Discursos de Epicteto · Epictetus

Parte 17

Capítulo 17 de 17 · 8 min de lectura

XXXIV.

Si has recibido la impresión de algún placer, cuídate de no dejarte arrastrar por ella; más bien, deja que la cosa espere por ti y permítete cierto retraso de tu parte. Luego, piensa en ambos momentos: en el momento en que disfrutarás del placer y en el momento posterior al disfrute, cuando te arrepentirás y te reprocharás a ti mismo. Y contrapón a estas cosas cómo te alegrarás si te has abstenido del placer y cómo te felicitarás a ti mismo. Pero si te parece oportuno emprender la acción, cuida que su encanto, su placer y su atracción no te dominen; sino pon en el otro lado de la balanza la consideración de cuánto mejor es ser consciente de que has obtenido esta victoria.

XXXV.

Cuando hayas decidido que algo debe hacerse y lo estés haciendo, nunca evites ser visto haciéndolo, aunque la mayoría forme una opinión desfavorable al respecto. Pues si no es correcto hacerlo, evita la acción; pero si es correcto, ¿por qué temes a quienes te critican injustamente?

XXXVI.

Así como la proposición «es de día o es de noche» es de gran importancia para el argumento disyuntivo, pero carece de valor para el conjuntivo, del mismo modo, en un banquete, elegir la porción más grande es de gran valor para el cuerpo, pero para el mantenimiento del sentimiento social no vale nada. Así que, cuando estés comiendo con otro, recuerda no solo considerar el valor para el cuerpo de lo que tienes delante, sino también el valor de la conducta hacia el anfitrión que debe observarse.

XXXVII.

Si has asumido un papel superior a tus fuerzas, has actuado de manera impropia y has descuidado aquello que sí podías cumplir.

XXXVIII.

Al caminar, así como cuidas de no pisar un clavo o torcerte el pie, cuida también de no dañar tu propia facultad rectora; y si observamos esta regla en cada acto, realizaremos nuestras acciones con mayor seguridad.

XXXIX.

La medida de la posesión (propiedad) para cada hombre es el cuerpo, así como el pie lo es para el zapato. Si te mantienes en esta regla (las necesidades del cuerpo), conservarás la medida; pero si la sobrepasas, necesariamente serás arrastrado, como si cayeras por un precipicio. Así también con el zapato: si excedes las necesidades del pie, el zapato se adorna de oro, luego se tiñe de púrpura, luego se borda; pues no hay límite para aquello que ha sobrepasado la verdadera medida.

XL.

Las mujeres, desde los catorce años, son llamadas por los hombres señoras (dominæ). Por ello, al ver que no pueden obtener otra cosa sino el poder de yacer con los hombres, comienzan a adornarse y a poner todas sus esperanzas en esto. Por tanto, vale la pena procurar que sepan que son valoradas (por los hombres) solo por mostrarse decentes, modestas y discretas.

XLI.

Es señal de una mente mediocre dedicar mucho tiempo a las cosas que conciernen al cuerpo, como mucho ejercicio, mucha comida, mucha bebida, muchas necesidades corporales, mucho sexo. Pero estas cosas deben hacerse como secundarias; y que todo tu cuidado se dirija a la mente.

XLII.

Cuando alguien te trata mal o habla mal de ti, recuerda que lo hace o lo dice porque cree que es su deber. No es posible, entonces, que él siga lo que a ti te parece correcto, sino lo que a él le parece correcto. Por consiguiente, si está equivocado en su opinión, es él quien resulta perjudicado, pues es él quien ha sido engañado; porque si un hombre supone que la verdadera conjunción es falsa, no es la conjunción la que se ve obstaculizada, sino el hombre que se ha equivocado sobre ella. Si procedes entonces desde estas opiniones, serás indulgente con quien te insulta; pues di en cada ocasión: Así le pareció a él.

XLIII.

