La Divina Comedia · Dante Alighieri

Part 24

Capítulo 24 de 34 · 18 min de lectura

[Ilustración]

[Ilustración]

CANTO TERCERO

Aquel Sol que primeramente abrasó de amor mi corazón me había descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el dulce aspecto de una hermosa verdad; y yo, para confesarme desengañado y persuadido, levanté la cabeza, tanto como era necesario a fin de declararlo resueltamente. Pero apareció una visión, la cual haciéndose perceptible me atrajo de tal modo hacia sí, que ya no me acordé de mi confesión. Así como a través de cristales tersos y transparentes o de aguas nítidas y tranquilas, aunque no tan profundas que se obscurezca el fondo, llegan a nuestra vista las imágenes tan debilitadas, que una perla en una frente blanca no la distinguirían más débilmente nuestros ojos, así vi yo muchos rostros prontos a hablarme; por lo cual caí en el error contrario a aquel que inflamó el amor entre un hombre y una fuente. En cuanto las distinguí, creyendo que fuesen imágenes reflejadas en un espejo, volví los ojos para ver los cuerpos a que correspondían; y como nada vi, los dirigí de nuevo hacia delante, fijándolos en mi dulce Guía, que sonriéndose despedía vívidos destellos de sus santos ojos.

Beatriz.

Alude a la fábula de Narciso.

—No te asombres porque me sonría de tu pueril pensamiento—me dijo—; pues no se apoya todavía tu pie sobre la verdad, y como de costumbre, te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias, relegadas aquí por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla con ellas, y oye y cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las regocija no permite que se tuerzan sus pasos.

Y yo me dirigí a la sombra que parecía más dispuesta a hablar, y empecé a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.

—¡Oh espíritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me será muy grato que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.

A lo que contestó pronta y con risueños ojos:

—Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fuí en el mundo una virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me ocultará a tus recuerdos el ser hoy la más bella, sino que reconocerás que yo soy Piccarda: colocada aquí con estos otros bienaventurados, soy como ellos bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos a quienes sólo inflama el amor del Espíritu Santo, se regocijan en el orden designado por él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece tan bajo, porque descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron observados.

A lo que le contesté:

—En vuestros admirables rostros resplandece no sé qué de divino, que cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no fuí más presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que tú me dices, de suerte que me es más fácil reconocerte. Mas dime: vosotras que sois aquí felices ¿deseáis estar en otro lugar más elevado para ver más o para haceros más amigas?

Sonrióse un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondió tan placentera, que parecía arder en el primer fuego del amor:

—Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud nos hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada más. Si deseáramos estar más elevadas, nuestro anhelo estaría en desacuerdo con la voluntad de Aquél que nos reúne aquí; desacuerdo que no admiten las esferas celestiales, como verás si consideras bien que aquí es condición necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y la naturaleza de esta misma caridad. También es esencial a nuestra existencia bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de modo que nuestras mismas voluntades se refundan en una. Así es que al estar como estamos distribuídas de grado en grado por este reino, place a todo él, porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su voluntad está nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que ha creado, o lo que hace la naturaleza.

Entonces comprendí claramente por qué en el Cielo todo es Paraíso, por más que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual. Pero, así como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos aún apetito por otro, de suerte que pedimos éste y rechazamos aquél, así hice yo con el gesto y la palabra para saber por ella cuál fué el tejido cuya lanzadera no continuó manejando hasta el fin.

—Una virtud perfecta, un mérito eminente colocan en un cielo más alto a una mujer—me dijo—, según cuya regla se lleva allá abajo en vuestro mundo el hábito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte se viva noche y día con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la caridad hace conforme a su deseo. Por seguirla, huí del mundo jovencita aún, y me encerré en su hábito, y prometí observar la regla de su orden. Posteriormente, algunos hombres, más habituados al mal que al bien, me arrebataron de la dulce clausura. ¡Dios sabe cuál fué después mi vida!... Lo que digo de mí, entiende que lo digo asimismo de esta otra alma esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla toda la luz de nuestra esfera: monja fué, y también le arrebataron de la cabeza la sombra de las sagradas tocas; pero cuando volvió al mundo, contra su gusto y contra ley, no se despojó jamás del velo de su corazón. Esa es la luz de la gran Constanza, que del segundo príncipe poderoso de la casa de Suabia engendró al tercero, última potencia de esta raza.

Santa Clara, a cuya orden pertenecía Piccarda.

Así me habló y empezó después a cantar "Ave María," y cantando desapareció, como una cosa pesada a través del agua profunda. Mi vista, que la siguió tanto cuanto le fué posible, después que la perdió, se volvió hacia el objeto de su mayor deseo, y se fijó enteramente en Beatriz; pero ésta lanzó tales fulgores sobre mi mirada, que no los pude sufrir en el primer momento, por cuya causa tardé más en preguntarle.

