Discurso del método · René Descartes

SEXTA PARTE

Capítulo 6 de 6 · 20 min de lectura

Han transcurrido ya tres años desde que terminé el tratado que contiene todas estas cuestiones; y estaba comenzando a revisarlo, con la intención de ponerlo en manos de un impresor, cuando supe que personas a quienes tengo en gran estima, y cuya autoridad sobre mis acciones es casi tan influyente como mi propia razón sobre mis pensamientos, habían condenado cierta doctrina de física, publicada poco tiempo antes por otro individuo, a la cual no diré que yo adhería, sino únicamente que, antes de su censura, no había observado en ella nada que pudiera imaginar perjudicial ni para la religión ni para el Estado, y, por tanto, nada que me hubiera impedido expresarla por escrito si la razón me hubiera persuadido de su verdad; esto me llevó a temer que entre mis propias doctrinas también pudiera encontrarse alguna en la que me hubiera apartado de la verdad, a pesar del gran cuidado que siempre he tenido de no dar crédito a opiniones nuevas de las que no tuviera las demostraciones más ciertas, y de no expresar nada que pudiera causar daño a alguien. Esto ha sido suficiente para hacerme cambiar mi propósito de publicarlas; pues aunque las razones que me habían inducido a tomar esta resolución eran muy fuertes, mi inclinación, que siempre ha sido contraria a escribir libros, me permitió descubrir de inmediato otras consideraciones suficientes para excusarme de emprender esa tarea. Y estas razones, de un lado y del otro, son tales que no solo es en cierta medida de mi interés exponerlas aquí, sino también, tal vez, del interés del público conocerlas.

Nunca he dado mucha importancia a lo que ha surgido de mi propio pensamiento; y mientras no obtuve otra ventaja del método que empleo más allá de satisfacerme a mí mismo en algunas dificultades propias de las ciencias especulativas, o de intentar regular mis acciones según los principios que me enseñaba, nunca pensé que estuviera obligado a publicar nada al respecto. Porque en lo que se refiere a las costumbres, cada uno está tan lleno de su propia sabiduría, que podría haber tantos reformadores como cabezas, si se permitiera a cualquiera asumir la tarea de corregirlas, salvo a aquellos a quienes Dios ha constituido como supremos gobernantes de su pueblo o a quienes ha dado suficiente gracia y celo para ser profetas; y aunque mis especulaciones me agradaban mucho, creía que otros tenían las suyas, que quizá les complacían aún más. Pero tan pronto como adquirí algunas nociones generales sobre la física, y al empezar a probarlas en diversas dificultades particulares, observé hasta dónde pueden llevarnos y cuánto difieren de los principios que se han empleado hasta ahora, creí que no podía mantenerlas ocultas sin pecar gravemente contra la ley que nos obliga a promover, en la medida de nuestras posibilidades, el bien general de la humanidad. Porque por medio de ellas percibí que es posible llegar a conocimientos sumamente útiles para la vida; y en lugar de la filosofía especulativa que suele enseñarse en las escuelas, descubrir una práctica, mediante la cual, conociendo la fuerza y acción del fuego, el agua, el aire, los astros, los cielos y todos los demás cuerpos que nos rodean, tan claramente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos aplicarlos del mismo modo a todos los usos a los que son aptos, y así convertirnos en señores y poseedores de la naturaleza. Y este es un resultado deseable, no solo para la invención de una infinidad de artes, por las cuales podríamos disfrutar sin esfuerzo de los frutos de la tierra y de todas sus comodidades, sino también y sobre todo para la conservación de la salud, que es, sin duda, de todos los bienes de esta vida, el primero y fundamental; pues la mente depende tan íntimamente de la condición y relación de los órganos del cuerpo, que si alguna vez se encuentran medios para hacer a los hombres más sabios e ingeniosos que hasta ahora, creo que es en la medicina donde deben buscarse. Es cierto que la ciencia médica, tal como existe hoy, contiene pocas cosas cuya utilidad sea muy notable; pero sin ánimo de menospreciarla, estoy convencido de que no hay nadie, ni siquiera entre quienes la ejercen, que no admita que todo lo que actualmente se conoce en ella es casi nada en comparación con lo que queda por descubrir; y que podríamos librarnos de una infinidad de enfermedades del cuerpo y también del espíritu, y quizá incluso de la debilidad de la vejez, si tuviéramos un conocimiento suficientemente amplio de sus causas y de todos los remedios que la naturaleza nos proporciona. Pero como pensaba dedicar toda mi vida a la búsqueda de una ciencia tan necesaria, y como había encontrado un camino que me parece tal que, si alguien lo sigue, debe inevitablemente alcanzar el fin deseado, a menos que lo impidan la brevedad de la vida o la falta de experimentos, juzgué que no podía haber mejor manera de prevenir estos dos obstáculos que comunicar fielmente al público todo lo poco que yo mismo pudiera encontrar, e incitar a hombres de mayor talento a esforzarse por avanzar más, contribuyendo cada uno según su inclinación y capacidad a los experimentos que fuera necesario realizar, y también informando al público de todo lo que pudieran descubrir, de modo que, comenzando los últimos donde los anteriores hubieran dejado, y uniendo así las vidas y trabajos de muchos, pudiéramos avanzar colectivamente mucho más de lo que cada uno podría por sí solo.