Todo tiene dos asas: una por la que puede ser sostenido y otra por la que no puede serlo. Si tu hermano actúa injustamente, no tomes el acto por el asa en que actúa injustamente, pues esa es la que no puede ser sostenida; más bien, tómalo por la otra, que es que es tu hermano, que fue criado contigo, y así lo sostendrás por el asa por la que puede ser soportado.

XLIV.

Estos razonamientos no son coherentes: Soy más rico que tú, por lo tanto soy mejor que tú; soy más elocuente que tú, por lo tanto soy mejor que tú. Por el contrario, estos sí son coherentes: Soy más rico que tú, por lo tanto mis posesiones son mayores que las tuyas; soy más elocuente que tú, por lo tanto mi discurso es superior al tuyo. Pero tú no eres ni posesión ni discurso.

XLV.

¿Un hombre se baña rápido (temprano)? No digas que se baña mal, sino que se baña rápido. ¿Un hombre bebe mucho vino? No digas que lo hace mal, sino que bebe mucho. Pues antes de haber determinado la opinión, ¿cómo sabes si está actuando mal? Así, no te sucederá comprender algunas apariencias que pueden ser comprendidas, pero sí asentir a otras.

XLVI.

En ninguna ocasión te llames a ti mismo filósofo, y no hables mucho entre los no instruidos acerca de los teoremas (reglas o preceptos filosóficos); más bien, haz aquello que se deriva de ellos. Por ejemplo, en un banquete no digas cómo debe comer un hombre, sino come como se debe comer. Recuerda que de este modo Sócrates también evitaba por completo la ostentación. Solían acudir a él personas que le pedían ser recomendadas ante filósofos, y él las llevaba ante ellos, tan fácilmente se sometía a ser pasado por alto. Así, si surge alguna conversación entre los no instruidos acerca de algún teorema, generalmente permanece en silencio; pues hay gran peligro de que inmediatamente vomites lo que no has digerido. Y cuando alguien te diga que no sabes nada, y no te moleste, entonces ten por seguro que has comenzado el trabajo (de la filosofía). Pues ni siquiera las ovejas vomitan su pasto y se lo muestran a los pastores para que vean cuánto han comido; sino que, cuando han digerido internamente el pasto, producen externamente lana y leche. Haz tú lo mismo: no muestres tus teoremas a los no instruidos, sino muestra los actos que provienen de su digestión.

XLVII.

Cuando a bajo costo tienes todo lo necesario para el cuerpo, no te enorgullezcas de ello; ni, si bebes agua, digas en cada ocasión: Bebo agua. Más bien, considera primero cuán más frugales son los pobres que nosotros y cuánto más soportan el trabajo. Y si alguna vez deseas ejercitarte en el trabajo y la resistencia, hazlo para ti mismo, no para los demás. No abraces estatuas; pero si alguna vez tienes mucha sed, toma un trago de agua fría y escúpelo, y no se lo digas a nadie.

XLVIII.

La condición y característica de una persona no instruida es esta: nunca espera de sí mismo el provecho (ventaja) ni el daño, sino de lo externo. La condición y característica de un filósofo es esta: espera todo provecho y todo daño de sí mismo. Las señales (marcas) de quien progresa son estas: no censura a nadie, no alaba a nadie, no culpa a nadie, no acusa a nadie, no dice nada de sí mismo como si fuera alguien o supiera algo; cuando se le impide o se le obstaculiza en algo, se culpa a sí mismo; si alguien lo alaba, se burla del que lo alaba para sus adentros; si alguien lo censura, no se defiende; anda como los débiles, cuidando de no mover nada de lo que está colocado antes de que esté bien fijo; elimina todo deseo de sí mismo y traslada la aversión solo a aquellas cosas dentro de nuestro poder que son contrarias a la naturaleza; emplea un movimiento moderado hacia todo; no le importa si lo consideran necio o ignorante; y, en resumen, se vigila a sí mismo como si fuera un enemigo al acecho.

XLIX.