[Ilustración]

CANTO CUARTO

Un hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de él y que exciten del mismo modo su apetito, moriría de hambre antes de llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecería inmóvil un cordero entre dos hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un perro entre dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi deseo, y en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado por medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:

—Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras. Tú raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, según la sentencia de Platón. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocuparé en lo que tiene más hiel. El serafín que más goce de Dios, Moisés, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, María misma, no tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten más o menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en la celestial la parte menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro espíritu, porque sólo comprende por medio de los sentidos lo que hace después digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y al que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado, como aquí se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo que se desprendió de ella cuando la naturaleza la unió a su forma. Tal vez su opinión sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es posible que la intención de éstas no sea irrisoria. Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco de una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte. La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no te podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia; pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejaré satisfecho según deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así hicieron aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron libres; pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras, si es que las has recogido como debes, queda destruído el argumento que te hubiera importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir de ella; antes bien te rendirías fatigado. He dado como cierto a tu mente que el alma bienaventurada no podía mentir, porque está siempre próxima a la primera Verdad; y luego habrás podido oír por Piccarda, que Constanza había guardado su inclinación al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por huír de un peligro, se hace con repugnancia aquello que no debería hacerse; como Alcmeón, que, a instancias de su padre, mató a su propia madre, y por no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto, quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte que ambas decíamos la verdad.

Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.

—¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina—dije en seguida—, cuyas palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia por gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede. Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos serían vanos. De este deseo de saber nace, como un retoño, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso de la naturaleza que guía de grado en grado nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima, Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra verdad que encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones que no sean pocas en vuestra balanza.

Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como anonadado con los ojos bajos.

[Ilustración]

[Ilustración]

CANTO QUINTO

Si te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que suele verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos, no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que, distinguiendo bien los objetos, se dirige con más rapidez hacia el bien. Veo claramente cómo resplandece ya en tu inteligencia la eterna luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra cosa seduce el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor que aquí brilla. Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma esté segura de todo debate con la justicia divina.

Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:

—El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como más conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre albedrío de que estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas inteligentes. Ahora conocerás, si raciocinas según este principio, el alto valor del voto, si éste es tal que Dios consienta cuando tú consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto? Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues, la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa, porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para ser digerido. Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti mismo, pues no proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este último no se borra jamás, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes en términos precisos. Por esta causa fué necesario que los Hebreos continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla: crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué Jephté en su primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como a él puedes suponer al gran jefe de los Griegos, quien obligó a Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos, sed más pausados en vuestras acciones; no seáis como la pluma a todo viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía: baste esto para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal, sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de vosotros entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.

Agamenón.

Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante hacia aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la mudanza de su semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que tenía ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, así corríamos hacia el segundo reino. Allí vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvió más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió, ¿cuánto más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su pasto, así vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocíase su júbilo por el claro fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál sería tu impaciente anhelo de saber, si lo que aquí empieza no siguiese adelante, y por ti comprenderás cuánto sería mi deseo de conocer la condición de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista.

Al cielo de Mercurio.

—¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo: así, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte según tu deseo.

Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:

—Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.

—Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus ojos, para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por qué ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los mortales con los rayos de otro.

Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado; por lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol, que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destruído los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa figura se ocultó a causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada de aquel modo me contestó como se verá en el canto siguiente.

[Ilustración]

[Ilustración]

CANTO SEXTO

Después que Constantino volvió el águila contra el curso del Cielo que antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien años y más permaneció el ave de Dios en el extremo de Europa, próxima a los montes de que primitivamente había salido; y bajo la sombra de las sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en mano, hasta que en estos cambios llegó a las mías. César fuí; soy Justiniano, que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo, suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y no más, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito, que fué Sumo Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe; yo le creí, y ahora veo claramente cuanto él me decía, así como tú ves en toda contradicción una parte falsa y otra verdadera. En cuanto caminé al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la grande obra, y me dediqué completamente a ella: confié las armas a mi Belisario, a quien se unió de tal modo la diestra del cielo, que ésta fué para mí una señal de que debía descansar en él. Aquí termina, pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condición me obliga a añadir algunas explicaciones. Para que veas con cuán poca razón se levantan contra la sacrosanta enseña los que se la apropian y los que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho digna de reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el imperio. Tú sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de trescientos años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres. Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta el dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro, contra otros príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y Quintio que recibió un sobrenombre por su descuidada cabellera, los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco en admirar. El abatió el orgullo de los árabes que tras de Aníbal pasaron las rocas alpestres de donde tú, Po, te desprendes. A su sombra triunfaron, siendo aún muy jóvenes, Escipión y Pompeyo; y su dominio pareció amargo a aquella colina bajo la cual naciste. Después, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado sereno de que es modelo, César tomó aquel signo por la voluntad del pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que afluyen al Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el Rubicón fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni la pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo se sintió el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había salido, y el sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con detrimento de Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego se dirigió hacia vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo que aquel signo hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa. También llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de un áspid muerte cruel y súbita. Con él corrió en seguida al mar Rojo; con él estableció en el mundo paz tan grande que se cerró el templo de Jano. Pero lo que el signo de que hablo había hecho antes, y lo que debía hacer después por el reino mortal que le está sometido, es en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto puro se le considera después en manos del tercer César; porque la viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a quien me refiero, la gloria de vengar la cólera divina. Admírate, pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo mordió a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas, acudió a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado más arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males. El uno opone a la enseña común las amarillas lises, y el otro se la apropia, no pensando más que en su partido, de suerte que es difícil comprender cuál comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a los que ponen un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por las lises. Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus, que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos desviándose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se eleven también con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la medida de las recompensas con nuestros méritos, porque no la vemos mayor ni menor que éstos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse éste a ninguna malicia. Diversas voces despiden dulce armonía; así también los diversos grados de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía entre estas esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo, cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los Provenzales que se declararon en contra suya no se han reído por mucho tiempo; porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo cual partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su corazón al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo que ahora le ensalza.