Discursos de Epicteto · Epictetus

Parte 16

Capítulo 16 de 17 · 12 min de lectura

XX.

Recuerda que no es quien te insulta o te golpea quien te ofende, sino tu opinión acerca de estos hechos como ofensivos. Así que, cuando alguien te irrita, debes saber que es tu propia opinión la que te ha irritado. Por lo tanto, procura especialmente no dejarte arrastrar por las apariencias. Pues si logras ganar tiempo y demorar tu reacción, te dominarás con mayor facilidad.

XXI.

Ten presente cada día ante tus ojos la muerte, el destierro y toda otra cosa que parezca temible; pero sobre todo la muerte: y nunca pensarás en nada ruin ni desearás nada con exceso.

XXII.

Si deseas la filosofía, prepárate desde el principio para ser ridiculizado, para esperar que muchos se burlarán de ti y dirán: De repente ha vuelto a nosotros como filósofo; ¿y de dónde saca esa mirada altiva hacia nosotros? No muestres una mirada altiva; pero aférrate a aquello que te parezca mejor, como si hubieras sido designado por Dios para esta misión. Y recuerda que, si permaneces en los mismos principios, aquellos que primero se burlaron después te admirarán; pero si te dejas vencer por ellos, atraerás sobre ti una doble burla.

XXIII.

Si alguna vez te ocurre volcarte hacia lo externo para agradar a alguien, debes saber que has perdido tu propósito en la vida. Conténtate entonces en todo con ser filósofo; y si deseas parecerlo también ante alguien, procura parecerlo ante ti mismo, y podrás lograrlo.

XXIV.

No te aflijas con pensamientos como: Viviré sin honor y seré un don nadie en ninguna parte. Porque si la falta de honor es un mal, no puedes estar en el mal por causa de otro, así como tampoco puedes estar envuelto en algo ruin. ¿Es acaso tu deber obtener el rango de magistrado o ser invitado a un banquete? De ninguna manera. ¿Cómo puede entonces esto ser deshonra? ¿Y cómo serás un don nadie en ninguna parte, cuando debes ser alguien solo en aquellas cosas que están en tu poder, en las cuales, de hecho, se te permite ser un hombre de gran valor? Pero tus amigos estarán sin ayuda. ¿Qué quieres decir con estar sin ayuda? No recibirán dinero de ti, ni los harás ciudadanos romanos. ¿Quién te dijo entonces que estas cosas están en nuestro poder y no en el de otros? ¿Y quién puede dar a otro lo que él mismo no tiene? Entonces, adquiere dinero, dicen tus amigos, para que nosotros también tengamos algo. Si puedo adquirir dinero y al mismo tiempo conservarme modesto, fiel y magnánimo, muéstrame el camino y lo haré. Pero si me pides que pierda lo que es bueno y propio mío, para que tú obtengas lo que no es bueno, observa cuán injusto y necio eres. Además, ¿qué preferirías tener: dinero o un amigo fiel y modesto? Ayúdame entonces más bien a ser tal hombre, y no me pidas que haga aquello por lo que perdería ese carácter. Pero mi patria, dices, en lo que dependa de mí, quedará sin mi ayuda. Pregunto de nuevo, ¿qué ayuda quieres decir? No tendrá pórticos ni baños gracias a ti. ¿Y qué significa esto? Pues no se provee de zapatos por medio de un herrero, ni de armas por medio de un zapatero. Basta con que cada hombre cumpla plenamente con su propio trabajo: y si le proporcionaras a tu patria otro ciudadano fiel y modesto, ¿no le serías útil? Sí. Entonces, tampoco puedes serle inútil. ¿Qué lugar, entonces, ocuparé en la ciudad? El que puedas, si mantienes al mismo tiempo tu fidelidad y modestia. Pero si, al querer ser útil al Estado, pierdes estas cualidades, ¿de qué provecho podrías serle, si te vuelves desvergonzado e infiel?

XXV.