Observé, además, en lo que respecta a los experimentos, que se vuelven cada vez más necesarios a medida que se avanza en el conocimiento; pues, al principio, es mejor utilizar únicamente aquello que se presenta espontáneamente a nuestros sentidos y de lo cual no podemos permanecer ignorantes, siempre que le dediquemos alguna reflexión, por mínima que sea, que preocuparnos por fenómenos más inusuales y recónditos. La razón de esto es que lo más inusual suele sólo confundirnos mientras se desconocen las causas de lo más común; y las circunstancias de las que dependen son casi siempre tan especiales y minuciosas que resultan sumamente difíciles de descubrir. Pero en esto he adoptado el siguiente orden: primero, he intentado encontrar en general los principios o primeras causas de todo lo que hay o puede haber en el mundo, sin considerar para este fin nada más que a Dios mismo, que lo ha creado, y sin deducirlos de otra fuente que de ciertos gérmenes de verdades que existen naturalmente en nuestra mente. En segundo lugar, examiné cuáles eran los primeros y más ordinarios efectos que podían deducirse de esas causas; y me parece que, de este modo, he hallado cielos, astros, una tierra, e incluso en la tierra agua, aire, fuego, minerales y algunas otras cosas de este tipo, que son las más comunes y simples de todas, y por ello las más fáciles de conocer. Después, cuando quise descender a lo más particular, se me presentaron tantos objetos diversos que creí imposible que la mente humana pudiera distinguir las formas o especies de los cuerpos que hay en la tierra de una infinidad de otros que podrían haber existido, si a Dios le hubiera placido ponerlos allí, o, en consecuencia, aplicarlos a nuestro uso, a menos que ascendamos a las causas a través de sus efectos y nos valgamos de muchos experimentos particulares. Así, repasando en mi mente los objetos que alguna vez se presentaron a mis sentidos, me atrevo a afirmar que nunca observé ninguno que no pudiera explicar satisfactoriamente por los principios que había descubierto. Pero también es necesario confesar que el poder de la naturaleza es tan amplio y vasto, y estos principios tan simples y generales, que apenas he observado un solo efecto particular que no pueda reconocer de inmediato como susceptible de ser deducido de muchas maneras diferentes a partir de los principios, y que mi mayor dificultad suele ser descubrir de qué modo depende de ellos el efecto; pues no puedo salir de esta dificultad sino buscando de nuevo ciertos experimentos, que sean tales que su resultado no sea el mismo si debe explicarse de una de esas maneras que si debe explicarse de otra. En cuanto a lo demás, creo estar ahora en condiciones de discernir con suficiente claridad el camino que debe seguirse para realizar la mayoría de los experimentos que pueden conducir a este fin; pero también percibo que son tantos y tan numerosos, que ni mis manos ni mis recursos, aunque fueran mil veces mayores de lo que son, serían suficientes para todos ellos; de modo que, en la medida en que de aquí en adelante tenga los medios para hacer más o menos experimentos, en esa misma proporción avanzaré más o menos en el conocimiento de la naturaleza. Esto era lo que esperaba dar a conocer con el tratado que había escrito, y mostrar tan claramente la ventaja que de ello se derivaría para el público, que indujera a todos los que tienen en el corazón el bien común del hombre, es decir, a todos los que son verdaderamente virtuosos y no sólo en apariencia o según la opinión, tanto a comunicarme los experimentos que ya hubieran realizado, como a ayudarme en los que quedaran por hacer.