Cuando un hombre se enorgullece porque puede entender y explicar los escritos de Crisipo, dite a ti mismo: Si Crisipo no hubiera escrito oscuramente, este hombre no tendría de qué enorgullecerse. Pero, ¿qué es lo que yo deseo? Entender la naturaleza y seguirla. Por eso pregunto: ¿quién es el intérprete? Y cuando escucho que es Crisipo, acudo a él (el intérprete). Pero no entiendo lo que está escrito, y por eso busco al intérprete. Y hasta aquí no hay nada de qué enorgullecerse. Pero cuando haya encontrado al intérprete, lo que queda es usar los preceptos (las lecciones). Esto es lo único de lo que se puede estar orgulloso. Pero si admiro la exposición, ¿en qué me he convertido sino en un gramático en vez de un filósofo? salvo en una cosa: que explico a Crisipo en vez de a Homero. Así que, cuando alguien me diga: Léeme a Crisipo, más bien me sonrojo, cuando no puedo mostrar mis actos semejantes y coherentes con sus palabras.

L.

Cualesquiera cosas (reglas) que se te propongan (para la conducta de la vida), aférrate a ellas como si fueran leyes, como si fueras culpable de impiedad si transgredieras alguna de ellas. Y cualquiera cosa que alguien diga sobre ti, no le prestes atención; pues eso no es asunto tuyo. ¿Hasta cuándo seguirás posponiendo considerarte digno de lo mejor y, en ningún caso, transgredir la razón que te distingue? ¿Has aceptado los teoremas (reglas) que era tu deber aceptar, y has estado de acuerdo con ellos? ¿Qué maestro esperas entonces, a quien le delegas la corrección de ti mismo? Ya no eres un joven, sino un hombre hecho y derecho. Si, entonces, eres negligente y perezoso, y continuamente pospones una y otra vez, y haces propuesta tras propuesta, y fijas día tras día después de los cuales te ocuparás de ti mismo, no sabrás que no estás mejorando, sino que seguirás ignorante (sin instrucción) tanto mientras vivas como hasta que mueras. Así pues, decide de inmediato que es correcto vivir como un hombre maduro y como alguien que progresa, y que todo lo que te parezca lo mejor sea para ti una ley que no debe ser transgredida. Y si se te presenta algo laborioso o placentero, glorioso o sin gloria, recuerda que ahora es el combate, ahora son los Juegos Olímpicos, y no pueden posponerse; y que de una sola derrota y una sola claudicación depende que el progreso se pierda o se mantenga. Sócrates se perfeccionó de esta manera, mejorándose en todo, sin atender a nada excepto a la razón. Pero tú, aunque aún no seas un Sócrates, debes vivir como quien desea ser un Sócrates.

LI.

El primer y más necesario lugar (parte, [griego: topos]) en la filosofía es el uso de los teoremas (preceptos, [griego: theorēmata]), por ejemplo, que no debemos mentir; la segunda parte es la de las demostraciones, por ejemplo, ¿cómo se prueba que no debemos mentir? La tercera es la que confirma y explica estas dos, por ejemplo, ¿cómo es esto una demostración? ¿Qué es una demostración, qué es consecuencia, qué es contradicción, qué es verdad, qué es falsedad? La tercera parte (tema) es necesaria a causa de la segunda, y la segunda a causa de la primera; pero la más necesaria y en la que debemos apoyarnos es la primera. Pero hacemos lo contrario. Pues dedicamos nuestro tiempo al tercer tema, y todo nuestro empeño está en él; pero descuidamos completamente el primero. Por eso mentimos; pero la demostración de que no debemos mentir la tenemos siempre a mano.

LII.

En toda cosa (circunstancia) debemos tener siempre a mano estos principios:

Guíame, oh Zeus, y tú, oh Destino, Por el camino que me indiquen, estoy dispuesto a seguir. Si no lo elijo, me vuelvo un desgraciado, y aun así debo seguir.

Pero aquel que se rinde noblemente a la necesidad, Lo consideramos sabio y entendido en las cosas divinas.

Y también el tercero: Oh Critón, si así lo quieren los dioses, así sea; Anito y Meleto pueden ciertamente matarme, pero no pueden hacerme daño.