¿Alguien ha sido preferido a ti en un banquete, o al ser saludado, o al ser invitado a una consulta? Si estas cosas son buenas, debes alegrarte de que él las haya obtenido; pero si son malas, no te aflijas porque no las has conseguido. Y recuerda que no puedes, si no haces lo mismo que otros para obtener lo que no está en nuestro poder, ser considerado digno de lo mismo. ¿Cómo puede un hombre recibir la misma parte que otro si no visita las casas de los demás como lo hace ese otro; si no lo acompaña cuando sale, como lo hace el otro; si no lo halaga como lo hace otro? Serás entonces injusto e insaciable si no pagas el precio por el cual se venden esas cosas y si deseas obtenerlas gratis. Bien, ¿cuál es el precio de las lechugas? Un óbolo, tal vez. Si un hombre entrega el óbolo y recibe las lechugas, y tú no das el óbolo y no obtienes las lechugas, no supongas que recibes menos que quien tiene las lechugas; pues así como él tiene las lechugas, tú tienes el óbolo que no diste. De igual modo, en el otro caso, no has sido invitado a un banquete porque no diste al anfitrión el precio al que se vende la cena; pero él la vende por halagos, la vende por atenciones personales. Da entonces el precio, si te conviene, por el que se vende. Pero si deseas no dar el precio y aun así obtener las cosas, eres insaciable y necio. ¿No tienes entonces nada en lugar de la cena? Sí tienes: tienes el no halagar a quien no quisiste halagar; tienes el no soportar a ese hombre cuando entra en la sala.

XXVI.

Podemos aprender la voluntad de la naturaleza por las cosas en las que no diferimos unos de otros: por ejemplo, cuando el esclavo de tu vecino rompe su copa, o cualquier otra cosa, estamos listos para decir de inmediato que es una de las cosas que suceden. Debes saber entonces que, cuando tu copa también se rompa, debes pensar como pensaste cuando se rompió la copa de tu vecino. Lleva esta reflexión también a cosas mayores. ¿Se ha muerto el hijo o la esposa de otro? No hay quien no diga: Esto es un acontecimiento propio del ser humano. Pero cuando muere el hijo o la esposa de uno, enseguida exclama: ¡Ay de mí, cuán desdichado soy! Pero debemos recordar cómo nos sentimos cuando oímos que esto les ha sucedido a otros.

XXVII.

Así como una diana no se coloca para errar el tiro, tampoco existe la naturaleza del mal en el mundo.

XXVIII.

Si alguien tuviera la intención de poner tu cuerpo en poder de cualquier hombre con quien te cruzaras en el camino, te disgustaría; pero que pongas tu entendimiento en poder de cualquier hombre que encuentres, de modo que si él te insulta, este se altere y perturbe, ¿no te avergüenzas de ello?

XXIX.

En cada acción observa las cosas que vienen primero y aquellas que le siguen; y así procede a la acción. Si no lo haces, al principio te acercarás a ella con entusiasmo, sin haber pensado en lo que vendrá después; pero luego, cuando ciertas cosas viles (feas) se manifiesten, te avergonzarás. Un hombre desea vencer en los juegos Olímpicos. Yo también lo deseo, pues es algo admirable. Pero observa tanto lo que viene primero como lo que sigue; y entonces comienza la acción. Debes hacer todo según las reglas, comer conforme a estrictas indicaciones, abstenerte de manjares, ejercitarte como se te ordene en los momentos señalados, bajo el calor, bajo el frío, no debes beber agua fría, ni vino a tu antojo; en resumen, debes entregarte al maestro de ejercicios como lo harías con el médico, y luego proceder al combate. Y a veces te lastimarás la mano, te dislocarás el tobillo, tragarás mucho polvo, a veces serás azotado, y después de todo esto serás derrotado. Cuando hayas considerado todo esto, si aún así lo eliges, ve al combate: si no, te comportarás como los niños, que unas veces juegan a ser luchadores, otras a ser flautistas, luego gladiadores, después trompetistas, y luego actores trágicos. Así también tú serás a veces atleta, otras gladiador, luego retórico, después filósofo, pero con toda tu alma no serás nada en absoluto; sino que, como un mono, imitas todo lo que ves, y una cosa tras otra te agrada. Porque no has emprendido nada con reflexión, ni lo has examinado bien; sino de manera descuidada y con deseo tibio. Así, algunos que han visto a un filósofo y han escuchado hablar a uno, como habla Eufrates—¿y quién puede hablar como él?—desean ser filósofos también. Amigo mío, primero considera qué clase de cosa es; y luego examina tu propia naturaleza, si eres capaz de sostener ese carácter. ¿Deseas ser pentatleta o luchador? Mira tus brazos, tus muslos, examina tus lomos. Porque diferentes hombres están hechos por naturaleza para distintas cosas. ¿Crees que si haces estas cosas puedes comer igual, beber igual y del mismo modo rechazar ciertas cosas? Debes pasar noches en vela, soportar fatiga, alejarte de tus parientes, ser despreciado por un esclavo, en todo tener la parte inferior, en honor, en cargos, en los tribunales, en cualquier asunto. Considera estas cosas, si quieres cambiarlas por la libertad de las pasiones, la independencia, la tranquilidad. Si no, cuida que, como los niños pequeños, no seas ahora filósofo, luego servidor de los publicanos, luego retórico, después procurador (administrador) de César. Estas cosas no son compatibles. Debes ser un solo hombre, bueno o malo. Debes cultivar tu propia facultad directiva, o las cosas externas. Debes ejercitar tu habilidad en las cosas internas o en las externas; es decir, debes mantener la posición de filósofo o la de una persona común.