Pero desde entonces me han surgido otras razones que me han llevado a cambiar de opinión y a pensar que, en efecto, debía seguir consignando por escrito todos los resultados que considerara de alguna importancia, tan pronto como hubiera comprobado su verdad, y dedicarles el mismo cuidado que si mi intención fuera publicarlos. Este proceder me pareció recomendable, tanto porque así me daba a mí mismo un incentivo mayor para examinarlos a fondo —pues, sin duda, se examina con más rigor aquello que creemos que será leído por muchos, que lo que se escribe sólo para uso privado (y con frecuencia lo que me ha parecido verdadero al concebirlo, me ha parecido falso al ponerme a escribirlo)—, como porque de este modo no perdía oportunidad de contribuir al interés público en la medida de mis posibilidades, y también porque, si mis escritos tienen algún valor, quienes los reciban después de mi muerte puedan darles el uso que consideren adecuado. Pero resolví no consentir en modo alguno su publicación durante mi vida, para que ni las oposiciones ni las controversias que pudieran suscitar, ni siquiera la reputación, sea cual fuere, que pudieran darme, fueran ocasión de que perdiera el tiempo que he reservado para mi propio perfeccionamiento. Porque aunque es cierto que todos están obligados a promover en la medida de sus posibilidades el bien de los demás, y que no ser útil a nadie equivale a ser inútil, también es cierto que nuestros cuidados deben ir más allá del presente, y es bueno omitir lo que quizá podría aportar algún beneficio a los vivos, cuando se tiene en vista la realización de otros fines que serán de mucho mayor provecho para la posteridad. Y en verdad, estoy muy dispuesto a que se sepa que lo poco que hasta ahora he aprendido es casi nada en comparación con lo que ignoro y a cuyo conocimiento no pierdo la esperanza de poder llegar; pues ocurre con quienes descubren la verdad en las ciencias, algo similar a lo que sucede con quienes, al enriquecerse poco a poco, encuentran menos dificultad en hacer grandes adquisiciones que la que antes experimentaban, siendo pobres, en hacer adquisiciones mucho menores. O pueden compararse con los jefes de ejércitos, cuyas fuerzas suelen aumentar en proporción a sus victorias, y que necesitan mayor prudencia para mantener reunidos los restos de sus tropas tras una derrota que para conquistar ciudades y provincias después de una victoria. Pues realmente libra batalla quien procura superar todas las dificultades y errores que le impiden alcanzar el conocimiento de la verdad, y es vencido en combate quien admite una opinión falsa sobre un asunto de cierta generalidad e importancia, y necesita después mucha más habilidad para recuperar su posición anterior que para avanzar mucho cuando ya posee principios bien establecidos. Por mi parte, si he logrado descubrir alguna verdad en las ciencias (y confío en que lo contenido en este volumen mostrará que he hallado algunas), puedo declarar que no son sino consecuencias y resultados de cinco o seis dificultades principales que he superado, y cuyos enfrentamientos consideré como batallas en las que obtuve la victoria. No dudaré en confesar incluso que nada más me falta para poder realizar plenamente mis propósitos que obtener dos o tres victorias similares; y no estoy tan avanzado en edad como para que, según el curso ordinario de la naturaleza, no me quede aún tiempo suficiente para ello. Pero considero que tengo mayor obligación de aprovechar el tiempo que me resta cuanto mayor es mi esperanza de poder emplearlo bien, y sin duda tendría muchos motivos para perderlo si publicara los principios de mi física: pues aunque casi todos son tan evidentes que para asentir a ellos no se necesita más que comprenderlos, y aunque no hay ninguno del que no espere poder dar demostración, sin embargo, como es imposible que concuerden con todas las opiniones diversas de los demás, preveo que con frecuencia me vería apartado de mi gran propósito por la oposición que seguramente suscitarían.

