sus cubiertas, por su mayor consistencia, son más difíciles de comprimir; y también porque la sangre que viene del corazón tiende a pasar por ellas hacia la mano con mayor fuerza que la que regresa de la mano al corazón por las venas. Y como esta última corriente sale del brazo por la abertura hecha en una de las venas, es necesario que existan ciertos conductos por debajo de la ligadura, es decir, hacia los extremos del brazo, por donde pueda llegar desde las arterias. Este médico también demuestra ampliamente lo que ha sostenido respecto al movimiento de la sangre, por la existencia de ciertas membranas dispuestas en varios lugares a lo largo del recorrido de las venas, a modo de pequeñas válvulas, que no permiten que la sangre pase del centro del cuerpo hacia las extremidades, sino solo que regrese de las extremidades al corazón; y además, por la experiencia que muestra que toda la sangre del cuerpo puede salir de él en muy poco tiempo a través de una sola arteria que haya sido cortada, incluso aunque esta haya sido atada fuertemente cerca del corazón y cortada entre el corazón y la ligadura, de modo que no se pueda suponer que la sangre que sale de ella provenga de otro lugar que no sea el corazón.
Pero existen muchas otras circunstancias que demuestran que lo que he alegado es la verdadera causa del movimiento de la sangre: así, en primer lugar, la diferencia que se observa entre la sangre que fluye de las venas y la que proviene de las arterias solo puede originarse en que, al ser rarefactada y, por decirlo así, destilada al pasar por el corazón, resulta más fluida, más viva y más cálida inmediatamente después de salir del corazón, es decir, cuando está en las arterias, que poco antes de entrar en cualquiera de ellas, es decir, cuando estaba en las venas; y si se presta atención, se hallará que esta diferencia es muy notable solo en las cercanías del corazón y no es tan evidente en las partes más alejadas de él. En segundo lugar, la consistencia de las membranas que componen la vena arterial y la gran arteria muestra suficientemente que la sangre es impulsada contra ellas con más fuerza que contra las venas. ¿Y por qué la cavidad izquierda del corazón y la gran arteria habrían de ser más anchas y grandes que la cavidad derecha y la vena arterial, si no fuera porque la sangre de la arteria venosa, que solo ha estado en los pulmones después de pasar por el corazón, es más fluida y se rarefacta más fácilmente y en mayor grado que la sangre que procede directamente de la vena cava? ¿Y qué pueden conjeturar los médicos al tomar el pulso, sino que, según la sangre cambia de naturaleza, puede ser rarefactada por el calor del corazón en mayor o menor grado, y más o menos rápidamente que antes? Y si se pregunta cómo se comunica este calor a los demás miembros, ¿no debe admitirse que esto se efectúa por medio de la sangre, que, al pasar por el corazón, se calienta de nuevo y de ahí se difunde por todo el cuerpo? De ahí resulta que, si se extrae sangre de alguna parte, el calor se retira igualmente por el mismo medio; y aunque el corazón estuviera tan caliente como el hierro al rojo vivo, no sería capaz de calentar los pies y las manos como lo hace ahora, a menos que enviara continuamente sangre nueva hacia ellos. Asimismo, se percibe por esto que el verdadero uso de la respiración es llevar suficiente aire fresco a los pulmones, para que la sangre que llega a ellos desde el ventrículo derecho del corazón, donde ha sido rarefactada y, por decirlo así, convertida en vapores, se espese y vuelva a transformarse en sangre antes de pasar a la cavidad izquierda, sin lo cual no sería apta para alimentar el fuego que allí se encuentra. Esto se confirma por el hecho de que se observa en los animales que carecen de pulmones que también solo tienen una cavidad en el corazón, y que en los niños que no pueden usarlos mientras están en el vientre, hay un orificio por el que la sangre pasa de la vena cava a la cavidad izquierda del corazón, y un conducto por el que pasa de la vena arterial a la gran arteria sin pasar por el pulmón. En seguida, ¿cómo podría llevarse a cabo la digestión en el estómago si el corazón no le comunicara calor a través de las arterias, y junto con él ciertas partes más fluidas de la sangre, que ayudan a disolver los alimentos ingeridos? ¿No se comprende también fácilmente la operación que convierte el jugo de los alimentos en sangre, considerando que esta se destila al pasar y repasar por el corazón quizá más de una o doscientas veces al día? ¿Y qué más se necesita añadir para explicar la nutrición y la producción de los diferentes humores del cuerpo, sino decir que la fuerza con que la sangre, al rarefactarse, pasa del