XXX.

Los deberes se miden universalmente por las relaciones ([griego: tais schsesi]). ¿Es un hombre padre? El precepto es cuidarlo, cederle en todo, someterse cuando es reprochador, cuando inflige golpes. Pero supón que es un mal padre. ¿Acaso fuiste hecho por naturaleza para ser hijo de un buen padre? No; sino de un padre. ¿Un hermano te hace daño? Mantén entonces tu propia posición hacia él, y no examines lo que él hace, sino lo que tú debes hacer para que tu voluntad sea conforme a la naturaleza. Porque otro no te dañará, a menos que tú lo decidas: pero serás dañado cuando creas que lo eres. Así descubrirás tu deber a partir de la relación de vecino, de ciudadano, de general, si estás acostumbrado a contemplar las relaciones.

XXXI.

En cuanto a la piedad hacia los dioses debes saber que lo principal es tener opiniones correctas sobre ellos, pensar que existen y que administran el Todo bien y justamente; y debes afirmarte en este principio (deber), obedecerles y someterte a ellos en todo lo que suceda, y seguirlo voluntariamente como realizado por la inteligencia más sabia. Porque si lo haces, nunca culparás a los dioses, ni los acusarás de descuidarte. Y esto no puede hacerse de otro modo que apartándose de las cosas que no están en nuestro poder, y situando el bien y el mal solo en aquellas cosas que sí están en nuestro poder. Porque si crees que alguna de las cosas que no están en nuestro poder es buena o mala, es absolutamente necesario que, cuando no obtengas lo que deseas, y cuando caigas en aquello que no deseas, reprocharás y odiarás a quienes sean la causa de ello; porque todo animal está hecho por naturaleza para esto: huir y apartarse de las cosas que parecen dañinas y de quienes las causan, pero seguir y admirar las cosas útiles y a quienes las causan. Es imposible entonces que una persona que cree que ha sido dañada se complazca con aquello que considera la causa del daño, como también es imposible complacerse con el daño mismo. Por esta razón también un padre es insultado por su hijo, cuando no le da parte de las cosas que se consideran buenas; y fue esto lo que hizo enemigos a Polinices y Eteocles, la opinión de que el poder real era un bien. Por eso el labrador insulta a los dioses, por eso lo hace el marinero, el comerciante, y también quienes pierden a sus esposas y a sus hijos. Porque donde está lo útil (tu interés), allí está la piedad. Por consiguiente, quien se preocupa por desear como debe y evitar ([griego: echchlinein]) como debe, al mismo tiempo cuida de la piedad. Pero hacer libaciones y sacrificios y ofrecer primicias según la costumbre de nuestros padres, de manera pura y no mezquina ni descuidada ni escasa ni por encima de nuestras posibilidades, es algo que corresponde a todos hacer.

XXXII.

Cuando recurras a la adivinación, recuerda que no sabes cómo resultará, sino que has venido a preguntar al adivino. Pero de qué clase es, lo sabes cuando llegas, si en verdad eres filósofo. Porque si es alguna de las cosas que no están en nuestro poder, es absolutamente necesario que no sea ni buena ni mala. No lleves entonces al adivino deseo ni aversión ([griego: echchlinein]): si lo haces, te acercarás a él con temor. Pero habiendo determinado en tu mente que todo lo que ocurra (el resultado) es indiferente y no te concierne, y sea lo que sea, pues estará en tu poder usarlo bien, y nadie te lo impedirá, acude entonces con confianza a los dioses como tus consejeros. Y luego, cuando se te haya dado algún consejo, recuerda a quiénes has tomado por consejeros, y a quiénes descuidarás si no los obedeces. Y acude a la adivinación, como dijo Sócrates que debías hacerlo, sobre aquellos asuntos en los que toda la investigación se refiere al resultado, y en los que no hay medios dados ni por la razón ni por ningún otro arte para conocer el asunto en cuestión. Por eso, cuando debamos compartir el peligro de un amigo, o el de nuestra patria, no debes consultar al adivino si debes compartirlo. Porque aunque el adivino te diga que los signos de las víctimas son desfavorables, es evidente que esto es señal de muerte, o de mutilación de alguna parte del cuerpo, o de exilio. Pero la razón prevalece, que incluso con estos riesgos, debemos compartir los peligros de nuestro amigo y de nuestra patria. Por tanto, atiende al mayor adivino, el dios de Delfos, que expulsó del templo a quien no ayudó a su amigo cuando estaba siendo asesinado.