Se podría decir que estas objeciones serían útiles tanto para hacerme consciente de mis errores como, si mis especulaciones contienen algo valioso, para ayudar a otros a comprenderlas mejor; y aún más, ya que muchos pueden ver mejor que uno solo, para que otros que ahora empiezan a servirse de mis principios puedan a su vez ayudarme con sus descubrimientos. Pero aunque reconozco mi extrema propensión al error y casi nunca confío en las primeras ideas que se me ocurren, la experiencia que tengo de las posibles objeciones a mis puntos de vista me impide esperar algún provecho de ellas. Pues ya he tenido frecuentes pruebas de los juicios, tanto de quienes consideraba amigos como de otros a quienes creía indiferentes hacia mí, e incluso de algunos cuya malicia y envidia, lo sabía, los llevaría a intentar descubrir lo que la parcialidad ocultaba a los ojos de mis amigos. Pero rara vez ha sucedido que se me haya objetado algo que yo mismo hubiera pasado completamente por alto, a menos que fuera algo muy alejado del tema; de modo que nunca he encontrado un solo crítico de mis opiniones que no me pareciera menos riguroso o menos justo que yo mismo. Además, nunca he observado que alguna verdad antes desconocida haya salido a la luz por las disputas que se practican en las escuelas; pues mientras cada uno lucha por la victoria, cada cual está mucho más ocupado en sacar el mejor partido de la mera verosimilitud que en sopesar las razones de ambos lados de la cuestión; y quienes han sido durante mucho tiempo buenos defensores no son por ello después mejores jueces.