corazón hacia las extremidades de las arterias, hace que ciertas de sus partes permanezcan en los miembros a los que llegan y ocupen el lugar de otras que expulsan; y que, según la situación, forma o pequeñez de los poros con que se encuentran, unas partes más que otras fluyen hacia ciertos lugares, del mismo modo que se observa en los cedazos, que, al estar perforados de distintas maneras, sirven para separar diferentes especies de granos? Y, por último, lo que aquí es sobre todo digno de observación es la generación de los espíritus animales, que son como un viento muy sutil, o más bien una llama muy pura y viva que, ascendiendo continuamente en gran abundancia del corazón al cerebro, de ahí penetra por los nervios hasta los músculos y da movimiento a todos los miembros; de modo que, para explicar que otras partes de la sangre, que por ser las más agitadas y penetrantes son las más aptas para formar estos espíritus, se dirigen hacia el cerebro, no es necesario suponer otra causa que simplemente que las arterias que los conducen parten del corazón en líneas más directas, y que, según las reglas de la mecánica, que son las mismas que las de la naturaleza, cuando muchos objetos tienden a la vez hacia un mismo punto donde no hay espacio suficiente para todos (como ocurre con las partes de la sangre que salen de la cavidad izquierda del corazón y se dirigen al cerebro), las partes más débiles y menos agitadas deben necesariamente ser apartadas de ese punto por las más fuertes, que son las únicas que así lo alcanzan. Había expuesto todas estas cosas con suficiente detalle en el tratado que antes pensé publicar. Y después de esto, había mostrado cómo debe ser la estructura de los nervios y músculos del cuerpo humano para que los espíritus animales contenidos en él tengan el poder de mover los miembros, como cuando vemos que cabezas recién cortadas aún se mueven y muerden la tierra, aunque ya no estén animadas; qué cambios deben producirse en el cerebro para originar la vigilia, el sueño y los sueños; cómo la luz, los sonidos, los olores, los sabores, el calor y todas las demás cualidades de los objetos externos lo impresionan con diferentes ideas por medio de los sentidos; cómo el hambre, la sed y las demás afecciones internas pueden igualmente imprimirle diversas ideas; qué debe entenderse por el sentido común (sensus communis) en el que se reciben estas ideas, por la memoria que las retiene, por la fantasía que puede cambiarlas de diversas maneras y, a partir de ellas, componer nuevas ideas, y que, por el mismo medio, distribuyendo los espíritus animales por los músculos, puede hacer que los miembros de tal cuerpo se muevan de tantas maneras diferentes y de un modo tan adecuado, ya sea a los objetos que se presentan a sus sentidos o a sus afecciones internas, como puede ocurrir en nuestro caso sin intervención de la voluntad. Y esto no parecerá en absoluto extraño a quienes conocen la variedad de movimientos que realizan los diferentes autómatas o máquinas móviles fabricadas por la industria humana, y eso con ayuda de muchas menos piezas en comparación con la gran multitud de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y otras partes que se encuentran en el cuerpo de cada animal. Tales personas considerarán este cuerpo como una máquina hecha por las manos de Dios, incomparablemente mejor dispuesta y adecuada a movimientos más admirables que cualquier máquina inventada por el hombre. Y aquí me detuve especialmente para mostrar que, si existieran tales máquinas exactamente semejantes en órganos y forma exterior a un simio o cualquier otro animal irracional, no tendríamos medio alguno de saber que fueran en algún aspecto de naturaleza diferente a estos animales; pero si hubiera máquinas que tuvieran la figura de nuestros cuerpos y fueran capaces de imitar nuestras acciones hasta donde es moralmente posible, quedarían aún dos pruebas muy ciertas para saber que no por ello serían verdaderamente hombres. La primera es que nunca podrían usar palabras ni otros signos dispuestos como nosotros para declarar nuestros pensamientos a otros: pues podemos concebir fácilmente una máquina tan construida que emita palabras, e incluso que emita algunas correspondientes a la acción de objetos externos que provoquen un cambio en sus órganos; por ejemplo, si se le toca en cierto lugar, puede pedir lo que queremos decirle; si en otro, puede gritar que le duele, y cosas semejantes; pero no que pueda ordenarlas de diversas maneras para responder oportunamente a lo que se le dice en su presencia, como pueden hacerlo los hombres de la inteligencia más baja. La segunda prueba es que, aunque tales máquinas pudieran ejecutar muchas cosas con igual o quizá