XXXIII.

Prescríbete de inmediato algún carácter y alguna forma que debas observar tanto cuando estés solo como cuando te encuentres con otros hombres.

Y que el silencio sea la regla general, o que solo se diga lo necesario, y en pocas palabras. Y rara vez, y cuando la ocasión lo requiera, digamos algo; pero sobre ninguno de los temas comunes, ni sobre gladiadores, ni carreras de caballos, ni atletas, ni sobre comer o beber, que son los temas habituales; y especialmente no sobre los hombres, ni para culparlos ni para alabarlos, ni para compararlos. Si puedes, lleva con tu conversación la charla de tus compañeros hacia lo que es apropiado; pero si te ves obligado a estar en compañía de extraños, guarda silencio.

Que tu risa no sea frecuente, ni en muchas ocasiones, ni excesiva.

Rehúsa por completo jurar, si es posible; si no lo es, rehúsa en la medida de tus posibilidades.

Evita los banquetes ofrecidos por extraños y por personas ignorantes. Pero si alguna vez surge la ocasión de participar en ellos, mantén tu atención cuidadosamente fija, para no caer en las costumbres de la gente vulgar (los no instruidos). Pues debes saber que, si tu compañero es impuro, también quien se relaciona con él debe volverse impuro, aunque por casualidad fuera puro.

Toma (aplica) las cosas que se refieren al cuerpo solo hasta el uso necesario, como la comida, la bebida, la vestimenta, la casa y los esclavos; pero excluye todo lo que sea ostentación o lujo.

En cuanto al placer con mujeres, abstente en la medida de lo posible antes del matrimonio; pero si llegas a entregarte a ello, hazlo de acuerdo con la costumbre. Sin embargo, no seas desagradable con quienes se entregan a estos placeres, ni los reprendas; y no presumas a menudo de que tú no participas en ellos.

Si alguien te informa que cierta persona habla mal de ti, no hagas ninguna defensa (respuesta) a lo que te han contado; simplemente responde: Esa persona no conocía el resto de mis defectos, pues de lo contrario no habría mencionado solo estos.

No es necesario ir a los teatros con frecuencia; pero si alguna vez surge una ocasión apropiada para ir, no te muestres como partidario de nadie salvo de ti mismo, es decir, solo desea que se haga lo que se hace, y que gane el premio solo quien lo gane; de este modo, no encontrarás obstáculos. Pero abstente por completo de gritos y risas hacia cualquier cosa (o persona), o de emociones violentas. Y cuando te retires, no hables mucho sobre lo que ha sucedido en el escenario, excepto sobre aquello que pueda contribuir a tu propio mejoramiento. Pues es evidente que, si hablas mucho, admiraste el espectáculo (más de lo debido).

No asistas a las recitaciones de ciertas personas, ni las visites con facilidad. Pero si asistes, mantén la gravedad y la serenidad, y también evita volverte desagradable.

Cuando vayas a encontrarte con alguna persona, y especialmente con alguien considerado de condición superior, piensa antes qué habrían hecho Sócrates o Zenón en tales circunstancias, y no tendrás dificultad en hacer un uso adecuado de la ocasión.

Cuando vayas a ver a alguno de los que tienen gran poder, ten presente que quizá no encontrarás al hombre en casa, que te excluirán, que no te abrirán la puerta, que el hombre no se preocupará por ti. Y si, a pesar de todo esto, es tu deber visitarlo, soporta lo que suceda y nunca digas para ti mismo que no valió la pena el esfuerzo. Pues esto es necio y demuestra el carácter de alguien que se ofende por lo externo.

En compañía, cuida de no hablar mucho ni excesivamente sobre tus propios actos o peligros; pues así como a ti te resulta agradable mencionar tus propios peligros, no es tan agradable para los demás escuchar lo que te ha sucedido. Cuida también de no provocar la risa; pues este es un camino resbaladizo hacia las costumbres vulgares, y además tiende a disminuir el respeto de tus vecinos. También es un hábito peligroso acercarse a conversaciones obscenas. Cuando ocurra algo de este tipo, si hay una buena oportunidad, reprende a quien ha iniciado esa conversación; pero si no la hay, al menos con tu silencio, tu rubor y la expresión de desagrado en tu rostro, muestra claramente que te desagrada tal conversación.