En cuanto a la ventaja que otros podrían obtener de la comunicación de mis pensamientos, no podría ser muy grande, porque aún no los he desarrollado tanto como para que no quede mucho por añadir antes de que puedan aplicarse en la práctica. Y creo poder decir sin vanidad que, si hay alguien que pueda llevarlos hasta ese punto, debo ser yo mismo antes que otro: no porque no haya en el mundo muchas mentes incomparablemente superiores a la mía, sino porque uno no puede apropiarse tan bien de algo aprendido de otro como de aquello que ha descubierto por sí mismo. Y esto es tan cierto en el presente asunto que, aunque a menudo he explicado algunas de mis opiniones a personas muy agudas, que mientras hablaba parecían entenderlas con mucha claridad, al repetirlas he observado que casi siempre las cambiaban hasta tal punto que ya no podía reconocerlas como mías. Aprovecho, por cierto, esta oportunidad para pedir a la posteridad que nunca crea, por rumores, que algo ha salido de mí si no ha sido publicado por mí mismo; y no me sorprenden en absoluto las extravagancias atribuidas a aquellos antiguos filósofos cuyos propios escritos no poseemos; cuyos pensamientos, sin embargo, no por eso supongo realmente absurdos, ya que fueron de los hombres más capaces de su tiempo, sino que simplemente han sido mal representados ante nosotros. Es notable, por consiguiente, que apenas en un solo caso alguno de sus discípulos los haya superado; y estoy seguro de que los más devotos seguidores actuales de Aristóteles se considerarían felices si tuvieran tanto conocimiento de la naturaleza como él poseía, aunque fuera con la condición de no alcanzar nunca más. En este aspecto, se parecen a la hiedra, que nunca intenta elevarse por encima del árbol que la sostiene, y que incluso a menudo desciende cuando ha llegado a la cima; pues me parece que también ellos descienden, es decir, se vuelven menos sabios de lo que serían si abandonaran el estudio, quienes, no contentos con saber todo lo que su autor explica claramente, desean además encontrar en él la solución de muchas dificultades de las que no dice una palabra, y que tal vez nunca llegó siquiera a pensar. Sin embargo, su modo de filosofar conviene bien a quienes tienen capacidades por debajo de la mediocridad; pues la oscuridad de las distinciones y principios que emplean les permite hablar de todo con tanta seguridad como si realmente lo supieran, y defender todo lo que dicen sobre cualquier tema ante los más sutiles y hábiles, sin que nadie pueda demostrarles su error. En esto me parecen semejantes a un ciego que, para luchar en igualdad de condiciones con alguien que ve, lo hubiera hecho bajar al fondo de una cueva intensamente oscura; y puedo decir que tales personas tienen interés en que yo me abstenga de publicar los principios de la filosofía que empleo; pues, siendo estos de una naturaleza la más simple y evidente, al publicarlos haría casi lo mismo que si abriera las ventanas y dejara entrar la luz del día en la cueva donde han descendido los combatientes. Pero incluso los hombres superiores no tienen motivo para desear con ansiedad conocer estos principios, porque si lo que buscan es poder hablar de todo y adquirir reputación de sabios, lograrán su objetivo más fácilmente conformándose con la apariencia de verdad, que puede encontrarse sin mucha dificultad en toda clase de materias, que buscando la verdad misma, que se revela solo lentamente y solo en algunos campos, mientras nos obliga, cuando debemos hablar de otros, a confesar libremente nuestra ignorancia. Si, sin embargo, prefieren el conocimiento de algunas pocas verdades a la vanidad de parecer ignorantes de ninguna, como sin duda debe preferirse tal conocimiento, y si eligen seguir un camino similar al mío, no necesitan para ello que yo diga nada más de lo que ya he dicho en este discurso. Porque si son capaces de avanzar más de lo que yo he hecho, con mayor razón podrán descubrir por sí mismos todo lo que creo haber hallado; ya que, como nunca he examinado nada sino en orden, es seguro que lo que queda por descubrir es en sí más difícil y recóndito que lo que ya he logrado encontrar, y la satisfacción sería mucho menor al aprenderlo de mí que al descubrirlo por sí mismos. Además, el hábito que adquirirán buscando primero lo fácil y luego avanzando lenta y gradualmente hacia lo más difícil, les será más útil que todas mis instrucciones. Así, en mi propio caso, estoy convencido de que si me hubieran enseñado desde joven todas las verdades de las que después he buscado las demostraciones, y las hubiera aprendido sin esfuerzo, tal vez nunca habría conocido ninguna más allá de esas; al menos, nunca habría adquirido el hábito y la facilidad que creo poseer para descubrir siempre nuevas verdades en la medida en que me dedico a la búsqueda. Y, en una sola palabra, si hay en el mundo alguna obra que no pueda ser tan bien terminada por otro como por quien la ha comenzado, es aquella en la que yo trabajo.

Es cierto, en efecto, respecto a los experimentos que pueden conducir a este fin, que un solo hombre no es capaz de realizarlos todos; pero, aun así, puede servirse ventajosamente, en este trabajo, únicamente de sus propias manos, salvo las de los artesanos, o personas de la misma índole, a quienes pudiera pagar, y a quienes la esperanza de ganancia (un medio de gran eficacia) podría estimular a la precisión en la ejecución de lo que se les encomiende. Porque, en cuanto a aquellos que, movidos por la curiosidad o el deseo de aprender, tal vez se ofrezcan por su cuenta a prestarle sus servicios, además de que, en general, sus promesas superan a sus logros y que trazan bellos proyectos de los cuales ninguno se realiza, sin duda esperarán ser recompensados por sus esfuerzos mediante la explicación de algunas dificultades, o al menos con cumplidos y discursos inútiles, en los cuales él no puede gastar parte de su tiempo sin perjuicio propio. Y en cuanto a los experimentos que otros ya han realizado, aun cuando estas personas estuvieran dispuestas a comunicárselos (lo que quienes los consideran secretos nunca harán), los experimentos, en su mayoría, están acompañados de tantas circunstancias y elementos superfluos, que resulta sumamente difícil separar la verdad de sus accesorios; además, encontrará casi todos ellos tan mal descritos, o incluso tan falsos (porque quienes los realizaron han querido ver en ellos solo aquellos hechos que consideraban conformes a sus principios), que, si entre todos hubiera algunos adecuados a su propósito, su valor no compensaría el tiempo necesario para seleccionarlos. De modo que, si existiera alguien de quien supiéramos con certeza que es capaz de hacer descubrimientos de la más alta índole y de la mayor utilidad posible para el público, y si todos los demás hombres estuvieran, por tanto, deseosos de ayudarlo por todos los medios a llevar a cabo con éxito sus proyectos, no veo que pudieran hacer otra cosa por él más que contribuir a sufragar los gastos de los experimentos que fueran necesarios; y, por lo demás, evitar que se le prive de su ocio por interrupciones inoportunas de cualquier persona. Pero, además de que no tengo tan alta opinión de mí mismo como para prometer algo extraordinario, ni me alimento de imaginaciones tan vanas como para pensar que el público debe estar muy interesado en mis proyectos; tampoco poseo, por otro lado, un alma tan mezquina como para aceptar de alguien un favor del que pudiera suponerse que soy indigno.