mayor perfección que cualquiera de nosotros, sin duda fallarían en otras por las que se descubriría que no actúan por conocimiento, sino únicamente por la disposición de sus órganos: pues mientras la razón es un instrumento universal que sirve igualmente en toda ocasión, estos órganos, por el contrario, requieren una disposición particular para cada acción particular; de donde resulta moralmente imposible que exista en alguna máquina una diversidad de órganos suficiente para permitirle actuar en todas las circunstancias de la vida, del modo en que nuestra razón nos permite actuar. Además, por medio de estas dos pruebas podemos también conocer la diferencia entre los hombres y los brutos. Porque es muy digno de notarse que no hay hombres tan torpes y estúpidos, ni siquiera los idiotas, que sean incapaces de unir diferentes palabras y con ello construir una declaración para dar a entender sus pensamientos; y que, por el contrario, no hay ningún otro animal, por perfecto o bien dotado que esté, que pueda hacer lo mismo. Y esta incapacidad no proviene de falta de órganos: pues vemos que las urracas y los loros pueden pronunciar palabras como nosotros, y sin embargo no pueden hablar como nosotros, es decir, de manera que demuestren que entienden lo que dicen; en cambio, los hombres nacidos sordomudos, y por tanto no menos, sino más aún que los brutos, privados de los órganos que otros usan para hablar, suelen inventar espontáneamente ciertos signos con los que dan a conocer sus pensamientos a quienes, por estar habitualmente en su compañía, tienen tiempo de aprender su lenguaje. Y esto prueba no solo que los brutos tienen menos razón que el hombre, sino que no tienen ninguna: pues vemos que se requiere muy poco para que una persona hable; y dado que se observa cierta desigualdad de capacidad entre los animales de la misma especie, así como entre los hombres, y que unos son más capaces de ser instruidos que otros, es increíble que el simio o el loro más perfecto de su especie no iguale en esto al infante más torpe de la suya, o al menos a uno que esté perturbado, a menos que el alma de los brutos sea de una naturaleza completamente diferente a la nuestra. Y no debemos confundir el habla con los movimientos naturales que indican las pasiones y que pueden ser imitados por las máquinas así como manifestados por los animales; ni debe pensarse, como ciertos antiguos, que los brutos hablan aunque no entendamos su lenguaje. Pues si así fuera, dado que están dotados de muchos órganos análogos a los nuestros, podrían comunicarnos sus pensamientos tan fácilmente como a sus semejantes. Es también muy digno de notarse que, aunque hay muchos animales que muestran más destreza que nosotros en ciertas de sus acciones, se observa que los mismos animales no muestran ninguna en muchas otras: de modo que el hecho de que hagan algunas cosas mejor que nosotros no prueba que estén dotados de mente, pues de ello se seguiría que poseerían más razón que cualquiera de nosotros y podrían superarnos en todo; por el contrario, más bien prueba que carecen de razón y que es la naturaleza la que actúa en ellos según la disposición de sus órganos: así se ve que un reloj compuesto solo de ruedas y pesas puede contar las horas y medir el tiempo más exactamente que nosotros con toda nuestra inteligencia.
Después de esto, describí el alma racional y mostré que de ninguna manera podía derivarse de la potencia de la materia, como las otras cosas de las que había hablado, sino que debía ser creada expresamente; y que no basta con que esté alojada en el cuerpo humano exactamente como un piloto en una nave, a menos que sea solo para mover sus miembros, sino que es necesario que esté unida y vinculada más estrechamente al cuerpo, para tener sensaciones y apetitos semejantes a los nuestros, y así constituir un verdadero hombre. Aquí abordé, en conclusión, el tema del alma con bastante extensión, porque es de la mayor importancia: pues, después del error de quienes niegan la existencia de Dios, error que creo haber refutado ya suficientemente, no hay otro más poderoso para desviar a las mentes débiles del recto camino de la virtud que suponer que el alma de los animales es de la misma naturaleza que la nuestra; y, en consecuencia, que después de esta vida no tenemos nada que esperar ni temer, más que las moscas y las hormigas; en cambio, cuando sabemos cuán diferentes son, comprendemos mucho mejor las razones que establecen que el alma es de una naturaleza completamente independiente del cuerpo, y que, por consiguiente, no está sujeta a morir con él y, finalmente, como no se observan otras causas capaces de destruirla, nos vemos naturalmente llevados a juzgar que es inmortal.



