La Divina Comedia · Dante Alighieri
Part 25
Capítulo 25 de 34 · 15 min de lectura
Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que éstos fueron vencidos por aquéllos, quedando Alba sujeta al dominio romano.
Cincinato.
Alude a la destrucción de Fiésole, ocasionada por haber dado asilo esta ciudad a Catilina. En su lugar fué edificada Florencia, donde nació Dante.
El emperador Tiberio.
Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su peregrinación a Santiago de Galicia, llegó a Provenza y se acomodó en casa del conde Raimundo Berenguer. Administrando los bienes de éste, los acrecentó de tal modo que lo que valía diez valió después doce, lo que fué causa de que cuatro hijas del Conde se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con Raimundo por algunos barones envidiosos, se separó de él, y fué mendigando su vida.
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CANTO SEPTIMO
"Gloria a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu claridad sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este reino." Así oí que cantaba, volviéndose hacia su esfera, aquella substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras emprendieron su danza, y cual centellas velocísimas se me ocultaron con su repentino alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que se apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE, me hacía inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que yo estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que haría feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:
Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia que le causaba sólo el oír pronunciar una sílaba de aquel nombre, le tenía con la cabeza baja y sin atreverse a hablar.
—Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu: escucha, pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran verdad. Por no haber soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre que no nació, al condenarse, condenó a toda su descendencia; por lo cual la especie humana yació enferma por muchos siglos en medio de un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dignó descender adonde, por un sólo acto de su eterno amor, unió a sí en persona la naturaleza, que se había alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fué creada, era sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del Paraíso, porque se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero tampoco hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufrió, y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios y a los Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse libre. Tú dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por qué Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redención." Este decreto, hermano, está velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina mucho este punto, y se le comprende poco, te diré por qué fué elegido aquel medio como el más digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo rencor, ardiendo en sí misma centellea de tal modo, que hace brotar las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra cooperación no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez impreso. Lo que sin cooperación procede de ella es completamente libre, porque no está sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y cuanto más se le asemeja, más le place, pues el amor divino que irradia sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece más. La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el pecado es el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su germen, se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad, perdonara el pecado, o porque el hombre por sí mismo redimiera su falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y está tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no podía jamás, en sus límites naturales, dar satisfacción, por no poder después humillarse con su obediencia tanto cuanto pretendió elevarse con su desobediencia; y esta es la causa porque el hombre fué exceptuado de poder dar satisfacción por sí mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al hombre a la vida sempiterna por sus propias vías, bien por una, o bien por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata al obrero, cuanto más representa la bondad del corazón de donde ha salido, la divina bondad, que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder por todas sus vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última noche no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico, de cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus deseos, vuelvo atrás, a fin de aclararte algún punto de modo que lo veas como yo. Tú dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho es cierto, deberían estar al abrigo de la corrupción." Los ángeles, hermano, y el país libre y puro en que estás, pueden decirse creados tales como son, en su eterno sér; pero los elementos que has nombrado, y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos: creada fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de la complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora de sí de modo que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra resurrección, si reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando fueron creados los primeros padres.
Adán.
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CANTO OCTAVO
Solía creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que también honraban a Dione y a Cupido, a aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de quien decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta que he citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera.
Ya cuando va tras de él y se llama Espero, ya cuando va delante y se llama Lucífero, de cuya palabra hemos hecho los españoles lucero.
Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo modo vi en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo más o menos ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones eternas. De fría nube no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la órbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca me ha abandonado el deseo de volverlo a oír. Entonces se acercó uno de ellos a nosotros, y empezó a decir solo:
—Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en nosotros. Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la misma órbita, con el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el tercer cielo con vuestra inteligencia", y estamos tan llenos de amor, que por agradarte, no nos será menos dulce un momento de reposo.
Así comienza una canción de Dante en el Convito.
Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella les dió la seguridad de su contentamiento, los volví hacia la resplandeciente alma que tanto se me había ofrecido, y:
—Di, ¿quién fuiste?—fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa del nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me dijo:
—Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo: si yo hubiera permanecido más en él, no habrían sucedido muchos de los males que allí suceden. La alegría que despide en torno mío estos fulgores, me cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado allá abajo más tiempo, te habría dado en prueba de mi amor algo más que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baña el Ródano después de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su señor; así como también aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio después de abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera! ¡muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara pobreza de Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga más carga de la que pueda soportar. Su índole, que de liberal se ha hecho avara, necesitaría ministros que no se cuidasen sólo de llenar sus arcas.
Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo de Carlos II.
—El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me es mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegría, aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una semilla dulce puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
—Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegría a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por sí misma, no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino también a la conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese así, el cielo sobre que caminas produciría sus efectos de tal modo, que no serían obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso también el Sér primero, que no las hizo perfectas. ¿Quieres que te aclare más esta verdad?
—No es menester—contesté—; pues considero imposible que la naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
—Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no viviera en sociedad?
—Sí—repuse—; y no pregunto la razón de eso.
—¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro escribió la verdad.
Así, procediendo de una en otra deducción, llegó a ésta; y después concluyó:
—Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes; por lo cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel que perdió a su hijo, al volar éste por el aire. La influencia de los círculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aquí proviene que Esaú se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La naturaleza engendrada sería siempre semejante a la naturaleza que engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya delante lo que antes detrás; mas para que sepas que me complazco en instruirte, quiero proveerte aún de un corolario. La naturaleza es siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que nació para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador: así es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto.
Uno nace, como Solón, a propósito para dar leyes a los pueblos; otro, como Jerjes, para regir imperios; otro, como Melquisedec, para el sacerdocio, y otro, como Dédalo, para la industria.—Estas diferentes aptitudes con que nacen los hombres las infunden los influjos celestes, según el poeta, pero sin distinguir de clases ni de jerarquías.
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CANTO NONO
Cuando tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me refirió los fraudes de que había de ser víctima su descendencia, pero añadió: "Calla, y deja transcurrir los años." Así es que yo no puedo decir más, sino que tras de vuestros daños vendrá el llanto originado por un justo castigo.
La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías, que apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la vanidad vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores se dirigió hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.
—¡Oh espíritu bienaventurado!—dije—; satisface cuanto antes mi anhelo, y pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.
Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés con otro:
—En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una colina no muy alta, de donde descendió una llamarada que causó un gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz: Cunizza fué llamada; y aquí brillo, porque me venció la luz de esta estrella; pero con alegría me perdono a mí misma la causa de mi muerte, y no me pesa, lo cual quizá parecerá difícil de comprender a vuestro vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una espléndida y preciosa joya de nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves si el hombre debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento los males de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de la laguna que baña a Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen hay quien domina y va con la cabeza erguida, cuando ya se componen las redes que han de cogerle. También llorará Feltro la felonía de su impío pastor, que será tal, que ninguno por otra semejante ha sido encerrado en Malta. Será necesario un recipiente muy ancho para recibir la sangre ferraresa, y cansado quedará el que quiera pesar onza a onza la que derramará tan cortés sacerdote por mostrarse hombre de partido, siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros llamáis Tronos, de donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así es que tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.
Ricardo de Cammino, que fué muerto por instigación de Altiniero del Calzoni.
Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar en la órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba ya en mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. Allá arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se obscurece cada vez más, a medida que se entristece su espíritu.
—Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El—exclamé—, ¡oh feliz espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues, ¿por qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas, no satisface mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si viera en tu interior como tú ves en el mío.
Entonces contestó con estas palabras:
—El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las desacordes playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se convierte en meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle, entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovés del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se asienta Bugia y la tierra de donde fuí, en cuyo puerto se vertió un día la sangre de sus habitantes. Folco me llamó aquella gente, que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recibí yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón, ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a la memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus influjos. Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve más adelante mis instrucciones. Tú quieres saber quién está en esa luz que centellea cerca de mí, como un rayo de Sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más eminente. Ascendió a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo. Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria del Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas lágrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso están abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo se estudian las Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a Nazareth, allí donde Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que siguió a Pedro, pronto se verán libres del adulterio.