Estas consideraciones en conjunto fueron la razón por la que, durante los últimos tres años, no quise publicar el tratado que tenía entre manos, y por la que incluso resolví no dar a conocer en vida ningún otro que fuera tan general, o por el cual pudieran comprenderse los principios de mi física. Pero desde entonces, han surgido dos razones más que me han decidido a añadir aquí algunos ejemplos particulares y a dar al público alguna noticia de mis actividades y proyectos. De estas consideraciones, la primera es que, si no lo hiciera, muchos que estaban al tanto de mi intención previa de publicar algunos escritos, podrían imaginar que las razones que me indujeron a abstenerme de hacerlo eran menos favorables para mí de lo que realmente son; pues aunque no soy excesivamente deseoso de gloria, o incluso, si se me permite decirlo, aunque la rehúyo en la medida en que la considero enemiga del reposo, al cual valoro más que cualquier otra cosa, sin embargo, nunca he buscado ocultar mis acciones como si fueran crímenes, ni he tomado muchas precauciones para permanecer desconocido; y esto, en parte porque habría considerado tal conducta una injusticia hacia mí mismo, y en parte porque me habría causado cierta inquietud que, de nuevo, sería contraria a la perfecta tranquilidad de espíritu que busco. Y dado que, siendo así indiferente tanto a la fama como al olvido, no he podido evitar adquirir cierta reputación, he creído que me corresponde hacer lo posible, al menos, para evitar que se hable mal de mí. La otra razón que me ha decidido a poner por escrito estos ejemplos de filosofía es que cada día soy más consciente de la demora que sufre mi propósito de instruirme a mí mismo, por falta de la infinidad de experimentos que necesito y que me es imposible realizar sin la ayuda de otros; y, sin halagarme tanto como para esperar que el público se interese mucho por mis asuntos, tampoco quiero faltar tanto al deber que me debo a mí mismo como para dar ocasión a quienes me sobrevivan de reprocharme algún día que pude haberles dejado muchas cosas en un estado mucho más perfecto del que lo he hecho, si no hubiera descuidado demasiado hacerles saber de qué manera podían haber contribuido a la realización de mis proyectos.

Y pensé que me sería fácil elegir algunos temas que no fueran motivo de mucha controversia, ni me obligaran a exponer más de mis principios de lo que deseo, y que, sin embargo, fueran suficientes para mostrar claramente lo que puedo o no puedo lograr en las ciencias. Si he tenido éxito o no en esto, no me corresponde a mí decirlo; y no quiero anticipar el juicio de los demás hablando yo mismo de mis escritos; pero me agradará que sean examinados, y para ofrecer mayor incentivo a ello, pido a todos los que tengan alguna objeción que hacerles, que se tomen la molestia de enviarlas a mi editor, quien me las hará saber, para que yo intente añadir al mismo tiempo mi respuesta; y de este modo, los lectores, viendo ambas cosas a la vez, podrán determinar más fácilmente dónde está la verdad; pues no me comprometo, en ningún caso, a dar respuestas prolijas, sino solo, con total franqueza, a reconocer mis errores si me convencen de ellos, o si no los percibo, simplemente a exponer lo que creo necesario para defender lo que he escrito, sin añadir explicación alguna de ningún asunto nuevo, para no tener que pasar sin fin de una cosa a otra.

Si algunos de los temas de los que he hablado al principio de la “Dióptrica” y la “Meteorología” resultan chocantes a primera vista, porque los llamo hipótesis y parezco indiferente a demostrar su veracidad, pido una lectura paciente y atenta de todo el texto, de la cual espero que los indecisos obtendrán satisfacción; pues me parece que los razonamientos están tan mutuamente conectados en estos tratados, que, así como los últimos se demuestran por los primeros que son sus causas, los primeros a su vez se demuestran por los últimos que son sus efectos. Y no debe pensarse que incurro aquí en la falacia que los lógicos llaman círculo; porque, dado que la experiencia hace la mayoría de estos efectos sumamente ciertos, las causas de las que los deduzco no sirven tanto para establecer su realidad como para explicar su existencia; por el contrario, la realidad de las causas se establece por la realidad de los efectos. Tampoco los he llamado hipótesis con otro fin que el de dar a entender que creo poder deducirlos de aquellas primeras verdades que ya he expuesto; y sin embargo, he decidido expresamente no hacerlo, para evitar que cierto tipo de personas aproveche la ocasión para construir alguna filosofía extravagante sobre lo que tomen por mis principios, y se me culpe por ello. Me refiero a quienes imaginan que pueden dominar en un día todo lo que otro ha tardado veinte años en pensar, tan pronto como este les ha dicho dos o tres palabras sobre el asunto; o que son tanto más propensos al error y menos capaces de percibir la verdad cuanto más sutiles y vivaces son. En cuanto a las opiniones que son verdaderamente y enteramente mías, no pido disculpas por su novedad, convencido como estoy de que, si se consideran bien sus razones, se hallarán tan simples y tan conformes al sentido común que parecerán menos extraordinarias y menos paradójicas que cualquier otra que pueda sostenerse sobre los mismos temas; ni siquiera presumo de haber sido el primero en descubrir alguna de ellas, sino solo de haberlas adoptado, no porque hayan sido sostenidas o no por otros, sino únicamente porque la razón me ha convencido de su verdad.

Aunque los artesanos tal vez no puedan ejecutar de inmediato la invención que se explica en la “Dióptrica”, no creo que por ello nadie tenga derecho a condenarla; pues, ya que se requiere destreza y práctica para construir y ajustar las máquinas que describo de modo que no se pase por alto el más mínimo detalle, me sorprendería tanto que tuvieran éxito en el primer intento como si alguien llegara a ser un consumado intérprete de guitarra en un solo día, únicamente por tener ante sí excelentes partituras. Y si escribo en francés, que es la lengua de mi país, en vez de en latín, que es la de mis maestros, es porque espero que quienes emplean su razón natural sin prejuicios juzgarán mejor mis opiniones que aquellos que solo atienden a los escritos de los antiguos; y en cuanto a quienes reúnen el buen sentido con los hábitos de estudio, que son los únicos a quienes deseo como jueces, estoy seguro de que no serán tan parciales al latín como para negarse a escuchar mis razonamientos solo porque los expongo en lengua vulgar.

Para concluir, no quiero decir aquí nada demasiado específico sobre el progreso que espero lograr en el futuro en las ciencias, ni comprometerme ante el público con ninguna promesa que no esté seguro de poder cumplir; pero solo diré esto: he resuelto dedicar el tiempo que aún me quede de vida a ninguna otra ocupación que no sea la de intentar adquirir algún conocimiento de la Naturaleza, que sea de tal índole que nos permita deducir de él reglas en medicina más ciertas que las que se usan actualmente; y mi inclinación se opone tanto a toda otra ocupación, especialmente a aquellas que no pueden ser útiles a unos sin ser perjudiciales a otros, que si por alguna circunstancia me hubiera visto obligado a dedicarme a ellas, no creo que hubiera podido tener éxito. De esto hago aquí una declaración pública, aunque bien sé que no puede servirme para obtener consideración alguna en el mundo, lo cual, sin embargo, no me interesa en lo más mínimo; y siempre me consideraré más agradecido a quienes, con su favor, me permiten gozar de mi retiro sin interrupciones que a quienes pudieran ofrecerme los más altos honores terrenales.